PRISIONERA NUEVAMENTE

1422 Words
ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ Con cuidado, le di el tónico a mi hijo, susurrándole palabras reconfortantes. Esperaba que este remedio hiciera efecto, que, de alguna manera, su fiebre empezara a bajar. Mientras lo observaba, me aferraba a la esperanza de que habíamos hecho lo correcto. Gracias a Dios, a los pocos minutos de darle el tónico, la fiebre de mi hijo comenzó a bajar. Pude ver cómo su respiración se hacía más regular y su pequeño cuerpo dejaba de temblar. Un suspiro de alivio salió de mis labios, y por primera vez en lo que parecían horas, sentí que podía relajarme un poco. Me quedé a su lado unos minutos más, acariciando su frente y asegurándome de que su temperatura continuara descendiendo. Cuando sentí que estaba lo suficientemente estable, decidí salir y pedirle al chofer que nos llevara de regreso. No podíamos quedarnos más tiempo en esa casona desolada. Con pasos rápidos, me dirigí hacia la puerta. Al abrirla, el frío aire exterior me recibió, pero algo estaba mal. Miré alrededor y no vi el auto por ningún lado. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y una sensación de pánico se apoderó de mí. No había traído nada conmigo, ni celular, ni ninguna forma de comunicarme con Nathan o con alguien que pudiera ayudarnos. Sentí una mezcla de desesperación y rabia que me invadía por completo. El aire espeso del desierto se sentía como una carga en mi pecho, y cada respiración se volvía más difícil. ¿Cómo podían mis padres hacerme esto? ¿Cómo podían jugar con la salud de mi hijo de esta manera? La impotencia me consumía mientras miraba a mi alrededor, buscando alguna señal de lo que debía hacer a continuación. El paisaje árido y desolado solo aumentaba mi sensación de aislamiento, como si estuviera atrapada en un lugar donde el tiempo se había detenido y la esperanza se desvanecía. Intenté mantener la calma. Necesitaba pensar con claridad. No podía permitir que el miedo me paralizara. Mi hijo me necesitaba, y debía encontrar una solución. Regresé al interior de la casona, con la mente trabajando a toda velocidad, buscando alguna forma de salir de esa situación. La casa, con sus paredes desgastadas y muebles cubiertos de polvo, parecía un reflejo de mi estado emocional: descuidada y olvidada. Al entrar de nuevo, me dirigí hacia la mujer que había administrado el tónico. Su figura era delgada y su piel estaba marcada por el paso del tiempo, pero había una firmeza en su mirada que me hizo sentir que, de alguna manera, ella tenía el control de la situación. —El chofer se ha ido —dije, tratando de mantener mi voz firme—. Necesito encontrar una manera de regresar. Mi hijo necesita atención médica. Ella me miró con una expresión que no pude descifrar, una mezcla de compasión y determinación. Su rostro estaba surcado por arrugas que contaban historias de años de soledad, y su mirada parecía atravesar mi desesperación. Sabía que debía seguir insistiendo. —Señora, esta casa será su nuevo hogar —dijo, como si eso fuera suficiente para calmar mis temores. —¿Qué está diciendo? —pregunté, sintiendo que la incredulidad se apoderaba de mí. —Su padre ordenó que usted y el niño vivirían aquí —replicó, su voz clara y sin titubeos. —Es una broma, ¿verdad? —respondí, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo mis pies. —Lamento decirle que no. Yo vivo a una hora de aquí. Si necesita algo, avísame —dijo, con un tono sereno que solo aumentó mi frustración. —Espere, ¿cómo salgo de aquí? —pregunté, intentando mantener la calma, pero mi voz se quebró ligeramente. —Solamente en coche. Si no se dio cuenta, estaba muy lejos de la ciudad. Este sitio nadie lo visita. Yo tengo más de dos décadas de vivir aquí y usted es la segunda persona que veo después de mi difunto marido —explicó, como si eso pudiera justificar la situación. —¿Qué demonios dice? Esto no puede ser cierto —respondí, sintiendo que la rabia empezaba a burbujear en mi interior. —Un consejo, enciérrese temprano, porque hay lobos hambrientos ahí afuera. Mañana vendré a traerle unas cosas para la comida —dijo, como si se tratara de un comentario trivial. —Ni piense que me quedaré aquí —exclamé, el tono de mi voz elevándose. La idea de estar atrapada en ese lugar con mi hijo, lejos de la atención médica que necesitaba, era insoportable. La mujer me observó con una mezcla de curiosidad. Era evidente que no comprendía la magnitud de mi desesperación. Mi mente comenzaba a trabajar en círculos, sopesando las posibilidades. De repente, me asaltó una idea: si había estado tan sola durante tanto tiempo, quizás podría utilizar eso a mi favor. —¿Cómo se llama? —le pregunté, intentando cambiar el enfoque de la conversación. —María —respondió, con una leve sonrisa que iluminó su rostro cansado. —María, por favor, necesito que me ayudes. Mi hijo no puede estar aquí. No es seguro. —Yo no puedo hacerlo —dijo, sacudiendo la cabeza—. No puedo desobedecer a su padre, gracias a él tengo un techo y comida. Es mejor estar tranquila y no poner en peligro su vida y la de su hijo. La mención a mi padre me llenó de una rabia aún mayor. ¿Desde cuándo se había convertido en un carcelero? ¿Qué había pasado con el amor y el apoyo incondicional que siempre había creído desde niña? La traición se sentía como un puñal en mi pecho. —Pero él no está aquí —dije, intentando apelar a su lógica—. No puede dictar lo que sucede en este lugar. María vaciló, su mirada se desvió hacia el suelo. Era un momento de debilidad, y lo sabía. Era mi oportunidad. —Si me ayudas a salir de aquí, prometo que nunca volveré. Solo necesito llegar a la ciudad, a un hospital. Mi hijo es lo más importante —insistí, acercándome un poco más. Finalmente, levantó la vista, y en sus ojos vi un destello de compasión. —Escuche —dijo en voz baja—. A veces, las cosas no son lo que parecen. Hay secretos en esta casa que no puedo compartir. Pero si realmente está dispuesta a arriesgarse, podría ayudarla. Sentí que mi corazón latía con fuerza. Era un atisbo de esperanza, el primer destello de luz en medio de la desesperación. —¿Qué tengo que hacer? —pregunté, casi en un susurro. —Nada, simplemente acostúmbrese como yo lo hice, cuando mi esposo me trajo aquí era como usted, deseando irme—me explicó con urgencia. —¿Y mi hijo? Él no puede vivir en estas condiciones —pregunté, sintiendo que mi voz se llenaba de desesperación. —Estará bien, aunque yo perdí dos hijos, es doloroso, pero todo en la vida se supera. Mi estado de ánimo decayó rápidamente, como si toda la energía y la alegría me abandonaran de golpe; deseaba con todas mis fuerzas llorar y gritar de impotencia ante la situación que estaba viviendo. Sin embargo, me contuve y reprimí esas ganas intensas, ya que mi hijo dormía plácidamente, y no quería perturbar su sueño ni preocuparlo con mis propios problemas emocionales. —Pensé que me ayudaría a salir de aquí. —dije con sinceridad. —Cuidado —advirtió—. La confianza es un lujo peligroso aquí. Con esas palabras resonando en mi mente, me di la vuelta y fui hacia uno de los cuartos, donde me alojaría hasta encontrar una salida. La noche fue larga, llena de pensamientos y planes. No podía dejar que el miedo me consumiera. Mi hijo contaba conmigo, y no iba a fallarle. Al amanecer, cuando la luz del sol comenzó a filtrarse a través de las ventanas polvorientas y cubiertas de telarañas, decidí levantarme de la cama. Los primeros rayos dorados se colaban tímidamente, iluminando un paisaje desolado y olvidado que parecía haber estado en un letargo durante años. Miré a mi alrededor y noté que había varias cajas apiladas en la sala, creando un pequeño desorden que parecía ser el testimonio de una vida que una vez fue vibrante. Sin embargo, no logré encontrar a María por ningún lado, lo que me resultó extraño y preocupante. Era una mujer peculiar, con una fortaleza que a menudo me dejaba asombrado, y a menudo me pregunto cómo ha logrado sobrevivir en este lugar tan inhóspito.
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