El ascensor

1150 Words
Habían pasado más de dos meses desde que llegué a la mansión de mi abuelo y hoy era mi primer día de clases en la universidad. Mi tía Marisela se había encargado de comprarme mucha ropa para asegurar que estuviera presentable. Si yo pensaba que era presumida, mis compañeros lo eran mucho más, y la mayoría hablaban en inglés. Por suerte, yo dominaba el idioma; había tomado muchas clases y siempre fui becada en escuelas prestigiosas. Durante esos dos meses, había estado trabajando en la empresa de mi abuelo. Sin embargo, mis tareas se limitaban a preparar café y hacer fotocopias. Tenía que dividirme entre mi trabajo en la empresa y mis estudios. Mis clases eran en las mañanas y trabajaba en la empresa parte de la tarde y noche, solo llegaba a la casa para dormir. Una tarde tranquila, llegué tarde a la empresa y corrí hacia el ascensor. Justo antes de que las puertas se cerraran, me di cuenta de que había un hombre dentro. Era alto, se veía al menos unos diez años mayor que yo, con cabello rubio y unos ojos en tono esmeralda que resaltaban. Era muy guapo, aunque su expresión era muy seria, estaba concentrado en su celular. —¡Please wait! —le supliqué, pero cuando me di cuenta de que no abrió el ascensor, la frustración me ganó—. ¡Imbécil! —grité, pensando que no entendía español. Para mi sorpresa, antes de que las puertas se cerraran por completo, él me miró con una ceja levantada y una ligera sonrisa en el rostro. —Yo también hablo español, ¿sabes? —dijo, con un tono tranquilo pero firme. Me quedé paralizada, sintiendo el calor subir a mis mejillas. —Lo siento mucho —murmuré, sintiéndome avergonzada—. No sabía... Cuando subí al ascensor, sentí una ola de nerviosismo al darme cuenta de que el hombre de ojos esmeralda no dejaba de mirarme. Su mirada era intensa, y eso solo aumentaba mi incomodidad. —¿Eres nueva por aquí? —me preguntó, rompiendo el silencio. Solamente asentí, sin saber muy bien qué decir. —Bueno, bienvenida entonces —dijo con una sonrisa que parecía un intento de coqueteo—. Soy Alejandro, trabajo en el departamento de finanzas. ¿Y tú? Sentí que mis mejillas se calentaban, pero decidí mantenerme firme. —Gracias, pero no me equivoqué al llamarte imbécil —respondí, sin mirarlo directamente. Él levantó una ceja, sorprendido por mi respuesta. —Vaya, eres directa —dijo, sin perder la compostura—. Me gusta eso. —No me interesa lo que te guste —repliqué, tratando de mantener la calma. El ascensor llegó a nuestro piso y las puertas se abrieron. Salí rápidamente, deseando alejarme de esa situación incómoda. Sin embargo, Alejandro no parecía molesto; más Cuando subí al ascensor, sentí una ola de nerviosismo al darme cuenta de que el hombre de ojos esmeralda no dejaba de mirarme. Su mirada era intensa, y eso solo aumentaba mi incomodidad. —¿Eres nueva por aquí? —me preguntó, rompiendo el silencio. Solamente asentí, sin saber muy bien qué decir. —Bueno, bienvenida entonces —dijo con una sonrisa que parecía un intento de coqueteo—. Soy John, trabajo en el departamento de finanzas. ¿Y tú? Sentí que mis mejillas se calentaban, pero decidí mantenerme firme. —Gracias, pero no me equivoqué al llamarte imbécil —respondí, sin mirarlo directamente. Él levantó una ceja, sorprendido por mi respuesta. —Vaya, eres directa —dijo, sin perder la compostura—. Me gusta eso. —No me interesa lo que te guste —repliqué, tratando de mantener la calma. El ascensor llegó a nuestro piso y las puertas se abrieron. Salí rápidamente, deseando alejarme de esa situación incómoda. Sin embargo, Jhon no parecía molesto; más bien, parecía intrigado. —Nos vemos luego, nueva chica —dijo mientras se dirigía en otra dirección, su voz cargada de un tono burlón. Intenté sacudirme el encuentro de la mente y concentrarme en mis tareas, pero su imagen y sus palabras seguían rondando en mi cabeza. Aunque no quería admitirlo, algo en su actitud me había tocado una fibra sensible. Decidí que, a partir de ese momento, sería más cuidadosa con mis interacciones, pero también más firme en mis respuestas. [...] Me encontraba cenando con la familia en el gran comedor de la mansión. Las conversaciones fluían en diferentes direcciones, pero de repente mi tía Elvira captó la atención de todos con un anuncio importante. —Organizaremos una reunión este fin de semana para recibir al nuevo inversionista, el señor Chrysler. Es muy estricto, así que debemos estar en nuestro mejor comportamiento —dijo.Emma, mirando a cada uno de nosotros para asegurarse de que lo entendíamos. Mi abuelo, con su habitual tono autoritario, intervino. —Debemos ser muy amables. Deseo que invierta en nuestras empresas, pero ya nos ha rechazado una vez. Esta es nuestra última oportunidad de convencerlo. Hubo un breve silencio en la mesa mientras todos asimilaban la importancia de la reunión. Justo cuando iba a preguntarme en qué podría ayudar, Alicia, con su habitual confianza, tomó la palabra. —No se preocupen, familia. Yo lo conozco y le agrado. Lo convenceré —comentó, sonriendo con una seguridad que no dejaba espacio a dudas. Es evidente que ese tal Chrysler le agrada demasiado. La tensión en la mesa pareció disminuir un poco con su declaración. Sin embargo, no pude evitar sentir una punzada de celos y frustración. Alicia siempre parecía tener la respuesta perfecta, la solución a cada problema. En cambio yo pasaba desapercibida. —Confío en ti, Alicia. Pero todos debemos hacer nuestra parte para que la reunión sea un éxito. Aisa —dijo, volviéndose hacia mí—, asegúrate de ayudar en lo que sea necesario. —Por supuesto, abuelo —respondí, tratando de mantener la compostura y no mostrar lo nerviosa que me sentía. — Señor Aragón — Me corrige Emma— Aisa tú no sabes comportarte en sociedad y no quiero que incomodes al señor Chrysler así que lo mejor es que te quedes en tu habitación. — Por supuesto que no, yo me encargaré de enseñarle a Aisa a comportarse y buscar el vestido ideal para ella.— Comento Marisela. Sabía que tendría que poner mi mejor esfuerzo, tanto en la empresa como en la universidad, para demostrar que podía ser una valiosa parte de esta familia, aunque aún sentía la presión de ser la nueva e incómoda pieza en el complicado rompecabezas familiar. El fin de semana se avecinaba rápidamente y, con él, la reunión que podría decidir el futuro de la empresa. Aunque Alicia parecía tener todo bajo control, estaba decidida a aportar lo que pudiera para asegurar el éxito de esta crucial ocasión. Sin embargo, si seguro anciano del señor Chrysler era tan antipático como los demás amigos de mi abuelo.
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