No tendríamos que llorar tantas despedidas sino sonreír ante cada llegada. Una ciudad con luces hermosas de noche, sin tanta mediocridad —en toda índole— y miseria humana adquirida. Si no hubiese tantos estómagos vacíos que linda seria mi ciudad, mi verde isla —yo ni siquiera me movía de ella y aquí estaría hasta el fin de mis días—. Aun destruida, aun suplicante, aun con calor y gentes que discuten por nada, gente triste, desesperanzadas y angustiada. La Habana era en cierta manera víctima de la envidia mundial por la dignidad y alegría con que llevaba su dolor, su miseria involuntaria. No importa si pasan cinco, diez, quince, o veinte años para regresar a ella, aquí vendré y suspirare en ese malecón que atrapa todo el azul mágico del mar. Vendré a reír y a llorar en él, cual muro de los lamentos. Como escribió en una décima el fraile Juanito José Rodríguez Ucres cuando se despedía de la Habana allá por la mitad del siglo XVIII:
Después que el alma rendida
Siempre de ti enamorada,
Aún antes de la jornada
Quedó del pesar partida:
Dudosa en la despedida,
Tan sin consuelo barrunta,
Que estaba casi difunta,
Mirando que sin despecho
Llevaba el Morro en el pecho
Y el corazón en la Punta.
Bajamos por toda la avenida Línea y salimos directo al malecón. Los cinco o seis kilómetros que le recorrimos los pase mirando el mar y la espuma que en algunos lugares creaba el choque de las olas con su hormigón que cual policía le decía: “¡Alto!, Hasta aquí llegas”, prohibición que es relativa, debido a que cuando pasa algún huracán ningún lugar de los ocho kilómetros de malecón, podían aguantar y evitar el paso del enfurecido océano que con un genio endino, inundaba sin piedad media ciudad.
Llegamos a casa de Donato, allí nos dejó Papa Bosa yéndose de inmediato. Me dispuse a ir pero antes salude desde la reja al abuelo que estaba en el portal sonriendo como siempre. Cuando le di el hasta mañana a Donato para marcharme, Daniela salió de al lado del viejo Lemus y caminaba hasta la reja donde estábamos parado. Este me miro y yo a él, sabía que ella sospecharía grandemente, era muy inteligente. No tenía ni remota idea de que decirle y las manos comenzaron a sudarme. Por un segundo vi la posibilidad de decirle la verdad, admitir que si me iría. Por otro lado decirle que solo ayudaba a Donato, más cuando llegara la muy cercana hora, se convertiría esta mentira malévola, en una crueldad despiadada.
— ¿Por qué ambos no tienen el valor de decirme que está pasando aquí? – dijo cruzando las manos y mirando nuestras caras. Donato bajo la suya como si le picara la mirada de ella. Yo mire a un lado. — ¡Pero díganme no se hagan los suecos!, ¡me creen la niñita boba…! ¡Coño no es justo Nuno! ¿Ah Donato? … aparte que nos conocemos desde los cinco años, o antes porque nuestras madres iban juntas a la misma consulta del doctor Alonso. Desde la barriga nos conocemos ¡Carajo! y sumado a eso soy tu novia primera única novia y tu mi primer y único novio… ¿y me engañan?, te piensas ir en balsa sin siquiera despedirte seguramente…
—Dani… — intente salirle al paso —
— ¡Daniela una pinga Nuno…! ¡Daniela una pinga…! ¡Dime la jodida verdad! ¡¿Dale?!
—Si Daniela, sí, ando con Donato haciendo todo para ver si me voy con el— admití y viendo correr unas lágrimas por su cachete. —
— ¡Daniela, mi hermanita!, fui yo quien lo embullo a que se fuera conmigo— salto Donato lleno de valor— si Dani no merecías que se te ocultara nada, pero es que es de pinga todo esto… el estrés del Singao país, todos los problemas que como demonios acechan a uno… el mismo Nuno, es un infierno lo que se le viene encima, tenemos que escapar de aquí…
—A ti no te importa lo que se le viene encima a Nuno, a ti te importa es que alguien de confianza te acompañe a toda tu mierda… — dijo ella más molesta aun y secándose las lágrimas y los mocos con la palma de su mano. Estaba con las orejas y la cara roja como un tomate—
—No digas eso Dani, yo sin él me iba a ir de todas maneras, él lo sabe y tu igual. Si me acompañase sería mejor porque a decir verdad no confió en nadie de los que van conmigo, pero con Nuno es diferente, él es mi hermano, y nos vamos a librar de este infierno de isla—
— ¿Desde cuándo planearon esto Nuno?…. ¿Dime?
—Mi amor, me puse a pensarlo la noche que fue a buscar los tornillos a tu casa… desde esa noche me puse a pensarlo, de verdad.
— Nuno, se están muriendo mucha gente, si viene la policía ahorita van presos todos, hasta el viejo… ¿qué dirá tu mama’ dime? La pobre señora María Fernanda, con su epilepsia, con los problemas diarios…con tu papá que la está matando poco a poco…
— Tienes razón Daniela —salto Donato en mi defensa – pero todo lo que le viene a él para encima, ¿no crees que la señora María Fernanda se va a poner peor verlo morirse de hambre complicándose en el servicio militar obligado? ¿Tú sabes a donde los mandan los tres primeros meses? A un lugar que se llama El Cayo, allí le dan una lata de leche condensada y un pomo de agua para tres meses… mi primo Leonel estuvo esos tres meses y antes del mes, se estaban muriendo de sol, hambre y sed, condecirte que lograron ver unas matas de maíz silvestre y se lo comían así directo de la mazorca, duros los granos. Y de suerte se ponían, si en el proceso de pelarlo encontraban unos gusanitos en el para comerlos… del grupo de quince, tres murieron — dos de ellos decidieron suicidarse—… ¿crees que con lo blanco que es el aguantara todo eso? No Daniela, es más lo que se gana que lo que se pierde…
— ¡Yo no quiero separarme de ti coño! ¿No lo entiendes…? —dijo en un arrebato y abrazándome negada en llanto — ¡¿no entiendes que si te vas yo me muero?! ¡¿Que ya en Estados Unidos pasaran cinco años o más para volvernos a ver…?!
Decía con su cara en mi cuello, empapándome entre mocos y esas gotas tristes y saladas. Los sollozos me partían el alma, le abrace y apreté duro, dándole al mismo tiempo besos en su cabellera rubia. Donato se sumó y nos abrazó, los tres nos pusimos a llorar, Donato maldijo al gobierno, a Fidel Castro y toda su descendencia y antepasados. Maldijo a Karl Marx y Federico Engels, A Lenin y la fundación del partido bolchevique.
— ¡Me voy a ir con ustedes…! —Dijo Daniela ya calmándose un poco y volviendo a secar esa mezcla de mocos con lágrimas, pero esta vez con sus antebrazos –
Donato me miro y yo a él, quedamos petrificados. Mi amigo camino dos metros con las manos en la cabeza, no creyendo oír lo que acababa de entrar por la ventana oval, trompa de Eustaquio y los huesillos del oído. No me lo esperaba tampoco, ni remotamente imagine a Daniela en ese mar lleno de peligros, aparte de todos esos esperpentos que irían con nosotros, y me vino a la mente una negativa rotunda.
—No Daniela, eso no lo pidas —dije mirándola fijamente—
— ¡Pues si! Me voy a ir con ustedes, tu suerte será la mía…
—Bueno, bueno, ya se hace tarde —con dubitación dijo Donato, rascándose nervioso la cabeza— vayan a la casa descansen y déjenme pensar por favor… mañana hablamos—
—Pero me voy con ustedes Donato…— le recalco ella entre sollozos — seriamos tres hermanos, tu, Nuno y yo. ¡Invencibles…! ¡Dios no nos abandonara! Bueno ya, ya nos vamos…
Marchamos a mi casa para ver a mi mama, por el camino había más alboroto que de costumbre, la gente andaba más tensa y agitada. Me llamo la atención que dos personas iban en bicicletas con las balsas ya infladas, —lo curioso era que no se ocultaban, ni siquiera las tenían forrada en algo para no ser vistas—, manejaban la bicicleta con sus cuerpos metidos en el centro de estas balsas. El que iba de primero, el viento lo agarro de frente y perdió todo equilibrio, cayéndose casi a nuestros pies, con el choque de la balsa contra el pavimento, — como en un acto circense — revoto y volvió a quedar de pie. Al tratar de recuperar la bicicleta no podía y le ayude a levantarla del piso y dársela para que subiese y siguiera.
— ¡Gracias acere!— me dijo acomodando el otro pie para salir pedaleando—
— ¿Y ustedes andan al descaro con esas cosas…?— le pregunte—
— ¿Compadre, tu no oyes la radio del norte ni nada…? dicen que el fifo (Fidel), va a dejar que todo el que se quiera ir se vaya…
— ¿Oye, tú estás seguro de eso?
— Si acere… ojo si te vas a lanzar, porque este Singao si hace eso no será por mucho tiempo…
Salió pedaleando luchando con el estulto aire que le causaba el desequilibrio. Comentamos sobre esto que dijo el muchacho y llegamos a la casa hablando del tema, — Ella dudando de que fuese verdad y yo que era posible, porque cuando se comentaba algo a la larga o la corta, era verdad, o media verdad—. Mamá estaba en la cocina como casi siempre, tratando de inventar algo que comer. Hacia un puré de papas y tenía cinco huevos para ver que inventaba. Cuando nos vio se puso feliz de ver a Dani conmigo. Le abrazamos y besamos — ella sorprendiéndome nuevamente—, le dijo a mi mama que se quedaría esta noche allí. Cuando fui a decirle que mi papá no lo aceptaría y era mejor evitar, mamá me salió al paso, anunciándome que mi padre se había ido una hora antes, comió algo y le anuncio que estaba movilizado por una semana.
Me agrado mucho esa noticia, y reafirme que el país estaba en llamas para que él estuviese movilizado, —claro que de esa movilización cuatro días eran para la bruja con la que estaba y uno para la revolución desastrosa que defendía—. Pero mejor asi y de una vez pusimos agua a calentar y tibiamos una cubeta, dándonos un baño muy refrescante Dani y yo— primera vez que nos bañábamos juntos—. Luego mamá nos sirvió rodajas de pan, puré de papa y un huevo frito. Nos sentamos los tres a comer en santa paz.
—Oye Nuno mijo… ¡Qué raro que estos no han quitado la luz hoy! – Dijo mamá mientras cenaba y mirando los bombillos como rogándoles que sus palabras no los hicieran apagarse de pronto—
Mi vieja tenía razón, y pensé en lo que había dicho el muchacho que se cayó de la bicicleta. Algo se traía consigo el gobierno con no quitar la electricidad. Tenían miedo estos gobernantes de que el pueblo se sublevara y la oscuridad obsequiara de todo, desde saqueos, hasta ataques a estaciones policiales. Sin duda no convenía quitarla. Me levante de la mesa y prendí la televisión en blanco y n***o que teníamos. Un aparato ruso marca Caribe, que —como si fuese un viejo fumador—, había que darle arriba para que soltara el audio que se tragaba como una flema. Pasaba veinte minutos con sonido normal hasta tener que darle el tratamiento del trastazo.
De los dos únicos canales de televisión que habían en la isla, cubavision y tele rebelde. Uno pasaba un documental sobre la historia del teatro búlgaro. — El país cayéndose a pedazos con problemas internos, como una tortuga con unos ciempiés dentro del carapacho. ¿Y vas a poner esto en la programación?, había que tener cojones.— El otro no transmitiría béisbol ,que era lo común a esta hora, pero por la escases de petróleo y para no tener gastos de un estadio con luces gastando toda una noche, los juegos se estaban transmitiendo al medio día. En este canal tele rebelde, tenían puesto los triunfos de Teófilo Stevenson, el legendario boxeador.
Termine de comer mirando la tele desde el comedor sentado con Daniela y mamá. Cuando en un momento interrumpen la programación para encadenar los canales, —en este caso con un eslabón sería suficiente y no se le llamaría encadenar sino eslabonar la anémica programación cubana—. Algo iban a decir, algo irían a admitir, o confesar. Y en efecto se trataba del fifo mayor, el chivo que más mea en esta mayor de las Antillas, y mira que la ha meado y también cagado desde cabo de San Antonio hasta punta de Maisi. Pusieron el himno nacional y mientras lo hacían, las cámaras enfocaban a cada viejo fósil revolucionario, que ya ni ánimos tenían de mover los labios para susurrar siquiera la letra que escribió Perucho Figueredo.
Diciendo las últimas letras se escuchan aplausos aduladores, y de una en primer plano —con cinco micrófonos cabezones apuntando a su boca— en el podio de mando o atril, estaba Fidel Castro Ruz. Con mirada rapaz e iracunda, las manos maniáticas acomodando unos micrófonos que ya estaban acomodados. La boca como lo haría una hiena hambrienta cuando observa una manada de leones comiéndose una jugosa cebra. Sin duda estaba encolerizado por todo lo que se le estaba viniendo encima, jamás lo había visto así, incluso mamá que lleva mucho más tiempo viéndolo, comento lo mismo.
Dijo cosas como:
(…) desde hace mucho tiempo se estaban produciendo provocaciones contra la policía y el pueblo en distintos lugares (…) cuando supe que habían personas tirando piedras y hasta tiros, yo sentí que mi deber era el de estar allí con la gente. Cuando llegue no hubo una piedra más ni un disparo… y le dije a los escoltas nuestros que no se dispare ni un tiro. Yo prefiero que me tiren a mí a decirle a ustedes disparen, porque yo siempre he creído que hay armas mucho más poderosas que las armas de fuego , y son las armas morales…(…) yo vine porque tenía que venir, era mi más elemental deber estar junto al pueblo en un momento en que el enemigo había trabajado mucho tiempo para crear un desorden, porque no se puede decir que eso haya sido un intento de rebelión, fueron en realidad desordenes(…)querían que usáramos las armas contra millones de personas que defienden la revolución, y no tengan dudas que tenemos las suficientes para luchar contra los enemigos externos, pero excepto que desembarquen y empleen las suyas contra los revolucionarios, nosotros no tenemos por qué emplear esas armas, teniendo el pueblo y las masas para mantener la revolución(…) todos los años tendremos que recordar la gran victoria de este día, en el que el pueblo aplasto la contra revolución sin disparar un solo tiro, esta fecha dice mucho y alienta mucho (…) y quiero escuchen muy bien esto que les voy a decir, si Estados Unidos no toma medidas rápidas y eficientes para que cese el estímulo para las salidas ilegales del país, entonces nosotros nos sentiremos en el deber de darle instrucciones a los guarda fronteras que no obstaculicen ninguna embarcación que quiera salir de Cuba (…)
Desde que triunfo la revolución, el primero de enero del cincuenta y nueve. Ningún suceso había movilizado, estremecido, y sacudido a Cuba, como estas últimas palabras de Fidel Castro. Ni la crisis de los misiles, esos que puso Rusia en suelo cubano y que fue uno de los sucesos que más ha puesto a comer uñas a los Estados Unidos en octubre del 62. Ni la hazaña de Arnaldo Tamayo Méndez, —primer americano, no estadounidense, en viajar al espacio—, héroe nacional de Cuba, héroe de la Unión Soviética y primer afrodescendiente en salir más allá de la mesosfera en septiembre del 80 en la SOYUZ u2 lanzado desde Baikonur. El allá arriba, tomando sopa con yogurt de los rusos y el pueblo como si nada comiendo congris, tamales y batidos de mamey frio, a nadie le importaba. Ni las dos medallas de oro olímpicas en menos de tres días logradas por Alberto Juantorena en Montreal setenta y seis. O los boleros de Benny More, las guarachas de Matamoros, el filin de Ignacio villa “Bola de Nieve”, o el concierto de Oscar de león en Varadero 83, —donde el chisme de la rubia en el público que logro darle un beso en la boca al cantante siendo asesinada por su esposo en un ataque de celos días después, casi opaca la misma interpretación—. Ni el huracán David en agosto del setenta y nueve, ni un mes después el Federic. Mucho menos el Kate en el ochenta y cinco, o el Gilbert tres años después, o la cúspide de las tormentas como fue la llamada del siglo en marzo del noventa y tres ; o el escandaloso juicio al general Arnaldo Ochoa y sus derivados, que según las malas lenguas fue atrapado siendo el mensajero entre Pablo Escobar y Fidel Castro, prometiéndole este último respetar su vida pese al show montado a nivel nacional y mundial, por un fiscal militar iracundo y engorro ,general de brigada Juan Escalona , que sin opción a ningún tipo de defensa, le condenó a muerte. Las embaucadoras palabras del mandatario verde olivo, se esfumaron como el humo que soltaron las balas del paredón de fusilamiento en una madrugada Habanera. Lo cierto es que nada pudo poner patas arribas a la mayor de las Antillas como Fidel castro esta noche con lo proclamado. . No hubo un suceso de tanta elación en la isla, como esta noticia eraria dada por el propio basto presidente. Era como si el verdugo, luego de cortar tantas cabezas, encadenar y torturar hasta crear oxido en los grilletes de tanta sangre corrida, diera una tregua y todo aquel que quisiera escapar debería cruzar el foso con cocodrilos.— En este caso sería el estrecho de la florida repleto de tiburones—. No existía bondad ninguna en él, solo era evidente el deseo de liberar tensión dentro del país, como una represa, la pared del dique no daba más a tanta presión de agua retenida; ¿qué está haciendo él?, abriendo las compuertas para librarse de cuanta persona le odia y aborrece y ejerce presión a su tiranía.
Acompañe a Daniela donde el viejo teléfono público de la esquina, para llamar a su familia que se quedaría en mi casa esta noche. Me puse las chancletas de mi mama y Daniela se puso las mía además de un short n***o que tenía entre mi ropa lavada .La calle tenía una tensa calma, ni siquiera en el vetusto teléfono Crosley de los años 50 , había una sola alma, —cosa muy extraña, ya que era uno de dos aparatos gubernativos que había en todo el lugar, y al no tener todos uno en casa, a esta hora se reunía la gente para contactarse a nivel nacional con la familia, amigos, novios o amantes—. Recuerdo una vez que fui a llamar a Daniela y una señora gordita, mulata, de rolos en el cabello, chancletas y una bata de casa — que se le marcaba todo su trasero de lavadora—. Tenía un conato de ira, convirtiéndole cada palabra que decía en una verdadera corniveleta roja manando azufre por las orejas: “MALDITO, ME DAS EL DINERO PARA TUS HIJAS, n***o INMUNDO… ¡NO, NO PINGA!, TU SI TIENES DINERO PORQUE PARA IRTE A LA TROPICAL A BEBER CON LA PILA DE PUTAS QUE ANDAS SI TIENES… MARICON DE MIERDA A MI ME DAS EL DINERO PORQUE TE JURO POR MI SANTA MADRE QUE TE BUSCO Y TE CORTO LOS COJONES”… con la misma no tranco, sino que arranco de un jalón el auricular del infeliz Crosley —como si para ella no hubiese una diferencia entre un “Inútil n***o” que no le daba el dinero, y la “Negra Parte Útil” del viejo teléfono.— Imagino que para el pobre aparato era similar a la mutilación de una oreja en un humano —. El caso es que se tardaron un mes en arreglarlo y ponerle un auricular nuevo (de los años 50) —. Mientras tanto en toda la zona había un solo equipo y la cola era desde abril, para cuando tocara el turno, dar feliz navidad.
Terminamos de hablar e íbamos tomados de la mano camino a casa cuando nos venía a buscar Donato en su escandalosa bicicleta — que pedía a gritos un efectivo toque de grasa y aceite, pero como no había ni siquiera comestible, así quedaba sonando los pedales por toda la Habana—. Andaba en chancletas, short y sin camisa, con una camiseta blanca guindada en el hombro derecho. Quedo encima del ciclo con un pie apoyado en la calle y el otro en un pedal; nosotros nos acercamos más para que nadie que pasara escuchara que hablaríamos.
— ¡Coño asere! ahora sí que nos vamos pa la Yuma… ¿viste esa talla que metió el viejo loco barbu’o este…? — dijo mirando para ambos lados de la calle.
—Pero, ¿ya tú crees que se pueda ir uno así como si nada? — Le dije— porque este señor es muy habla mierda y no confió…
—Nuno, tampoco es que vamos a salir bailando cha cha cha con las balsas en las manos… ¿quién a estas alturas confía en el viejo cagalitrozo ese? Nos vamos a ir como si no hubiese dicho nada hoy…
—me parece lo más prudente — agregue mientras mirábamos una moto MZ que pasaba rápido— ¡Donato! tenemos que irnos en el momento justo, porque después de este anuncio se viene una avalancha de gentes hacia el norte, Estados Unidos algo tendrá que hacer para frenar este éxodo y no va a salir ni un cubano más así.
—Yo vengo de verlos a todos los muchachos, — menos a Tinguilillo que estaba borracho como un perro—. Coincidimos en lo que estás diciendo. Los yumas no van aguantar el meche de tanta gente. ¡Hay que irse en estos días!
Daniela nos advirtió de que se aproximaban a nuestra derecha — entre la oscuridad de la calle debido a la carencia de luz pública— un tumulto de unas dos o tres personas. Quedamos en silencio viendo quienes se presentaban en tenue luz de unas casas — los afortunados que tenían en sus portales algún que otro bombillo—. Fueron saliendo a la visibilidad, una señora a la que todo el barrio conocía como Chicha, aunque en realidad le decían Chicha chiva, —esto último por aquello de chivata, soplona—. Era la coordinadora de los CDR (Comité de defensa de la revolución) en la zona. Causante de la detención de muchos ciudadanos que se ponían a tratar de sobrevivir vendiendo cosas que no entraban en el menú diabólico que quería el gobierno uno consumiera. Ella junto a otros soplones policisiñamba, se encargaban de denunciar ante la policía y enseguida les caían.
Era una señora de unos sesenta años, muy blanca, ojos azules, la cara llena de pecas que con la edad y coligar unas con otras, se transformaba en unas manchas tipo plátano maduro. Acompañándole estaba el jefe de sector —que era el policía encargado del control y el orden en un perímetro de unas seis cuadras a la redonda—. Viejo policía revolucionario, con su pistola de cabo brillante makarov y el uniforme impecable porque ni lo sudaba, ya que no le importaba ningún ladrón o ratero de esquina, sino todo aquel que hablara mal de la revolución o hiciera algún acto que la perjudicara, eso sí era considerado una verdadera colemia —traía en sus manos unas carpetas— De frente alta, cabello y bigote canoso, el pecho entablado de tanto mover la pared torácica en busca aire para unos pulmones que lo único que conocían era nicotina. Junto a estos dos se hizo ver más nítido un tercero. Era Gustavo Peña el amigo y compañero de lucha de mi padre, el Gargames revolucionario. Con su calva reluciente y esos lentes cuadrados como parabrisas de guagua leyland. Este al vernos fue directo donde estábamos.
— ¡Vaya, vaya! — dijo dándole una palmadita en el hombro desnudo donde tenía guindada la camiseta Donato— pero, ¿qué hacen estos tres jóvenes revolucionarios reunidos a esta hora de la noche…? ¡Ah ya se…! seguro averiguando la hora de la marcha mañana en apoyo del comandante en jefe por el acto desagradable e inmundo que sucedió en el malecón…
Todos quedamos callados, los tres sujetos nos miraban con hiperestesia, pendientes de que responderíamos o haríamos. Con este tipo de sujetos había que tener ingente cuidado, le complicaban la vida a cualquiera y andaban en un modo defensivo que los hacia más tenso y peligrosos. Las bestias tenían una herida
— ¡A ver! ¿Yo quisiera saber qué hace un tipo como tú a esta hora conspirando con estos dos, en este lugar? —Pregunto dirigiéndose hacia mí, sin poder aguantar ya la curiosidad y la molestia de vernos allí—
— ¿Un tipo como yo de que…? Por qué esa forma despectiva… ¿tú me sabes algo a mí para estar rebajando a uno así? — salto Donato bajándose de la bicicleta y sosteniéndola con una mano mientras reclamaba manoteando con la otra. Se estaba poniendo tenso el ambiente y Daniela me apretaba el brazo. Cuando nuestro amigo reclamo, el jefe de sector se acercó como para bajarle los humos a la protesta de este, pero Donato no se amilano.
— ¡Mira culo cagao, a mí me respetas!— grito Gustavo—
—Respétame tú… — replico Donato
— ¿Tú te crees que yo no sé en lo que tu estas? — dijo encarándolo muy de cerca y apretando los labios rabioso— pero estamos esperando el momento exacto para meter —al nieto del viejo Lemus— al Combinado de Este, y a todos esos mariconcitos que andan últimamente contigo…
—Yo no ando en na’… y tú lo único que haces es especular porque si supieras ya me hubieses jodido…y hazme el favor, a mi abuelo ni lo nombres…— le grito tirando la bicicleta a un lado. Donato estaba ígneo de ira pensé que si le pegaba, los planes de todos se vendrían abajo.
— ¡Si claro, el viejo n***o! Que comenzó hasta luchando por la revolución, y ahí lo ves hablando mierda de ella por los rincones…
— ¡Te dije que no hablaras de mi abuelo!— con la misma lo empujo por el pecho y cuando se disponía a darle un golpe más contundente. Fui lo abrace y lleve donde había quedado la bicicleta tirada.
— ¡Ya, ya asere…! ¿Tú estás loco? ¿No ves que ese cabron lo que quiere es eso, que le des un golpe? —susurre al oído mientras forcejeábamos y lo apartaba—
— ¡Sí, consorte! ¡Pero este chivato de mierda me tiene loco…! — respondió mientras se intentaba controlar—
— ¿Qué está pasando aquí? ¿Quieren ver cómo me los llevo a los tres para la estación? — Salto el viejo policía poniendo las carpetas que traía en la mano derecha debajo del brazo izquierdo. Se le sentía al hablar ese sonido flemoso en la voz como cuando se fríe un huevo— ¡Ajilen para sus casas!, no vaya a ser que se me suba el Pérez a la cabeza… ¡Ajilen coño!
Se quedaron cruzando miradas nuestro amigo y Gustavo Peña, mientras recogía la bicicleta. —Este último, con el índice se jalo sutilmente la línea inferior de pestañas para indicarle que estaría pendiente de él—. Había varios vecinos en la cuadra asomados tratando de ver cuál era el problema, pero entre el alumbrado público que en si ya era un problema para poder ver, además de la neuritis óptica muy de moda por esta época —debido a la falta de carne, pescado y cuanta proteína se necesita para alimentar normalmente a un ser humano—, la gente no divisaba nada bien, pura confusión y especulación, dos sustantivos que regían el vivir en esta isla.
— ¡Y ustedes dos tortolitos!, al menos tú, Nuno Rodríguez. No te creas que vas a salir ileso de lo que te viene encima. —Alego como una hidra, dando gritos y con las mismas ganas de provocar un problema mayor— Le vas a pagar a tu padre esa falta de patriotismo, esa compunción que le causas a un camarada tan genial e intachable como lo es Renato.