Cuando Pablo se acercó sobre Lucia, el reflejo de la luna la dejó observar sus ojos, eran verde oscuros, imponente y temible, su barba recién cortada y tez pálida, respiraba fuerte, lo suficiente para que el silencio de la habitación le permitiera oírla.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, mientras él solo se acercó para tocar sus brazos con delicadeza.
—Hagamos ésto lo más pronto posible. —susurró en una voz bronca que inmediatamente hizo que Lucía tuviese un escalofríos repentino.
Ella guardó silencio, sus lágrimas cayeron poco a poco mientras él tocaba sus brazos, bajaba su vestido y sentía su cuerpo entero. Poco a poco se deshizo de él, dejándola en ropa interior mientras continuaba rozando cada parte de ella con sus labios.
Ella intentaba ocultar sus lágrimas, suspirando y logrando mantener la calma.
Así mismo, en silencio y sin un poco de tacto, minutos más tarde Pablo Santos tomaría el cuerpo de Lucia hasta penetrarla.
El primer sentimiento de Lucia fue vacío, agonizante y devastador, era virgen y aquello era más doloroso que satisfactorio, intentaba no retorcerse del dolor, pero aún así, fallaba en el intento.
A medida que él continuó, el dolor cesó, pero aún así, el alma de Lucia cada vez descendía más cerca del infierno y la agonía.
Su mente la torturaba y sus lágrimas no dejaban de caer, ambos en silencio mientras su cuerpo era usado de manera involuntaria, ella solo se rindió e intentó desviar sus pensamientos que la salvaran de aquel pequeño instante.
Segundos más tarde, sentiría el líquido escurrir dentro de ella, mientras sus lágrimas caían con más fuerza y un dolor en su vientre se posicionaba.
Hizo su cuerpo bolita, tomándose con fuerza ante el dolor y repulsión que sentía.
Él solo se puso de pie, vistió su cuerpo y se mantuvo en silencio un par de minutos mientras la observaba.
—Lo siento... —susurró en un hilo de voz poco antes de caminar fuera de allí. Ella logró ver un poco más de aquel completo desconocido, observó su barba baja, su cabello pelinegro desordenado, su cuerpo definido y sus manos fuertes con las cuales la había tocado minutos antes. Él la observó fijamente apenas sintió su mirada sobre él, apretando con fuerza su mandíbula mientras recogía su ropa y de algún modo huía de allí antes de ser visto lo suficiente para ser reconocido.
Fue así el primer y único encuentro que Lucía Lozano y Pablo tuvieron, dónde lo único que hubo fueron dos cuerpos desnudos teniendo sexo en búsqueda de un embarazo que sería moneda de cambio por una cantidad de dinero incalculable que le daría tiempo de vida a la madre de Lucia.
Para Lucia el mundo había cambiado por completo, había perdido algo valioso para ella, pero peor aún, había perdido su dignidad, su virtud, sus ideales, algo que realmente le afectaba más que cualquier cosa. Pero su única esperanza era su madre, su única esperanza era ver a su madre vivir, sana, libre de cáncer.