Después de desayunar, organizaron la primera actividad: una carrera de natación entre las mujeres. Por supuesto, Claire era una experta en el tema; todos los años resultaba victoriosa. Pero esta vez no contaba con que yo también era una excelente nadadora.
Entré en la habitación para cambiarme, buscando mi traje de baño. La luz se filtraba por la ventana, cálida, y el aire tenía ese olor tan especial de la naturaleza. Apenas cerré la puerta detrás de mí, Rick levantó la vista desde el sofá y me recorrió con la mirada de arriba abajo, quedando completamente embobado.
—Vaya muñequita —dijo con una sonrisa ladeada, apoyando el hombro contra el marco de la puerta—. No sabía que tenías esa belleza escondida, aunque pude intuir algo cuando te vi con la toalla.
Me crucé de brazos, conteniendo las ganas de lanzarle algo.
—Deja de fastidiarme, Tanner. Me tienes harta con tus impertinencias.
Él soltó una risa baja, de esas que usaba para provocarme.
—Cuando correspondiste a mis besos no parecías tan harta. Al contrario, disfrutabas bastante.
—Eres un atrevido y un arrogante —repliqué entre dientes, mientras buscaba mi toalla en la cama.
—Sí, lo soy —admitió con descaro, acercándose un poco más—, y créeme que me encanta serlo. Pero eso no quita que tú también estás que te mueres porque nos vayamos a la cama.
Le lancé una mirada fulminante.
—Sí, cómo no. Eso solo tú te lo crees.
—Si me dejas, puedo demostrarte que lo que digo es verdad.
Dio un paso hacia mí, y yo levanté el secador con firmeza.
—Ni se te ocurra dar un paso más, o juro que te estampo esto en la cabeza.
Él sonrió, inclinado hacia un lado, disfrutando la escena.
—Eres una fierecilla… —susurró con tono burlón—. Pero me encantaría poder domarte. Ya veremos si no caes rendida a mis pies.
En un descuido, se acercó y me dio una nalgada. La furia me recorrió entera; sin pensarlo, levanté la mano y le solté una cachetada que le giró el rostro.
Rick se frotó la mejilla, todavía sonriendo.
—Au, si que pegas fuerte, condenada —murmuró, mirándome con descaro—. Pero el gusto de haber tocado tu trasero nadie me lo quita, hermosa.
—Te odio. Eres un pervertido.
Él soltó una carcajada que llenó la habitación.
—Sí, sí, soy todo lo que quieras, bombón. Pero será mejor que nos demos prisa, ya nos están esperando. Seguramente te vas a ver muy sexy en el agua nadando —dijo mientras tomaba su camisa—. Estoy muriéndome por ver cómo se te pega ese bikini al cuerpo, cómo se marca tu piel… Aunque me pone celoso que los demás también se vayan a dar cuenta.
—Pobre idiota, ya cállate —bufé molesta, tomando mis gafas de sol—. Si tantas ganas tienes de desahogar tus instintos, ¿por qué no vas y te metes en la cama de tu ex amante?
Su expresión cambió al instante; la broma desapareció de sus ojos.
—Ya basta, Sam —replicó con tono grave—. Esa mujer ya no tiene nada que ver conmigo. Respeto a Gregory, aunque te cueste creerlo. Jamás le haría algo como eso.
No supe qué responder. Se hizo un silencio tenso, cortado solo por el sonido del aire que entraba desde la terraza. Finalmente, respiré hondo y caminé hacia la puerta.
Salimos juntos, aparentando ser la pareja perfecta.
Al llegar a la piscina, el ambiente era alegre; los hombres conversaban cerca del bar, y las mujeres se acomodaban en las tumbonas con cócteles coloridos. Apenas me quité la bata, noté las miradas clavarse en mí.
—Sam, te ves espectacular, eres la más hermosa de la competencia —exclamó Elisa con una sonrisa genuina.
—Elisa, querida, me ofende mucho lo que dices —intervino Claire, alzando la barbilla—. Pensé que la más hermosa era yo.
Elisa se encogió de hombros, divertida.
—Creo que te han robado tu lugar, Claire. Mira nada más qué cuerpo tiene Sam, y qué piel más maravillosa.
Claire giró ligeramente la cabeza, fingiendo sonreír.
—Sí, tiene muy bonita figura, pero esas pecas no ayudan mucho. ¿Has pensado en quitártelas? —añadió Eleanor con su acostumbrado tono despectivo.
Me giré hacia ella con calma, sin perder la compostura.
—¿Por qué habría de quitármelas? —pregunté con voz firme—. Pienso que le añaden sensualidad. Además, son parte de mí. A mí me encanta tal como soy. A ustedes no, porque veo que se han hecho algunos “arreglitos”, por así decirlo.
Las dos se miraron entre sí, incómodas. Se notaba que mis palabras les habían tocado el orgullo. Elisa me guiñó un ojo, divertida; parecía disfrutar tanto como yo viéndolas contener su rabia.
Los hombres serían los árbitros encargados de evaluar la carrera. Éramos cuatro competidoras. Una vez en posición, el sonido del silbato cortó el aire y todas saltamos al agua.
El agua estaba fría, revitalizante. Claire tomó la delantera al principio; sus brazadas eran firmes y seguras. Pero pronto la alcancé. Escuchaba los gritos de los demás animando desde la orilla, y sentía la adrenalina corriendo por mis venas.
En la última vuelta, apreté el paso con todas mis fuerzas. Toqué el borde de la piscina un segundo antes que ella.
Había ganado.
Los aplausos estallaron alrededor. El corazón me latía desbocado, y apenas pude respirar cuando Rick se acercó a la orilla. Me tendió la mano, me ayudó a salir del agua y, sin dudarlo, me besó apasionadamente ante las miradas de todos.
No pude evitar corresponderle. Estaba eufórica, llena de energía, feliz por haberle ganado a la pesada de Claire.
—Tenemos una nueva campeona —dijo David riendo—. Claire, te robaron tu récord.
—A mí nadie me roba nada —replicó ella con una sonrisa tensa—. No pude dormir bien, seguro eso me afectó. Felicidades, Sam. Una copa para celebrar —ofreció con fingida amabilidad.
Tomé la copa educadamente, aunque por dentro me hervía la sangre. Al pasarme la bebida, Claire aprovechó para derramar el vino encima de mí.
—Lo siento, qué torpe soy. No era mi intención mancharte, por favor, discúlpame —dijo con ese tono falsamente dulce que me revolvía el estómago.
—No te preocupes —respondí, conteniendo la rabia y la vergüenza que me invadían.
Rick lo notó de inmediato. Se acercó, colocó su brazo sobre mi cintura y sonrió de manera provocadora.
—Bueno, pues ya que todo está preparado, mi novia empapada en champán… será mejor que me la lleve. Esto no se puede desperdiciar, ¿verdad? —dijo pícaramente.
El rostro de Claire se desfiguró en una mueca contenida; no esperaba que él saliera en mi defensa, y mucho menos que los dejara a todos para llevarme con él.
—Pero viene la siguiente actividad, ¿se la van a perder? —preguntó con un dejo de desesperación.
—Como dije antes, una ocasión como esta no se puede desperdiciar, ¿verdad, mi amor? —replicó Rick, mirándome con picardía.
—Estoy totalmente de acuerdo con mi novio —dije con una sonrisa segura—. Y si nos disculpan…
Nos alejamos entre aplausos y risas. Sentí las miradas arderme en la espalda, especialmente la de Claire, que se quedó inmóvil, con el rostro desencajado. Una vez más, las cosas no le habían salido como esperaba.