CAPITULO III - 3

4778 Words
Ricardo se despidió de su hermano con un contundente abrazo muy afectivo, luego se dieron un beso y se dispuso a subir a la balsa solitaria de la popa. Como era el más gordo, se puso torpe a la hora de hacer la maniobra de  trepar, resbalando y cayendo al  agua. Todos nos pusimos de pie  —con la lucha por sostener el equilibrio en su máxima expresión— y miramos si estaba bien, pero chapoteando ahí como pudo, logro subir. Algunos se rieron y el “Jabao” le grito: “Coño gordo no hemos salido y ya te estas cayendo al agua”. La Bala  vocifero: “Cuidado y te muerde el culo gordo un tiburón por allá atrás”. Ricardo los mando a los dos a la mierda, mientras buscaba entre los bolsos amarrados, una toalla para secarse. Su hermano soltó la amarra y dándonos la bendición más buenos augurios quedamos a merced del mar y de Dios.                   Pusimos los remos en unos escalamos hechos con sogas que daban la vuelta a la balsa y comenzamos a remar muy disparejo y sin armonía ninguna, cada quien remaba a su ritmo y espacio. Aun así se avanzó, sentí que los remos eran muy ligeros, más no era la idea trabajar así disparejos.                               — ¡Un momento, un momento! — Salto Donato— señores ya partimos, depende de nuestro esfuerzo y unión para llegar a nuestro objetivo y escapar de toda esta pinga…  Tenemos que remar al mismo tiempo, somos el motor de esta embarcación y si el motor está mal, no avanzamos. Llevare el conteo hasta que interiormente ya tengan el ritmo en que se ira remando… cuando diga uno, levantan el remo del agua, en el dos, lo meten en el agua, y con la misma en el tres, reman.                       Hicimos la prueba y en el primer conteo estuvo mejor, a Daniela le costaba mucho hacerlo pero yo le guiaba y ella observaba como eran mis movimientos. — Fue como en el conteo veinte que ya lo hacíamos todos al unísono—. Desde la costa muchas gentes nos miraban, incluso cámaras nos estaban filmando. Ya éramos protagonistas y no espectadores, y en nombre de  Dios avanzando.  La costa sin darnos cuenta, ya se nos hacía  más  reducida, también el  oleaje cambiaba  y el chapoteo  en la proa  era mayor. Estábamos bajo el imperioso solsticio  y los sombreros de tela que nos dio Ricardo  ayudaba pero el reflejo del agua también quemaba. Propuse hacer una pausa rápida para ponernos protector solar y todos nos untamos bastante de la misma que traía Daniela en la mochila —la cual llevaba yo en mi balsa para reducirle incomodidades a ella.                        Saque un pulóver blanco y me lo amarre a la cara, así como se lo atan los huelguista cuando lanzan piedras y objetos a la policía bajo efectos de gases lacrimógenos. Solo se me veían los ojos y le hice lo mismo a Daniela con otro pulóver, —Tinguilillo y el Jabao también lo hicieron con otro estilo con las toallas con la que se secaban el sudor se las amarraron triangular, parecían más bien bandidos del lejano oeste—. Papa Bosa se amarro un pañuelo con la bandera americana bien bonito, Donato y la Bala no le prestaron importancia a eso. Continuamos   remando todo el mediodía, mientras La Bala dejaba de hacerlo a cada rato, para mirar una brújula que tenía guindada en el cuello, al igual que Ricardo. Si no estábamos bien directo al Noroeste, los que estábamos a la derecha solamente remábamos para enderezar el rumbo, cuando ambas brújulas estuviesen marcando que íbamos bien, continuábamos surcando todos al mismo tiempo.                         Donato dejo de marcar el ritmo, —era suficiente y todos  ya lo llevaban bien—. Nadie decía, nada, solo yo le preguntaba a cada rato a Daniela como se sentía. Tenía  mucha preocupación por ella y  siempre se sonreía mi valiente guerrera lanzándome un beso. Soplaba viento  gregario  y esto nos frenaba  un poco, pero era imposible de parar el ritmo, llevábamos la adrenalina a millón. El sonido  de los remos en el agua, el chapoteo en la proa,  eran indicios de avanzar. El sol comenzaba hacer maletas para marcharse.                        Me vino mi mamá a la mente pensando que estaría haciendo. En realidad pensaba en todo lo que estaba en la tierra y conocía. En el padre Rafa, en la señora  Luisa allá en la iglesia, la familia de Daniela , en cuantos café se habrá tomado la abuela Marina, o cuantos tabacos  fumados el señor Gonzalo, hasta en el viejo Lemus  pensé y si llevara  mi carta. Industriales, —el equipo de béisbol de la Habana, y de mi vida— que desde niño aplaudía y lloraba con sus éxitos y fracasos. En el sabor agridulce que quedaba cuando sus destacados peloteros hacían la selección de Cuba y viajando a algún evento por el exterior, todos se quedaban y ya más nunca los vería vestidos de azules jugando en las series nacionales. — Seguramente habrá algún juego en unas horas.                    Intentaba mantener mi mente ubicua, entretenida para no caer en desespero ni impacientarme. La costa aún se veía  aunque muy lejos era solo una delgada raya en el horizonte. Miraba mucho el cielo a ver si se amontonaban nubes  y habría tormenta eléctrica o algo, pero gracias a Dios todo estaba despejado  y vacuo de toda amenaza.  A veces la posición de estar sentado dentro de la balsa con los pies  recogido me acalambraban y  los estiraba poniéndolos encima de ellas con las nalgas  apoyada en el piso —que  tenía debido a una doble lona gruesa que le pusieron  en el fondo a la embarcación—. Daniela  aún se mantenía con ellos recogidos, como cuando salimos. A lo lejos se veían otros balseros que iban más rezagados, no se distinguía bien cuantas balsas eran, pero si la silueta y los movimientos de los remos.                     Comenzaba a caer el sol  y  nos detuvimos para  beber agua  y comer algo aparte de los muchachos  chequear el rumbo que llevábamos. Todo iba bien, estábamos en la ruta correcta y no nos habíamos desviado ni un poquito. Papa Bosa, comenzó a darme indicaciones de que en un maletín naranja que estaba en la balsa más próxima a mí, había un cacharro plástico de tapa azul que estaba lleno de bocaditos. Me incline con mucho cuidado y temor de resbalar y caer al agua, puse las rodillas al borde de la jangada y logre alcanzar el nudo que amarraba ese maletín. El movimiento de las olas en la balsa me dificultaba todo. Abrí el cierre y alcance el plástico que traía los panes — sosteniendo con una mano el maletín con miedo de que al igual que yo se cayera— le pase el cacharro a Daniela y ella comenzó a pasar de mano en mano a los más distantes, en este caso en proa “la Bala” y el “Jabao”, un pan a cada uno. Quedaron aun bastantes, los cuales guarde y le hice el mismo nudo al maletín naranja.               Ricardo aun sin probar el suyo, se incorporó con mucho cuidado y  comenzó a desamarrar otro maletín n***o mucho más grande  que el anterior y que se encontraba más cerca de él. Allí saco tres linternas plateadas, pequeñas  de dos pilas, haciéndole llegar una a los de proa, otra se la  dio a Donato y la siguiente se quedó el con ella, —fue cuando recordé que en nuestra mochila llevábamos la del señor Gonzalo—.Además  de repartir dos caramelos de fresas  a cada uno para después del pan. Este último estaba muy rico, gordo rebosante, unos quince centímetros de largo, tenía jamón, queso y un toque de mostaza, ya no sabía mi paladar lo que era la combinación de esas dos cosas—jamón y queso—. Era lastimoso que volviese  a comerlos en el medio del mar, en esta soledad tenebrosa.  Paso uno de los garrafones de agua y todos se lo comenzaron a empinar para bajar el pan. Daniela y yo bebimos de los dos litros envueltos en periódicos que llevábamos aun fría. Mientras comió y bebió se sentó en  el centro de la balsa y estiro los pies igual que yo. Nos miramos y reímos mientras los movimientos del mar nos hacían ver  como si estuviésemos bailando.                         Ricardo grito que todos tuviésemos a mano la ropa  para si en la madrugada hacia demasiado frio. Aun no sentíamos la temperatura bajar, de todas maneras la nuestra estaba a mano en la mochila. Ya comenzaba a oscurecer todo y las estrellas se veían como  ese público que miraba la puesta en escena, eran testigos fieles de  ese valor e ímpetu que cada uno tenía en salir adelante. El mar  se tornaba n***o y solamente palpable, nada visible. El tiempo que estuvimos a la deriva hubo un ligero desvió al oeste y tuvimos  que dar remos todos los que nos encontrábamos a la derecha, esto me agradaba debido a que Daniela descansaría  un poco más. La Bala estaba en la izquierda y no remaba solamente estaba chequeando la brújula. Cuando enderezamos el trayecto todos  comenzaron a ciar  con avenencia.                          —Bala, ahí viene remando detrás de nosotros el marido de la mulata a la que le pegabas el pescado  bailando —  dijo Ricardo  mientras remaba y chupaba uno de los caramelos—                         —Si claro, el viene en la proa, y remando trae a los nietos de la vieja que le robaron las joyas para dártelas a ti— respondió  Reynaldo  y todos  reímos—                        — ¡Coño! …me jodiste… — contesto Ricardo riendo.                        —Por cierto, hablando de bala —   se incorporó el Jabao a la conversación — ¿De dónde pinga sacaste tú el revolver ese?                         —Eso era de mi abuelo. Cuando él murió mi abuela se lo dio a papá y luego, yo se lo agarre para venirme…— Papá Bosa dijo esto último con vastedad—                       — ¡Acere!, pero que Singao eres tu— dijo La Bala muerto de la risa— este no tiene piedad ni con el padre.                       — ¡Si maricon!, dale gracias a eso, sino aparte de robarte la embarcación, te hubiesen violao en la playa.                          — ¡A mí no! seria a Tinguilillo y a Nuno… y estos dos con esos culos flaquitos, sobre todo Tinguilillo, ese no tiene ni para un caldo. — dijo La Bala riendo.                         — ¡Ay váyanse pa’ la pinga!… — se defendió Joel que era el más callado de todos.                        —Perdono yo al que agarre a Tinguili — expreso Donato— si este corre más que una gallina de guineo.  Una vez fuimos juntos a las matas de mango que hay en Cambute. ¿Te acuerdas  Joel?  Le dije mil veces que  ahí se la pasaban los negros del barrio  “Mata Siete”.  Y el: “vamos acere que eso está lleno de mangos grandes de los llaman manzanos, agarramos dos jabas llenas y nos vamos…” bueno nos fuimos pa’ allá, — eso queda por Guanabacoa en casa de la repinga—. Cuando íbamos llegando  a las cinco matas de mango, sale un niñito como de ocho años gritándonos que estaba perdido. Le digo a Joel, Tinguilillo: “Acere esto me huele mal” aun así el seguía caminando pa las matas de mango, suerte que se me ocurrió gritarle al chamaquito: “¡Niño, regresa por donde mismo viniste!”. Miren, se comenzaron a lanzar de los cinco árboles, negros y negros y más negros. Como si a la familia de trazan les había agarrado las avispas encima de las matas —Todos comenzamos a reír y el que más se escuchaba era Tinguilillo recordando el suceso— Este desgraciado iba delante de mí, y me paso por al lado, que me dejo como los muñequitos de Tom y Jerry, dando vueltas en remolino. ¡Hasta largo un zapato!                          Reíamos a carcajadas y esto nos ayudaba a no estar tan tensos. Ya iban a ser las diez de la noche y quedamos en silencio. Donato  nos  preguntó susurrando a Daniela y a mi  cómo estábamos y  cuando  le dijimos que bien nos comentó, que él creía  ya quedar todo el día con la noche de mañana y estaríamos ahí mismo. — En realidad nos ilusiono muchísimo imaginar que ya nos rescataran los norteamericano y sueño cumplido—.   Remamos   sin parar hasta las tres de la mañana, donde  Ricardo  dijo que descansáramos y comiésemos algo además de hidratarnos. Lo necesitábamos ya que los músculos comenzaban a sentir el trabajo. A mí me dolía más la espalda. Luego de comernos otro pan con jamón y queso, beber agua y  chuparnos otros dos caramelos, decidieron descansar  hasta que la luz del alba haga su aparición.                       Le dije a Daniela que tratara de dormir un poco, le pase —de la mochila— un suéter de lana blanco y botones gruesos, que traía de su mamá para que se abrigara debido a que el frio estaba azotando a través de un vientecillo impertinente. Yo me puse otro pulóver más y la camisa manga larga que me trajo de su papá .Le deje la solapa para arriba y así poderme cubrir esa parte del cuello de la frialdad. Le dije que se pusiera en posición fetal dentro de la balsa y así logro el cansancio dejarla dormida — lo supe porque al rato le hable dos veces y no me respondió.                     El gordo roncaba en popa que parecía un cañón con gripe, ese respirar profundo alternado con ronquidos, eran indicios de que casi todos descansaban. Yo no podía, aunque tenía mucho estrés y cansancio licuado dentro. Con parquedad  me puse a mirar las estrellas boca arriba ya que era lo único  visible, además de ser lo único hermoso que había en todo esto  que nos rodeaba. Siempre me llamo la atención esas tres estrellas paralelas con unas pequeñas transversales al final, haciéndola ver — al menos en mi imaginación— como un sartén, esas se veían en noches despejadas, desde  la ventana de  mi cuarto. Fueron las únicas que  conocí  porque había tantas que  para mí era una bella monserga. —Caían  muy seguidos  que si me ponía a pedir un deseo por cada una, terminaría quitándole la fortuna a Michael Jackson—. La luna se encontraba a la mitad imagino seria cuarto creciente, pero con una a*****a blanca a su alrededor, los viejos dicen que esto significa que lloverá, espero solo sean eso, mitos de viejos, estaba   a mi  espalda y era incomodo quedar  mirándola.                            Me dio un poco de mareo la danza en la que tenía el oleaje a esta embarcación y me hacían sacudir la cabeza de un lado a otro, cerré los ojos unos segundos y luego continúe observando esos puntos luminosos siderales. Con cuidado de no hacer un ruido atípico al que había  y que perturbara el descanso de  todos, abrí  la mochila saque el agua, que ya no se encontraba nada fría, y bebí unos buches. Me acosté acomodándome como pude aplastando el gorro hasta que cubriese los ojos y al menos así intentar descansar los músculos, ya que el cerebro se negaba a abandonar la realidad, ni siquiera por un instante.                            Sentí el bostezo de Papa Bosa y seguido de esto los alaridos del estiramiento en la balsa, con la misma un peo que duro unos cinco segundos. Prendió la linterna para observar bien la brújula y aproveche esa claridad para  mirar a Daniela, que se encontraba en posición  fetal pero del lado contrario al que se acostó desde un inicio. Comenzó a llamar a Reinaldo y este al tercer llamado acompañado de varios bostezos le respondió, lo hizo comprobar el resultado de su brújula con la de él y “La Bala” le contesto con un: “¡Coño, estamos desviados!”.                         Decidimos  remar  y agarrar el rumbo —después  cuando estuviese más entrada la mañana detenernos y desayunar algo—. Apenas eran las  seis y media de la mañana y ya se hacía más  visible el mar en una impresionante  silueta negra  bajo nosotros. Se sentía más activo el oleaje que cuando salimos ayer incluso sentía algunas salpicaduras de agua salada.  Me estire un poco de mi lugar y nos dimos un piquito Dani y yo. Deseaba mucho ya estar en tierra en algún lugar cualquiera, y abrazarla, hacerle el amor quitar todo este estrés y tensión.  Ricardo paso una pasta de diente mediana Colgate, —por supuesto tenerla en su poder era todo un lujo para un cubano—, no dejaron de haber quienes le dijeran: “¡Acere!  De verdad  tú eres maceta”  (sinónimo de tener mucho dinero en Cuba) nos embarramos la yema del dedo y con este lo pasábamos por todo los dientes, luego con un pequeño buche de agua nos enjuagamos y al mar.                           Remamos   como siempre  los de la  derecha,  y tanteando cada cierto tiempo  con los de la izquierda, así estuvimos una hora entera, pero como decía Winston Churchill: “El secreto más grande para triunfar en la vida contiene siete palabras… nunca, nunca, nunca, nunca, darse por vencido…” lo hicimos  y logramos  enderezar  la trayectoria. Luego de esto bogamos todos al mismo tiempo, el calor era atroz  y  nos dejamos la ropa de la noche por el sol que era muy  insidioso y sin ningún tipo de munificencia.  Sentía la sal en los ojos los cuales limpiaba rápido— perdiendo un espacio de tiempo en el  remar de los demás—, con la tela del pulóver que amarrado  cubría mi cara. De cuando en cuando una ola nos sacudía y las salpicas  caían en los sombreros y ropa.                            Cuando más concentrados estábamos, Daniela nos dio un susto terrible. Comenzó a gritar y toda aterrada se escondía en su balsa, buscaba mi mano y al agarrarla la apretaba con todas sus fuerzas. Desde mi posición no veía nada, pero Donato que estaba a la izquierda justo en la balsa detrás de ella, me separo en silabas con los movimientos de los labios la palabra “Tiburones”, haciendo al mismo tiempo la forma y movimiento de una aleta con su mano. Daniela entro en un pánico que llorando clamaba por su mamá, su papá, y la abuela. — Aun no podía verlos en el agua— solo me dedicaba a besarle la mano y decirle que estuviese tranquila, que ellos estaban de paso pero que se irían, que como mismo habían tiburones también existían delfines hermosos y juguetones, además de pulpos y mantas rayas.  Que era normal ellos también pasaran. Ella no entendía de explicaciones y en sus crisis me decía   que si algo salía mal, ellos nos comerían. Donato mirándolos, también le hablaba. De inmediato pasaron por el lado que yo estaba y eran unas sombras que nadaban lentas a nuestro alrededor, incluso por debajo de nosotros.                   Lázaro, El Jabao, le grito a Papa Bosa que les disparara con el viejo revolver. Enseguida, este se inclinó para buscarlo en uno de los bolsos. Pero de inmediato La Bala se opuso, diciéndole que si hería a uno, la sangre atraería a otros, y tenía razón. Mejor dejarlo por si no había más remedio— aparte que confeso que solo tenía cinco balas—. Eran tres, los escualos que conté pero uno de ellos era el más largo y lento al nadar, los demás se movían con un frenesí murrio. “Tengo unas ganas de darle un palazo a esos singaos”, dijo Tinguilillo.  Todos estábamos en pánico, unos lo dominaban más que otros y yo estaba obligado hacerlo por Daniela, porque lo único que tenía consigo era yo, y yo a ella.                   El más grande de todos los tiburones asomo lo puntiagudo de la aleta dorsal avizorante justo cuando paso por mi lado, también note la caudal afuera impulsando su nado. Ese color gris, esa longitud de casi tres metros al asecho como perro cuando se huele que hay huesos por ahí escondidos, era aterrador, y sentí mi corazón latir con insania. Se me  licuaron tantos pensamientos al mismo tiempo, arrepentimientos, frustración, dudas, deseos inequívocos de volver el tiempo atrás y no hacer esto. Prefería pasar el servicio militar a estar en estar en donde estaba ahorita, sentí tanto miedo por mí y por Daniela.                     Ella no dejaba de llorar, decidimos seguir remando a ver si nos alejábamos de ellos y nos dejaban en paz  estos malditos tiburones. Los brazos estaban firmes  pero las piernas me temblaban  incontrolablemente,   Daniela  trepidaba  por  completo, entre sollozos remaba  sin control. Dejo de hacerlo en un momento para orinar en un vaso plástico desechable, luego lanzaba el orine al agua. Era simpático porque  siempre  les gritaba a los demás  que voltearan la cara,  ya cuando iba a  hacerlo, ellos mismos gritaban  “¡Daniela chichi!” .Estuvimos así, avanzando unas dos horas sin parar, hasta que  a Donato le dio un fuerte calambre en  la espalda y nos obligó a detenernos para descansar ,comer algo, y beber.                      Ricardo esta vez saco  tres latas pequeñas de atún en aceite que destapo con   el abridor de una navaja  suiza. Saco también un plástico con arroz blanco que olio varias veces a ver si se había echado a perder y  de la bolsa de vasos plástico saco siete que llenó  prensándolo de arroz  hasta faltarle un dedo y después a cada uno le ponía dos cucharadas del atún, pasándolo a cada quien con una cuchara plástica clavada encima. Nos comimos aquello con mucho gusto, como si fuese escabeche de faisán con cremas a la Richelieu. Aun así mi chica no comió  sino tres cucharadas malamente, se lo entrego a  Tinguilillo que lo devoro  con las mismas ansias  que tenían los hijos de puta escualos de comernos, aún seguían bajo la sombra de nuestra balsa, un poco más profundo que antes, pero ahí estaban  las siluetas de un lado a otro.                          Ya la piel comenzaba a doler y sentía  en mi labio inferior el dolor de una ampolla naciente, —aun cubriéndome  la cara con un pulóver amarrado y el gorro, no evitaban  las salpicaduras de las olas, el viento cargado de salitre, el reflejo del sol en el mar—. No paramos de  avanzar y  llegando la tarde comenzó a encapotarse de nubarrones  el cielo, y el olor a viento de  lluvia era intenso, hizo estornudar a varios incluyéndome a mí. A nuestra izquierda se veía lejana la cascada gris  del aguacero   cayendo desde el oscurecido cielo  al mar. Nos turbaba el ver como el agua se alteraba cada vez más y las olas nos dificultaban avanzar —de  cuando en cuando una fuerte chocaba contra la proa levantándonos en peso—. Ricardo tenía una manta de nylon precisamente para usarla en caso de que nos agarrara el aguacero y advirtió que si esa agua con tempestad nos agarraba todos iríamos debajo de ella hasta que pasara.               Reforzó los amarres a los maletines con muchísima dificultad por lo acérrimo del oleaje. Era una realidad, —esa tormenta que se avizoraba— de alguna manera nos agarraría y justo entrando ya la tarde noche. La Bala comenzó a orar a su yemaya en voz alta:                ¡Oh madre de las aguas! Grande es tu poder, tu fuerza y  tu luz                Grande es tu amor por tus hijos, como lo es la sabiduría con que gobiernas                Desde todos los océanos y mares.                Haz que llegue a ti mi pedido, y hazme los favores de alejar de mi rumbo                 A mis enemigos, y ahogar en mi a mis temores                Que no llegue a mi hogar la tristeza, ni rencores o pesares                Que sea tu grandeza la mayor riqueza que me dispensares.                Salve Yemaya                Cualquiera que fuera tu nombre, cualquiera las playas y costas                Que tus aguas besaren.                 Cualquiera el ritmo incesante, de tus olas, de tus mares,                 Mi fe en ti deposito, como parte de la creación de Dios en la tierra                 Y es por eso que te pido, y sé que mi ruego será atendido                  Si es justo y bien por nosotros merecido…                                                      Después de decirla tres  veces, comenzó a cantar bajito  una canción yoruba, mientras sus remos como los nuestros luchaban por avanzar.  Hizo su aparición la lluvia y acompañándola unos relámpagos que iluminaban toda el agua alrededor. Todos temblábamos con cada  flashazo. Decidimos dejar de remar y cubrirnos con ese nylon grande que  aguantando un extremo Papa Bosa  nos pasó a Daniela y a mí la otra parte que  fuimos desenrollando y pasando a los demás ya quedando todos bajo ella. El viento nos la ponía más difícil ya que por proa y popa se colaba por debajo y casi nos lo arrebata de las manos.                          El Jabao grito que cada quien amarrara un extremo a la soga que pasaba por las balsas y que hacia la función de aguantar las lonas del fondo y como carpa de circo pero sin aros ni tigres que saltaran por él, ni mucho menos magos y payasos. Se hermetizo como un techo a ras de nuestras cabezas. Los que estábamos en el medio solo pudimos meter el nylon por detrás de la soga de la balsa y quedamos aun así  sujetándola, los de proa y popa  que tenían las puntas si lograron amarrarlas.  Hubo un trueno que puso en estado de miosis nuestras pupilas además de  un ruido ensordecedor y patético. El sonido de las gotas en el techo, la sensación de que subíamos en una ola para luego caer en el vacío de la siguiente y continuo el impacto, era algo aterrador. Le gritaba a Daniela que se sujetara bien y aguantara ese extremo del nylon, que saldríamos bien de esta y mañana nos rescatarían, se lo prometí más de cinco veces.            Sentimos subir en la amplitud hasta su cresta de una ola muy despiadada y luego ese vacío al valle, casi nos saca del lugar. Tenía irritada la garganta  de gritarle a Daniela que se agarrara duro de la soga y no saliera del medio de la balsa.                            Estábamos turbados, fueron momentos de angustia ingente, en el que uno siente que todo acaba, que todo fue una inútil decisión, y aunque hubiese quedado en tierra, era el destino terminar de una forma u otra  con la corta vida, porque ya estaba escrito. Se  sacan cuentas de en qué se falló para que la ira de Dios nos hiciera sufrir y dar un fin así.  Nuevamente reproche haber participado en paganismos como en el que fuimos a esos rituales de santería, eso no estaba en la gracia del señor. O haber ido menos a las misas y haber sido un holgazán  en  cuanto a la atención a Dios. O haber fornicado con Daniela y haber tenido tantos pensamientos lujuriosos y perversos. Quizás el odio sobre mi padre   y no haberle brindado más amor, pese a su forma de ser. No sé en qué haber actuado mal  para merecer el vilipendio de Dios. Comencé a llorar cuando imagine a mi madre en el momento que le  dieran esa terrible noticia, sin duda alguna  moriría  de dolor, no aguantaría   saber a su hijo ahogado en el mar.                      Todo empeoro cuando Tinguilillo  entro en un ataque gritando: “¡nos vamos a morir, nos vamos a morir…! ¡Ahí está el diablo buscándonos!” eran alaridos que nos  desmedraba  aún más, además de hacer un aullido como si fuese una bestia. Daniela con la mano que le quedaba libre  y llorando entre temblores, se pegaba en el oído para no escuchar ni truenos, ni lluvias, ni olas, y ahora mucho menos ese bramido.  Donato le advirtió  que si no callaba le metería el remo en el cráneo.                       Pasamos toda la noche sobreviviendo a tal borrasca, solo a las cuatro de la mañana la lluvia aflojaba y las oleadas eran menores, con un viento intermitente en sus ráfagas.  La mayoría vomito en algún momento y no hacíamos más que beber agua. Todos quedamos dormidos del cansancio y estrés, me incluyo porque sin dormir llevaba dos noches con esta, y ya mi cerebro no daba más, rindiéndose sin refutar. Soñé con mi mamá, que estábamos en una playa repleta de gente y era niño agarrado en una de sus manos y mientras pasaba frente a un viejito que hacia un perfecto castillo de arena, con sus torreones y paredes amuralladas. Entretenido le solté de la mano para señalarle el castillo, apresurándome en volverle alcanzar comentándole admirado lo visto.                      
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