58 Nunca se había divertido tanto como en aquel momento. La música vallenata, interpretada por un conjunto de cuatro hombres, no paraba de sonar; una enorme fogata iluminaba el corazón de la fiesta, los norteamericanos bebían cerveza y ron como si fuese el último día de fiesta en el resto de sus vidas, y Fabio, como era su costumbre, no descansaba en su función de hacerla reír mientras le enseñaba nuevos pasos de baile. Solo quería saber de diversión, el tema de Santiago totalmente olvidado o guardado en el rincón más recóndito de su mente. Le agradó sentirse abrazada por el muchacho de los ojos verdes, sentirse besada con el furor y la pasión sentida anteriormente con los besos de Santiago pero no con los de aquellos muchachos de su lejana New Jersey. Pensó en las diferencias

