El rostro de aquel hombre se iluminó rápidamente, se trataba de una revelación, una oportunidad.
—¿Estarías dispuesta a lo que sea? —preguntó insistente.
Lucia lo observó en silencio con un poco de temor, pensó en lanzar el reloj y correr muy lejos, temiendo que rápidamente aquel hombre que doblaba su tamaño y peso la tomara con fuerza para adentrarla en su automóvil.
Él rascó su nuca con nerviosismo al darse cuenta lo terrible que aquello sonaba, intentando explicar y arreglar lo que había dicho.
—¿Cuál es tu nombre? Déjame explicarte, sé que suena extraño, alarmante y bastante turbio, pero quizás, solo quizás, el destino quiere que exactamente este momento suceda. Sé cómo ayudarte y sé cómo puedes ayudarme. —balbuceó muy deprisa.
Lucia levantó una vez más su mirada, tomando el reloj y dejándolo una vez más a su lado. Una clara señal de que realmente no quería continuar en aquel lugar.
—No tengas miedo, yo soy Sergio. —dijo cordialmente estirando su mano y ofreciéndose para ser estrechada. —Sonará extraño, no te conozco, no me conoces, pero tengo una propuesta que podría cambiarlo todo. —explicó. —¿Qué edad tienes? —preguntó una vez más.
El corazón de Lucia estaba por salir de su pecho, sus manos sudaban y la lluvia finalmente cesaba.
—Lucía, me llamo Lucia. —balbuceó con temor.
—Un placer Lucia, yo soy Sergio, soy guardaespaldas de tiempo completo, ni jefe se llama Pablo Santos, y para ser directo, necesito de ti.
Lucía puso sus ojos en blanco, casi preparada para correr lo más rápido y lejos de allí.
—Confía en mi, Lucia, si realmente quisiera hacerte daño, lo hubiese hecho hace muchos minutos atrás. —avisó. —Necesito saber tu edad para poder proponerte lo que será el plan ideal.
Ella suspiró, aferrándose a la poca esperanza de aquel hombre no mintiese.
—Tengo veinte.
Los ojos de aquel desconocido brillaron lo suficiente para que Lucía lo notara.
—Eres perfecta, Lucia. Veinte años, edad exacta. —avisó. —¿Tienes hijos? ¿Estuviste embarazada alguna vez? ¿Novio? ¿Esposo? ¿Amante? ¿Alguna enfermedad congénita o de transmisión s****l? —cuestionó.
Todo aquello hizo que Lucía pusiera sus ojos en blanco, quedando helada ante sus palabras.
Él rió. —Sé que suena extraño, solo respóndeme por favor.
—No tengo, ni he tenido hijos, señor. Mucho menos tengo pareja, esposo o amante, mi madre se lleva todo mi tiempo. No tengo enfermedades, de ningún tipo. —explicó. —¿Eso que tiene que ver?
Él sonrió buscando con afán una tarjeta que sacaría de su bolsillo.
—¿Estarías dispuesta a hacer lo que fuese por dinero? ¿Incluso alquilar tu vientre? —preguntó.
Lucía no dudó en ponerse de pie alarmada, poniendo una clara distancia entre aquel completo desconocido y ella.
—¡Alejese! ¡Si intenta acercarse gritaré lo suficiente para despertar el edificio entero! —advirtió.
Él negó rápidamente pidiéndole la calma. —No me la llevaré a la fuerza, señorita. Podré tener semblante de matón, pero no lo soy. —avisó. —Le decía que mi jefe, Pablo Santos, el hombre con gusto peculiares me había regalado ese reloj, él también podría darle a usted el dinero que necesita, solo que necesitaría algo a cambio. —explicó.
Lucia se posicionaba para pelear, poniendo sus pies firmes sobre el suelo y sus brazos ante ella.
—¿Algo a cambio? ¿Alquilar mi vientre? ¿Por qué un hombre con tanto dinero pagaría para que alguien lleve su hijo? —preguntó confundida.
Él solo suspiró. —Mi jefe ha soñado con tener un hijo todo este tiempo, desea alguien que pueda convertirse en su mano derecha, su heredero. —explicó. —Pero su novia, quien solo es una joven, se rehúsa ante el embarazo.
—No lo entiendo. —balbuceó ella confundida.
—Él tendría un hijo con usted, señorita Lucia, y por ello le pagaría una cantidad incalculable de dólares. —explicó.
Ella rió con sarcasmo. —Deje de tomarme el pelo, señor. No tendré un hijo con un completo desconocido así como así, mucho menos lo entregaría ni me acostaría con un hombre al cual no amo. —avisó.
Aquellas palabras de Lucia llenaron de decepción a Sergio, quien entendió posiblemente no tenía más opción.
Así mismo se puso de pie, suspiró y se acercó a ella pidiéndole sus manos para dejar el reloj entre ellas.
—Tómalo, lo necesitas más que yo. —le avisó Sergio. —También ten mi tarjeta, si cambias de parecer o quieres saber un poco más sobre mi propuesta, solo llámame. Te recogería y lo hablaríamos, todo sería legalmente. Contrato de por medio, atención médica, seguridad y protección durante todo el embarazo. —explicó.
Lucia levantó su mirada hasta ver fijamente la del aquel completo desconocido. —¿Y luego del embarazo qué sucedería conmigo? ¿Qué sucedería con el bebé? —preguntó curiosa y llena de miedo.
Él solo suspiró. —Usted tendría una millonada de dinero, y él se quedaría con el bebé. No podría verlo, ni saber de él nunca más. —explicó.
Lucia lo observó indignada. —Eso es inhumano, una abominación. —soltó. —No le haría algo así jamás a una vida inocente. ¿Qué me aseguraría que tendría una vida digna y sana? —cuestionó.
—Yo soy el seguro, señorita. Jamás lo abandonaría, aunque no lo sepa, yo siempre lo cuidaría. —avisó. —Por ahora solo cuidese, espero que alcance para pagar un par de facturas y que su madre se recupere. Suerte. —dijo poco antes de soltar sus manos y salir de allí, subiendo a su automóvil y acelerando hasta desaparecer en la larga e infinita carretera.
Lucia pudo soltar todo el aire que contenía en sus pulmones de manera involuntaria, observó el reloj y aquella tarjeta, «Sergio Andrade.» Leyó en voz alta.
Tomó el reloj con fuerza, suspiró y finalmente lo guardó en su bolsillo, decidiendo caminar de regreso a la clínica mientras observó aquella tarjeta una y otra vez, recordando cada una de las palabras que aquel sujeto llamado Sergio había dicho.
Jamás se había imaginado siendo madre, pero sabía que el día que lo fuese, esperaba formar parte de él el resto de la vida, no simplemente entregarlo, verlo sonreír y no saber de él nunca más.
Sabía que algo así le rompería el alma y cargaría con aquel pedo el resto de sus días.