Ciudad de cafés —Ciao Linda, dijo Mario sonriendo, ¿cómo está la scuola? —Ciao. Bien… muy equis. —¿Cómo? —Aburrida, como siempre. —Creí que te gustaba el nuevo maestro de mate. —Sí, solo que resultó ser un, o sea, farsante: ¡todo lo que escribía en la pizarra era de memoria! —Me enteré que tú descubriste eso… dijo en un tono de envidia, ¿cómo lo hiciste? —Pues, fue muy obvio: sumó dos ecuaciones que hubieran producido un valor negativo y se le olvidó el signo. Se lo hice notar y se puso neurasténico. —Uno más que muerde el polvo… ey. ¿Eso que comes es jamón serrano? —Sí, ¿quieres un pedazo? —Preguntó sin egoísmo. —Si, por favor —esculcó en su mochila, —a cambio te doy un trozo de chocolate amargo… entonces ¿pediste a un maestro distinto, como lo hiciste con el de literatura? —A

