KAIA
Me quedo paralizada un segundo. Solo uno.
Porque esos ojos…
Me golpearon como un puñetazo directo al estómago.
¿Dónde los he visto?
¿Dónde?
Mmm…
Pero necesito este trabajo.
Así que me lo trago. Guardo esa sensación, sea cual sea, en lo más profundo de mi ser, junto con el resto de mi basura emocional, y entro, decidida a no inmutarme.
La puerta se cierra con un clic tras de mí.
La oficina luce exactamente como el hombre sentado en ella: impecable. Líneas limpias. Sin adornos superfluos. Un escritorio de madera oscura que brilla bajo la luz tenue. Una sola fotografía en blanco y n***o de una cordillera en la pared detrás de él, enmarcada como si costara una fortuna. Sin desorden. Ni una sola mancha de café. Ni un bolígrafo fuera de lugar.
Miro al hombre, no al escritorio. En concreto, al pequeño rectángulo blanco prendido en el bolsillo de su uniforme.
Dr. Caius Wolfe.
Lo pronuncio en mi mente. Caius. Wolfe. El nombre suena a advertencia.
Aunque... puede que lo haya dicho en voz alta.
Porque él levanta la vista; una ceja se le mueve apenas y las aletas de la nariz se le dilatan ligeramente.
—Sí. Soy yo. Toma asiento.
Lo dice con una voz grave y... diablos, ¿puedo decir que deliciosa? Señala la silla frente a él sin siquiera mirarme a la cara.
¿Soy yo o él es... desagradable?
Pero no digo nada mientras me acerco, con los dedos entrelazados a la espalda, antes de sacar la silla con suavidad y sentarme, cuidando de no hacer ruido ni desorden.
Guarda silencio un momento antes de levantar la mirada hacia la mía y, entonces, sus ojos azul hielo chocan de nuevo con los míos. Por fin me doy la oportunidad de observarlo bien.
Parece alto... y corpulento y... velludo, sobre todo por el vello que asoma por el escote en uve de su uniforme médico, sobre el cual se coloca una bata blanca.
Parece joven y viejo a la vez.
Labios finos y rosados, nariz recta y aristocrática, y cabello largo recogido en un moño. Es guapo.
No me doy cuenta de que me he quedado mirándolo demasiado tiempo hasta que él se aclara la garganta, sacándome de mis pensamientos.
—Deberías haber leído en alguna parte que no hay que quedarse mirando a los desconocidos tan descaradamente —dice, con una expresión de menosprecio.
¿Y quién ha dicho que lo miraba descaradamente?
Quiero preguntárselo, pero mantengo la vista baja, con los ojos clavados en los dedos que reposan entre mis muslos.
Hace chasquear la lengua y se pone manos a la obra; toma una carpeta de un montón y la extrae.
La abre entre sus manos largas y marcadas por las venas. Lleva un anillo de plata en un dedo.
Sencillo e indescifrable, igual que él.
—Kaia Merrick —lee en voz alta, como si el nombre le dejara un mal sabor de boca—. La mejor de tu promoción. Prácticas en... el Memorial. Sin experiencia laboral previa.
Lucho contra el impulso de encogerme. —Sí, señor. Yo... eh... tuve que hacer una pausa después de las prácticas... por asuntos familiares. Pero he mantenido mi licencia vigente. Hice todas las recertificaciones en línea que pude. Estoy lista.
No parpadea siquiera cuando nuestros ojos se encuentran. Simplemente sostiene la mirada un poco más de lo necesario antes de apartarla.
Pasa la página.
—Y ahora estás en Sundale.
Asiento. —Un nuevo comienzo.
—Los nuevos comienzos son una ilusión —dice, sin mirarme.
Vale. Guau.
Gracias, Freud.
Sigue leyendo como si buscara una razón para descartarme. —Sin referencias.
—No estaba en condiciones de pedírselas a nadie —digo, con un tono más cortante del que pretendía—. Pero puedo conseguirlas... si hace falta.
Por fin levanta la vista.
Y, durante un segundo, su mirada es tan jodidamente intensa que juraría que ve a través de mí. Como si ya supiera las respuestas. Como si no preguntara para averiguarlas, sino simplemente para verme retorcerme de incomodidad.
—Los resultados de tu entrevista fueron excelentes —dice tras una larga pausa—. Tu razonamiento médico. Tu ética.
Siento un escalofrío de alivio recorrer mi espalda.
—Yo... estoy muy agradecida por la oportunidad. Sinceramente, no pensé que...
—Pero...
Me interrumpe.
Y, de repente, la habitación vuelve a enfriarse.
Él mete la mano en el cajón que tiene al lado y saca otro expediente; este es más pesado, más grueso. El tipo de carpeta que parece capaz de acabar con una carrera o de ocultar un cadáver.
—Esto.
Lo desliza por la mesa hacia mí. Con calma. Con precisión.
Me quedo mirándolo un segundo.
Luego lo abro.
Es un acuerdo de confidencialidad.
No se trata de un formulario básico de una sola página. En su lugar, hay tres páginas gruesas y nítidas repletas de letra pequeña y jerga legal.
Observo el documento como si fuera a reescribirse solo para decir algo sensato.
¿Cláusula de no divulgación de todas las actividades ajenas a las funciones clínicas... anomalías biológicas... orden de silencio permanente incluso en caso de investigación legal?
Parpadeo de nuevo mientras repaso el texto por encima.
¿Pero qué demonios es esto?
Mis dedos se agitan sobre el papel. Siento ganas de reír, de preguntar si esto es una ventaja del puesto o algún tipo de juego de rol colectivo de la clínica. ¿Anomalía biológica? ¿Están haciendo experimentos? ¿O es que también recibo una anomalía junto con mi sueldo?
Por favor, llévenme volando a la parte inexplorada del espacio si es que ahora debo empezar a temer a lo desconocido.
Pero no digo nada. Ni suelto todas las palabrotas que se me acumulan en la garganta, ni el típico: «¿Pero qué coño? ¡Tiene que ser una broma!».
Porque esta es mi oportunidad.
Mi trabajo. Mi nueva vida.
Y algo en su forma de mirarme —inmóvil como una estatua, con expresión indescifrable y la espalda recta como la de un soldado— me dice que no es un hombre que gaste bromas. No juega.
Así que me aclaro la garganta y adopto un tono neutro: «¿Esto es... normal?».
Inclina ligeramente la cabeza, evaluándome. «Te sorprendería ver lo que llega a considerarse normal por aquí».
Eso no ayuda en nada.
«Supongo que esto no tiene nada que ver con la HIPAA», digo, manteniendo la voz serena aunque siento un hormigueo en la piel. «Esto... va mucho más allá de la confidencialidad del paciente».
«Así es», responde con sencillez. «Pero si piensas quedarte, tendrás que firmarlo antes de empezar tu turno».
Vuelvo a mirar el papel.
Luego a él.
Y otra vez al papel.
Quiero preguntar por qué. Quiero preguntar en qué demonios me estoy metiendo realmente. Pero también quiero poder alimentar a mi hija, inscribirla en una buena escuela y vivir.
Así que aprieto los labios y pregunto: «¿Y si no firmo?».
Su respuesta es inmediata: «Entonces no trabajas aquí».