chapter 5

2096 Words
KAIA Me quedo sentada allí un buen rato. Simplemente respirando. Todavía tiemblo. Aún medio convencida de que me he alucinado toda esa maldita historia. Quizás me golpeé la cabeza. Quizás ese batido estaba caducado. Quizás este pueblo está maldito y acabo de mudarnos a la versión de saldo de *Supernatural*. Echo un vistazo a la puerta. Cerrojo. Llave. Silla. Todo sigue ahí. Bien. Me despego de la silla y me dirijo al sofá más grande; me tiemblan las extremidades como si acabara de correr un maratón descalza. Técnicamente, así ha sido. Mi teléfono está hundido entre los cojines. Lo agarro y empiezo a escribir un mensaje para Ashby. Yo: Se te olvidó mencionar que mis vecinos son algo así como... salvajes. O sea... salvajes de verdad. Ojos amarillos. Gruñidos. De hecho, me llamaron su pareja. *Emoji de risa* Me quedo mirándolo un segundo. Luego suspiro y lo borro todo. No. Ashby se reiría y diría que por fin he perdido la cabeza o, peor aún, enviaría refuerzos en forma de tequila y pésimos consejos. Meto el teléfono en el bolsillo de la sudadera y dejo la barricada exactamente donde está. No me importa si mañana —que es mi primer día de trabajo— tengo que saltarla como una atleta olímpica de vallas; esa silla se queda ahí. El pasillito que lleva a la habitación se siente demasiado silencioso ahora. Es esa clase de silencio que zumba en los oídos y hace que te pique la piel. Entro de puntillas en el dormitorio. Hailey está acurrucada como una cría de conejo, respirando suave y lentamente. Sigue calentita bajo la manta, sigue enferma, sigue siendo mía. Le apoyo el dorso de la mano en la frente. Más fresca. Gracias a Dios. Le aparto de la cara los suaves rizos pelirrojos. —Has adelgazado, cariño —susurro con un suspiro. Luego doy un paso atrás e inhalo profundamente mientras me quito la sudadera —consciente de repente de lo pegajosa que tengo la piel— y me meto bajo las sábanas junto a ella. Mis brazos rodean su cuerpecito automáticamente, con afán protector y desesperación. Y entonces, dejo que mi mente vuelva a hace apenas una hora. Otra vez. ¿Qué demonios fue eso? ¿Qué clase de hombre te gruñe como si fueras... la cena? ¿Qué clase de hombres se disputan la propiedad de una mujer como si fuera un Black Friday primitivo? ¿En qué clase de vida me he metido? No lo sé. Pero sé una cosa. Si vuelven, si alguno de ellos siquiera mira a Hailey, les arrancaré la garganta con mis propias manos. Aunque tenga que hacerlo con una maldita cuchara sopera o con las uñas. Tras lo que parece haber sido un sueño maravilloso, me despierto húmeda. No del tipo que te hace empapar las sábanas de sudor. Ni siquiera del tipo provocado por una pesadilla. Del otro tipo. Ese que deja un dolor sordo entre los muslos y una sensación de calor en la piel que resulta incómoda. Parpadeo mirando al techo; el corazón me late con fuerza mientras se desvanecen los últimos retazos del sueño. Era él otra vez. El hombre sin rostro de aquella noche. El único hombre que no me forzó. Que no exigió nada. Simplemente lo hizo con una seguridad tranquila, un dominio pausado y unos labios que me adoraban como si yo fuera algo sagrado. Dios, incluso en el sueño le suplicaba que no parara. Exhalo con fuerza, irritada conmigo misma. ¿Qué clase de mujer rota se despierta chorreando después de la semana que he pasado? Giro la cabeza hacia Hailey. Sigue durmiendo. Se ve tranquila, como no la veía desde hace tiempo; tiene la mejilla apoyada en su pequeña almohada y las pestañas desplegadas, como si estuviera en un cuento de hadas y no durmiendo a menos de un metro de la mujer emocionalmente más inestable del mundo. Busco el teléfono bajo la almohada con cuidado. 6:12 a. m. Perfecto. El tiempo justo para entrar en pánico, fingir calma y aparentar que tengo mi vida bajo control antes del trabajo, aunque... bueno, la tengo bajo control, pero a la vez no, aunque sí la tengo... bajo... con... trol. «Aaaaaaaah». Grito en silencio mientras me incorporo y me tiro del pelo. «Ya has superado esto, estúpida», me digo. Pero espera: el trabajo. Hoy es mi primer día. Miro de reojo el armario, donde mi uniforme médico gris, perfectamente doblado, cuelga como un símbolo de libertad. Es una tontería, pero... sonrío. Nunca pensé que volvería a ponérmelo después de mi pequeño incidente. Hay algo en estar con un hombre como Robert que hace que la idea de un futuro parezca... ficticia. Como la historia de otra chica. Él lo controlaba todo. Mi tiempo. Mis pensamientos. Mi respiración. Hubo una noche —todavía la recuerdo con total nitidez— en la que él me estaba estrangulando, con la mirada vacía, y juré que jamás volvería a abrazar a Hailey. Creí que aquello era todo. Mi último capítulo. ¿Pero ahora? Ahora estoy aquí. Tengo trabajo. Tengo un hogar. Mi hija sigue durmiendo. Y voy a fingir que no estoy muerta de puto miedo. Me quito la manta de encima y salgo de la cama de puntillas. Cepillo de dientes. Agua fría. Respiraciones profundas. Luego me ducho, dejo que el agua borre el rastro de aquel sueño y me seco con la toalla como si fuera terapia. Siento un ligero hormigueo en la piel, pero al menos tengo la mente más despejada. Para cuando llego a la cocina, me siento casi humana. Rompo unos huevos, meto un par de rebanadas de pan en la tostadora y me apoyo en la encimera, dejando que el silencio de la madrugada me envuelva como una promesa. Esto... esto... es a lo que sabe la paz. Hoy tengo que preparar el desayuno. Proteger a mi hija. E ir a trabajar. Y eso es exactamente lo que haré. Un par de minutos después, ya estoy vestida. Uniforme médico gris. Sin arrugas, sin manchas; todavía huele a nuevo. Me miro en el espejo mientras me recojo el pelo en un moño bajo con unas manos que parecen más firmes de lo que realmente estoy. Hailey sigue durmiendo a mis espaldas; su respiración suave es el único sonido en la habitación. Le echo un vistazo. Ella se merece algo mejor. Algo mejor que este apartamento diminuto. Mejor que huir bajo la lluvia. Quiero ahorrar lo suficiente. Inscribirla en una de esas escuelas alegres y coloridas que vi al pasar por Sundale. Esas con patios de recreo impecables y uniformes bien arreglados. Ella es brillante —siempre lo ha sido—, pero me preocupa que termine en un curso inferior al que le corresponde por edad. Que el daño que causó su padre deje secuelas que yo no pueda reparar. Y tal vez... tal vez no debería haber usado esa parte de mi bono de contratación en aquel encuentro de una noche. El hotel. El vestido. El fajo de billetes que dejé en la mesita de noche antes de escabullirme como una cobarde. Siento un revuelo en el estómago; la culpa se acumula como algo agrio. Pero sacudo esa sensación. Soy madre. No un cadáver. El hecho de haber pasado por un infierno no significa que no tenga derecho a sentirme bien. No significa que no pueda disfrutar de una noche que no girara en torno a la supervivencia. Aquella noche me hizo sentir humana de nuevo. Como si fuera algo más que una madre, un error o un hematoma que aún no se había borrado. Así que sí. Sin remordimientos. Bueno... tal vez sí algo de remordimiento. Pero lo aparto a un lado mientras arranco una hoja del bloc de dibujos de Hailey y garabateo una nota. Hailey, cariño: Hay tostadas en la encimera; súbete a la silla que está delante. Ten cuidado de no caerte, ¿vale? Tu leche está en el horno. Pulsa el botón de la pegatina rosa, cuenta hasta veinte mentalmente y luego pulsa el de la pegatina amarilla; así se calentará. Los aperitivos están en el cajón del medio (sí, puedes comer todos los que quieras). No abras la puerta a menos que sea una emergencia. No salgas fuera, pero si quieres hacerlo, la puerta trasera está sin llave. Pulsa el botón del teléfono de mamá si te aburres y descansa todo lo que puedas. Mamá volverá antes de que el cielo se tiña de rosa. Pórtate bien, ¿de acuerdo? Con amor, Mamá. Lo doblo y lo coloco junto a su pequeño pingüino de peluche. Luego me inclino, le doy un beso en la frente y lo mantengo ahí un segundo más de lo habitual. Solo respira, Kaia. Puedes hacerlo. Salgo a hurtadillas, cerrando la puerta tras de mí como una espía en una misión secreta. La silla sigue acuñada bajo la puerta de entrada y la aparto con cuidado, sin raspar el suelo. El cerrojo hace clic. El pomo gira. Salgo al aire fresco de la mañana. Y me detengo al ver dos motocicletas. Grandes, elegantes y provocadoras, aparcadas justo delante del apartamento de enfrente, como una especie de demostración de dominio territorial. El mismo apartamento de anoche. Cromo brillante. Cuero n***o. Una de ellas todavía gotea por la lluvia de la noche anterior. Inhalo con un leve temblor, mantengo la vista baja y camino. Ni rápido ni lento. Lo justo para no parecer que estoy huyendo. Podrían estar despiertos. Podrían estar observando. Pero no miro atrás. Ya había echado un vistazo a la clínica dos días después de mudarme a Sundale. El camino no es largo. Diez minutos como máximo. Lo suficiente para estirar las piernas, pero no tanto como para darle demasiadas vueltas a las cosas. Lo suficiente para sentir cómo la emoción me invade. La clínica... no es lo que esperaba. Desde fuera, parecía algo a medio camino entre lo rural y lo moderno. ¿Pero en cuanto entro? Suelos de mármol. Un mostrador de recepción elegante. Un ligero aroma a eucalipto y ropa limpia que flota en el aire como si fuera dinero. La iluminación es suave. Las paredes tienen ese tono gris cálido —«greige»— que tanto adoran las madres de Pinterest. Todo transmite una calma extraña; es un entorno clínico, sí, pero con estilo. Me acerco al mostrador y doy mi nombre. La mujer que está allí —rubia, delgada, con uniforme médico gris a juego y un aura que dice «yo mando aquí»— me dedica una sonrisa profesional. «Kaia Merrick. Tu primer día. Soy Morgan. Acompáñame». Se mueve como alguien que no necesita alzar la voz para que la obedezcan. Me hace un recorrido rápido. Recepción. Armario de suministros. Dos salas de exploración. Una sala de urgencias que, según me cuenta, «permanece tranquila a menos que haya luna llena» —algo que espero que sea una broma. Luego se detiene justo antes de un pasillo que conduce hacia la parte trasera. —Ya casi estás lista —dice ella—. Pero tendrás que ver al jefe antes de que tu turno empiece oficialmente. Su oficina está por allá. Él mismo se encarga de la fase final de la incorporación. —Vale —digo, aunque siento un nudo en el estómago. Morgan arquea una ceja, como si hubiera captado mi inquietud. —Es... intenso. Pero justo. Intenso. Claro. Porque, obviamente, no he tenido suficientes hombres intensos en las últimas veinticuatro horas. Asiento y camino hacia el pasillo; cada paso resuena con demasiada fuerza. Mis zapatillas chirrían una vez. Hago una mueca. La puerta del fondo no tiene nombre. Solo un pomo plateado y liso y una pequeña placa que dice «PRIVADO». Respiro hondo, me aliso la blusa y llamo a la puerta. Sin respuesta. Vuelvo a llamar, esta vez con más suavidad. Sigue sin haber respuesta. Quizás no esté... Al diablo. Si espero demasiado, es probable que Morgan venga a ver qué pasa. Agarro el pomo y giro. Se abre con facilidad. Demasiada facilidad. La oficina es de madera oscura y cristal; minimalista, pero lujosa. Unas estanterías cubren la pared tras el escritorio. Cerca de la ventana hay una bandeja con instrumental quirúrgico que brilla, como si acabaran de pulirlo. Pero apenas reparo en nada de eso. Porque detrás del escritorio... Hay un hombre sentado. Una mano aferra una pluma estilográfica. Las mangas están remangadas sobre unos antebrazos tensos y marcados por las venas. El pelo n***o, peinado hacia atrás. La mandíbula, tan afilada que podría cortar el cristal. Y esos ojos. Azul gélido y... ¿familiares?
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