Levanto mis manos en señal de defensa porque honestamente no sé qué decir, niego con la cabeza a la vez que retrocedo, tomo lo primero que encuentro cerca para cubrirme y salgo corriendo del lugar.
Tan pronto he llegado al pasillo, empiezo a revisar qué fue lo que tomé y veo que es un abrigo largo, es de ella, de la mujer con la que él me ha traicionado.
Le he robado el vestido a la mujer que se acuesta con mi ahora ex.
Estoy descalza con un abrigo corto que parece vestido sexy y lencería por debajo.
¿A dónde se supone que vaya ahora?
Bajo la escalera, lo más deprisa que mis descalzos y friolentos pies me lo permiten.
—Perdóname, no te vayas —escucho que él grita desde dos pisos arriba —no es lo que crees!.
¡¿Acaso es una puta broma?! Es tan cliché.
Voy de prisa. dando el paso, brincando los escalones de tres en tres, he sacado algo de ventaja llegando a la puerta, y corriendo lo suficiente para no ser alcanzada por él.
Ni siquiera lo regreso a ver, no quiero hacerlo.
No sé cómo sentirme, las lágrimas caen por mis mejillas mientras camino, es de madrugada y estoy descalza en la calle, en la costa, el lugar donde más frío hace por la brisa del mar.
Escucho música a lo lejos y veo luces en la arena, debe tratarse de una fogata, o alguna fiesta, en especial por la decoración del sitio.
Tanto como me acerco, voy secando mis lágrimas y arreglando mi cabello.
Jamás me he colado en una fiesta, pero por hoy, seré no solo una chica que se cuela a una fiesta, sino una que robará zapatos y un saco para sobrellevar el frío.
El sitio está decorado muy lindo, todo con flores azules y blancas, sábanas blancas y mesas con manteles azules, se ve hermoso, pero nadie está sentado, todos bailan y brincan y hacen locuras celebrando lo que al parecer y por lo distintivo de la mujer sonriente de blanco que esto es una boda.
Un mesero se acerca y me ofrece tragos así nada más y este inmenso dolor en mi pecho apenas me deja respirar, así que no lo dudo y tomo no uno, ni dos, ni tres, sino cinco copas de un licor que no sé como se llame, pero está muy bueno en realidad. No he comido casi nada todo el día por los nervios, así que el licor no tarda nada en hacer efecto en mi joven y cero acostumbrado al alcohol, cuerpo estúpidamente virgen. Con todo lo que he pasado hoy, camino por inercia.
El mundo se mueve en dirección opuesta a mis pasos, siento que el piso se mueve a cada paso que doy, empiezo a reír como una loca, disimulo, mientras paso tomando unos hermosos botines rojos con pedrería y me alejo esperando no me acusen de robo.
Veo a un hombre muy apuesto subirse a un yate mientras se quita el saco, y parece ser el único que está dispuesto a quitárselo, ya que todos tienen los suyos aún puestos.
Lo sigo sigilosamente entre todos, nadie me ve en realidad, pensé comer algo antes de robar el saco y los zapatos, pero si dejo pasar esta oportunidad, ya no tendré otra.
Lo veo pasar por un pasillo hasta un camarote, espero que salga y entré por el saco. El mundo a mis pies se mueve, pero yo a pesar de estar ebria, tengo un propósito y no me iré sin conseguirlo.
A penas entro, veo el saco sobre una pequeña mesa junto a la cama, la misma que está llena de pétalos celestes y una cama muy bonita.
Pero yo entro solo por el saco, así que lo tomo, aunque está un poco oscuro todo, estoy por irme cuando alguien me sorprende por la espalda.
—No creí que vendrías —me susurra al oído una voz que me eriza todo el cuerpo.
Estoy paralizada, y no sé si es por el miedo de verme descubierta o por su voz.
Trato de voltear despacio para ver la puerta por donde salir corriendo, pero el piso se mueve demasiado para mí y caigo con él encima de mí sobre la cama.
Separo mis labios para explicar, pero él me besó metiendo su lengua tan dentro de mí que no supe que hacer, levanto mis manos para tratar de quitarlo de encima de mí, pero su cuerpo caliente, tonificado, el calor de su cuerpo, sus hombros… No sé qué me sucede, solo me dejo llevar, sus manos no tardaron en llegar a mi cintura abriendo el abrigo por completo, sentí un frío que no tardó en saciar él con su calor.
Antes de dejarme siquiera respirar, metió su mano hasta mi intimidad e introduce sus dedos y eso sí me sorprende demasiado, que solo alcancé a soltar un grito ahogado.
Baja hasta mi intimidad, e hizo cosas aún más alucinante con su boca que solo podía gemir de placer tan fuerte que yo misma tuve que cubrir mi boca por vergüenza.
Jamás había sentido todo eso, jamás imaginé siquiera sentir algo así, no creí que fuera posible, con cada lamida suya mi cuerpo se arquea como serpiente en una rama.
El impulso de placer desmedido me levanta, él deja mi intimidad y me da un beso tan, tan suyo que me regresa a la cama solo para hacerme soltar un grito.
Por sorpresa me penetra con fuerza, ni siquiera sé donde poner mis manos o que hacer, así que me aferro a él y cada vez que me penetra araño su espalda, casi con la misma intensidad con la que él me penetra, y gime de placer.
Es doloroso, pero placentero, mi cuerpo duele y siente cosquillas, no sé quién es él y tampoco conocía el sexo, pero justo ahora no quisiera estar en otro lugar.
Él se escucha agitado, siento mi sudor y el suyo, su calor mezclados con el mío, pero todo esto es una locura.
Si existe el infierno, debe sentirse así, y entiendo al diablo y sus placeres.
—Iré a la ducha, no te vayas... —susurra una vez más y se levanta de la cama.
¡¿Qué demonios hice?!
Tan pronto desaparece tras una puerta que sé que no es la de entrada, me levanto, pero en cuanto trato de ponerme de pie, mis piernas no me responde, se sienten como dos tiras elásticas. Y ese cosquilleo en mi intimidad permanece un rato más y es doloroso, pero satisfactorio a la vez.
Siento el rubor en mis mejillas, mi corazón aún acelerado, intento una vez más levantarme en cuanto escucho el agua de la ducha y esta vez lo consigo, aunque con un poco de dificultad, pero lo hago.
Siento que ardo en llamas aún.