Capítulo 4: La dueña de su corazón

2210 Words
Samira se va con Emily, sintiendo el peso de la conversación que le escuchó a Anthony y Smith. La niña le habla de cosas que ella casi no oye, porque las palabras de aquel hombre se le repiten una y otra vez. «¡Es mi rehén, Smith!» «Ella no tiene ni un poder aquí» «Esa mocosa no es nada» No es nada. Lo peor que pudo hacer, después de dejarse llevar por ese beso, fue quedarse oyendo una conversación que a ella no le interesaba, pero ahí está, lamentándose todo lo que ha oído, hasta que Emily la hace reaccionar y ella le dice que irá ver si llegó la comida. Baja la escalera con decisión, en el camino se le cruza uno de los hombres quien no duda en apuntarla con un arma, pero en lugar de asustarse, ella se ríe. —Hazlo de una vez… —aparece Anthony con Smith y ella entorna los ojos en el hombre—. ¡Ah, es cierto! No soy nada, sólo soy un rehén de tu jefe… —en ese momento Anthony pierde el color del rostro porque Samira ha oído su conversación con Smith y seguramente ha pensado que todo aquello es verdad—. Pero te aseguro que, si me matas, le ahorrarás muchas cosas. —¡Baja esa arma! Sólo debes ver que no se escape de la casa, pero ella puede moverse libremente aquí dentro —mira a Samira con seriedad y le dice con frialdad—. Ya está todo lo que pediste. —Gracias —sisea ella y pasa por su lado como si nada. Anthony la sigue, ordenando a los hombres que se queden por allí cerca. Samira va llegando a la cocina, pensando las maneras en que podría matar a Anthony y hacerlo pasar por accidente, cuando pisa una de las esquinas de la cobija que se arrastra. Siente que va cayendo, pero se queda en el aire mirando el piso. Anthony la rodea con sus brazos y la ayuda a ponerse de pie, pero ella no le dice nada más que gracias y sigue su camino. —No deberías andar con eso en primer lugar, ahora evité que te cayeras, pero veo difícil que pueda evitar que se queme. —Bueno, tengo frío y mi captor no me dejó sacar mi abrigo —le dice ella buscando utensilios y sacando el pan de la bolsa de compras mientras ignora a Anthony, quien sale de allí como una fiera—. Idiota. Está ocupada con la comida de la mariposita, cuando siente cómo Anthony le arranca la cobija, para luego colocarle un abrigo que, aunque le queda un poco grande, es mucho mejor y más cómodo. —No tenías que hacer esto. —Sí, porque no tengo ningún interés de que quemes la casa —le dice sentándose a un lado de la barra. —No sería una mala idea, pero morir quemada no es algo que me guste, así que gracias. No tienes que quedarte allí, anda a hacer una de tus cosas de mafioso. —No quiero, esta es mi casa. —Bien… pero te advierto que no pienso prepararte nada de comer. Esto es sólo para la mariposita. —¡No me atrevería a esperar tanto de ti! —se burla él y a Samira le provoca lanzarle el cuchillo por la cabeza. Cuando tiene todo preparado y alista una bandeja, Anthony se la quita, en ese momento roza sus manos sólo porque quiere tener contacto con ella, Samira lo mira a los ojos y se sonroja levemente. —Vamos —le dice él caminando a la salida—, mi princesa debe tener hambre. —Mariposita, no le gusta que le digan princesa. —¿Por qué? —Porque dice que a las princesas siempre las tienen que rescatar, en cambio a las mariposas no, porque son libres y ella quiere ser así. Pero tampoco cualquiera puede decirle de esa manera, al primero que le permitió el apelativo fuera de casa es Ethan, su padre. —Yo soy su padre. —Perdóname, idiota, pero prestar tu ADN para hacer a Emily no te convierte en su padre, bien pudo valerle a Kate un donante de e*****a en una clínica de fertilización y el tarado no tendría derecho a reclamar paternidad sobre una hija que no quiso y por la que no ha hecho nada más que separarla de sus padres. —¡Que yo soy su padre! —dice exaltado y ella le quita la bandeja. —¡A mí no me grites, cavernícola! Y mejor yo me llevo esto, porque vas a terminar derramando la leche de la mariposita. Ella sigue sin prestarle la más mínima atención, llega hasta el cuarto de Emily y se acerca a dejarle la bandeja con la comida. Cuando Emily termina, Samira deja la bandeja a un lado y acompaña a Emily al baño, luego cuando salen, la ayuda a acostarse, le cuenta un cuento y la deja durmiendo tranquila en la cama. Samira se acerca a la puerta para cerrarla, pero ese momento Anthony lo aprovecha para cerrar la puerta dejándola afuera, se la echa al hombro y manda a dos hombres a ponerse delante de la puerta, mientras que camina con ella al cuarto que le asignó a Samira. Al entrar, ella comienza a gritar, algo de lo que se contuvo para no despertar a Emily. —¡Bájame, baboso! —¡Ya cálmate! —¡No, hasta que me bajes! —¡¡Pues no lo haré si no te calmas!! —le dice dándole un par de nalgadas y ella se queda quieta por lo que Anthony acaba de hacer, en parte por el enojo y por otra parte la excitación que eso le produjo—. Así me gusta, obediente. La baja, pero no se da cuenta del error que ha cometido hasta que sus ojos se enfrentan a los de la chica. Ella se acerca a él lentamente, haciéndolo retroceder poco a poco, hasta que queda pegado a la pared. —¿Me nalgueaste? —dice con el ojo saltándole del enojo. —Eh… creo que sí. —¡¿Y con el permiso de quién?! —le dice ella tratando de darle un golpe en la entrepierna, pero él logra encoger una pierna, evitándolo. La toma entre sus brazos y la lleva a la cama, en donde cae sobre ella, está furiosa, sonrojada y su pecho sube y baja con fuerza, dándole un aspecto de diosa sensual increíble. —Eres hermosa —le dice él con voz ronca y Samira se queda como un animalito sorprendido por su cazador—. Eres realmente hermosa, no sólo por fuera, sino también por dentro… —se acerca a ella y roza sus labios en su mejilla—. Eres perfecta. —No te creo… hasta hace unas horas estabas pensando en Kate, ¿o me equivoco? Además, escuché lo que le dijiste a tu asistente. —Eso fue sólo para que no me pierdan el respeto… pero si soy honesto, me tienes absolutamente dominado desde que me tiraste al piso en la oficina de Kate hace unos días —ella sonríe satisfecha. —Si quieres, puedo volver a darte una paliza —Samira hace un movimiento y lo deja bajo ella, aprovecha para bajarse de la cama, pero Anthony la detiene y vuelve a dejarla bajo él. —No te vayas… este cuarto es para ti, tiene todo lo que puedes necesitar, todo eso que no mandaste a pedir para ti. —No me tengas consideraciones, sólo soy una rehén… —le dice ella con sorna, pero él le acaricia el rostro y le dice mirándola a los ojos. —Eres más que eso, ¿acaso no me crees? ¿No te das cuenta? —Es difícil creerle a un hombre como tú… ¿quién me asegura de que no me harás daño si me dejo llevar por lo que me dices? —No cometería el mismo error dos veces, créeme… —finalmente, ataca su boca sin piedad y Samira otra vez no puede hacer nada para detenerlo, porque es como si fuera un imán, ese que le ha faltado toda la vida. Sus dedos pasan por el pecho de Anthony, luego por sus hombros y llegan a su cabello, mientras que una mano de él delinea sus curvas hasta llegar al borde de la camiseta del pijama y se cuela con timidez por debajo sólo para encontrarse con la piel cálida de Samira. Un gemido se le escapa a la chica, uno que le provoca a Anthony algo parecido a un estado de frenesí incontrolable. Preciosa su pelvis con la de Samira y ella arquea su cuerpo para recibirlo, Anthony suelta su boca y baja a su cuello, dejando a la chica libre para expresar con sensuales sonidos lo que él le está provocando. Anthony baja un poco más, levanta la camiseta y allí se encuentra con algo que es para él un tesoro. Aquellos senos se vuelven como la comida de un hambriento y los ataca con delicadeza, con una devoción inexplicable para la chica. Una de sus manos baja un poco más para meterse dentro del pijama de Samira, y sin perder detalle de las expresiones de la mujer, sus dedos comienzan a trazar círculos alrededor de su clítoris, mientras que su lengua sigue lamiendo uno de sus rosados pezones. —Por favor —le pide ella sin saber qué en realidad. —¿Qué quieres? Dime lo que deseas y yo lo haré. —No sé… quiero más… pero no sé qué… Él se quita la parte superior de su ropa, dejando ver su cuerpo trabajado y duro, Samira se siente como en las nubes, ese hombre está venerando su cuerpo como si fuera la última mujer del mundo. Anthony baja el pantalón de Samira, le abre las piernas y sin dejar de verla a los ojos, su lengua pasa por su intimidad, ella arquea el cuerpo, se aferra a la cama y quiere que eso se repita. Quiere llegar al orgasmo, así como no lograrlo aún. La lengua de Anthony la explora con avidez, uno de sus dedos se une a la invasión y traza círculos en el interior de la chica. Chupa, lame y sopla aquel botoncito hinchado que envía todas las sensaciones al cuerpo de Samira. Cuando los primeros espasmos del orgasmo la atacan, Samira se aferra a la cama y gime sin contenerse, Anthony sonríe satisfecho al tiempo que sale de la cama para terminar de quitarse la ropa, ella lo ve listo para la acción y se pasa la lengua por los labios cuando ve aquel m*****o grande y duro. Puede correr. Puede alegar demencia, coger el pantalón de su pijama y correr a esconderse con la mariposita, pero no puede. En lugar de eso, solo se sienta en la cama, se quita la parte superior y recibe a Anthony con los brazos abiertos antes de caer en la cama de nuevo con su boca pegada a la suya, saboreando su propia esencia. Ella se abre para él, dejando la invitación a que se funda en su cuerpo. Anthony la mira a los ojos, se acomoda y cuando Samira siente su erección en su entrada, le dice. —Anthony, hay algo que tienes que saber… —pero antes de que le diga nada, él entra de una vez, arrancándole un grito de dolor. Él abre los ojos sorprendido, le toma el rostro entre sus manos e intenta salirse, pero ella lo detiene—. Eso… que era virgen… —Samira, mi amor… lo siento, no sabía… lo siento… —la llena de besos y con ellos le quita las lágrimas que se le escapan. —Ya no importa, supongo que iba a doler de todas maneras… —Pero habría sido más delicado, lo siento. Hace un esfuerzo monumental para no c******e en ese instante. Comienza a moverse en cuanto logra controlarse y llena a Samira de atenciones que la transportan a otro lugar. Las embestidas se vuelven recias, profundas, cada impacto con su final le parecen como si fueran sus manos las que tocan su glande. Todo el roce entre los dos se vuelve tan delicioso, que ella se aferra a su cuerpo, mientras el sudor los ayuda a moverse mejor. Anthony pasa sus brazos por debajo del cuerpo de Samira y, en ese abrazo íntimo, los dos se dejan ir en la pasión de su entrega. —Anthony… va a pasar de nuevo… —Córrete, nena… hazlo conmigo, vamos… ¡Córrete, Samira! Ella le muerde el hombro mientras grita su nombre y él inevitablemente termina eyaculando dentro de ella, porque Samira se ha aferrado a él de tal manera que no pudo hacerlo afuera. Cae exhausta en la cama, entre los brazos de Anthony, quien se la queda viendo. Es hermosa, realmente hermosa y es fuerte. Los últimos años ha estado con mujeres que no son capaces de seguirle el ritmo, porque él es exigente, pero ella… siente que él le quedó corto a la pasión de Samira, esa mocosa es fuego puro, una diosa en los artes del amor… y la nueva dueña de su corazón.
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