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Los Alfas De Al Lado

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intro-logo
Blurb

Al huir de un marido maltratador sin más equipaje que un bolso a medio llenar y su hija de seis años, Kaia jamás imaginó que su salvación llegaría de la mano de una oferta de trabajo.

Buen sueldo. Alojamiento gratuito. Cero dramas. Al menos, eso fue lo que le prometió su mejor amiga.

Pero nadie le advirtió que sus vecinos gruñen cuando se excitan. Ahora tiene a varios Alfas —dos gemelos moteros peligrosamente atractivos y su hosco hermanastro médico— olfateándola como si fuera el último bocado de un postre delicioso. Son atractivos. Son peligrosos.

Y aseguran que ella —una humana— les pertenece. Ella no tiene ni idea de lo que realmente implica ser «la pareja destinada», pero cuando llegue la temporada de apareamiento... ¡Puede que deje que esos Alfas hagan de las suyas!

Advertencia de contenido: Erotismo explícito, trama, erotismo y más erotismo.

La discreción del lector no es solo recomendable, sino obligatoria, ya que este libro contiene lo más intenso que cabe esperar de una novela de harén inverso oscuro, incluyendo algunas escenas m×m (hombre con hombre).

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chapter 1
~ KAIA ~ Seis años. Seis malditos años enteros desde que estuve de pie en esta misma cocina —con el corazón hecho pedazos y a mi bebé en brazos— y me dije a mí misma que me iría al día siguiente. Sucedió en un día cualquiera. Mi marido llegó con una mujer embarazada y me dijo que ella era la elegida para él. Y, sin embargo, seguía diciendo que me amaba. Me suplicaba que me quedara. Sabía que debía irme. Pero el «mañana» se convirtió en la semana siguiente. Luego en el mes siguiente. Luego en nunca. Resulta que el amor no es lo único que te hace quedarte. El miedo también. Y la vergüenza. Y esa voz tan silenciosa que te aplasta el alma y te susurra: «No lograrás salir de aquí sola». Remuevo la salsa lentamente; una lentitud que alberga la esperanza de que el tiempo se detenga con cada giro de la cuchara. Me duele la espalda. Y las costillas. El hematoma en el costado palpita con un calor sordo bajo la cintura de mis mallas. Él siempre sabe dónde golpear. Donde nadie lo vea. Donde se espera silencio. Pero me quedo. Me quedo por Hailey. Me quedo por las mentiras que me susurro por las noches: solo un poco más... solo un poco más de fuerza... hoy no. «¿Mami?» La voz de Hailey rompe el silencio; suena suave y quebrada. Me giro y me quedo paralizada. Ella está de pie en el umbral, con lágrimas surcándole las mejillas y una mano apretada contra el costado de la cara. Su brillante vestido de princesa está manchado de tierra. —¿Cariño? —Corro hacia ella y me agacho. Mis manos tiemblan mientras aparto suavemente las suyas de su mejilla. Roja e hinchada. Tenue, pero reveladora. La marca de una mano. Se me revuelve el estómago. —¿Qué pasó? ¿Quién te hizo esto? Ella sorbe por la nariz mientras se la limpia con la manga. —Noah me quitó mis dulces. Así que yo cogí uno de los suyos... —¿Por eso lloras tanto, cielo? —susurro, intentando mantener la voz firme. Ella asiente primero y luego niega con la cabeza; sus rizos rebotan con el movimiento. Y, con los labios temblorosos, dice: —Él lloró y dijo que se los había robado, y... —su voz se quiebra en un hipo—... papá me pegó aquí. Dijo que soy una ladrona. Yo no lo hice, mami. Se me nubla la vista. Por un momento, olvido cómo respirar. Él dijo que nunca lo haría. No a mi Hailey. Esa era la regla. Ese era uno de los tratos que hice con el diablo para quedarme tanto tiempo. Mis manos se cierran en puños antes siquiera de darme cuenta. No contra ella. Nunca contra ella. Y estuve a punto de salir corriendo para gritarle. Al hombre que me prometió que nuestra hija sería intocable. Al cobarde que ni siquiera pudo controlar su genio por unos dulces. Atraigo a Hailey hacia mí; su cuerpecito tiembla contra mi pecho. La mecí suavemente mientras le doy besos en el pelo, en la sien, en cualquier lugar que él no hubiera tocado. —Lo siento —susurro, y no es suficiente. Nunca es suficiente. Ella no dice nada mientras sigue sollozando. Simplemente se funde conmigo, como si lo hubiera hecho mil veces antes. Mi mente se acelera. La bolsa debajo de la cama: a medio hacer. El sobre pegado detrás de la cisterna del váter: dinero de emergencia. El teléfono de prepago en el cajón bajo mi cama: usado. Tres años de planificación. Seis años de sufrimiento. Y ahora, se ha cruzado la línea. No solo me hizo daño a mí. También se lo hizo a ella. La sujeto con más fuerza. El mañana no puede ser la semana que viene. El mañana no puede ser el mes que viene. El mañana tiene que ser esta misma noche. Porque sé que, si le ha hecho daño ahora, volverá a hacerlo. . . . El armario chirría cuando lo abro de un tirón. La ropa vuela hacia el bolso de viaje sin pensarlo: la mía, la de Hailey, cualquier cosa que quepa. Me tiemblan las manos, pero no me detengo. No puedo. Lágrimas de rabia me queman las mejillas, calientes e imparables. Él la tocó. El cajón se queja al deslizarlo, revelando lo único que juré mantener a salvo hasta el momento adecuado, a pesar de que él nunca apoyó realmente que lo consiguiera mientras Hailey aún mamaba. Una carpeta fina. Dentro: mi licencia. Mis certificados. Mi libertad. Hago una pausa por un instante; mis dedos tiemblan sobre el papel impecable. El nombre me devuelve la mirada: Kaia T. Merrick, RN (Enfermera titulada). Dios. Me costó sangre conseguir esto. Luché por ello entre ojos morados y noches sin dormir. A través del dolor emocional de un embarazo adolescente y de ser madre adolescente. A través del maltrato. A través de las amenazas del orfanato de cortarme la ayuda económica si no «arreglaba mi desastre». Y aun así... lo logré. Aun así, llegué a ser alguien. Meto los documentos en el bolso como si fueran oro. Porque lo son. Echo un vistazo a Hailey. Tiene los ojos muy abiertos, asustada. Observándome. No debería tener que ver esto. —Nos sacaré de aquí —susurro, con la voz firme a pesar del miedo—. Te lo juro, pequeña: nos sacaré de aquí. Ella asiente, una soldadito con vestido de princesa. Cierro la cremallera del bolso y me lo cuelgo al hombro. Luego, le tomo la mano, justo cuando alguien golpea la puerta con violencia. —Kaia. Robert. Me quedo paralizada. Golpea la puerta con el puño, haciéndola vibrar. —¡Abre esta maldita puerta antes de que la tire abajo! No me muevo. Apenas respiro. Su voz suena grave y salvaje. La voz que siempre precede a las disculpas. Dios. Va a volver a pegarme. Me vuelvo hacia la mesita de noche. La llave brilla donde la dejé: la de su coche. El mismo coche que me regaló después de la primera vez que me golpeó hasta dejarme ensangrentada y me violó porque me negué a acostarme con él tras haber traído a Bethany a casa. Me forzó aquella noche, y el coche fue solo su manera de comprar mi silencio. Funcionó. Esa llave es mía ahora. —¡Abre esta maldita puerta, Kaia! ¡Puedo oír cómo te late el corazón! ¿Crees que puedes dejarme? ¿Crees que alguien más te querrá? Siento el corazón en la garganta mientras agarro la llave. Mis dedos encuentran el cierre de la ventana. Último piso. Hemos practicado esto. Levanto a Hailey primero. —Agárrate a la tubería, cariño. Igual que en los simulacros. Ella asiente con los labios temblorosos. Se desliza hacia abajo con cuidado; la suciedad mancha su vestido y sus pies golpean la hierba con un ruido sordo. Luego dejo caer el bolso de viaje. —¡Kaia! ¡Te voy a matar, joder! —Las bisagras crujen. La puerta se entreabre un poco. Está logrando entrar. Corro hacia la cama y saco la cajita antes de agarrar el teléfono de prepago que me consiguió Ashby. Después, me apresuro hacia la ventana y saco una pierna, aferrándome al alféizar como si fuera un salvavidas. Mi cuerpo dolorido protesta, pero me dejo caer; logro agarrarme al borde del balcón inferior antes de aterrizar con fuerza junto a Hailey. El aire se me escapa de los pulmones y una oleada de dolor me recorre el cuerpo. Pero ya estamos abajo. —Corre, Hailey. Corre. Ella no hace preguntas. Sale corriendo. Agarro el bolso y corro tras ella. La grava se me clava en los pies descalzos. A nuestras espaldas, la madera se hace añicos. Ha logrado pasar. Agarro a Hailey de la mano y concentro toda mi energía en las piernas mientras corremos hacia el coche. —¡Te voy a matar, Kaia! —grita él desde la ventana. No me detengo; meto la llave y abro la puerta de un tirón. Tiro la bolsa de deporte dentro y Hailey se sube. Luego corro hacia el lado del conductor y entro de un salto antes de cerrar la puerta, asegurándome de subir la ventanilla. Meto la llave. El motor ruge y cobra vida justo cuando Robert irrumpe en el porche; está descalzo, sin camiseta y con aspecto salvaje, el rostro desencajado por la furia. —¡KAIA! —grita. Pero no espero. Conozco a Robert. Realmente me matará si vuelvo a caer en sus garras.

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