Esa noche cuando Lucia volvió a la habitación de su madre en aquella clínica, la observó dormida, su rostro lucía cansado y demacrado, sus ojos hundidos ante el cansancio y tono de piel pálido y desgastado.
No pudo evitar sentarse a sollozar a su lado, intentando no generar ruido suficiente como para despertarla de aquel largo y profundo sueño.
Observó el reloj en su bolsillo y la tarjeta en su mano, su madre inmediatamente despertó, quién aún seguía un poco soñolienta y abatida.
—Shh... Mi niña, no llores, está bien. Haces lo que puedes. —balbuceó con sus ojos casi cerrados, intentando encontrar fuerzas para tomar la mano de Lucia con firmeza. —Estoy aquí, estoy aquí, sigo aquí. —repitió en un hilo de voz.
Lucía solo lloraba y lloraba cada vez más. —Lo siento, lo siento tanto. —se disculpó. —No se que hacer, no sé que hacer madre. —balbuceó mientras no despegaba su mirada de aquella tarjeta.
Ante sus palabras, su madre cerraría los ojos una vez más, dándole entender las pocas fuerzas que tenía para seguir de pie.
Lucia solo suspiró cerrando sus ojos con fuerza y abriéndolos inmediatamente al sentir la puerta de la habitación ser abierta una vez más.
Desde allí la doctora la llamaría hacia fuera, dándole otra terrible y devastadora noticia.
No quedaba tiempo, y ante la cantidad incalculable de dinero que aún debían, la madre de Lucia sería sacada de la clínica la tarde siguiente, y conociendo el estado clínico que su madre presentaba, era evidente que el tiempo de vida sería menos.
Lucia entre lágrimas mostró el reloj. Intentando explicarle que tenía el dinero, solo que debía vender aquella pieza. La doctora tuvo compasión de ella, sabía lo que dolía, pero aún así, le recordaba que no era dueña de la clínica, y que si la mañana siguiente no recibían el pago, inevitablemente sería echada fuera.
El dolor en el pecho de Lucia siquiera la dejó pensar, saliendo de allí hasta un centro de llamadas, lugar donde pagaría un par de monedas para hablar por teléfono un par de minutos.
Marcó el número de Sergio Andrade, aquel completo y extraño sujeto, sus manos sudaban, sus piernas temblaban y el dolor llegaba a su pecho una vez más.
Cuando la llamada finalmente cayó, Lucia tuvo tanto miedo que pensó en trancar, pero al oír su voz, recordó cada una de sus palabras.
Posiblemente él era la solución a sus problemas, así tuviese que vender su alma al diablo en persona.
Secó sus lágrimas y sopló sus mocos, respirando hondo para poder hablar con calma.
Tras el teléfono Sergio la reconoció rápidamente, quien no dudó en hablar. —¿Lucia? ¿Eres tú? —cuestionó. —¿Todo está bien? ¿Algo sucedió?
—Sí... —susurró ella limpiando su nariz mientras el nudo en su garganta generaba un tono de voz quebrado.
—No pensé que llamarías, mucho menos tan rápido. —confesó.
—Lo haré, lo haré. —dijo firme. —Acepto su propuesta señor, Sergio Andrade. Haría lo que fuera con tal de salvar a mi madre, inclusive entregarme a su jefe.
Sergio guardó silencio un par de minutos, terminando por respirar con fuerza ante el teléfono y hablar. —Mañana a primera hora te recogeré en el mismo sitio en el que te dejé, te realizaré un par de exámenes, te pondré al tanto de las condiciones, prepararé el contrato y hablaré con mi jefe. —avisó. —Trataré de hacer que todo ésto sea fácil, Lucía, lo prometo. —insistió.
Ella negó entre lágrimas una vez más. —No es posible hacer que ésto sea fácil, señor... Quiere que le entregue un hijo, un bebé que crecerá y nacerá de mi... —balbuceó Lucia quebrándose en mil pedazos. —¿Qué ser humano haría algo así? —cuestionó.
Él suspiró. —Alguien que sería capaz de hacer cualquier cosa por su madre, Lucia. Eres una increíble persona, jamás abandonaría a tu bebé. —avisó.
Las lágrimas de Lucia cayeron una vez más. —Te espero a primera hora, si no estás allí, me arrepentiré de siquiera haber tomado el teléfono para llamarte. —confesó.
—Está bien señorita Lucia, estaré allí, seré puntual. Mantenga la calma. —pidió.
Ella sin más colgó el celular, cayendo al suelo entre lágrimas mientras cubría su rostro con miedo, dolor y vergüenza.
Se quedó allí un par de minutos, guardó silencio mientras sus lágrimas eran su única compañía.
Lucia era virgen, jamás había tenido novio alguno y solo había esperado al amor de su vida, con el afán de entregarse pura y entera a él.
Así que, aquel pensamiento lo destruía todo, inclusive, sus planes a futuro.
Como pudo se puso de pie, limpiando su rostro y observándose ante el reflejo, su rostro estaba hinchado y completamente rojo de tanto llorar.
Aún así, llena de penas, caminó lentamente de regreso a la habitación de su madre, observando como una enfermera administraba un tratamiento mientras ella dormía.
Le dió las gracias, las buenas noches y le pidió la calma, dándole unas pequeñas palmadas en la espalda poco antes de salir de allí y dejarla completamente sola con ella y su sufrimiento.
Así se acercó hasta besar la frente de su madre dormida, susurrando a su oído. —Lo arreglaré, lo prometo.
Y sin más, se regresó hasta el sofá, lugar que había sido su cama y hogar durante las últimas semanas, semanas dónde su madre sin duda alguna solo había empeorado sin mejoría notable.
Ambas se estaban consumiendo allí, su madre gracias al cáncer y ella gracias al dolor que eso le dejaba.
Había jurado ser capaz de lo que fuese por su madre, así que, una vez más, cumpliría su palabra, aunque lo doliera en el alma el resto de la vida, y sin pensarlo demasiado, Lucia posicionó su pequeño cuerpo sobre el sofá, lo cubrió con un viejo suéter y cerró sus ojos hasta poder lograr dormir.