SU MUÑECA

1515 Words
**LUCIANA** Me quedé inmóvil. Mis pies descalzos ardían por el contacto con el cemento frío del pasillo. Miré hacia atrás, hacia la puerta que me separaba del lobby. Allí afuera estaba Daniel, el hombre al que le confié mis miedos, vendiéndome por un puñado de monedas a la mujer que destruyó mi tranquilidad. Y aquí adentro estaba Santiago, el hombre que me había reclamado como suya, moviendo mis hilos desde las sombras de un piso cincuenta. —¿A dónde me llevas? —pregunté, mi voz apenas un susurro quebrado. —A un lugar donde Beatriz Ocampo no tiene jurisdicción. Caminamos en silencio por el muelle de carga. Una camioneta blindada, negra y con los vidrios tan oscuros que parecían obsidiana, esperaba con el motor en marcha. El hombre me abrió la puerta trasera. Entré y el aire acondicionado me golpeó, recordándome que seguía viva, aunque me sentía como un fantasma. Apenas se cerró la puerta, el vehículo arrancó. El silencio adentro era absoluto, interrumpido solo por el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. Me encogí en el asiento, abrazando mis piernas, sintiendo el peso del vestido de seda que ahora me parecía una mortaja de lujo. Saqué mi celular viejo. La pantalla brillaba con el rostro de mi padre en los archivos de la quiebra. Daniel me había traicionado con Beatriz. Santiago me había ocultado la verdad sobre su firma. Estaba sola. Completamente sola en una ciudad que ahora me perseguía. Busqué el contacto de Simón Velasco. Mis dedos sobre la pantalla dudaron. ¿Quería justicia o quería venganza? ¿Quería hundir a los Echeverri o quería sobrevivir? Entonces, el teléfono que Santiago me había dado —el que estaba en mi bolso y que juré no volver a tocar— empezó a vibrar. No era una llamada. Era un mensaje de texto. SANTIAGO: “Mira por la ventana derecha, Luciana. No te abandoné. Te estoy observando desde arriba. Daniel es el pasado. Yo soy el único que puede darte las cabezas de quienes te traicionaron hoy. Elige: ¿Quieres ser la víctima de un estudiante mediocre o la reina de mi imperio?” Miré hacia arriba. Entre los rascacielos de la calle, el helipuerto de la torre E Group estaba iluminado. Un helicóptero despegaba, sus luces rojas y blancas cortando la noche bogotana como cuchillos. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Santiago no estaba huyendo. Estaba cazando. **SANTIAGO** Veinticuatro horas. Ese es el tiempo que tarda la prensa en convertir un rumor en un incendio y el tiempo que yo necesito para preparar los extintores de nitrógeno. Me serví un vodka puro, dejando que el líquido quemara mi garganta mientras observaba la ciudad desde el ventanal de mi ático. No hubo conferencia de prensa. No hubo comunicados oficiales. El silencio es la mayor forma de dominio; cuando no respondes, obligas a tus enemigos a gritar más fuerte hasta que se quedan sin aire. Sabía que Daniel Torres y mi madre estaban celebrando en algún club privado, creyendo que me habían acorralado. Pobres idiotas. No entienden que para cazar a un lobo ruso, hace falta algo más que un cordero traidor y una reina madre resentida. —Señor —la voz de Mateo sonó por el intercomunicador—. El equipo de extracción confirma que la señorita Rojas está en la casa de seguridad de los cerros. Se niega a comer y no ha soltado su teléfono viejo. —Déjala —respondí, apretando el vaso de cristal—. El hambre de comida se quita rápido. El hambre de venganza es lo que la mantendrá despierta. Me senté frente a mi escritorio y abrí la carpeta con los antecedentes de Daniel Torres. Un estudiante de derecho con deudas de juego y un complejo de salvador. Había sido demasiado fácil para Beatriz comprarlo. Lo que Daniel no sabía es que yo ya había comprado sus deudas a través de una empresa fachada. Lo tenía en la palma de mi mano y ni siquiera se había dado cuenta. De repente, mi teléfono personal vibró. Una llamada entrante. Luciana. Dejé que sonara tres veces antes de contestar. Quería que sintiera el peso del silencio. —Luciana —dije, y mi voz salió con una densidad que llenó la habitación. —Acepto —fue lo único que dijo. Su voz era un hilo de acero, fría, despojada de la calidez divertida que tenía antes. —¿Qué aceptas, exactamente? —pregunté, recostándome en mi silla, saboreando el momento—. Sé específica. Me gustan los términos claros. —Acepto el contrato. Acepto ser tuya, ser tu "Sugar Daddy", tu muñeca, lo que necesites para que el mundo sepa que estoy contigo por mi propia voluntad. Pero a cambio, quiero la cabeza de Daniel Torres. Quiero que vea cómo me convierto en lo que más odia, y quiero la verdad completa sobre mi padre. Una sonrisa oscura se dibujó en mi rostro. La chica de lengua filosa acababa de afilar sus dientes. —Hecho —sentencié—. A partir de este momento, eres una Echeverri en todo menos en el apellido. Tu pasado ha muerto hoy en ese lobby, Luciana. Mañana, el mundo verá a una mujer que no reconoce. Elige un vestido, prepárate. Mañana le diremos a Bogotá quién es el verdadero dueño de esta historia. Colgué. La pieza final estaba en su lugar. Mi madre quería un escándalo, y yo le iba a dar una revolución. Observé a Luciana a través del cristal del despacho en la casa de seguridad. Se veía frágil, pero sus ojos conservaban ese fuego desafiante que me impedía apartar la mirada. Bogotá se había convertido en un campo de minas. Mi madre y ese tipo, Torres, habían convertido un asunto privado en una cacería de brujas mediática. —No te quedas aquí —dije, entrando en la habitación sin llamar. Mi voz cortó el aire con la autoridad de un martillo. Ella se tensó, pero no bajó la cabeza. Esa es mi Luciana. —¿Y ahora a qué celda me vas a llevar? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho. —A una con mejor vista. Te vas de Bogotá. Esta noche. Caminé hacia ella hasta invadir su espacio, obligándola a retroceder contra el ventanal. La ciudad brillaba abajo, ajena al hecho de que estaba a punto de mover mi pieza más valiosa fuera del tablero principal. —He decidido trasladarte a mi penthouse en Medellín —sentencié—. Allí nadie te conoce. El escándalo no ha llegado con tanta fuerza y mis hombres controlan cada acceso al edificio. Estarás en una jaula, sí, pero será la más alta y lujosa de la ciudad. —¿Y mi carrera? ¿Mi hermano? No puedes simplemente borrarme del mapa, Santiago. —Tu hermano ya está siendo trasladado bajo protección. En cuanto a ti, seguirás estudiando. Te he inscrito en una de las mejores universidades de allá. El decano debe un par de favores a E Group; no habrá preguntas, ni cámaras, ni chismes de pasillo. Irás, estudiarás y volverás directamente a mi casa. Ese es el trato. Me incliné hacia ella, sintiendo el calor que emanaba de su piel. —Yo me encargaré de la prensa aquí —añadí, aunque por dentro una parte de mí se tensaba. No tenía idea de cómo callar a esos buitres. Beatriz había soltado demasiada sangre en el agua y los tiburones estaban en pleno frenesí. Borrar un archivo es fácil; borrar una imagen de la memoria colectiva es una guerra de desgaste que incluso yo encontraba agotadora. Pero ella no necesitaba saber mis dudas. Ella necesitaba mi certeza. —¿Y por qué haces todo esto? —susurró ella, sus ojos buscando una g****a en mi máscara—. ¿Por qué tanto esfuerzo por una “muñeca” de contrato? —Porque eres mi inversión más costosa, Luciana. Y yo no permito que nadie dañe lo que me pertenece. La tomé de la mandíbula, obligándola a sostener mi mirada gélida. Quería que entendiera que, aunque el mundo nos llamara "Sugar Daddy" y "Baby", yo no buscaba un romance de cuentos. —Escúchame bien. El mundo puede pensar que he caído en la trampa de un romance, pero se equivocan. Soy un hombre soltero, Luciana. Lo he sido siempre y lo seguiré siendo. No busco una esposa, ni una compañera de vida. Busco lealtad y obediencia absoluta. Tú eres mi secreto mejor guardado, y pienso mantenerte así, lejos de los flashes y bajo mi control. —Un soltero de oro con una prisionera de oro —ironizó ella, aunque sus labios temblaron—. Qué concepto tan encantador de libertad. —La libertad es un lujo que no puedes pagar ahora mismo. —Deslicé mi mano hacia su nuca, tirando levemente hacia atrás—. Ahora, prepárate. El avión privado despega en una hora. A partir de mañana, serás una desconocida viviendo en las nubes de Medellín. Y yo… yo me quedaré aquí para quemar a cualquiera que se atreva a seguir pronunciando tu nombre.
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