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1294 Words
El sábado siguiente, Alba esperó en la chocolatería a Víctor durante más de dos horas, pero él no apareció. Molesta por el plantón, finalmente regresó a su casa, sin saber que el muchacho maldecía desesperado desde el cuartel de Toledo por no poder avisarla de que le habían retirado el pase para salir. Al día siguiente, cuando Alba vio a Nacho y éste le preguntó, ella continuaba enfadada. Sin embargo, no quería seguir dándole más vueltas, así que decidió olvidarse de él. De nada servía pensar en alguien que no se había presentado. Una tarde, dos semanas después, tan pronto como Nacho regresó de la academia de inglés, entró en su casa y encontró a Alba con su abuela y con Lena, que estaba cabizbaja. —¿Qué ha ocurrido? La yaya Remedios miró a su nieto, se puso las manos en la cintura y exclamó: —Aquí, la sinvergüenza de tu hermana. La he pillado fumándose un pitillito con su amiga Irene. Lena, que hacía mucho tiempo que había dejado de ser una niña que jugaba con muñecas, suspiró y protestó: —Yaya, tronca, no vuelvas a montar el jari, que no hace falta. —¡Lena! —la regañó Nacho. Su hermana era un caso, su adolescencia no estaba siendo tranquilita precisamente. La abuela se acercó a ella, le dio una colleja y aclaró: —Soy tu yaya, no tu tronca. A ver si muestras más respeto, sinvergüenza. Y, en cuanto a los jaris, ¡montaré los que me dé la gana! ¿Entendido, señorita? —¡Dabuti, yaya! —murmuró la chica. Alba y Nacho se miraron. Lena se pasaba un montón. Ésta se levantó sin prestar atención a sus miradas, y mientras caminaba hacia la puerta dijo: —¡Me piro a la habitación! Una vez salió del salón, la abuela meneó la cabeza y, dirigiéndose a Nacho, indicó: —A ésta o la ato corto, o se nos desmadra. Él asintió. Sin duda su abuela tenía razón. Cuando Remedios salió también del salón, Alba, que lo miraba, dijo: —¿A que no sabes qué ha ocurrido? Nacho dejó la mochila que llevaba sobre una silla. —No me digas que has visto al soldado guaperas ese que te tiene tan enfadada. Alba suspiró. Todavía le dolía el plantón, pero negó con la cabeza y musitó saltando: —¡He encontrado trabajo! —¡No! —¡Sí! Feliz por ella, Nacho sonrió y preguntó: —¿Dónde? —Nada más y nada menos que en El Corte Inglés. Él sonrió encantado. Sabía lo importante que era para ella trabajar y echar una mano a sus padres en casa. —Enhorabuena, monito —afirmó—. Me alegro mucho por ti. Como era de esperar, Alba se adaptó rápidamente a su nuevo trabajo en la sección de señoras. Tenía un gran don de gentes y un gusto excepcional para la ropa. El noviazgo de Luis y Juliana continuó, a pesar de las trabas que la familia de la joven ponía en su camino, y a pesar también de las pocas ganas que ella tenía de confraternizar con la familia del que ya era su novio. Aquella niña de papá, que vivía en El Viso, se había encaprichado del bombero y quería estar con él a toda costa, sin importarle nada más. Los tiempos en España estaban cambiando, y todo el mundo comenzó a hablar, a disfrutar y a vivir la movida madrileña. Nacho y Alba estaban metidos en el movimiento hasta el fondo, y disfrutaban junto a sus amigos siempre que podían. Él incluso formó un grupo musical junto con tres amigos y se llamaron Los Incómodos. Nacho cantaba muy bien. Asistían a conciertos de Kaka de Luxe, Alaska y los Pegamoides, Los Secretos, Nacha Pop, Mamá, Mermelada y Rubi y los Casinos, y lo disfrutaban tanto como cuando Los Incómodos eran contratados en alguna pequeña sala y Nacho enamoraba a las niñas con su carisma y su voz. El grupo, sin embargo, sólo duró unos meses. Lo que había comenzado siendo algo divertido acabó agobiándolos con el paso del tiempo. Especialmente porque la chica de uno de los componentes se enfadaba con su novio cada vez que tenían actuación. Odiaba que las demás lo piropearan y, al final, el grupo se disolvió. Pero, aunque Los Incómodos no continuaron, lo que los chicos nunca dejaron de hacer fue salir de marcha con sus amigos. Pasarlo bien por la calle Malasaña y tomarse unas copas en el Pentagrama o en La Vía Láctea les daba la vida. Porque vivir en Madrid y disfrutar de la movida madrileña significaba fiesta continua. Una de las tardes en las que tanto Nacho como Alba libraban de sus trabajos, se dirigieron al parque de bomberos para buscar a Luis. Era el cumpleaños de la yaya Remedios y querían comprarle entre todos un bonito regalo. No obstante, al llegar, se encontraron con Juliana. Como siempre, ésta los miró sin mucha emoción y preguntó: —¿Qué hacéis aquí? —Hemos quedado con Luis —afirmó Nacho. —Lo dudo. Con Luis he quedado yo —sentenció ella. En ese instante se abrió una puerta y salió Luis junto a un compañero del parque. Rápidamente besó a Juliana, que sonrió, y luego, volviéndose hacia su compañero, mientras ponía orgulloso la mano sobre el hombro de Nacho, dijo: —Éste es mi hermano Nacho. Nacho, él es Sergio. —Encantado —saludó el bombero estrechándole la mano. Luego miró a Alba y preguntó—: Y esta preciosa chica ¿quién es? —Alba... —Luis sonrió al ver que la chica estaba roja como un tomate. —La vecinita —matizó Juliana. Su comentario hizo que Nacho mirara a su futura cuñada. ¿A qué venía aquello? Pero, al ver lo colorada que estaba Alba, ante el tal Sergio, la agarró del brazo y puntualizó: —Alba es como nuestra hermana, ¿verdad, Luis? El aludido asintió justo en el momento en el que salía por la puerta otro compañero. —Claro que sí. Diez minutos después, tras despedirse de los bomberos, Luis, Juliana, Nacho y Alba se dirigieron hacia El Corte Inglés de Preciados. Alba trabajaba allí, así que el regalo que iban a comprar les saldría más barato que en otro sitio. Estuvieron mirando durante más de una hora y al final se decidieron por un precioso broche en forma de tulipán que Alba eligió para la solapa del abrigo. A la yaya le encantaría. Sin embargo, todo lo que a ellos les gustaba le parecía horroroso a Juliana. ¿Cómo iban a regalarle aquello?, decía. En varias ocasiones, Nacho miró a su hermano en busca de ayuda. No quería quedar como un antipático ante las cosas que su novia comentaba, pero al final, cuando aquella idiota tuvo la desfachatez de soltarle a Alba que entendía que su gusto fuera pésimo por ser hija de un frutero, saltó: —Juliana, mi hermana sabe lo que le gusta a la yaya... —No es tu hermana. Es tu vecina. Oír eso por segunda vez lo enfadó más aún. Pero ¿quién se creía que era? Buscó la mirada de su hermano, y Luis, acercándose a su novia, sentenció: —Cielo. Ya te he dicho que mi familia es especial. Diferente. Al ver su gesto serio, Juliana sonrió y, como una gatita atontada, cuchicheó acercando los labios a los de él: —De acuerdo, tesoro, perdóname. Luis sonrió enamorado. Aceptó sus tentadores labios y los besó, mientras Nacho y Alba se miraban y se entendían sin necesidad de hablar. Juliana no era tonta, sino que, directamente, era gilipollas. Cuando salieron del centro comercial, se marcharon al Pentagrama a tomar algo. Sus amigos los estaban esperando allí.
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