Chapter 7

1052 Words
KAIA Así, sin más. Sin amenazas. Sin dramatismos. Solo yo, mirando con elegancia a un hombre encerrado en una bóveda, que me clava la mirada con esos ojos azules gélidos, como si supiera que me rendiré. Y tal vez lo haga. Porque no soy tan tonta como para renunciar a la estabilidad. Así que respiro hondo, reuniendo un valor infernal, y dejo de hojear el documento. Enderezo la postura y saco con cuidado un bolígrafo azul del bolsillo de mi uniforme. Le doy la vuelta y garabateo mi firma en el espacio reservado. Luego, lo tapo y dirijo mi mirada hacia él. Me mira fijamente. Le devuelvo la mirada. No dice nada, rompe el silencio primero. Su mano se aferra a una caja de tinta y a un estuche de plástico liso sobre la mesa y, sin decir palabra, me los pasa deslizándolos por la superficie. Los miro un instante antes de inclinarme hacia adelante. —¿Pulgar o índice? —pregunto. —Índice —dice—. Firma con huella dactilar. Pongo una gota de tinta en la funda de plástico y presiono con el dedo, lenta pero firmemente. El índice. No el pulgar. No la manches. Luego la levanto, coloco la marca justo debajo de mi firma y deslizo el acuerdo de confidencialidad sobre el escritorio. Lo toma sin decir palabra. Lo examina como si estuviera sopesando el peso de mi alma plasmada en la página. Sus ojos pasan rápidamente de la huella dactilar a la firma, y luego a mí. Esa mirada otra vez: fría e indescifrable. Pero algo parpadea en ella. Solo por un segundo. Y acabo de confirmarlo: es un tipo duro. Aun así, levanto la barbilla. —Puedo empezar ya, ¿verdad? —pregunto, intentando sonar... competente. Normal. No como alguien que acaba de firmar algo que podría —o no— implicar presenciar la autopsia de un alienígena. No responde de inmediato. Simplemente deja el acuerdo de confidencialidad sobre la mesa y se reclina en su silla. —Sí —dice por fin—. Pero antes, la enfermera Morgan te entregará el manual. Asiento y empiezo a levantarme cuando él añade: —Léelo. Hago una pausa. —Me refiero a leerlo de verdad —dice con un tono férreo—. No le eches un vistazo rápido como hiciste con el acuerdo de confidencialidad. Trago saliva. —Porque lo que contiene determinará cuánto tiempo durarás en este trabajo... —continúa. Un instante. Dos. Y entonces... —...O cuánto tiempo seguirás viva en él. El aire de la habitación cambia ligeramente, como si alguien hubiera entreabierto una ventana hacia la Antártida. Pero no digo nada. Simplemente vuelvo a asentir, esta vez más despacio. —Entendido. —Bien —dice. Luego cierra la carpeta y vuelve a ocuparse de lo que diablos hagan los hombres como él cuando no están aterrorizando a los nuevos empleados. —Puedes retirarte. Despedida como una maldita soldado. Pero en fin. Me levanto. Me dirijo a la puerta. Mis dedos se cierran alrededor del pomo, pero echo un último vistazo atrás antes de abrirla. Él ya ha desviado la mirada. Ya está escribiendo, como si yo nunca hubiera existido. Salgo sigilosamente, cerrando la puerta con cuidado tras de mí, e intento que el escalofrío que me recorre la espalda no me siga hasta el pasillo. Exhalo un suspiro de alivio; el pasillo se siente más cálido y luminoso. O tal vez solo agradezco no estar helándome ya bajo la mirada del doctor Caius Wolfe. Dios, necesito algo. Café. Coca-Cola Light. Un ladrillo contra el que gritar. Regreso a recepción, dejando que mi mente divague entre bebidas fantásticas y azúcar como apoyo emocional, cuando Morgan levanta la vista desde detrás del mostrador y me sonríe radiante, como si fuéramos viejas amigas. —Estás dentro —dice antes de que pueda siquiera abrir la boca—. El doctor Wolfe ya me ha informado. Vaya. Veo que se dan prisa con las noticias. —Gracias —digo, intentando igualar su entusiasmo, aunque siento como si acabara de atravesar una nube de tormenta. —Empezarás oficialmente después del descanso —continúa—. La mayoría de las enfermeras no están en el turno de mañana; llegarán después de la campana del mediodía. Entonces te presentaré al equipo. Asiento, pero algo en mi interior sigue vibrando con estática. Morgan se da cuenta y su tono se suaviza. —Puedes dar una vuelta rápida al otro lado de la calle si necesitas algo. Hay una cafetería justo enfrente. También tienen buena bollería. Mi mirada se dirige rápidamente al reloj. 11:42 a. m. —Gracias —repito, esta vez con más sinceridad. Y tal vez se lo digo al reloj o a ella; en realidad, no lo sé. Ella sonríe. —Ve. De todos modos, ya casi es la hora del descanso. No espero a que me lo digan dos veces. Empujo la puerta de entrada como si el lugar pudiera absorberme de nuevo si no me muevo lo suficientemente rápido. El sol me golpea directamente en la cara. Es demasiado brillante. Demasiado real. Como si no tuviera ni idea de la clase de oscuridad de la que acabo de salir. Y entonces los veo. Dos motos. Grandes. Rugientes. Relucientes bajo el sol. Las mismas motos de esta mañana. ¿Y los hombres que bajan de ellas? El casco en una mano. Chaquetas de cuero. Malas decisiones gritando desde sus auras y su postura. El primero se quita el casco y... Pum. Sus ojos se encuentran con los míos. Mierda. ¿Ma... ddox? El mismo Maddox que me arrastró a su guarida de caos anoche. El mismo Maddox que gruñó como un maldito animal y dijo que yo era su pareja, como si estuviéramos en alguna aplicación de citas infernal para condenados. Y a su lado —claro, por supuesto— está el segundo tipo. El que dijo... ¿Qué fue lo que dijo? Huele a mía. Joder. Joder. Joder. Todos mis nervios me gritan que salga pitando. Que corra de vuelta al interior. Que me esconda en un armario de suministros. Que me meta a gatas en el contenedor de basura de atrás y rece para que nadie se dé cuenta. Pero es demasiado tarde. Ya está sonriendo mientras no aparta la vista de la mía.
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