El rostro de la muerte

1618 Words
El sonido de la puerta me despierta, dejando atrás ese sueño que deja mi piel cubierta de sudor y en mi cama la marca húmeda de mi cuerpo  —Hola, belleza. Qué cara traes. Casi pensaría que hoy es día de trabajo y no de tu esparcimiento favorito.  —Estefanía me mira con el ceño fruncido  cruzándose de brazos una vez la dejo entrar.  . —Sólo tuve una mala noche. Disculpa. Estoy muy emocionada por nuestra sesión de hoy. —Intento forzar una sonrisa. No es lo que ella quiere, pero conociéndome como me conoce, sabe que es lo mejor que va a lograr. —Vale. Te lo compro, porque tengo unas ganas inmensas de tomar unas buenas fotos a ver si esta vez te animas a que las exhibamos en la galería —sonríe entusiasmada haciéndome ojitos. Ella lleva una galería de exposición de obras de arte. Fue su mejor idea para conseguir exponer sus obras sin tener que rogarle a alguien más y así ayudaba a artistas emergentes, le iba bastante bien, conseguía pagar las cuentas y lograr estudiar en la universidad. No se quejaba. —Si consigo buenas fotos puede que me lo piense —digo como siempre aunque al final nunca me animo. Y es que confieso que desarrollé miedo a luchar por mis sueños. Siento que si me va bien, si soy feliz, el destino se cargará todo mi esfuerzo. Es un sentimiento con el que no quiero lidiar, el fracaso o la mala suerte. —Siempre dices lo mismo —refunfuña—. Si veo alguna buena, la expondré en la galería sí o sí, así tenga que ponerte como artista anónima. Como que me llamo Estefanía Prieto, que lo hago —declara convencida tomándome del brazo y llevándome al centro del parque. Ahí hay una fuente en la que se detienen a pasar el tiempo muchas aves y algunas personas se acercan a admirarlas.. Estefanía se avoca a mover su lente en distintas direcciones, mientras yo observo a mi alrededor buscando algo, un gesto, alguna mirada que me empuje a ajustar el lente y disparar la toma. Entonces la veo, una chica alimenta a las aves no muy lejos de la fuente, llevaba un pañuelo color borgoña atado en su cabeza con pequeñas flores amarillas. Viste una blusa fucsia y un pantalón blanco, hay una energía que la rodea que contagia una sonrisa, quien la ve pensará que toda ella era vida. Más allá de eso, hay algo más que para pocas personas es visible, puedo ver el cáncer formando parte de ella. Después de tanto tiempo ayudando a pacientes con cáncer, aprendes a detectar aquellos signos que más nadie ve. El color de la piel disimulado por el rubor artificial en sus mejillas, las ojeras asomándose bajo sus ojos que intenta cubrir bajo una capa de maquillaje;, la calvicie que oculta tras el pañuelo, sus movimientos lentos, son tantas cosas. Sin embargo, no es nada de eso lo que llama a enfocar el lente, es el brillo que irradia el que me hace capturarla, inmortalizarla a través del lente de mi cámara. Cuando estoy satisfecha con las fotografías que tomo, amplío mi rango y me percatándome que algunas personas la miran de reojo; esa mirada de lástima que surge en automático cuando las personas se enteran que fuiste elegida por aquella fatídica enfermedad. Pero, esa chica no se deja amilanar por las imprudentes miradas, ella continúa sonriendo como si de verdad fuese feliz, como si solo le importara ese momento. Me encuentro envidiándola, la capacidad para sonreír cuando parece que todo está perdido y tienes todas las de perder, quisiera poder tener esa capacidad. —¿Has conseguido una buena? —me interrumpe Estefanía mientras reviso las fotos que tomé hace unos minutos a aquella chica. —No tanto. —Niego guardando mi cámara en su estuche. Esta es mi posesión más preciada, siempre cuido que no se le haga ningún rasguño. Fue Mathew quien me regaló mi primera cámara cuando apenas tenía ocho años, desde entonces no había podido ver el mundo de otra forma que no fuese a través de ese lente y quizás eso es lo que me impide salir de aquí. —De seguro que sí. —Me la arrebata de las manos antes de que logre guardarla del todo—. Siempre dices lo mismo. Te dije que esta vez yo decidiré. Así que tu cámara queda secuestrada hasta el próximo sábado. —¡No puedes hacer eso! —me quejo intentando arrebatársela pero es en vano, ella es más rápida y alta que yo; uno setenta y nueve, mientras que yo tengo diez centímetros menos.  —Tranquila, cuidaré de tu bebé como si fuese la mía propia. Ahora a comer que me muero de hambre. Hay un lugar buenísimo del que te hablé —da por zanjado el asunto guardando mi cámara en su bolso junto a la suya, para luego llevarme del brazo en dirección a ese lugar del que no deja de hablar. Comemos en un lindo lugar de crepes, que te las preparan en el momento y puedes observar mientras el chef la prepara, con vegetales y carnes frescas. Tú eliges las combinaciones lo mismo con el batido. No hacemos mucho luego de comer. Ella se dedica a contarme acerca de la galería y de sus clases en la universidad, yo me limito a escuchar y asentir cada tanto. Me habla de un chico nuevo con el que está saliendo, se llama Jorge, no creía que era nada serio pero se la pasaba bien con él. Pregunta por mí y Tom, le digo que él está casado con su carrera y yo también, no nos veíamos desde la semana pasada y tampoco tengo ganas de verlo pronto. Tom y yo sólo nos juntamos cada tanto para tener sexo o coincidimos en la biblioteca y nos hacemos compañía, nada más. Nunca me he enamorado, no estoy interesada en ello ni planeo hacerlo. Estefanía lo sabe, hace rato que dejó de intentar conseguirme una cita. Las citas a ciegas que había armado fueron un total desastre, no por ellos, sino por mí, simplemente yo no estaba interesada, nunca lo estaría. Regreso al apartamento cuando el sol comienza a ponerse. El apartamento sigue tan vacío como siempre, quizás ese gato nunca estuvo aquí y fue una vil treta de mi imaginación enfermiza. —Nunca estuviste aquí —suspiro dejándome caer sobre el sillón de la sala. El teléfono suena de inmediato y agradezco que interrumpa lo que se convertiría en un momento de autocompasión bastante patético. Esta fue la vida que yo elegí, como dicen por ahí, había hecho la cama ahora me tocaba dormir en ella. —¿Hola? —saludé sin fijarme en la pantalla del teléfono. —Hola, mi vida. ¿Cómo estás? —pregunta mi madre al otro lado de la línea en un tono demasiado cariñoso, lo que enciende las alertas en mi cabeza. —Mamá. Bien, todo bien —respondo a secas aguardando lo que debe venir a continuación, que no puede ser bueno debido a su inusual tono de voz. —¿Has recibido la llamada del abogado de la familia? —intenta sonar despreocupada pero siento la tensión que se cuela a través de la línea. —No tengo la menor idea de lo que estás hablando. ¿Por qué un abogado se contactaría conmigo mamá? —Sólo preguntaba. Me gustaría que el próximo viernes vinieras a casa para comer juntas —cambia sin la menor sutileza el tema de conversación a sabiendas que no le insistiría, es un punto muerto. Aunque deja sembrada en mí la duda. —Claro, estaré ahí antes del mediodía. —Bueno, nos vemos el viernes. Que tengas una linda semana, hija. —Igual tú, mamá. —Te quiero. Dulces sueños —se despide de forma automática y cuelga sin esperar mi respuesta. —También yo —murmuro a la nada luego de escucharle colgar la llamada. Esto resulta demasiado extraño, pero sin importar cuantas vueltas intente darle para encontrar una respuesta, no conseguiré nada. Ya estoy acostumbrada a esto, luego de tantos años de convivir con esa mujer, bueno si a eso se le puede decir realmente convivir. Me dejo caer en la cama, exhausta por ese día y por el siguiente. Mañana tengo que volver al trabajo, dirigir la sesión del grupo de apoyo. Hablar con el señor Collins sobre su enfermedad y los pasos a seguir, simplemente era demasiado. Ese momento es el que más detesto, cuando tengo que ser yo quien borre ese brillo de sus ojos. Ser quien en ocasiones les haga renegar de su Dios, esa es la peor parte. Yo rompí relación con él hace muchos años, no por eso quiero que los demás lo hagan, porque para muchos él significa esperanza y en ocasiones eso es lo único que nos queda, lo único que nos mantiene atados a este mundo, la esperanza. Y cuando la perdemos, somos capaces de hacer cosas atroces, lo he visto, he tenido que ayudar a las personas a intentar recobrarla, y una vez que la pierdes no resulta nada sencillo recobrarla.  Esa noche no hay sueños, no hay niños corriendo, ni gatos, ni llanto, no hay nada, solo vacío. Una oscuridad y un silencio ensordecedor de esos que te calan los huesos y te hacen dudar de si estás viva o muerta. Muerte, fue la última palabra que pronunciaron mis labios antes de quedarme dormida luego de darle una última leída a las lecturas para la clase de mañana. Muerte, fue la única palabra que se mantuvo presente en mi mente en medio de esa completa oscuridad.
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