Nos acercamos a la puerta principal de una pequeña casa en el lado sur de Chicago. Ubicada en una hilera de viviendas sobre terrenos tan estrechos que apenas cabía un auto entre ellas, la casa de la infancia de Lucio tenía la pintura azul claro descascarándose de las tablas, y las ventanas, que alguna vez fueron blancas, ahora eran de un gris sucio. En el patio, donde debería haber césped, había maleza seca y muerta, cubetas tiradas, una parrilla vieja cubierta de óxido y un bote de basura volteado, además de botellas, cajas y otros desechos. Cuando Lucio tocó, un perro ladró desde adentro y una voz femenina gritó: —¡Cállate! Una mujer con los mismos ojos de Lucio abrió la puerta. Tenía el cabello rubio, la piel arrugada más allá de su edad, las mejillas hundidas y unos brazos largos qu

