Extender mis horizontes.

2305 Words
Durante el resto de los días, solo permanecía en el aula en horas del recreo, no tenía ganas de hablar con otras personas ni dar explicaciones acerca de nada; además, ya me había cansado de las palabras de consuelo, y por sobretodo, quería evitar encontrar a Soraya a toda costa. Es viernes cuando estoy sentada observando a través de la ventana como de costumbre, cuando Marina se aproxima a mí. —¿No quieres acompañarme a la cafetería? —suelta, a lo que niego con la cabeza—. Vamos, Dalila. No puedes seguir así. —Me siento en paz estando aquí —alego. —Si lo que temes es toparte a Soraya, ya ni siquiera se reúne con nosotras. La miro con atención, dubitativa. —¿De verdad? Ustedes son amigas desde antes de conocerme, no busco separarlas o algo así. —No estamos de acuerdo con lo que te hizo, no apoyamos ese tipo de comportamiento. Además, ella fue quien cometió un error, no deberías ser tú quien se oculte —señala—. Ven, vayamos a la cafetería y luego junto a Paloma que nos está esperando. Dudo por unos minutos, hasta que finalmente, accedo. De todas maneras, estar sentadas con estas chicas sin la presencia de Soraya, me llevaba a percibir un vacío. Era quien más parloteaba y le daba vida a nuestro grupo, ahora la que quedó para "suplirla" es Paloma. Odio tener que reconocer que extraño a aquella amiga que moría por enseñarme el mundo exterior, sin embargo, en este instante, prefiero mantenerla lejos, pues dejó de ser esa amiga en el momento en que eligió traicionarme. He tomado el taxi para ir al instituto y para regresar a casa, sin esperar a que nadie más me acompañe. En cuanto a Diego, no lo he visto desde aquella vez. Fui al ateneo como Micaela me lo había indicado, pero no fui tan buena como solía ser. Aún así, estar allí fue bastante curativo. Al siguiente día, estaba durmiendo plácidamente después de mucho tiempo de no hacerlo, cuando alguien toca mi puerta para despertarme. Me levanto con poca voluntad y la abro, viendo a Ámbar detrás del umbral. —¡Hola! —saluda animada. —Hola... —digo, queriendo asesinarla. —Lamento haber venido sin avisar, pero temía a que no tomaras mi llamada —explica. —¿Qué te trae por aquí? —pregunto, frotándome los ojos. —Me gustaría invitarte a salir —expresa, jugando con los dedos. —No tengo ganas. —Por favor —junta la palma de las manos. —Sabes que no estoy de humor. —Lo sé, y también te he dado el espacio suficiente para lamentarte. Sin embargo, ya no quiero dejar que sigas sumiéndote en el dolor. —Solo han pasado unos días. —Y con eso basta. Ahora, es momento de salir a la calle y apreciar las buenas cosas que el mundo nos ofrece. —Es raro que tú lo digas —suelto. —Tú me lo enseñaste, ¿ya lo olvidaste? Dijiste que me salvarías y te harías cargo de mí, en estas circunstancias deseo hacer lo mismo. Dejo escapar un suspiro y me masajeo la sien, ya está aquí y sé que persistirá hasta conseguir convencerme. —¿Y bien? ¿A dónde quieres ir? —cuestiono. —¿Qué tal... Al parque de diversiones? "Impresionante, ¿verdad? Comparado con el parque de nuestra zona, este es mucho más grande..." —Eh, preferiría que no... —Entonces, ¿a la playa? Hace bastante calor. “Hay un manantial cerca de aquí, podríamos ir a nadar y llevar un poco de comida para el almuerzo. ¿Te gustaría ir? Puedes usar el bañador de Paloma.” —No es buena idea... —Déjame pensar —pausa— esta ciudad tiene muchos paisajes hermosos, conozco solo uno, pero me gustaría que lo vieras conmigo —sonríe. "Me encargaré de mostrarte todo lo bello de este lugar, tiene mucho que ofrecer." ¡Maldita sea, ya olvida a Diego de una vez! ¡Todas esas palabras, todos esos momentos ya no tienen ningún valor! —¿Estás bien? Te pusiste pálida —indica Ámbar. —Eh, sí. No quiero ir a ningún sitio en particular, solo vayamos a caminar, ¿si? —sugiero. —Oh, claro. Me preparo rápidamente y salimos de la casa, a dar vueltas por la zona. De pronto, fija la vista en una heladería, lo que hace que se iluminen sus ojos. —¡Tomemos un helado! —exclama, apuntando al local. —¿Puedo negarme? —¡No, no puedes! Me toma del brazo y me estira hacia la heladería. Ingresamos y ordenamos un par de aquellas frías esferas. Nos sentamos en una de las mesas vacías y saboreamos el manjar. —Deberíamos hacer esto más seguido —propone. —No lo sé, me gustaría pasar más tiempo en la casa... —Y alternar, es decir, ir a varios lugares en distintos días. —¿Me estás escuchando? Suelta una delicada risa. —Ya no dejaré que decidas encerrarte, no es una opción. No deja de sonreír desde que fue a la casa, es evidente que está feliz por salir conmigo. En realidad, no lo habíamos hecho antes, así que esto debe resultarle emocionante. A pesar de no haber venido por voluntad propia, no es del todo molesto. Observarla con una sonrisa trazada en sus labios siempre ha sido cautivador. Bruscamente, llega a mi memoria el recuerdo de nuestro beso. Aunque debí haberme inquietado o enfadado, no lo hice. Al contrario, me sentí feliz luego de conocer sus sentimientos. Si Ámbar hubiera sido un chico, ¿qué habría pasado entre nosotros? Me lo pregunto, pero no puedo imaginármelo, pues no hay nada que cambie el hecho de que es una chica. Desafortunadamente, ese fue el único día en que tuvimos un paseo juntas debido a que anunciaron que el ateneo de balonmano debe participar de un torneo importante, y Ámbar es una de las titulares imprescindibles. Es la pívot. Desde entonces, tiene intensos entrenamientos. En el instituto, durante los recreos, volví a salir del aula y a ubicarme con las demás, sin Soraya presente. Poco a poco, los días se volvieron normales de nuevo, contando con el apoyo de mis amigos, de Gustavo y Roxana. Dejé de tomar el taxi y volví a ir a casa caminando con la compañía de Santiago. En los últimos días, nos hemos vuelto muy cercanos; en realidad, también me he unido aún más a Marina y a Paloma. Me resulta curioso pensar que después de aquel inesperado engaño, todos se hayan vuelto más próximos a mí. En verdad me siento dichosa, gracias a ellos fue más sencillo sobrellevar esta aflicción. El ateneo de vóleibol también participará en un torneo, por lo tanto, las titulares tenemos prohibido faltar a las prácticas. Siendo un día miércoles, el entrenamiento de vóleibol femenino llega a su horario de cierre y nos dirigimos a los vestuarios para cambiarnos de ropa. Al salir, veo a Santiago a lo lejos. Lo saludo con la mano y me dispongo a marcharme; sin embargo, me detiene con la voz. —¡Dalila! —exclama, captando mi atención— ¿Ya te irás? —No hay nada que hacer aquí —señalo. —Podrías esperarme y luego nos vamos juntos —sugiere. —Oh, claro —accedo sin chistar. Tomo asiento en las gradas y me coloco los auriculares. Mientras suena "Bonita" de Andrés Cabas, observo a Santiago jugar. No puedo evitar recordar cuando esperaba a Diego, y al terminar me acompañaba a casa. Parecen recuerdos tan lejanos, pero no ha pasado mucho tiempo de eso. En realidad, aunque he podido volver a sonreír y a vivir mi vida normalmente, la herida no ha sanado por completo. Todavía duele. Concluyendo el ateneo, Santiago va al vestuario un momento, después regresa a mí. —¿Nos vamos? —pregunta, a lo que asiento con la cabeza. Saliendo del instituto, suelta una proposición. —¿No te gustaría venir a mi casa? —lo miro sorprendida, y él lo nota— Mi hermano se irá de viaje por unas semanas, así que le están organizando una cena. Ah, su hermano, Fabricio. —Está bien —acepto sin titubear— ¿Cuál es el motivo de su viaje? Digo, si no se trata de un asunto personal. —Es por la universidad —aclara. —La universidad... ¿Ya sabes qué carrera escogerás una vez que te gradues en la preparatoria? —comenzamos a caminar. —No estoy muy seguro, ¿y tú? —No tengo idea —suelto una risa— aún no he encontrado mi vocación. —Bueno, todavía tienes bastante tiempo para pensarlo, no hay necesidad de apresurarse. —Tienes razón. Continúamos el trayecto, platicando acerca del futuro. Un futuro en el que Diego ya no estará. Al llegar a su casa, Santiago me invita a entrar, en lo que inmediatamente veo a Fabricio. —¡Hola, extranjera! ¡Qué bueno verte! —saluda muy animado. —H-Hola... —No la espantes —expresa Santiago. —¡Solo estoy siendo amable! —luce realmente contento, aparentemente el viaje lo tiene emocionado—. Espera, si tú estás aquí, ¿significa que Diego también vendrá? Siento una puntada en el corazón. ¿Diego vendrá? No puede ser, no quiero verlo. Olvidé que él y Santiago siguen siendo amigos, es probable que me lo cruce. La respiración se me agita y me sudan las manos de tan solo imaginarlo. —Diego no vendrá, está ocupado con otras cosas —aclara Santi. Escucharlo me tranquiliza. —¿Eh? ¿Y qué hace su chica en la casa de otro hombre? —Fabricio se asoma a mi rostro, mirándome con recelo. —Ya no son novios, hermano. Déjala en paz —declara Santiago —¡Wow! ¿En serio? Qué mal por Diego, y qué bien por ti, Tiago —dice repentinamente—. Desde que vi a Dalila, la admiré por ser tan bonita, creo que es perfecta para ti —añade, rodeando a Santi por los hombros. —Estás delirando —gira los ojos. Yo solo puedo quedarme de pie frente a ambos, como estatua, demasiado avergonzada para articular palabra. —Bien, iré a ayudar a mamá en la cocina. Espero que te quedes a cenar, señorita —invita Fabricio. —S-Sí, será un placer —expreso. Finalmente, se retira. —No hagas caso a nada de lo que dice, simplemente busca incomodar —Santi suelta un bufido. —No te preocupes, es muy simpático —dejo escapar una risa. Nos acomodamos en el sofá en tanto que aguardamos que los demás se desocupen. Paulatinamente, el cielo se va tornado oscuro. Esa noche, Santiago me presenta a su madre, una mujer muy acogedora y con la misma personalidad que Fabricio. Es probable que Santi haya heredado el carácter de su padre, pues es muy diferente a este par. Ayudamos a preparar la mesa, para luego ubicarnos en los asientos y disfrutar de la cena. Fabricio da una explicación sobre su viaje, detallando brevemente acerca de qué tratará, dónde se hospedará y cuánto tiempo le tomará regresar. Los demás, lo escuchamos atentos. Somos como una especie de público privado oyendo la conferencia de este hombre tan extrovertido. Fue divertido. Terminada la reunión, es hora de volver a casa. Me despido de Fabricio y su madre, quienes agradecen mi presencia. En realidad, soy yo quien les agradece por haberme recibido. Santiago se empeña en acompañarme, por lo que tomamos un taxi y nos vamos juntos. Una vez frente a la puerta, nos debemos decir adiós. —Hace tiempo que no cenaba de esta forma, compartiendo con la mesa repleta —sonrío—. Roxana y Gustavo siempre están muy ocupados. —Ahora que conoces mi casa, puedes ir cuando gustes. Te recibiremos con los brazos abiertos —establece. —Espero que estés hablando en serio, porque definitivamente te tomaré la palabra —asevero. —Por supuesto que es en serio —afirma. —Está bien —doy media vuelta para abrir la puerta e ingresar, sin embargo, Santiago me toma de la muñeca. —Dalila, sabes que puedes contar conmigo siempre que lo necesites, ¿cierto? —Sí, lo sé —respondo, mirándolo a los ojos. —Deseo que sientas que puedes resguardarte en mi casa. A Fabricio ya te lo ganaste, y esta noche, también conquistaste a mi mamá. Tu aura es hermosa y eso se transmite, tanto yo como mi familia estaremos contentos de tenerte cerca —expone con gentileza. —Gracias, lo tendré en cuenta, de verdad —digo con un toque de ternura en mi voz. Se aproxima de repente y me presiona contra su pecho, envolviéndome con sus brazos. Tal acto me sorprende, pero no me molesta. Sus abrazos siempre me han parecido muy cálidos. —Me alegra volver a verte tan bien. Sabía que era cuestión de paciencia para que la Dalila de antes regresara. No creo ser la misma de antes, pero ya no quiero preocupar a nadie; por lo tanto, me esfuerzo para que la herida de mi corazón cicatrice lo más rápido posible. De pronto, puedo percibir un dulce aroma en su camiseta. —¿Usas perfume? —pregunto. —Sí, es un hábito. —¿En serio? ¿Porqué nunca lo noté? Es un olor realmente cautivador y encaja perfectamente con su apariencia. Claro, como el único que me importaba era Diego, todo lo demás carecía de relevancia para mí. No quiero regresar a esa época; más bien, quiero aprender a ver más allá de lo que hay frente a mis ojos, apreciarlo y valorarlo. De este modo, dejaré de pensar que la belleza existe solamente en una persona, y podré extender mis horizontes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD