Chapter 8

1210 Words
CAIUS No va conmigo la gente necesitada. Ni la desesperada. Ni los ojos desorbitados y los dedos temblorosos aferrándose a mí como si fuera la última dosis en un mundo agonizante. Pero aquella noche... Ella suplicó de una forma tan hermosa que casi olvido lo que soy. Se suponía que iba a ser algo sencillo. Un alivio rápido, como las otras noches. Otros lo llaman diversión; yo lo llamo mantenimiento. Si no la hubiera conocido aquella noche de tormenta, habría sido otra chica sin rostro. Solo quería una noche para mantener a la bestia sedada. Porque, ¿demasiado tiempo sin hacerlo? Empieza a caminar de un lado a otro en mi interior: arañando, gruñendo, esperando una excusa para desatarse. El sexo me mantiene equilibrado. Humano. Con los pies en la tierra. No me gusta el hombre en el que me convierto cuando paso demasiado tiempo sin saciarme. Ella estaba sentada al otro extremo de la barra. Tenía los rizos rojos encrespados por la lluvia. Unos ojos grandes y castaños que revelaban su interior. Atormentados. Desprendía un aire barato y roto, como el de una guerrera con una armadura que no le pertenece. La fiché, aparté la vista y la ignoré. Porque, para ser sincero, parecía un desastre envuelto en piel suave. Pero entonces... clavó esos ojos en mí, como si yo fuera la respuesta a todos los gritos mudos que ella no podía expresar. Y, sin más, me puse en movimiento. Crucé el local. La hice mía. Sin prisas. Ni siquiera con brusquedad. No fue un encuentro normal; fue algo extraño. Lo mío no suele ser la delicadeza ni la lentitud. Aquella noche, por primera vez, no me marché. Incluso dormí. ¿Y por la mañana? Ella se había ido. Sin nota. Ni siquiera un nombre. Solo un fajo de billetes doblados sobre la mesita de noche, junto a mí, como si yo fuera un maldito gigoló. Como si me hubiera utilizado. Recuerdo quedarme mirando aquel dinero durante un buen rato, hirviendo de rabia. No lo cogí. Y hoy... Por fin he descubierto su nombre. Kaia Merrick. El nombre resuena en mi cabeza como el remate de un maldito chiste. Porque, claro, tenía que ser ella. Por supuesto, es la mujer que desapareció sin decir nada después de acostarse conmigo y dejó dinero en la mesita de noche, como si acabara de contratar a un gigoló. Por supuesto que es ella quien solicita trabajar en mi clínica: huele exactamente igual, actúa como si nunca nos hubiéramos conocido, como si no hubiera restregado sus caderas contra mí como si yo fuera oxígeno. No me reconoció. O al menos, fingió no hacerlo. La observé sentarse en esa silla, intentando aparentar normalidad. Intentando impresionarme. Esa compostura fingida, el ligero temblor en sus dedos, la forma en que sus labios se entreabrían cada vez que le hacía una pregunta. No tenía ni idea de que aún podía saborearla. Qué curioso. Cuando la puerta se cierra tras ella con un golpe sordo, suelto el bolígrafo y me froto los ojos. Porque la verdad es que ni siquiera estaba escribiendo. Estaba fingiendo. Fingiendo concentrarme. Fingiendo que ella es solo un nombre más en un expediente. Aquella noche con ella fue la primera en la que dormí diez horas seguidas. Y ahora, no sé si contratarla o follármela. Aprieto la mandíbula y corto el pensamiento de raíz. Inaceptable. ¿Esto? Esto está por debajo de mi nivel. Una distracción. Una recaída. Un fallo del instinto. No soy un maldito adolescente persiguiendo mariposas y fantasmas del pasado. Soy el Dr. Caius Wolfe. Alfa. Director de esta clínica. La disciplina hecha carne. Así que lo reprimo, lo encierro bajo llave y lo empujo a ese lugar dentro de mí donde las cosas van a morir. Luego contacto mentalmente a Morgan. «Está contratada. Envíale el manual». No dejo que responda antes de cortar la conexión. Echo un vistazo al acuerdo de confidencialidad que sigue sobre mi escritorio. Una esquina está ligeramente curvada donde ella presionó con demasiada fuerza. Manos ansiosas. Presión nerviosa. Ni siquiera lo leyó. Simplemente entregó su alma con una firma, como si fuera un contrato de alquiler. Siento una opresión en el pecho; no es culpa. Quizás siento lástima por ella. Solo un poco, porque su desesperación la dejó ciega ante ello. Suspiro y vuelvo a mi trabajo real, obligándome a retomar un expediente de investigación que llevaba semanas en pausa. Sin embargo, lo oigo antes de que suceda. Se oye un murmullo en el pasillo justo antes de que la puerta se abra de golpe, como si las bisagras le dieran alergia. Y ahí entran los malditos desastres, la pesadilla de mi existencia que no logré erradicar del todo. Cuero. Ruido. Ese aire arrogante y fanfarrón de testosterona y problemas. —¿Qué coño hacéis aquí? —gruño, golpeando la mesa con el bolígrafo—. ¡Os dije que no entrarais aquí con los trajes de motero! Entran pisando fuerte, como si fuera una pelea de bar y no una clínica. Maddox es el primero en entrar: sonriendo, por supuesto, con el pelo revuelto por el casco, la mandíbula desafiante y esa maldita mirada de quien acaba de ganar algo. Otra vez. Nunca se acaba. El otro —Ronan, su hermano— le sigue de cerca. —Relájate, doctor —dice Maddox mientras lanza el casco sobre mi escritorio; doy gracias en silencio a la diosa de que los archivos estén protegidos contra líquidos—. A las enfermeras les encanta. —Esto es un entorno estéril —vuelvo a gruñir, casi literalmente. Maddox se deja caer en la silla frente a mí como si fuera una reunión de fraternidad. —Eso no importa, hermano. Si no querías que te liáramos una buena, deberías haber venido a la fiesta de anoche. No me puedo creer que estemos otra vez con esta conversación. Así que respiro hondo. —Para empezar, no soy vuestro hermano ni lo seré jamás. Y para terminar, antes de que desaparezcáis de aquí, cabrones... Ronan suelta un suspiro pesado, como si yo fuera el problema. Típico. Se sienta en la silla junto a Maddox con la elegancia de un dios aburrido. De los dos, es a él a quien más odio. No porque haga más ruido. Maddox es más ruidoso. No porque sea más temerario. Maddox también gana en eso. Sino porque Ronan es el tipo de cabrón que te ve sangrar y hace que le des las gracias por ello. O más bien, te obliga a dárselas. —¿Podemos ahorrarnos esto hoy? —dice, con la voz cargada de exasperación y desprecio. Luego se vuelve hacia Maddox. —Dile por qué hemos venido. Y, así sin más, vuelve a centrar la atención en mí, como si yo fuera una cucaracha que tienen que aplastar antes de almorzar. Se reclina de nuevo y chasquea la lengua. —De verdad crees que la gente disfruta de tu compañía. El tono de desprecio en su voz es inconfundible. Nunca falla. ¿Lo ves? Esto es precisamente una de las muchas razones por las que lo odio. Me inclino hacia delante lentamente, apoyando los codos en el escritorio, con voz neutra. —Tienes tres segundos. —Hemos encontrado a nuestra pareja —suelta Maddox.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD