Tal como habían planeado, el siguiente fin de semana se encontraron en el aeropuerto de Nueva York. Riley fue por él y lo llevó directo a su apartamento para que dejara su maleta de mano donde llevaba ropa para los dos días que se quedaría con ella. Lo primero que Riley hizo al verlo fue estacionar, abrir la puerta para él y verlo como encajaba a perfección en el asiento junto al de ella. No hubo besos, ni abrazos, ni más que esa mirada penetrante que los incitaba a pecar muy pronto. Ambos se contuvieron del contacto para que todo se mantuviera tal cual estaba. Knox no quería ni la presionaría. Y Riley, por más que se moría por él, carraspeó la garganta y condujo a su apartamento para que él lo conociera. Knox solo lo compró por medio de su abogado, más no lo visitó para comprobar que esta

