CAPITULO III -2

4960 Words
                         Tenía mucha depresión y tristeza, faltaban horas, minutos para arriesgar la  vida y dejar atrás a mi madre que  solo Dios sabría cuánto tiempo pasaría para volverla a tener cerquita. Llore  recostado al marco de la ventana como una magdalena, llore y no pare de hacerlo ni por que la brisa refrescara mi cara, ni por  una máquina  de los años cincuenta que pasaba a oscuras  excepto un bombillo  que sobrevivía en la parte derecha de atrás, no deje de llorar ni por los gatos que peleaban  a toda garra por su gata alborotada. No importaba nada en la vida sino este dolor  que llevaba dentro por mi vieja. Yo mismo me trataba de dar ánimos con que en cuanto esté en Estados Unidos y trabaje, la voy a sacar de aquí y vivirá conmigo y con Daniela y seremos muy felices, esto todo no será más que un mal recuerdo.                  Tome  un bolígrafo y en una libreta  de rayas del  Pre- universitario, comencé a escribirle una carta que trataría de dársela al viejo Lemus para que se la entregara unos días después de habernos ido. Pase toda la noche escribiéndole, explicándole todo al detalle de cómo y cuándo lo decidí. Le pedí disculpas por todas las lágrimas  que le causaría esta decisión. Advertí en esas líneas que no dejase de tomar la pastilla antes de dormir y que se fuera para casa de la familia de Daniela, o al menos para donde la tía  Marce y el tío Felo, que no se quedara aquí. Yo le juraba por mi vida que iba a trabajar hasta la última fibra muscular, viviré con mi frente sudada todo el tiempo, para ganar dólares, sacarla de este infierno y volver a estar juntos. Termine a las tres de la mañana, entre el  estrés,  las lágrimas  y la adrenalina, me hacían sentir muy pesado y agotado. Me acosté un rato en la cama y quede dormido por tres horas, fue cuando Radio Reloj comenzó a sonar a todo volumen, y más cansado que como me acosté, fui parándome poco a poco.                       Sentí  más valor,  el amanecer me comenzaba a sacudir, a decirme vaya   hágase un verdadero hombre y luche por los suyos. Mamá se iba para su trabajo. Desayunando le dije que yo le llevaría en la bicicleta y así hicimos. — Por el camino me advirtió que tuviese cuidado con la playa, que no agarrara tanto sol, que no anduviese tan tarde por ahí en el campismo sin saber quiénes estaban a mi alrededor, que no dejara las cosas solas—.  Al llegar a la entrada de su trabajo nos quedamos abrazados respire profundo y le dije cuanto le amaba una vez más. Ahí  justo cuando le di ese último abrazo y beso a mi madre, fue que me di cuenta que  ya tenía en la mano el título de hombre.                       Por el camino se me salieron unas lágrimas que seque con los hombros mientras conducía la bicicleta., fui directo a la casa. Metí en una bolsa las cuerdas y sogas además una de dos biblias pequeñas que tenía mi vieja en su gaveta. Me puse un short de jean gastado y un pulóver amarillo de Bart Simpson en el medio lanzando con una resortera o tira piedras, y unos tenis gastado que ya no eran negros sino cenizos, pero me quedaban muy cómodos. Subí a la bicicleta y busque a Daniela, me puse hablar con su familia pero tenía muchos  nervios porque  ella se estaba tardando más de la cuenta. — Salió mal humorada y con los ojos rojos e hinchados—.  No dije nada, tome su mochila negra con cierres, asas y bolsillos laterales rosados. Acomode mis cosas dentro y le aconseje acabarnos de ir. Ella estaba más débil que yo en estos momentos tenía que apoyarla mucho. Existía el temor en mí de que se me derrumbara a última hora. Pero mi flaca aguanto como buena cubana. Di pedales rumbo a mi casa consciente de que iba negada en llanto detrás.                       Cuando doblamos la esquina para llegar, ya estaba el reluciente Buick 57 parado una casa antes de la mía. Le hice señas con una mano y Daniela también. Papa Bosa acelero y se encontró con nosotros frente a frente. Fui guarde mi bicicleta  y nos subimos  en el asiento de atrás.  Ella recostó su cara en mi hombro y yo le abrace. Ricardo nos miraba por el retrovisor y sonreía. Tenía puesto música de Ignacio Villa “Bola de Nieve”,  ese n***o Guanabacoense  con su simpatía en cada tema.              “Ay, mamá Inés, ay mamá Inés… Todo’ lo’ n***o tomamo café…”— Sonaba                                 —Tranquilos muchachos, todo va a salir bien…—Dijo este mientras manejaba y nos chequeaba mirando por el retrovisor— ¿Ya oyeron radio Martí? Los americanos están ahí, en las aguas limítrofes esperando gente para llevarlos a tierra, es muy poco lo que tenemos que remar.                          — ¡Dios te oiga asere!— dije— porque esto no es nada fácil…                          — ¡Asere! ¿cómo es que te llamas tú? Ah Nuno. Mira esto, yo dejo atrás tantas cosas… ¡Óyeme! Dinero, bienes materiales, un niño de cinco años… ¡consolte claro que no es fácil!  Y yo, si te pones a ver de verdad, no tengo necesidad de esto. Mira esta máquina parece nueva, este buick si lo vendo tengo unos quince mil dólares, si vendo mi casa de cinco cuartos, patio, árboles frutales, dos baños, coño son como veinte mil… ¿Qué más asere?                            Quede mirando él va y ven de  unos dados  de tela que tenía guindando en el retrovisor,—además mire  los asientos  de cuero blanco intercalado  con azul Klein y un terciopelo de este mismo color que abarcaba impecable  el tablero—. La verdad no tenía deseos de hablar, quería callar y que todo fluyera, pero así no lo entendía “Papa Bosa”.  Era como si los nervios le dieran por parlar todo. En  el camino vimos varias caravanas de gentes que se iban. Muchos de los que trasladaban andamiajes de balsas  y sus ocupantes, tocaban las bocinas como carroza de carnaval, era una algarabía  y componenda  de  locura. El viaje se hizo rápido, agarramos  el túnel de la  Habana   y enseguida estábamos en el Este  de la ciudad. Ricardo no paraba de hablar y buscaba que uno le siguiera la corriente. A veces lo hacía yo, otra Daniela que iba acostada con su cabeza en mis muslos.                          Nos hizo la historia de su abuelo, dueño de una joyería. Había llegado de Asturias  y en la Habana conoció a una familia de Tenerife  a la cual pertenecía su futura esposa, ósea su abuela. Nos contó que era hermosa y su abuelo quedo loco con ella.  De labios finos, nariz respingada y ojitos como si encerrara en él un jardín con todas sus mariposas (Palabras de Ricardo). Pero que su abuela tenía el tic nervioso de rascarse las costillas en un intervalo aproximado de diez minutos.  Ya con  una familia  formada, el abuelo le dio por pegarle los tarros a la abuela con una peluquera que le cortaba el cabello al mismísimo y muy joven por aquel entonces, Fidel Castro. Una mulata que estaba  con todos los hierros y tenía vuelto loco al españolito.  Esta  era prima de una empleada en  la panadería,  de la cual el dueño era un español muy amigo de su abuela y de él. Se lanzó a cortarse el pelo con ella— y como entre una mulata y un español logran hacer una salsa irresistible, ahí se enredaron —. La mujer del dueño de la panadería se enteró y le conto a la abuela. Ella, — canaria terca y obstinada—, busco un mata vaca (cuchillo grande) y fue a la peluquería. Se puso a esperarlos detrás de una columna a las afuera del negocio. Horas y horas, con el cuchillo envuelto en hojas de periódicos. Cuando aparecieron en la misma entrada del negocio. Allí se abrazaron y dieron un beso chupeteado. Su abuela salió disparada con el cuchillo ya afuera —pero oculto horizontal con una mano en la parte baja de la espalda—Cuando estaba próxima a ellos, le toco el momento de rascarse impulsivamente las costillas, soltó aquel mata vaca que hizo un ruido del carajo. Corrió la peluquera, el abuelo, los clientes. El abuelo estuvo un año pidiéndole perdón y que no lo haría más, por eso cuando salía Fidel Castro en la televisión ella irónicamente decía con sarcasmo— mirándolo atravesado—… ¿Quién habrá pelado al hijo del demonio ese? A la final su abuelo murió de un infarto veinte años después, en los brazos de la abuela.                      — ¿Por eso es que tienes esos negocios de joyerías? ¿Lo heredaste de tu abuelo? — le pregunte.                     —Claro, y lo que no es joyería también lo herede— dijo riéndose— pinga aquí en esta jodida isla nadie se calla nada… no es por nada, pero sabes la candela que es eso aquí en este país… ustedes se ven súper sanos…                      Continuo lamentándose de que media Habana sabía sobre sus  negocios de alhajas  y prendas. Estuvo callado el resto del camino solo en la   fusión de la calle Santa Rita con la calle C, justo en esa letra Y que se formaba, le grito a un muchacho que se le atravesó al Buick   con su bicicleta haciéndolo frenar en seco y nosotros casi pegamos la  cara al espaldar del asiento de adelante: “¡n***o Singao…! que no saben montar bicicletas sino estar en una rama como los propios monos de mierda que son…”                     Frente al club nocturno entro la máquina, y luego muy despacio  recorrimos la parte de atrás del estadio abandonado, no había nadie excepto un señor mayor que corría a trote lento esquivando los baches existentes. Llegamos y había muchísimo movimiento en la costa, —estaba repleto  de gentes, de andamiajes, de gritos—. Ricardo no se bajó de la máquina y cuando nos quedamos Daniela y yo, me le acerque a la puerta del conductor y le pedí entregara ese sobre a Donato para que se lo diera a su abuelo y este se lo hiciera llegar a mi mamá en dos días. Este se fue asegurándome que lo haría en cuanto llegara, nos advirtió que aquí mismo donde nos dejó en unas dos horas estarían con todo.                 Ya no teníamos mucha tristeza sino adrenalina de acabar de lanzarnos a remar, de luchar de ser libres, solo pensábamos en eso. Me puse la mochila en la espalda y tomados de la mano caminamos rumbo a la costa, eso era un mundo de gentes lanzándose a la mar.  El sol imperante era muy fuerte  pero no evitaba el que estuviésemos al pie de los dientes de perros mirándolo todo. Frente a nosotros  cuatro hombres ya se habían lanzado en balsas amarradas unas con otras, llevaban sombreros, camisas manga larga, y unas tablas en forma  de bate de cricket como remos.  A unos pocos metros de ellos, una mujer y cinco hombres estaban subidos a unas planchas gruesas de espuma de polietileno, o poli espuma, y ella marcaba el ritmo de bogar en el conteo de un, dos, tres. Tuvieron problemas en la  repartición de peso comenzando, pero se acomodaron y continuaron alejándose.                Llegaron dos parejas en un viejo tractor Farmall de 1960 que jalaba una carreta con barandas de palos. Bajaron de ella cuatro balsas pequeñas   y unos bolsos de tela de dónde sacaron una botella plástica con “Chispa de Tren” la cual ni más bien la habían sacado, comenzaron a beber y bailar, además de cantar  al estilo comparsa : “ Nos vamos pa’ la Yuma ,¡eh! ” y así repetían . Los hombres en trusas y las mujeres en shores cortos y traje de baño   en la parte de arriba. Bebían, se abrazaban, y cuando decidieron marcharse, agarraron los supuestos remos, que no eran más que unos palos rústicos con unas tablas anchas  que apenas iban a clavar allí. Uno sujeto el palo y el otro la tabla, con unos clavos que presento, y comenzó a pegarles con una roca que le había alcanzado una de las mujeres. La precisión con que lo hacía era irregular y lo mismo le daba a la cabeza del clavo que a la misma tabla e incluso a uno de sus dedos, —que con él en alza sangrando grito: “Pa’ los tiburones” todos rieron y continuaron bebiendo—. Lanzaron las balsas al agua y los “Remos” muy desorganizadamente. Detrás se sumergieron los dos hombres no sin antes beber de aquella botella, nadaron muy bien ambos, — y con más habilidad de la que pensábamos— amarraron y acomodaron todo, pese al vaivén de las olas, que por muy tranquilo que estuviese el mar  este natural movimiento  muchas veces dificultaba  todo. Cuando estaban listos, las mujeres le lanzaron las bolsas de tela y luego se metieron ellas al agua entre risas y sacadas de lengua por parte de los caballeros. Ciaron ellos hasta alejarse paulatinamente de la orilla. Dios tuviese piedad de tales irresponsables, comentamos Daniela y yo.                       Había muchísimos camarógrafos y reporteros  de agencias como la Reuter  y CNN, que fueron las que reconocí. La policía de uniforme, no les perdía ni pie ni pisadas, pero los policías vestidos de civil eran los más. Tan inequívoca y evidente su profesión, merodeando en parejas bien vestidos y caminando despacio mirándolo todo con gafas oscuras, sin pinta o intenciones de irse en alguna rustica embarcación. Era evidente que tenían la autorización de dejar a las personas que se largaran, pero sin hablar mal del gobierno. Fuimos debajo de unas matas de uva de la caleta, o uva de playa como le conocen en muchos lugares, y nos refugiamos del sol — sus amplias hojas hacían de ella un buen asilo para escudarnos del astro rey—. Bebimos agua y con una rama barrí al pie del árbol  unas cuantas latas  vacías de refrescos y hasta de cervezas escondidas allí. Nos sentamos a mirarlo todo hasta que nos tocará el turno a nosotros de hacerlo. Daniela llevaba la cuenta de la hora con su reloj Casio plástico rosado que le había regalado su mamá en uno de sus cumpleaños.                       Un día se le daño el pasador del cierre en la pulsera y sin darse cuenta llego a casa sin el reloj, lo cual fue motivo de llanto y pataleo. La subí en la bicicleta, que según ella, fue llegando a su casa porque poco antes ella había mirado hora. Recorrimos a pie todo el trayecto mirando al piso y rogando alguien no lo hubiese hallado antes. Daniela por fin lo vio en las manos  de una niña de unos siete años que jugaba con otra  en la entrada de un solar. Hablaban con sus desgreñadas y desnudas muñecas, Daniela se les acercó y le pregunto quién le había dado ese reloj, y la niña en su fantasía le dijo — con ausencia de algunos dientes—que “El papá de las muñecas se las había comprado después de trabajar”. Sutilmente le hizo entender a la niña que ese reloj era de ella y se le había caído por el camino, que estaba feliz que una niña tan linda e inteligente lo hubiese encontrado. La niña enseguida le dijo: “¿Y que nos das a cambio de dártelo?” Daniela le pregunto qué querían y ellas respondieron: “¡Cuatro coquitos acaramelados de donde Chela la coja!”                    Fuimos con las negociantes niñas hasta casa de la señora de los coquitos acaramelados y les compramos tres porque acaramelados no quedaban más que esos. Le dijo a su compañerita que lo sentía mucho pero que  dos eran de ella, le entrego  el reloj a Daniela  y se fueron con sus muñecas oliendo y degustando los dulces. El reloj fue arreglado en su manilla por don Gonzalo, pero  tiempo después comenzó a palidecer por la pila ya gastada.  Dani cuando se pone anémico, le daba un golpe en la pantalla con el dedo índice y reacciona.                   Se estaban yendo una embarcación de puros tanques de metal plateados, con techo y todo. Se veía la mejor de todas las que estaban saliendo, incluso estaban acomodándole un pequeño motor por eso entre muchas cosas más subieron garrafones plásticos de combustible. Llamo la atención que subió una mujer con un bebe en brazos que lloraba sin parar y las cámaras — que trataban de abarcarlo todo—, se enfocaron en esto. Se acomodaron todos y con un motor ruidoso además humeante al principio, salieron   rumbo al Noreste, como todos los que partían. —Se sabía que a este rumbo se iba directo a Cayo Hueso. Ese cayo que forma parte del archipiélago de la Florida y es el que más al Sur esta, justo a unos 233 kilómetros del norte cubano—. Había que ser lo más exacto posible  porque si te ibas muy al Oeste se iba a parar al golfo de México y así nadie sobreviviría, de lo contrario si te pasabas  muy al Este se adentraba a océano Atlántico  rumbo a las Bahamas y demás islas caribeñas, que tampoco  era muy posible sobrevivir.                    Existe una corriente marina en el estrecho que separa a la Florida de Cuba y las Bahamas, procedente del golfo de México. Tiene de ancho unos ochenta kilómetros y circula a una velocidad de cinco por día y una temperatura de 25° Celsius. Para un barco no es nada, ni se percibe, pero para unos pobres cristianos que buscan su libertad remando, esto sería un verdadero reto entre tantas cosas más.                      Ya se cumplían las dos horas, y decidimos salir donde mismo nos dejó la máquina de Ricardo a ver si ya llegaban, —pero allí no había nadie sino otros autos y camionetas que llegaban con más expedicionarios—. Sugerí quedarnos un rato a ver, y en un cocotero pequeño de pencas amarillas sin nada de cocos, nos pusimos a esperar. Observando el desespero de la gente para irse mientras aguardábamos, en una camioneta azul del que se habían bajado varios hombres con sus remos y balsas, uno de ellos le grito, —al que al parecer era el chofer porque tenía las llaves del vehículo en la mano— “No te voy a pagar un Singao dólar porque no tengo más ni un centavo, ¿entiendes eso?”. A lo que el de las llaves respondió: “Tranquilo, yo se lo cobro a tu hermana”. Inmediatamente se devolvió el futuro balsero y le grito: “Si mi hermana solamente me comenta que tú fuiste nada más a pedir un vaso de agua, o una aspirina a su casa. Yo le envió mi primer sueldo en dólares a alguien, para que te den una sola puñalada. Pero que sea lo suficiente para que te lleven directo a la morgue… ¡Maricon!” de inmediato intervinieron sus compañeros y se lo llevaron rumbo a la embarcación.                        Ya me estaba desesperando y Daniela igual, no aparecían por ningún lado.  Nos quedábamos mirando cuanto carro asomaba al doblar del estadio abandonado, pero nada de nada. Comenzaban aparecer en el cielo unos nubarrones  y el viento a ser más presente, esto resultaba más palos  a la hoguera de inquietud que ya teníamos.  Hasta que por fin media hora después, asomaba el Ford Fairlane 56 del hermano de Ricardo cargado de gente, y detrás el Buick doblando con mucho cuidado. Este último traía de sombrero   toda nuestra chalupa, la cual se notaba mucho más grande debido a que las balsas se encontraban repletas de aire. Ya estaba todo listo para cargarla y meterla al agua.               Sentimos emoción, adrenalina  y el término de la espera, Daniela y yo nos  abrazamos y dimos un beso corto. Le di la mochila a ella y  caminamos rumbo a donde estacionarían para ayudar  a bajarlo todo. Intentaron adentrarse lo más posible hasta que ya las dificultades del terreno lo impedían. Nos abrazamos Donato, Daniela y yo, La Bala en short naranja y un pulóver amarillo con una gorra azúl de los Dodger y un par de tenis n***o sin medias.  Me dio un abrazo y estiro cortésmente la mano a Dani, lo mismo hizo Tinguilillo algo más tímido, que llegaba con una camiseta naranja exhibiendo el tatuaje rustico del arco y la flecha, un short de jean y chancletas mete dedos. El Jabao, Lázaro, me dio la mano y saludo desde lejos a Daniela, llevaba un mono Adidas, un pulóver gris que decía Cuba en rojo y unos deportivos blancos. Papá Bosa, Ricardo,  llevaba un short  de flores bien playero y unas gomas Nike muy anchas y lindas, las piernas se le veían blancas estilo yogurt natural y un pulóver amarillo fluorescente  que decía “Miami Dale”  en azúl , además de una pachanguita verde olivo —o sombrero militar de tela—. Fue a la parte de atrás del carro y saco cinco más de una bolsa plástica y le repartió a todos menos a La Bala que ya tenía su gorra. Se nos acercó a Daniela y a mí dándonos  un abrazo grupal.                         — ¡Mis niños! llego la hora— dijo con su frente pegada a las nuestras— nos vamos a ir y vamos a llegar sanos y salvos… pongamos esto a flotar y vamos rumbo a la libertad.                        Su hermano y primo, eran más gordos que él, parecían duendes come cake, —bajitos panzones y caras redondas— El hermano, de pelo muy lacio mientras que el primo crespo y largo con una cola de caballo .No tuvimos tiempo de hablar con Donato, comenzamos todos a descargar primero toda la embarcación. No pesaba tanto sino el cuidado que había que tener no se desajustara algo o partiera uno de los  palos guías.  El hermano de Ricardo se sumó a nuestro grupo para cargar la embarcación, mientras que el primo, con machete en mano, quedaría a la custodia de los bultos y carros. Daniela vendría con la mochila detrás de nosotros.                      Comenzamos a sujetarla mientras   La Bala, quitaba las amarras del techo de la máquina. Me puse detrás con Tinguilillo mientras que a un costado y en medio, sujetaban el Jabao y el hermano de “Papá Bosa”. Cuando termino de quitar todo lo que ataba a la barcaza del Buick, se fue adelante con Ricardo. A la cuenta de tres salimos todos alzándola bien hasta que saliera del auto y luego la llevamos a nuestros hombros. La Bala, guiaba a los que menos visibilidad del camino teníamos. Tuvimos tropezones, más no fue nada que los pies no pudieran superar.                   Cuando llegamos al  límite del agua y los dientes de perros— plagados de cucarachas marinas y cangrejillas  camufladas entre algas , además de esa espuma que se formaba por las  rompientes olas—. Los de adelante se metieron hasta la cintura en el agua y fuimos agachándonos poco a poco para dejarla  introducir  completa en el agua. Todos aplaudimos, fue emocionante verla flotar tan pareja y horizontal, tomando vida cuando se movía al compás de esa danza del mar sobre ella.                       Tinguilillo quedo con la soga de la amarra haciéndole un nudo doble en una roca para luego quedarse con uno de los remos cuidando que se pegara demasiado a los filosos bordes. La Bala me pidió que quedara velando con él flaco la balsa. Advirtiéndonos que anduviéramos muy alerta debido a que estaban sucediendo casos muy frecuentes de atracos y saqueos a embarcaciones por sus víveres. Tanto en tierra como en alta mar.  Daniela dejo la mochila y se fue con ellos a buscar todo lo que faltaba. Me puse hablar con Joel que andaba muy pendiente de que las cámaras infladas, no se acercaran mucho a los diente de perro.  Le pregunte que como se sentía. No era de mucho hablar y sonriente dijo que estaba bien pero que lo que más le tenía miedo eran a esos tiburones que dicen en el estrecho de la Florida eran hasta de cinco metros.  Ahí fue cuando recordé el dicho popular que reza “Calladito te ves más bonito”.                 Quedamos en silencio, mientras veo que, de entre las matas de uvas de la caleta, salen tres tipos vestidos de blanco y quedan mirando todo el panorama de gentes yéndose, pero se enfocan en nosotros. Eran dos negros y un mestizo que se van acercando dos mientras el rezagado con la mirada estudiaba a unos despistados policías a lo lejos.                           — ¡Ey, Ey, Ey…!— les grite, en una advertencia, pero me sentía muy nervioso — ¿Qué quieren?                           — ¡Cálmate albino!— Respondió uno de los negros mientras continuaban caminando — ¿Dónde están los otros?                          — ¡A ti que repinga te importa!— salto Joel mirando las balsas y al mismo tiempo a los visitantes— ¡Váyanse pa la pinga de aquí!             Mirando para los lados, los tres tipos sacaron cada uno sendos cuchillos afilados que resplandecían con el sol. Más allá se veían salir dos tipos más de donde las uvas. La policía ni pendiente, no les importaba, tenían órdenes de reprender a los que hablaran mal de la revolución con los periodistas, pero por lo demás.  Tenían mandatos de que no se metieran en nada más.  Tinguilillo y yo buscamos unas piedras  y en ese instante no aparecía ninguna.  Esos arrecifes estaban soldados al suelo y solo pude percibir un pedazo de tolmo suelto a unos tres metros. Corrí a él, lo agarre y me cuadre para lanzárselo al primero que más se acercara.                          — ¡Albino, no te hagas el picha’o que si me das te voy a clavar…! — Advirtió     el que más próximo ya se encontraba.                         — ¡Lánzale chamaco… lánzale! — grito “Tinguilillo” hasta el estremecimiento de la úvula y las amígdalas                         Hice un primer amague de lanzarle el peñasco para ver cuál sería su reacción. Cuando vi  que se encogió de hombros hacia su lado derecho y bajo la cabeza cubriéndose con las manos, aun con el cuchillo.  Se la lance con todas mis fuerzas rumbo a la cabeza pero lo que hizo fue darle en el codo de la mano contraria a la del cuchillo. Fue tan doloroso el impacto que soltó el arma, y quedo privado en el suelo. Joel y yo  salimos corriendo para distintos rumbos. Por suerte también venían corriendo El Jabao, La Bala, Donato, y el hermano de Papa Bosa. Sacaron de uno de los maletines tres machetes afilados como un alfanje Árabe. Ricardo cuando estaba más cerca mostro algo más extremo, un   viejo revolver y los apunto. Daniela no hacía más que gritar por mí,  di una vuelta y Salí donde ella estaba detrás de los muchachos. Nos abrazamos y me besaba mientras aun recobraba mi aliento y le convencía de  que estaba bien.                          Los cinco tipos cuando vieron  el revolver  ingles Ricochet 45  Lone Start con el cabo de nácar, comenzaron el retiro de  inmediato dejando atrás al que  daba alaridos por el dolor en el codo. Este se fue incorporando y con mirada vengativa buscaba donde yo estaba, sin dejar de agarrarse  el lugar afectado, camino tras la manada  mirando  con ojos retorcidos, a Papa Bosa  que no dejaba de apuntarlos con el revolver a la cintura, evitando la policía desde lejos lo viese. Se detuvo y le mostro el cabo del cuchillo a  quien lo apuntaba.                        — ¡Dale, vente hijo de la gran puta!…que aquí si no hay una roca — Advirtió Ricardo mordiéndose la lengua de rabia.                        El delincuente se aconsejó y camino sin mirar más para atrás. Guardo el revolver nuestro compañero, pero no dejaba de mirar la trayectoria que llevaban esos maleantes. Mientras, los muchachos y yo buscábamos algunos bolsos que quedaron regados.  Joel, Tinguilillo, había vuelto a su custodia de la embarcación en la cual   se subiría Reinaldo junto al Jabao, para que, entre los que quedábamos abajo, pasáramos  todos los bultos.  Al mismo tiempo comenzaron  a repartir los lugares en que iríamos.  En las dos primeras balsas irían Reinaldo La bala y Lázaro Jabao, en el siguiente par, Joel “Tinguilillo” junto a Donato, a continuación iríamos Daniela y yo. En las otras dos balsas continuas, una iría llena de bolsos, unos cuatro, que amarraban con mucho celo los chicos encargados y   en la de al lado cuatro garrafones de  ocho litros de agua— . En la otra que quedaba en la popa vacuo, iría el pelma de Papa Bosa en solitario.                       Se bajaron los muchachos de las balsas luego de acomodar y amarrar todo. Y nos fuimos a buscar lo único que faltaba, los remos—esos que nos alejarían de todo lo malo y nos acercarían a la libertad tan anhelada—. Daniela quedo junto a tinguilillo y Papa Bosa que vigilaba con présbita.  Ya estaba todo listo comenzamos a subir por los costados, me sentí un poco ansioso —con esa sensación como si se fuesen a subir todos menos tú—. Fue algo desorganizado y la embarcación se movía de un lado a otro con las subidas y acomodo encima de ella. Daniela subió antes que yo, pero lo hizo muy ágil, Tinguilillo que ya estaba arriba le ayudo a darle una mano y a socorrerle con el equilibrio. Subí, no sin antes mojarme los pies, llegue a mi lugar al lado de Daniela y tomamos nuestros respectivos remos.
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