— ¿Intachable? — pregunte mientras me devolvía para encarar las idioteces que escuchaba. Daniela me sostenía e impedía el paso—
—Nuno, déjalo que diga lo que quiera…vámonos, larguemos no de este país, lejos de todos ellos, pero no te pongas en esas que nos complicamos. — decía en una insidia porque no me le acercara—
— ¡Claro mi hermanito! no vale la pena. Ya me lo dijiste hace un momento, lo que quiere es provocar y fallemos para meternos en un calabozo…— Dijo Donato acercándose a mí con la bicicleta .Que intentando hablarme de cerca se le volteo la rueda delantera, le hizo una especie de nudo en las manos y casi se le cae al pavimento —
— ¡Ya tu destino está escrito chamaco!— continuo con sus alaridos. Mientras que el policía y Chicha Chiva siguieron caminando lentamente sin dejar de voltear a cada rato a ver lo que sucedía— El primero de septiembre te raparan esa cabeza e iras a una de las más rudas unidades militares de esta gloriosa isla allá en Guantánamo, bien lejos. ¡Vas hacerte hombrecito cabron de mierda! ¡A punta de garrotazos y disciplina comunista!
Seguimos el mismo paso que llevábamos y lo dejamos hablando solo muchas cosas más. Daniela paso su mano por mi hombro y así caminábamos. Donato se detuvo un instante y se regresó unos metros.
— ¿Sabes que canta bastante mi abuelo? — Le grito subido en la bicicleta apoyado con un pie en el piso , y con las manos en forma de corneta pegadas a la boca para que lo escuchara mejor— el viejo Lemus canta: “… En el mar la vida es más sabrosa/ en el mar, te quiero mucho más/ con el sol la luna y las estrellas/en el mar todo es felicidad…”
Esto lo pico de mala manera, entre risas y advertencias de largarnos, lo dejamos rezongando y maldiciendo solo—doblamos en la siguiente esquina hasta una cuadra más llegar a mi casa. Donato me dijo que lo acompañara en la mañana a Cojimar, —el pueblito ultramarino al este de la Habana—. Iríamos más que todo a ver el lugar donde nos lanzaríamos, y también a medir como estaba el ambiente, si era verdad que estaba la gente abiertamente yéndose.
—Dani… siempre desde niño quise decirle a alguien esto —dijo Donato antes de comenzar a mover los pedales oxidados— ¡Bienvenida a bordo!—
— ¡Gracias mi capitán!—respondió Daniela simulando el saludo de un grumete a su superior y los tres comenzamos a reír.
Donato se perdió entre las cuadras oscuras y nosotros entramos a la casa donde encontramos a mamá con el televisor prendido pero ella roncando con la cabeza hacia el techo y la boca abierta de par en par. Daniela la despertó con mucha sutileza y le acompaño hasta su cuarto en donde le cobijo y prendió el rustico ventilador, fruto de un secador de lavadoras rusa. Me aparecí yo detrás para preguntarle si se había tomado su fenobarbital y entre la pereza y el sueño rotundo, me afirmo con un “UJUM”.
No me convenció e igual fui donde las tabletas y conté que en efecto faltaba una. Apagamos la tele y fuimos a mi cuarto. Abrí las ventanas que daban a la casa del señor “Radio Reloj”. Para que ayudase a mi desnutrido ventilador ruso marca Orbita 5—Cuadradito, pequeño y blanco amarillento de viejo—, rustico como todo lo que hacían los rusos, de tres paletas su aspa, pero de un material plástico blando que a nadie le causaría daño. Creo que debido a esto fue diseñado sin protección alrededor de esta. El caso es que entre lo que trabajaba mi pequeño helicóptero vertical y la brisa de la ventana, evitaban analépticamente, sufrir de calor.
Esa noche, tenerla a ella solita conmigo me hizo sentir una mezcla de lujuria, perversiones y deseos por Daniela que no pude contener, aunque ella tampoco. Es imposible estar solos y no querernos arrancar hasta las células basal y sus queratinositos. Fui a donde mi madre y constate de que estaba rendida. Cerré la puerta con un pequeño pestillo que tenía en la parte superior de esta. De una me quite el short, los interiores y Daniela todo lo suyo, — aunque prefería y me volvía loco hacerlo yo—, no me había quitado el interior beige cuando ella estaba desnuda esperando nuestro choque, —y no de trenes—Me sentó de un empujón en la cama mientras nos tragábamos a besos locos, muy ricos y solapados. Ella solita se acoplo en mí y por su propio peso se penetro hasta el infinito y más allá. Era como si bailáramos a un ritmo rápido, sutil y esa sensación armónica de ambos cuerpos en el que como el baile, conocíamos los pasos y nos acoplábamos a la perfección. No teníamos movimientos idénticos, —y es que haciéndolo no se necesita esto, sino que sabía el momento justo de aceleración y de pausas necesarias para el momento exacto—. Esa mezcla del fogaje y el ardor de un deseo insano, sádico, coligado a ese amor profundo e intenso que sentíamos el uno por el otro, nos envolvía como una ofrenda sagrada al placer. Esas cuatro etapas del siclo s****l, la excitación, el plateau — o meseta—, el orgasmo y la resolución, se mezclaban en nuestros cuerpos como cuando se mezcla maní con el azúcar —en la vieja máquina de moler— y luego sale esa pasta compacta que termina siendo un delicioso turrón.
En la mañana lo menos que deseaba era levantarme, estábamos rendidos. Si tuviésemos que calcular la fuerza de gravedad que nos imperaba sería algo como: F grav = G m1/m2 /D2 = Cma. —Fuerza que ejerza la gravedad sobre la constante de gravitación universal, más la masa del primer y segundo objeto, sumado a la distancia que existe entre los centros de estos objetos— Todo ello da un resultado de almohada y CAMA. Pero el timbre de la oxidada bicicleta de Donato, hacia acto de presencia. Nos levantamos, Dani con una sonrisa —cansada pero feliz, — sentada al pie de la cama miraba como mis pies acalambrados aún fallaban, y tratando de ponerme el short, me tiraban de cabeza contra la pared. Luego entre bostezo y ojos semi cerrados buscando los tenis debajo de la cama, le metí la frente al borde que sobresalía del colchón y caí de nalgas con el tenis que logre atrapar guindando de mi mano por un cordón.
Las carcajadas de Daniela no tenían nombre. Ya más espabilado le fui para arriba y ella juguetona se corrió para el otro extremo de la cama, subí al colchón y le atrape. Entre el forcejeo del juego metí la mano dentro el short agarrándole los labios vaginales y todo sus derivados. Esto creo una reacción en cadena, haciendo Daniela similar a la gallina cuando el gallo la busca para pisarla y ella queda tranquilita esperando ser pisada —como decía mi abuela— Bueno pisamos haciendo un rico mañanero.
Mamá antes de irse nos había dejado una nota —en la puerta del viejo Frigidaire agarrada con un imán en forma de tomate—, donde decía: “En el sartén que está encima de la hornilla, hay dos panes con tortilla y jugo de tamarindo en el congelador, los amo”. ¡Mi madre hermosa! Si esto lo hago, será entre otras cosas, para sacarla de esta miseria, para que viva con más calidad de vida y no me trabaje más nunca, viviré para luchar y darle la tranquilidad que ella merece. Me daba mucho repunte de lágrimas cada vez que sentía que el momento de separarme de ella estaba ahí, a la vuelta de la esquina.
Nos dimos un semi baño con una cubeta de agua. Comimos ese delicioso pan con el jugo y salimos— teniendo cierta duda de que Donato obstinado de esperar se hubiese largado—. Al abrir la puerta lo encontramos sentado en la acera bajo la sombra del viejo poste eléctrico, con la bicicleta recostada de un pedal al contén, el cuerpo en descanso para atrás apoyado en los brazos como lo haría la pata de una porta retrato. Tenía en la boca una pequeña espiga de una Hierba de Guinea. Cuando por fin nos vio lo soltó en un soplido y se levantó.
Tenía las ruedas de mi bicicleta muy bajas de aire, lo que nos haría desviarnos para acompañar a Daniela a su casa y allí cerca aprovechar que había un señor apodado Felo, con un compresor que por solo un peso las llenaba o más bien dejaba que las llenara— porque él solo se sentaba a leer el periódico y estirando la mano para cobrar, luego con el dedo índice de la mano derecha le daba al botón de encender o apagar el compresor, que por cierto hacia un ruido peor que Robocop con los cables invertidos—. Daniela se subió en la parrilla y estaba tan baja de aire la goma que tuve miedo la llanta, me picara la cámara de adentro. Sentía todos los baches por muy pequeños e insignificantes que parecieran
La dejamos en su casa y nos largamos a llenar mis ruedas. Con la misma dimos rueda por una parte de la avenida Zanja. Frente al barrio c***o agarramos la calle Manrique y atravesamos llegando a Concordia la cual cruzamos para salir hasta San Nicolás. Desde allí dimos rueda cuatro cuadras hasta San Lázaro, llegamos a la Avenida del Puerto en donde pasamos por el museo del Ron Habana Club y ahí al frente estaba el muelle donde buscaríamos la lancha que nos llevaría hasta Casa blanca, al otro lado de la bahía Habanera.
Casa blanca era un pueblito perteneciente al municipio de Regla—Aquel lugar donde se encontraba la parroquia del padre Rafa—. Muy humilde poblado, célebre por tener al Cristo de la Habana, una colosal escultura de mármol blanco italiano y veinte metros de altura que representa al sagrado corazón de Jesús con una mano en el pecho y la otra apuntando a la ciudad. Fue realizada por la escultora cubana Jilma Madera, puesta en noche buena del 58. Mi abuela decía que del 71 al 72, le cayeron dos rayos en el medio de la cabeza, y que eso era señal de que algo andaría muy mal en el país. Resulta que en el ochenta y seis— un año después de fallecida mi abuela— le volvió a caer otro rayo, hasta que le instalaron un pararrayos, como para diluir los malos augurios de gente como mi abuela que sabían que con o sin señales divinas, ladinos sabían el infame futuro de esa roja revolución que vestía de verde. El famoso Cristo de la Habana podía verse desde cualquier lado de la bahía, y daba la sensación de que mira a todo el mundo, estés en el punto que sea, debido a que le dejaron la parte de los ojos vacíos para que precisamente diera esa impresión.
Había mucha cola en el espigón para agarrar la lacha que nos llevaría hasta allí. Haríamos esta ruta, debido a que desde Casa Blanca nos era más fácil y cerca, llegarnos hasta el poblado de Cojimar , de lo contrario tendríamos que dar un bojeo a media Habana, dando pedales con este calor, para llegar al Este de la ciudad. Había soldados, policías y tropas especiales de las avispas negras en la entrada. Tenía que caminar uno por dos pasillos de tubos y cabillas, como las reses cuando pasan por los pasillos del corral hasta llegar al ajustado brete.
El de la izquierda era para los ciclistas, que para abordar permitían solo veinte. Y el pasillo de la derecha era para transeúntes los cuales abordaban llenando el espacio que quedaba de las personas con ciclos. La seguridad era imperante y con fluida insania, esto era desde que uno subía al muelle hasta la parte de abordar, incluso antes de llegar se veían camiones militares y de policías estacionados en los alrededores de esa zona en la avenida del puerto.
Esperamos una hora y media, ya que la lancha duraba diez minutos para allá y diez de regreso, era una sola operativa, ya que la otra que había, hacia la ruta Habana vieja- Regla— Las demás habían sido secuestradas a Estados Unidos, esto explicaba la falta de lanchas—. Tuvimos que dejar ir tres viajes, porque se tardaban en revisarle a uno hasta el trasero, literalmente hablando. Por fin pudimos irnos —ahí todo apretujados—Cuando arranco la lancha, Donato se me acerco como pudo ante la apretazón y me dijo al oído: “¿Nuno te imaginas secuestren esta pinga y se la lleven?, cojone asere…” sonreí pero me imagine ese escenario y no me gustó mucho la idea de dejar a Daniela— luego de haberla embullado— y separarnos así, sería un duro y bajo golpe lacerante, aun con la ausencia de culpa para ambos.
Llegamos al otro lado de la bahía, y la brisa se hacía mucho más fuerte. El olor a mar se incrementaba y eso me gustaba, porque lejos de peligros y dificultades, era una inhalación de esperanzas. Agarramos por la calle central rumbo a la avenida primera. En este tramo tuvimos que detenernos ante un crucero porque pasaba el vetusto tren eléctrico de Hershey. Para su edad no hacía tanto ruido, y es que este tren tenía más de un siglo recorriendo en cuatro horas, noventa y ocho kilómetros, desde la Habana a matanzas. Lleva su nombre por el famoso chocolatero norteamericano Milton Snavely Hershey, —quien debido a la obligación de tener una azúcar de alta calidad para el negocio de sus deliciosas confiterías—. En 1916 construyo un ingenio en la isla surgiendo ahí el pequeño pueblo de Hershey, perteneciendo al municipio de Santa Cruz del Norte en provincia Habana. La necesidad de trasladar su azúcar a la capital le llevo a crear una red ferroviaria— la cual en 1920 fue de pasajeros—. Desde ese entonces este tren eléctrico de dos vagones, anda de un lado para otro. Con el techo oxidado— supongo seria blanco originalmente o plateado—, rojo a los costados y aun puesto “TRAINS HERSHEY “.El pantógrafo pegado a la catenaria los cuales de cuando en cuando soltaban un chispazo. De ventanas cuadradas, iba guapo por su vía y todos tenían que mirarlo, como nosotros aunque no teníamos remedio ya que la barrera nos impedía pasar en el crucero.
Continuamos por toda la carretera el Asilo y en esta vía fue que comenzaron las piernas a pasarme la factura de anoche y el delicioso mañanero. Los músculos los sentía pesado como si las fibras tuviesen un gratinado de plomo. —Mi amigo pedaleaba como si nada y hablaba sin parar, me tenía loco además de que a cada rato se tiraba un peo, de esos que hacen la escala de do mayor ascendente y descendente con sus respectivas triadas—. Llegamos a la Vía Monumental, este sería un tramo extenso de pedaleo, hasta llegar a un obelisco que nos adhería al paseo Panamericano, otra vía que esta ves si nos llevaría al ultramarino pueblo de Cojimar. Cuando íbamos por la villa panamericana— Construida cuando la Habana fue sede de los panamericanos en 1991 para albergar a los deportistas, quedando después como aspiradora para chuparle los dólares a todo turista que en ella se hospedara—. Donato me dice que tenía ganas de ir al baño. Bueno en realidad no con esas palabras precisamente. El “¡Asere me estoy cagando!”, creo que lo escucho hasta el jardinero de la villa.
Se lanzó dos o tres peos más y continuamos pedaleando, pero cuando íbamos por el restaurant “El Pollo Crazy”, — ya en territorio de Cojimar—. No pudo aguantar más y decidió bajarse a pedir el baño del local de pollos. No se veía más que una moto estacionada al frente. Se bajó y dejo la bicicleta en el piso. —Movía los pies como lo haría un esquiador loma arriba—. Sudaba copiosamente y con el dedo índice de la mano derecha lo pasaba por la frente, como cuchilla rasurando, para quitar el sudor.
—Esas sardinas con limón y jugo de guanábana frio que me hizo la pura (Mamá) antes de salir, me partió el estómago. — agrego antes de marcharse y tirándose otro peo.
Puse mi bici recostada en el contén de la acera y busque la del tirada allí, e hice lo mismo con ella al lado de la mía. El restaurante era sencillo con un techo de guano y troncos, daba esa sensación campestre rustico. Las columnas de cemento pintado de amarillo con unas líneas blancas en los bordes le hacían simpático. La puerta era abatible doble de cristal con los marcos de aluminio. Un arbusto a un costado de esta, podado rectangular, agarrando un tono verde manzana muy hermoso ante la presencia de los rayos del sol.
Epíteto de Frigia decía: “si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de ti”. Mi amigo deseaba ardientemente liberar algo que solo dependía de él, sin embargo le negaron la entrada a los baños diciéndole que era estrictamente para clientes. Si compraba un pollo o siquiera unas alas, lo podría usar. Entonces salió más rápido que como entro. — Lamentable para mí, que ahora tenía que calarme los gases junto con un sinfín de maldiciones—. Sufriendo se montó en la bicicleta y dimos rueda, ya no hablaba y sentía pena por él, tanto que olvide el pesar en mis piernas.
Pasamos por la calle Espartero, salimos a Concha y luego doblamos por Montana justo frente a la iglesia Virgen del Carmen. Nos incorporamos a la calle principal Martí Real, teniendo hacia nuestra derecha el mar a plena vista. Justo pasábamos frente al bar restaurant “La Terraza de Cojimar”. Famoso este por las constantes visitas del escritor Ernest Hemingway. Allí tenía su mesa fija para almorzar, para beber el daiquiri modificado a su estilo, — sin azúcar, bastante ron blanco, metido en una licuadora con limón, jugo de pomelo y seis gotas de licor de cereza marrasquino—. O comiendo algún pescado fresco que tanto le gustaba, para luego llenar de humo el lugar con su aromático Habano. Aquí en La Terraza de Cojimar, fue donde Hemingway conoció a Gregorio Fuentes, quien más tarde sería el patrón de su embarcación “El Pilar”, yate que compro cuando se asentó en este pueblo ultramarino. De esta amistad nacieron las ideas para escribir la novela El VIEJO Y EL MAR, por la que le otorgaron el premio nobel de literatura en 1954.
Donato detuvo la bicicleta frente al célebre bar restaurant, y esta vez sin dejarla caer me la dio a sujetar. Haría el intento de que le dieran el baño con urgencia, — cosa que de verdad no creí hicieran—. Este sitio tan lindo, bohemio, de tanta historia vinculada a un premio nobel, adorado por tantos millones de lectores. Con cuadros de artistas plásticos reconocidos en la isla, una fachada sobria de los años veinte, pintado en un amarillo pastel y agujereada por ventanales de tres metros rectangulares con delineados blancos en sus bordes,— seis a cada costado , dos en la parte de arriba con balcones que daban hacia la calle, abajo eran cuatro por cada lado— y la entrada principal, que portaban unos parabanes cuatro hojas de cedro en forma de reja y dibujos calados, evitando que cualquiera entrara por un costado y también la vista de curiosos que como yo, chismoseaba a ver que se podía captar.
Todo esto era en “AREA DÓLAR” como le gustaba a los revolucionarios decir para darte a entender que un cubano no podía pisar este suelo sino muchos turistas, que por cierto habían unos veinte dentro. Algunos sentados en la barra del frontis que se encontraba a mano derecha entrando. De unos cinco metros de largo, con un cedro impecable,— hasta el rondón, lucían el mismo brillo desde 1925—.Una barra de exhibición repleta de botellas de rones Habana Club con distintos añejos y nueve banquetas custodiándola del mismo modo cuidadas, tres de ellas ocupadas por unos extranjeros que portando sombreros de guano con la bandera cubana, bebían distintos tragos, además de hacer un avenate por cantar o sonar alaridos etílicos a la par de un trio que con guayaberas azules, dos guitarras y unas maracas, amenizaban el disfrute de estos “Deja dólares” cantando “Son de la Loma” desde un rincón en la entrada.
Otros dispersos en unas mesas que estaban a la izquierda, las primeras de dos sillas, más a medida que se avanzaba ya comenzaban de cuatro sillas hasta llegar al comedor del restaurant en la parte de atrás, con una hermosa vista al mar. Todas las mesas incluso las del piso de arriba, se encontraban impecables con sus manteles blancos frescos y los cubre manteles verdes menta, las servilletas trianguladas ordenadas entre copas y cubiertos relucientes. Los mesoneros iban de un lado a otro con platos humeantes y respaldados en su porta bandejas que se encontraban bien alineados por todo el lugar.
Donato, ya con cara de sufrimiento y la frente encharcada en sudor, le comento a uno de los dos porteros de la entrada, su urgencia incontenible. El tipo, de unos cuarenta y tantos años, le consulto al otro mucho mayor, blanco en cana y que estaba más pendiente de las guarachas que tocaba el trio que de vigilar. Escuchando a su compañero con miradas intercaladas a mi amigo, negó con la cabeza. Vestían pantalón n***o con zapatos de cuero del mismo color muy bien trabajado con el betún, una camisa blanca por dentro y una corbata oscura con un nudo al estilo Kelvin Knot, más encima un chaleco n***o ébano.
La mayoría de estas personas que ponían a cuidar las puertas de estos locales en Cuba eran los empleos de premiación para veteranos de la guerra de Angola como mi vecino, el fanático de radio reloj. —Lo que es igual a que eran seres que por la revolución mordían rasguñaban y lapidaban, este señor parecía uno de ellos—Camino rumbo a Donato con la autoridad y el aire del dueño del lugar, o al menos esa era su fantasía en el hipotálamo.
— Mire compañero— le dijo con un tono tenue y diplomático—este lugar es área de divisas, que tanto necesitamos en el país para comprar medicamentos a otros lugares del mundo , ya que el imperio norteamericano nos tiene un bloqueo reforzado desde 1992 cuando el congreso yankee aprobó la ley para la supuesta democracia en Cuba, más conocida como ley Torricelli...en resumen , que tenemos que hacer de tripas corazón para atraer turistas que nos ayuden a comprar medicamentos y suministros, y este es uno de los lugares de la Habana que más recauda.
— ¡Alaba ‘o!… ¿y esa trova que me estas metiendo que tiene que ver con que mis intestinos anden antojados de desalojar la materia fecal? — rebatió con incomodidad Donato, ya sin fuerzas para aguantar más. Incluso sentí que moviendo las piernas de un lado a otro se le salió un nuevo gas— ¡Coño me estoy cagando compadre! …¿Nunca te ha pasado en esos tantos años que tienes? ¡Déjame entrar! Cinco minutos y me voy, ¡por favor!
— ¡Si claro!, soltar la cagada en este prestigioso restaurante un zarrapastroso como tu… — dijo molesto el señor poniendo la diplomacia a un lado, mientras el otro trataba de calmarlo—
— ¡Ah, vete pa la pinga! ¡Viejo Singao…! como si esta mierda fuese tuya, ¡comunista maricon! — Grito mientras manoteaba caminando de espaldas hacia donde yo estaba con las bicicletas—
— ¡No te quiero ver por aquí!, porque de una te llamo a la PNR (Policía Nacional Revolucionaria)
— ¡Viejo bubarron, viola ‘o! — Volvió a vociferar bagual en lo que agarraba su bici, yéndonos caminando del lugar con ellas al lado— ¡Nuno, me voy a cagar acere!, tengo unos cólicos que no aguanto más…
Diciéndome esto, salió corriendo para unas ruinas de lo que fue— al parecer— una casona que se encontraba justo al frente del restaurante. Un muro con mohos y yerbas cubriéndolo con un derrumbe en su parte derecha, era lo que mejor quedaba de lo que fue la edificación. Fui a recoger la bicicleta que estaba nuevamente tirada en el piso y me puse a la sombra de un poste en la esquina a esperarlo. Desde aquí sentí un gemido y con la misma la mezcla de peos con excremento saliendo despavorida, se escucharon varias exclamaciones de “¡Ay!”
Me sentía bien, — aunque por supuesto no más que él—. De que estuviese aliviando ese azaroso malestar que lo abatía. Sin embargo como cuando las cosas van a salir mal, salen mal en una consecuencia maldita e inevitable. Se encontraban en el balcón de la parte derecha del restaurante. Dos mujeres turistas con una cámara —de esas profesionales con una pirámide de lentes—, tomándole fotos a los alrededores. La que fotografiaba tenía un sombrero de playa y un vestido de flores muy tropicales, la otra con lentes de sol, cabello rizado, piel quemada de tanta playa y caricias del astro rey, poseía una sonrisa mostrando todos los dientes y mascando una bola de chicle.
Dos negros que pasaban en una misma bicicleta con shores y sin camisa, —su fuerte y gruesa piel brillando en esa mezcla de sol y sudor—. Al verlas, el de la parrilla toco al que pedaleaba y ambos les comenzaron a lanzar besos a las turistas. Estas se miraron una a la otra y rieron picaras; mientras la de la cámara les tomaba una foto, la otra hacia un globo con el chicle que después de explotar recupero con su lengua y continúo mascando. Siguió tomando sus fotografías hasta que consigue a Donato en plena evacuación de vientre. Lo retrato dos veces y luego de decirle a su compañera esta soltó un grito de desprecio.
—Oh s**t! , That’s disgusting… ¡it’s a damn animal…! — dijo la de cabello rizado dejando de mascar su chicle y quitándose los lentes para ver mejor—
— ¡Waiter….waiter…! — grito a un camarero la del vestido poniendo la cámara en la mesa donde consumían —
El mesonero, un chico joven de cabello castaño peinado al lado, traje n***o camisa blanca y corbata negra michí butterfly. Se acercó, y miro junto a ellas lo que las tenía tan alarmadas, bajo la escalera lo más rápido que pudo y comenzó a denunciar ante el viejo portero lo que sucedía justo al frente. Este, en un ataque de ira, se cago en Dios (como buen comunista) y salió directo a un teléfono rojo de disco que tenían a un lado de la barra. Los que bebían con sombreros de guano, ni se enteraron de nada, en cambio el trio, —pese a las miradas de reojo que hacían, presintiendo que algo sucedía—no dejaban de cantar, esta vez “El Bodeguero” de Richard Egüe, muy popularizada por la orquesta Aragón.“Siempre en su casa, presente esta
El bodeguero y el cha-cha-cha…
Vete a la esquina y lo veras
Que atento siempre, te servirá…”
Al ver todo esto me apresure para alertar a Donato que aún estaba en cuclillas. Parecía un niñito agachado jugando con un trozo de rama y las piedras que estaban al frente de él. Tapándome la nariz para evitar el preciso olor que manaba, le llame. En el primer intento ni me escucho, en el segundo sí. Y se levantó desnudo con todo el mondongo afuera, el trasero al aire y aun con la paciencia a tope, preguntando si tenía algo con que limpiarse.
— ¡Que cojones! —Le dije en voz baja pero con tono alarmado y avenate — unas extranjeras te vieron desde el balcón del restaurant, le dijeron al camarero y este al señor de la puerta… seguro estará en estos momento llamando a una perseguidora.
—Me cago en sus madres — dijo mientras se ponía el short desflecado sacado de un viejo blue jean— ¡Partía de biches…! Les gusta el Habano, el ron Habana Club, el café Cubita, Tropicana, ahora, un cubano cagando no…