Le hice creer a Sam que me iría a dormir al sofá para que se quedara tranquila. Fingí cansancio, tomé una manta y me acomodé, aún cuando el sofá era mucho más pequeño que mi cuerpo, de ninguna manera podía dormir con esa incomodidad, ya me las ingeniaría para meterme en la cama junto a ella.
No había pasado mucho tiempo cuando escuché pasos acercándose por el pasillo. Reconocí de inmediato ese andar sigiloso, como un cazador acechando a su presa, era Claire. En cuestión de segundos salté del sofá y me metí en la cama con Sam. Ella me empujó con furia, a punto de protestar, pero la silencié con un beso intenso, brutal, cargado de pasión. Adopté una posición comprometedora sobre ella; al principio se resistió, pero su propio deseo terminó por dominarla y empezó a dejarse llevar.
En ese preciso momento la puerta se abrió sin siquiera tocar. Claire apareció, sorprendida, y la rabia se le notó en la mirada.
—Lo siento, no quería interrumpirlos —dijo con evidente coraje.
—Eres muy inoportuna, Claire —repliqué, sin apartarme de Sam—. ¿No sabes que a una habitación de pareja primero se toca?
—Sí, claro, pero pensé que podía hacerles falta algo.
—Pues como ves, no necesitamos nada. Tenemos lo necesario, y lo más importante, nos tenemos el uno al otro. Y si nos disculpas, estábamos en algo.
Claire salió de la habitación sin despedirse, dando un portazo que resonó en toda la casa. Estaba furiosa; no podía creer que tuviera una nueva mujer, que alguien más calentara mi cama.
Sam me apartó de golpe. —Ya no es necesario que sigas poniéndome las manos encima. Apártate, Tanner, o tendré que empujarte.
Solté una carcajada. —Te ves adorable cuando te enojas. Te quejas demasiado; podríamos pasarla muy bien si te dejaras llevar.
—Ya te dije que no fastidies. No me hagas mandar todo al carajo.
—Más te vale que no lo hagas. Hemos llegado muy lejos para que por tus prejuicios tontos lo eches todo a perder.
—Lárgate a dormir al sofá o me iré yo.
—Ah, no. En eso no voy a ceder. La cama es muy grande y perfectamente podemos compartirla. Así que buenas noches, fierecilla. —Le di la espalda con calma.
—Te odio, eres insoportable, lúcifero —masculló ella, dándome la espalda y colocando almohadas entre nosotros. Yo sonreí en silencio.
La noche avanzó y, poco a poco, esa muralla desapareció. Sam terminó acercándose hasta que quedó abrazada a mí. Desperté en la madrugada y no pude dejar de contemplarla: tan hermosa, tan sensual, tan distinta a lo que había imaginado. Le acaricié el cabello, la tomé por la cintura y la atraje más a mí. Su cuerpo reaccionó al instante; era imposible que la pasión no se encendiera. La deseaba con locura.
A la mañana siguiente, Sam abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba enredada entre mis brazos. Se apartó rápido, llenó un atomizador con agua y me lo lanzó en la cara.
—¿Qué te pasa, te volviste loca? —grité.
—Si te metes conmigo, te atienes a las consecuencias. Te dije que no me tocaras durante la noche y me tenías abrazada.
—Por supuesto que no. Fuiste tú quien se acercó; yo solo me dejé consentir.
—Eres patético.
—Claro que no. Y parecías muy tranquila rodeada por mis brazos.
—Estúpido, solo en tus sueños volverá a ocurrir algo así.
—Eso ya lo veremos, preciosa. Y ahora vamos a ducharnos para bajar a desayunar. Si quieres ducharte conmigo, no me molesta.
—Púdrete, imbécil —replicó, encerrándose en el baño.
Esto se estaba convirtiendo en una tortura deliciosa. Un juego demasiado peligroso, pero me moría por cruzar esa línea.
Cuando bajamos al comedor, las miradas venenosas de Claire se clavaron en nosotros.
—Llegan tarde, tortolitos. Se ve que no tuvieron muy buena noche que digamos.
—Te equivocas, querida Claire —le dije, con esa sonrisa mía que tanto la irritaba—. No es por presumir, pero fue la mejor noche de nuestras vidas; como bien dijiste, una luna de miel anticipada.
Gregory intervino con amabilidad:
—Ay, el amor, estos jóvenes y sus maravillosos ímpetus. Me alegra mucho que disfruten su relación. Por favor, tomen asiento; estamos por comenzar el desayuno y luego seguiremos con las actividades que mi bella esposa ha programado.
Otras parejas nos acompañaban. Elisa y David, amables y simpáticos, contrastaban con Eleanor y Frederick, un par de ingleses estirados y venenosos, aliados de Claire. Eleanor no tardó en disparar su comentario:
—¿Y cómo es que hay algo entre ustedes? No hace mucho te vimos en otros eventos con diferentes mujeres. Perdona la sinceridad, querida, pero todos aquí conocemos los antecedentes de Rick. Espero que no te haya engañado respecto a eso.
Pensé que Sam se intimidaría, pero me sorprendió: se mantuvo erguida, con una sonrisa radiante.
—Pienso que el pasado de nuestras parejas no debe importar, y mucho menos cuando realmente hay amor. Rick y yo nos tenemos mucha confianza, así que lo que haya pasado antes no es de mi incumbencia, y tampoco debería serlo de ninguno de los que estamos aquí, ¿verdad?
Gregory sonrió satisfecho.
—Muy bien dicho, querida Sam. Pienso que todo hombre necesita a su lado a una mujer que lo represente, y siento que tú eres perfecta para mi estimado colega.
Claire estaba que echaba humo. Si pensaba que esto iba a ser fácil, estaba equivocada. Si quería guerra, yo estaba listo para dársela.