En los días siguientes no vuelvo a cruzarme con Jordan, sin embargo, lo tengo presente en mi mente la mayor parte del tiempo. Quizás es por lo dura que fui la última vez que lo vi, pero procuraba convencerme a mí misma de que lo hice intencionalmente, para alejarlo.
Reconozco que a una parte de mí le atraía que Jordan buscara la manera de toparse conmigo, pero no porque quisiera conocerlo precisamente, sino por la similitud que tiene con el Ray de mi pasado.
Pensé que aquello había quedado atrás, que había superado a mi primer amor y que logré entender que debía seguir avanzando. Cuando empecé mi relación con Diego, estaba más fuerte que nunca, sentía que los recuerdos de Ray ya no perturbarían mi memoria; sin embargo, con todo lo que ocurrió después, mi fortaleza se fue agrietando. Estaba vulnerable y mi coraza se había debilitado, entonces fue cuando volví a ver a Jordan. Sus ojos y su sonrisa trajeron a Ray a residir en mi corazón de nuevo.
Por esa razón, me dolía tratar a Jordan con tanta frialdad e indiferencia, también odiaba que estuviese en una situación no definida con Marina pues pensaba que Ray jamás se comportaría de esa manera. Pero, existen dos verdades que debo aceptar.
La primera es que, a pesar de haber sido la persona más cercana a Ray, no puedo afirmar que lo conocía a la perfección. A Ray no le dieron la oportunidad de desarrollar una personalidad, pues le arrebataron la vida cuando aún estaba creciendo. No tenía un carácter definido, le faltó ver un montón de cosas nuevas y experimentar una infinidad de sensaciones. Nunca sabré si Ray sería mejor o peor que Jordan y ni siquiera vale la pena compararlos.
La segunda, es que Jordan no tiene la responsabilidad de llenar mis expectativas. No tiene la obligación de actuar como lo habría hecho Ray ni adoptar una actitud similar a la de él. Que sean semejantes en apariencia, no significa que sean completamente iguales.
Soy consciente de todo ello, entonces, ¿porqué me cuesta tanto asumirlo?
Mi corazón se volvió caprichoso pero no puedo dejarlo hacer lo que quiera.
Tengo que dominarlo, sé que lo conseguiré.
O al menos, creí que podía hacerlo.
Es la noche de la víspera de navidad, en la que llevamos a cabo una cena junto a Gustavo y Roxana. Toda la casa está adornada con guirnaldas y cortinas de luces, que fueron ideas de Gustavo. Le entusiasma tanto la época que deseaba decorar cada rincón y lo ayudé a hacerlo. A un costado de la sala está ubicado el árbol navideño, el cual eleva una brillante estrella plateada.
Roxana había estado en el trabajo hasta el mediodía. Al regresar, se dispuso a preparar la comida que se serviría en la noche, mientras que Gustavo y yo terminábamos de poner la casa en condiciones.
Finalmente, nos encontramos sentados alrededor de la mesa. Elegantes y perfumados, nos tomamos una fotografía antes de deleitarnos con el manjar que se halla justo frente a nosotros.
Una ligera música alegra el ambiente, sin opacar nuestras voces. Al sonar el reloj a las doce de la medianoche, llenamos las copas de champaña y brindamos por la magnífica ocasión.
En ese momento, Roxana extiende una pequeña caja amarilla hacia mí y la deja reposar al borde de la mesa.
—¿Y eso? —pregunto intrigada.
—Ábrela —indica, sonriendo.
La tomo y la abro con cuidado, viendo un par de aros dorados con gemas de color escarlata.
—Los escogí para ti —señala.
—¿P-Para mí? —los observo fascinada.
—Se verán muy bonitos en ti —expresa.
—¡Muchas gracias!
Emocionada, los quito del estuche y empiezo a colocármelos en cada lado de la oreja.
—No te muevas, Dalila. Te tomaré una fotografía —sostiene Gustavo.
Poso para la cámara de su celular con una amplia sonrisa y resaltando el regalo de Roxana.
—¿Te gustan? —agrega ella.
—¡Por supuesto! —exclamo.
—Me alegro —expone—. Es tu recompensa por haberte sabido desenvolver a lo largo de este año, a pesar de que no estuve tan cerca para cuidarte y acompañarte —alega.
—No era necesario, siempre me regalas muchas cosas, pero de todas maneras te lo agradezco —manifiesto—. Además, no es verdad que no estuviste cerca, al contrario, hemos ido a diversos lugares juntas, me has mostrado la ciudad, fuimos de compras y compartimos varias celebraciones, como ahora. Así que, no te quites puntos, mereces todo el crédito —asevero.
—Dalila dice que es más divertido estar conmigo —bromea Gustavo.
—¿Con que así es? —cuestiona ella, cruzando los brazos y simulando estar molesta, a lo que suelto una risa.
—Ustedes hicieron que mi estadía aquí fuese realmente cómoda y placentera. Soy yo quien debería agradecerles —señalo.
—Esperamos poder brindarte el calor de un hogar hasta el último día —expresa Gustavo.
En el instante en que menciona la palabra "hogar", mi padre aparece en mi mente. No hemos intercambiado mensajes últimamente, he estado tan inmersa en otros asuntos que tampoco lo he llamado.
Debería hacerlo esta noche.
En cuanto terminamos de cenar, ayudo a lavar los platos y los utensilios que hemos empleado para la cena, y los coloco en sus respectivos lugares.
Mientras que Gustavo y Roxana conversan en la sala, me dirijo a mi habitación. Tomo mi celular y marco el número de mi padre para contactarlo. Tras unos segundos, contesta.
—¿Hola?
—¡Buenas noches, papá! ¡Feliz navidad! —exclamo.
—Feliz navidad, Dalila —dice, con un tono tranquilo pero dulce—. ¿Cómo has estado?
—B-Bien... ¡Muy bien! —respondo, tratando de ocultar mi vergüenza.
¿Cómo le digo a mi padre que había estado deprimida porque tenía una relación y mi novio me engañó con mi mejor amiga? Lo haría pegar el grito al cielo.
—¿Y tú? ¿Has estado bien? —agrego.
—Con mucho trabajo, pero sí, he estado bien. Tanta actividad me ha ayudado a no extrañarte exageradamente —confiesa.
Aunque viví en un internado la mayor parte de niñez, aquello no impidió que mi padre y yo nos hiciéramos muy cercanos. Podía salir de allí los fines de semana, pero recibía visitas de su parte en días hábiles. Nunca me ha dejado sola ni me ha hecho sentir que lo estaba.
—Eso es bueno, papá. No desearía que estuvieras triste y te enfermaras.
—No te preocupes por mí, sé cómo sobrellevarlo. Soy un hombre fuerte e indestructible, ¿lo olvidas? —establece, a lo que suelto una risa.
—Tienes razón —respondo—. Yo te extraño horrores, pero me alivia recordar que muy pronto estaremos frente a frente de nuevo. El tiempo pasa volando.
—¿No te agrada vivir allá?
—S-Sí, claro... Es solo que... Te necesito, papá —señalo, nostálgica.
—Hija, no importa cuán lejos estemos, siempre me tendrás aquí para ti —expone—. Sin embargo, si te gusta ese lugar, tu nueva casa e institución, buscaremos la manera de prolongar tu estancia —agrega.
—¿E-Eso... Es posible?
¿Realmente puede hacerse?
Me quedan seis meses en este país, ¿podría quedarme un año?
—Por supuesto, Dalila. Todo depende de ti —alega él.
Pero, Roxana y Gustavo, ¿estarían de acuerdo? Es una gran responsabilidad y compromiso.
Quizás sea mejor no adelantarme.
—Suena interesante, papá. Pensaré en ello.
—Está bien. Házmelo saber a su debido tiempo.
Acabando la conversación, nos damos una larga despedida para luego colgar la llamada. Me lanzo sobre la cama y permanezco observando el techo.
No podía sacarme de la cabeza lo que dijo mi padre hace un rato.
“Si te gusta ese lugar, tu nueva casa e institución, buscaremos la manera de prolongar tu estancia”
No es una decisión que deba tomar a la ligera. Si eligiera continuar en este país, tendría que considerar cada punto y cómo repercutiría en mi vida.
Tras pensarlo un poco más, me quedo dormida.
En la mañana siguiente, me levanto de la cama y tomo una ducha. Al terminar de asearme, me dirijo a la cocina y preparo mi desayuno. No tengo planeado nada en particular, mis amigas probablemente estén disfrutando el día con sus familias.
Enciendo la televisión y me acomodo en la sala. En todos los canales, solo transmiten películas de navidad. Escojo cualquiera y permanezco viéndola.
De pronto, Roxana sale del estudio de Gustavo y se percata de que estoy sentada en el sofá. Toma asiento a mi lado y observa la pantalla.
—¿Qué estás viendo? —pregunta.
—Um... No lo sé... Solo la dejé allí pero no tengo idea de cómo se llama —señalo.
—Luce aburrida... —expone, a lo que desato una risa.
—¡Es lo único que encontré!
—¿No preferirías dar un paseo conmigo? —propone.
—¿No trabajas hoy?
—¿En navidad? ¡No! ¿Crees que soy una maniática de la oficina? —bromea, cruzando los brazos— Cambiémonos de ropa y vayamos a caminar al parque, luego almorzaremos en algún restaurante cerca, ¿te parece?
—¡Es una idea estupenda! No tardaré —accedo.
Voy a mi habitación y combino unos jeans con una blusa verde oscura. Una vez que me los pongo, me arreglo el pelo que cada día que pasa luce más largo. Me coloco los aros que me regaló Roxana, los cuales hacen juego con el collar que adorna mi pecho. Me miro al espejo y me aseguro de verme bien. Entonces, salgo del cuarto y espero a Roxana en la sala.
De pronto, el timbre resuena en toda la casa. Me acerco a la puerta y la abro, quedándome completamente atónita al reconocer a la persona que se encuentra detrás del umbral.
Es Jordan. Es Ray. Aunque sé que son diferentes, mi corazón se empeña en lo mismo.
Extrañamente, lleva puesto un disfraz de Santa Claus. Un gorro y una barba falsa reposa en su mandíbula.
A pesar de su vestimenta, supe al instante que se trataba de él.
—Jo, jo. Feliz navidad —suelta de mala gana.
—¿Qué estás...?
Repentinamente, un inofensivo y pequeño cañón estalla frente a mí, lanzando confetis por doquier.
—¡SORPRESA! —exclama Paloma, quien se acerca a mí y me besa en la mejilla. Detrás de ella, se aproximan Marina y Micaela, dándome un ligero abrazo.
Ingresan a la casa y se acomodan en la sala mientras permanezco en la puerta, asombrada por la visita inesperada.
Miro a Jordan que aún sigue en el mismo lugar, en lo que da unos pasos hacia mí.
—Antes de que empieces a regañarme o a insultarme, te aclaro que no quería venir. Todo esto fue idea de tus amigas —asevera, entrando a la casa.
Suelto un suspiro y muevo la cabeza de un costado a otro, cierro la puerta y me encamino hacia las demás, quienes extraían un par de botellas de vino y unos bocadillos para acompañar.
—Oigan, chicas...
—¡Wow! ¿Qué es todo esto? —Roxana ya había salido de su habitación y se sorprende al ver a tanta gente en la sala.
—¡Hola, señora! ¿O debería decir "señorita"? Luce tan joven como siempre —saluda Paloma, carismática.
—¡Oh, gracias por el halago! —Roxana abraza a Paloma—. Dalila, ¿porqué no me dijiste que vendrían? Les habría preparado algo...
—En realidad, Dalila no sabía nada de esto —intercede Paloma—. Es la primera vez que pasará la navidad aquí, lejos de su país y de su casa, así que decidimos prepararle esta sorpresa y compartir con ella —alega.
—¡Vaya! Qué chicas tan consideradas —se conmueve Roxana.
Paloma le brinda una sonrisa y se dirige a la cocina con toda confianza para traer unas copas, en lo que me aproximo a Roxana.
—Lo siento... —digo en voz baja.
—¿Porqué te disculpas? Me alegra mucho que estén aquí, has sabido ganarte el cariño de estas niñas y estoy orgullosa de ello.
—Pero, el paseo...
—No te preocupes. En lugar de lamentarte, disfruta de la compañía de tus amigas —Roxana besa mi frente y va al estudio de Gustavo.
Suelto un suspiro de nuevo y masajeo mi nuca.
A decir verdad, la sorpresa fue encantadora, sin embargo, no puedo negar que me siento mal por Roxana. Es decir, hacía tiempo que no salíamos y esta era nuestra oportunidad.
Paloma regresa de la cocina y coloca las copas sobre la mesita que se halla en el centro de la sala. Fija sus ojos en mí y nota mi semblante de resignación, se acerca y estriba su brazo en mi hombro.
—¿Qué pasa? ¿No fue agradable nuestra llegada? —cuestiona, haciendo pucheros.
—¡No, no! ¡Digo, si! Claro que lo fue... —expreso.
—Entonces, cambia esa carita, ¿si? —aprieta mi mejilla, a lo que suelto una risita.
De repente, mi mirada se detiene en Jordan, quien se ve ligeramente incómodo con el disfraz. Me asomo al oído de Paloma y le hablo con cautela.
—¿No pudieron escoger a un Santa Claus más animado? —me mofo.
—¿Sabes? Mi idea era disfrazar a Diego, pero dudaba en que lo dejaras pasar —sostiene.
¿Diego vestido de Santa Claus? Hubiera sido interesante.
—¿Y Santiago? —pregunto.
—Tendrá un almuerzo con su familia y luego vendrá. No te molesta, ¿cierto? Es tu mejor amigo y quisiera que también estuviera aquí —manifiesta.
Mi mejor amigo... Hace tiempo que no sé casi nada de él.
Supongo que Paloma sigue sin tener idea de que estuvimos a punto de iniciar algo, pero debido a mi indecisión, jamás sucedió nada.
Simplemente asiento con la cabeza y plasmo una sonrisa fingida en mis labios.
Finalmente, nos ubicamos en el sofá y empezamos el festejo.
Hablamos de temas sin sentido, reímos y nos dejamos llevar por el efecto del vino. El ambiente no estuvo tenso como pensé que estaría con la presencia de Jordan, sino que supimos pasarla bien ignorando nuestros desacuerdos.
Cantaron villancicos de navidad y aplaudían al ritmo de las canciones, siendo Micaela la voz principal de la improvisada orquesta.
Todo marcha espléndido hasta que el timbre interrumpe nuestra inspiración. Me levanto, me dirijo a la puerta y la abro, en lo que veo a Santiago parado delante de mí.
—Ho-Hola, feliz navidad—suelta con nerviosismo y la mano en el aire.
—Hola Santi, feliz navidad...
—¡Por fin! —exclama Paloma detrás mío, acercándose a Santiago— Llegas justo en el apogeo de la reunión, ¡ven! —lo toma del brazo y lo estira hacia la sala.
—P-Permiso... —expresa él, siendo arrastrado por Paloma.
Cierro la puerta de mala gana y me uno nuevamente a los demás.
Santiago y Paloma se sientan frente a mi campo de visión, resultando difícil evitarlos. Aunque intento distraerme o fijarme en otras personas, mis ojos terminan posándose en ellos.
Mi mirada los sigue, los controla. Observa cada movimiento inconscientemente. La mano de Paloma acariciando el rostro de Santiago y los labios de él brindando una tierna sonrisa. El brazo de ella rodeando su cintura y sus ojos expresando un inmenso amor que no puede ocultarse. El cuerpo de Santiago que se inclina ligeramente hacia Paloma, pegándose a ella como un imán. Aquellas acciones me llevan a sentirme incómoda e inquieta.
Ya no logro concentrarme en la canción y ni siquiera puedo pronunciar la letra. Aprieto los labios mientras que empiezo a divagar.
Si me hubiera dado una oportunidad con él, ¿sería yo quien estaría a su lado ahora? ¿Sería a mí a quien le mostraría esa sonrisa?
La verdad es que ya no será posible saberlo.
En cuestión de segundos, sin haber podido preverlo, su mirada se detiene en la mía y la sostiene. Su expresión relajada se desvanece de a poco y sus ojos me transmiten una sensación que ha estado alojada en mí desde hace tiempo.
Anhelo.
Si Santiago pudiera leer mi mente, le haría estas preguntas.
¿Qué anhelas?
¿Acaso no tienes a la chica de tus sueños a tu lado?
Entonces, ¿porqué me miras así?
Pestañeo repetidamente al darme cuenta de lo que estaba pensando y desvío la vista. Me levanto y me dirijo a la cocina.
Me acerco al lavabo y abro el grifo, junto las manos bajo el agua y la llevo a mi rostro para mojarla.
Siempre es lo mismo. Tengo el hábito de imaginarme cosas que nunca van a suceder, como lo hago con Santiago o con Ámbar. Incluso, lo he hecho con Diego.
Debería simplemente dejar en paz a mi corazón y también a las personas que me rodean.
—¿También tienes problemas con ese chico?
La voz de Jordan me da un gran susto, lo cual me hace voltear rápidamente hacia él.
¿En qué momento llegó aquí? Ni siquiera escuché sus pasos.
—¿De qué chico hablas? —cuestiono, mirándolo con extrañeza.
—El novio de Paloma, Santiago —responde sin titubear, aproximándose lentamente—. Escuché que es tu mejor amigo, pero te quedaste observándolo un buen rato con cierta rabia en tu rostro.
Tch. No se le escapa una.
—Son ideas tuyas...
—¿Tuvieron algún conflicto o... Tu relación fallida amargó tanto tu existencia que no puedes ver felices a otros?
Adopto una postura firme y elevo el mentón, descartando cualquier miedo.
—Tú no sabes nada sobre mí, no conseguirás intimidarme —declaro.
—No lo sabré si no me lo dices. Puedes contárselo a Santa Claus —indica, apuntando a su disfraz.
—No tengo porqué hacerlo y lo que pienses me tiene sin cuidado.
Comienzo a caminar, dispuesta a salir de la cocina; sin embargo, Jordan me toma de la muñeca para detenerme.
No giro hacia su dirección, sino que me mantengo de espalda mientras me sostiene.
—¿Y si, en lugar de desear la felicidad de otros, empiezas a enfocarte en la tuya? —insinúa, suavizando su tono de voz.
Volteo la cabeza despacio y lo miro con los ojos llenos de frustración.
—Nunca encontraré la felicidad aquí porque este no es el sitio al que pertenezco —establezco.
—La felicidad no la encuentras en algún punto o espacio. La encuentras dentro de ti e irá contigo a dondequiera que vayas —señala con convicción—. Tú eres la dueña de tu propia felicidad, pero no está demás recibir un empujón.
Estira de mí con sumo cuidado y asoma su rostro al mío.
—Deja esos resentimientos, olvida aquel rencor que te consume y destruye tu alma. Deshazte de los arrepentimientos, de la amargura y la soledad. Una vez que decidas que quieres ser realmente feliz, puedo ayudarte a encontrar el camino —manifiesta.
Jordan tiene la costumbre de hablar con cierto aire de grandeza, demostrando una actitud inquebrantable y que nadie podría pasar por encima de él. En este momento, pronuncia esas palabras con docilidad y ansia, como si en verdad deseara que le diera una oportunidad y lo dejara entrar.
La docilidad era una característica que Ray poseía, por lo tanto, no pude evitar relacionarlo con él.
Pensé que después de la última vez, ya no querría estar cerca de mí, pero sigue aquí, insistiendo.
—Ray... —susurro impulsivamente.
—Sí, ese soy yo para ti...
Demonios. Estoy comenzando a bajar la guardia.
No te ablandes, Dalila.
¿Cómo puede el chico que te estanca en el pasado ayudarte a encontrar la felicidad? Es absurdo.
Aparto la mano de un estirón y me fuerzo a mantenerme firme.
—Tú crees que lo sabes todo, pero si así fuera, sabrías cuándo detenerte —asevero.
Me alejo de él y salgo de la cocina, volviendo a la sala. Jordan sigue mis pasos y se acomoda junto a Marina.
Tomo asiento al lado de Micaela, quien lleva una expresión de disgusto.
—¿Porqué hay tantas parejas? Ese no era el plan —murmura, cruzándose de brazos.
—Solo son dos...
—Y quedamos tú y yo. Si Diego o Ámbar hubieran venido, estarían contigo y yo permanecería completamente sola. Quizás debería considerar ir a una cita a ciegas... —se torna pensativa, colocando sus dedos en el mentón.
—¿Porqué hablas de Ámbar como si fuera un chico? —pregunto, soltando una risita.
—Cuenta como uno. Además, está claro que babea por ti —dice sin tapujos.
Alzo ambas cejas y abro la boca de la impresión. Me tomó desprevenida.
¿Ámbar es muy obvia o Micaela es muy perceptiva?
—En fin. Se me ocurrió una idea que podría cambiar un poco este ambiente tan romántico —expone.
—¿Qué idea?
—Será mejor que lo decidamos entre todos —establece. Agarra una copa y le da unos ligeros toques con una cuchara, para llamar la atención de los demás—. Escuchen, por favor.
Las miradas se incrustan en Micaela, quien se prepara para hacer una invitación.
—En el centro de la ciudad habrá un feria de Navidad. ¿Porqué no vamos juntos? —propone.
—Oh, sí. He oído acerca de ello —afirma Santiago.
—Oye, Santiago, ¿has venido en taxi? —pregunta Micaela.
—Ah, no. Me traje la motocicleta de Diego —responde él, rascando su cabeza.
—Entonces, Paloma puede ir contigo y los demás iremos en el coche de Jordan —asume Micaela.
—¡Apoyo la moción! —accede Paloma, encantada.
A todos parece agradarles la propuesta de Micaela, por lo tanto, se levantan del sofá y ordenan la sala. Jordan se dirige al baño y se quita el disfraz, saliendo de allí vestido con ropa casual.
Mientras tanto, voy al estudio de Roxana y hablo con ella por un rato, pidiendo que me deje ir a la feria con mis amigos, a lo que acepta sin ningún inconveniente.
Santiago ya conoce la ubicación del lugar, así que se adelanta junto con Paloma. Los demás subimos al coche de Jordan, siendo Micaela nuestra guía.
Al llegar a la feria, bajamos del auto y entramos, viendo que todo el lugar está repleto de personas. Familias, amigos y parejas, quienes vinieron con el objetivo de celebrar la Navidad de una forma divertida.
—¡Oh, mira eso! —apunta Micaela repentinamente, tomando mi mano y estirándome con ella.
Me lleva a una caseta de juegos y habla con el dueño para comprar un par de turnos. El hombre nos entrega unos tickets, los cuales nos autorizan a jugar hasta tres intentos.
El juego se basa en realizar disparos con una escopeta de feria a unos círculos que se encuentran ubicados por encima de cada uno de los premios que quisieras ganar.
Micaela toma el arma y se dispone a hacer su primer ataque, fallando el primer intento.
Debido a que hay tanto ruido, me aproximo a su oído para lograr que me escuche.
—Hay demasiada gente, ¿no deberíamos permaneces unidos? —cuestiono.
—A lo que vine fue para alejarme de los tortolos —manifiesta.
—¿Tanto te ha molestado?
—Se suponía que haríamos una sorpresa para ti, divirtiéndonos como un grupo de amigos —establece—. No tengo nada en contra de las parejas, pero existe un tiempo y lugar para cada cosa, ¿no?
Levanta la escopeta y lleva a cabo su segundo intento, fallando de nuevo.
—Creí que estarías feliz por Paloma y Santiago, están juntos gracias a ti —me encojo de hombros.
—¿Gracias a mí? —baja el arma y me mira extrañada.
—¿Ya olvidaste aquel juego de "verdad o reto"? —rememoro— Paloma no tenía idea de que Santiago tenía sentimientos hacia ella, pero fuiste tú quien lo delató.
—¿Tú sí lo sabías?
Parpadeo varias veces y doy un paso atrás.
—Sí, así es. Sin embargo, Santiago me pidió que no dijera nada. Además, no me correspondía, era un asunto de ellos dos —justifico.
—Pues sí, tienes razón. Santiago es tu mejor amigo, debió habertelo dicho. Si hubiera estado en tu lugar, también habría guardado el secreto —afirma—. Pero, en verdad pensé que Paloma ya lo sabía, pues Santiago era muy obvio. Me sorprende que no se haya dado cuenta.
Eleva la escopeta y apunta con cuidado, dispara y acierta al blanco. El hombre la felicita y le entrega su premio, el cual es un minions de peluche.
—Tu turno —suelta ella, extendiendo el arma hacia mí. La tomo y hago mi primer intento, fallando al instante—. Rayos, tienes una puntería bastante mala —se mofa.
—¡No te burles! —gimoteo, buscando una mejor posición.
Realizo el segundo intento, errando nuevamente.
—¿Quieres que lo haga por ti? —agrega Micaela.
—¡No! —me niego.
Vuelvo a disparar y fallo otra vez, quedándome sin nada. Entrego la escopeta y me despido del hombre, haciendo pucheros.
—No te desanimes, vayamos a otro juego —señala Mica, rodeándome con el brazo izquierdo, mientras que con la otra sostiene su premio.