4. La Mala Noticia.

1635 Words
4. La Mala Noticia. Ni bien cierro la puerta del coche, Pepe avanza, no puedo esperar más. Tomo mi celular y busco el número de Richy; mi casi hermano, mi compinche en amoríos, y le marco: —Mande, jefe —me saluda al saber que soy yo. Me dice jefe desde que en el colegio le salvé el trasero de dos gorilas que lo querían usar como balón de fútbol. Antes de eso, apenas y nos llevábamos bien. —Necesito que hagas algo por mí —le digo sin preámbulos. Las vacaciones del año pasado la hemos pasado juntos. Las borracheras que nos dimos fueron inolvidables. Él y yo tenemos un par de reglas que hace sana y llevadera nuestra amistad. Uno: Nunca acostarnos con la ex del otro. Dos: Las mujeres se comparten. Con esas dos simples reglas nuestra amistad ha perdurado a lo largo de los años. Richy es dueño de “Eagle Eyes” la agencia número uno en vigilancia dentro del país. Siempre puedo contar con que borre una que otra imagen que las cámaras de seguridad han captado de mí. —Solo tienes que decirlo –contesta él. De fondo llego a escuchar los susurros de una mujer. Richy no está solo— ¿Cuándo llegaste? —Hace dos días —contesto—. Te pasaré unas fotos… —suspiro manteniendo mi compostura—. Búscala. El comprende las palabras que digo entre líneas. —Tus deseos son órdenes para mí. —Ya, no seas dramático. —y le voy pasando vía chat las fotografías de la chica. Mis ojos se deleitan al verla una vez más. Es como una fuente de agua en pleno desierto, mierda, ¿por qué me siento así cuando la veo? No la conozco y siento que la amo. —Oye, Brian, ¿al fin pudiste librarte de la “Última Cena versión Cuervos? —pregunta con una risa. —De hecho no. —Es una lástima, porque acá tengo a una holandesa voluptuosa, por si te apetece… —propone. —No creo, esto va a durar unas largas horas… Hay un silencio entre los dos, supongo que es porque ve las fotos que acabo de pasarle de la chica misteriosa. —¿Quién es la morocha? —Pregunta él y noto un leve cambio en su voz—. Déjame adivinar… —dice él, lleno de curiosidad por saber. —Ni lo intentes. No es nadie que conozcas –le corto el juego. Me doy perfecta cuenta que la rubia escucha con atención la conversación—. No puedo contarte nada más. El viejo me ha enviado a una niñera… —la miro al referirme a ella. —¿Y está buena? –pregunta eso porque está al tanto de los amoríos del viejo y asume que la supuesta nana está candente, al menos según los gustos del viejo. Vuelvo a mirarla antes de contestar. Sé que ella, llega a escuchar a la perfección. —Para nada. Luego te llamo. —Cuelgo. La rubia apenas y ha parpadeado ante mis declaraciones acerca su atractivo y s*x appeal. Me acomodo en mi lugar. A la derecha de mi viejo, y frente a mi madre, a quién saludo con un gesto de ojos. La abuela Dorotea, sorda de un oído es la única, aparte de mi madre, que se alegra de corazón al verme. Al llegar, diez minutos tarde, tengo los ojos de ave rapaz del viejo atravesándome la cabeza. Sé que me espera un largo y aburrido reproche por el retraso, aunque no es mi responsabilidad, a él no le importa, a veces pienso que le gusta tenerme mártir de sus discursos sobre responsabilidad y respeto, y yo, defendiéndome de sus acusaciones. Siempre es igual con él. Nada cambia entre nosotros, la excesiva autoridad del viejo no se lleva con mi extrema rebeldía, a pesar de que ahora mismo me encuentre sentado en esta larga e imponente mesa, junto a una gran parte de la familia. —Estás delgado. Come algo de bife, querido —me dice mi madre, que siempre tiene una sonrisa para mí, a pesar de lo mal que la estuviese pasando ella. Siempre ha sido así de cariñosa conmigo. Ella luce un vestido n***o y sobrio. El peinado recogido impecable, luce las joyas de la familia. Tomo un bife ahumado sin esperar que el mozo me lo sirviera, y comienzo a cortarlo en pedazos con los cubiertos, para darle el gusto a ella. —Muy bien, querido. Eres muy bueno —me dice la abuela Dodo, que es así como la llamo desde que recuerdo. Me pasa la mano arrugada sobre la espalda, apenas puedo sentirla. Más allá, mis no tan queridos tíos, un par de extremistas religiosos, santurrones aburridos, uno frente al otro, comen en completo silencio, cabe decir que ni tía Lourdes, ni tío Mario están de acuerdo con que yo sea el futuro presidente de la firma, solo que ambos carecen de voz y voto en las decisiones importantes de la familia, son más como los parientes arrimados, a los que mi madre tiene bajo su protección, y gracias a su bondad, cada uno tiene un puesto importante en una de las empresas nacionales de la firma. Por el momento, por asuntos del pasado que no me interesa mencionar, al menos no ahora, no me dirigen la palabra, lo que agradezco de corazón, así me evito escucharles sus intentos por convertirme a su religión. Ya me veo yo manteniéndome en ayuna s****l. Prefiero morir antes que eso pase. Observo a cada uno de los presentes y confirmo que todos, salvo la abuela Dodo, quien está más decaída que la anterior vez que la vi, se ven igual que siempre. La velada transcurre en relativa calma, salvo los comentarios ácidos que va lanzando el vejete hacia mi persona, cada tanto critica mi manera de vivir mi vida, lo que él llama descontrol, yo llamo diversión. Me limito a callar y escuchar, de ignorarlo de manera triunfante, aunque para ser sinceros, en un par de ocasiones estuve a punto de decirle sus verdades, cosa que luego me habría arrepentido, más por Dodo y por mi madre. —Dejalo, si es tan joven aún. Acuérdate como eras tú. Mira que yo soy tu madre y mi cerebro sigue lúcido a mis noventa años —le dice Dodo, saliendo a defender a su nieto amado. El viejo suelta un gruñido por debajo. —No es lo mismo, madre. No es lo mismo —contesta evitando mirarla a la cara. —¿Cómo qué no? –Dodo no deja las cosas a medias e insiste— ¿No recuerdas que a tus veinte tenías los pelos por debajo de los hombros? ¿No decías que lo tuyo era la paz? Yo sí que no lo olvido, hijo… La vida es corta. Deja que mi nieto disfrute, ya le llegará el momento para sentar cabeza… como lo hiciste tú. ¿Me equivoco? La rubia de antes que me ha hecho de nana entra llevándole el celular. Mi padre, que odia interrumpir su comida lo recibe. Ella le dice algo en los oídos. Hacen todo eso delante de mi madre, pero qué falta de respeto. El vejete se incorpora y sale. Ha roto las pocas reglas que se jactaba de respetar. —¿Por qué ha hecho eso? —Déjalo. Debe ser algo de importancia. —¿Quién es esa rubia? Me la ha enviado para que no olvide venir. ¿Sabes que nunca faltaría a la cena, no es así? —Lo sé, cariño. Sabes que tu padre es nervioso y odia que las cosas salgan diferente a lo que espera. Pero no me ha contestado la pregunta principal que le hice. —Dice que es su asistente. —Ah, es Margui. Es una dulzura de chica —dice emocionada con ella. Pero yo sé que, la tal Margui no tiene buenas intenciones, que es más que seguro que se ha acostado con el vegete. —No me agrada. —No seas injusto. Debes conocerla, seguro y se llevan bien. Son compatibles. Me limito a sonreír ante sus palabras. Dudo que sepa de qué habla, pero no voy a discutirlo con ella. Mi viejo regresa en silencio, su expresión ha cambiado, se ve más cansado, más anciano. Eso me preocupa, a pesar de que lo odie, al final, sigue siendo mi padre. —¿Qué ha sido eso, papá? —le pregunto de una. —Nada de importancia —contesta, pero miente. Si fuera como dice, ni siquiera se habría movido de la mesa. Yo le tomé de sorpresa y ha tenido que decir eso. Ahora me lo ha confirmado. Pasa algo, y no sé si sea algo bueno, más bien su expresión me dice que es todo lo contrario. Mi viejo trata de retomar la comida, pero algo se lo impide. Tiene los ojos de cuervos fijos en el plato. Mi madre lo ha notado, Dodo igual. —¿Qué pasa hijo? —es ella quien se anima a confrontarlo de una. —Me han detectado cáncer. Uno maligno. Como mi abuelo, y el abuelo de mi abuelo. La maldición masculina de nuestro linaje. Un día será mi propia maldición. Pero antes pienso vivir con intensidad. Libre de toda cadena que trate de limitarme. Dejo los cubiertos a un lado y hecho una mirada hacia mi viejo. Él que siempre se ha jactado de su salud, hasta ese momento parece derrumbarse por dentro. Su rostro adquiere una palidez lúgubre. Su gran orgullo se desvanece, ahora es un simple hombre que ronda los sesenta. Solo mi madre y yo lo hemos escuchado, o eso es lo que parece porque todos en la mesa siguen sin inmutarse. Mejor así. Las rapiñas pronto rondarán sobre él.
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