Capítulo 4

833 Words
Mateo no alarga más la conversación. No hay cierre dramático. No hay retirada brusca. Solo un gesto leve con la cabeza, una media sonrisa, ese “nos vemos” que no compromete a nada. —Hablamos —dice, como quien deja una puerta entreabierta. Mara asiente. —Claro. Y ya está. Nada más. Sin mirada sostenida. Sin ese hilo invisible que normalmente queda tensado cuando él se va. Sin promesa. Mateo se gira antes de que el silencio pese más de la cuenta. Camina de vuelta con la misma seguridad con la que llegó, esquivando gente, saludando a alguien de paso, recogiendo su vaso como si todo encajara en una coreografía conocida. Todo normal. Todo bajo control. O eso parece. Se apoya otra vez en la barra, pero no adopta la misma postura. El cuerpo está ahí… la cabeza no del todo. Da un sorbo. El hielo ya no suena igual. —¿Qué tal? —pregunta Dani sin mirarlo directamente, como quien lanza la red sin hacer ruido. Mateo tarda medio segundo más de lo habitual en responder. —Bien. Demasiado rápido. —¿Bien bien o bien de “no ha pasado nada”? Mateo resopla, casi divertido. —No ha pasado nada. Y ahí está otra vez. Nada. Como si pudiera borrar ese pequeño vacío. Ese instante en el que ella no siguió el juego. Ese… no hace falta. Mateo gira el vaso entre los dedos. Una vez. Otra. El cristal frío le devuelve una sensación que no termina de ubicar. No ha fallado. No exactamente. Ha entrado bien. Ha llevado la conversación. Ha estado como siempre. Entonces… ¿por qué no ha pasado nada? —Es rara —murmura, más para sí que para Dani. Dani sonríe sin mirarlo. —O igual no juega. Mateo alza la vista, frunce apenas el ceño. —Todo el mundo juega. —No —dice Dani, ahora sí mirándolo—. Todo el mundo está acostumbrado a que jueguen con ellos. Silencio. Mateo desvía la mirada. Busca a Mara sin querer buscarla. La encuentra. Sigue donde estaba. Hablando. Igual que antes. Sin haber cambiado nada. Como si él no hubiera pasado por ahí. Y eso… eso sí le molesta. No por lo que hizo. Sino por lo que no provocó. Mateo aprieta el vaso un poco más de lo necesario. Una mínima tensión. Un gesto que no encaja con su habitual soltura. —Da igual —dice al final, dejando el vaso sobre la barra—. Tampoco es para tanto. Pero esta vez… la frase no suena igual. No convence. Ni siquiera a él. Y mientras aparta la mirada, como quien decide pasar página… algo dentro de él hace justo lo contrario. Se queda. Pasaron días y... No es casualidad. Mateo lo sabe. Y aun así, se cuenta otra cosa. —Pasaba por aquí —dice en voz baja, como si esa frase tuviera algún tipo de valor narrativo. No lo tiene. Porque no estaba pasando. Estaba buscando. El lugar es el mismo. La luz distinta. Más limpia. Menos ruido. Y ella… también. Mara está sentada esta vez, con un café delante y un cuaderno abierto que no parece necesitar. No escribe. No mira el móvil. No rellena el silencio. Lo habita. Mateo se queda un segundo más de lo necesario observándola. No es por cómo es. Es por cómo está. Como si no tuviera que demostrar nada. Como si no estuviera esperando nada. Y eso… eso lo empuja. Se acerca. Sin prisa. Sin la entrada directa del día anterior. Hoy hay un matiz distinto. Más… intención. —Hoy no analizas —dice, apoyándose en el respaldo de la silla frente a ella, sin sentarse todavía—. Me decepcionas. Mara alza la vista. Lo reconoce. Esta vez sí sonríe… pero apenas. —Hoy no hay mucho que analizar. —¿Cómo sabes que no? —responde él, entrando con suavidad, afinando el tono—. Igual te estás perdiendo algo interesante. Mara cierra el cuaderno despacio. No por él. Pero el gesto queda ahí, en medio. —Puede ser. Silencio breve. Mateo decide sentarse. No espera invitación. Pero tampoco invade. Una distancia medida. Calculada. —Ayer te dejé a medias —dice, esta vez sin rodeos, clavando la intención en la frase. Mara lo mira. No sorprendida. No incómoda. Solo… presente. —No sentí que faltara nada —responde. Y ahí, en esa frase tranquila… Mateo ajusta. Muy ligeramente. —A mí sí. No lo dice como un reto. No del todo. Más bien como una declaración pequeña. Controlada. Como quien pone una ficha sobre la mesa sin hacer ruido. Mara sostiene su mirada un segundo más. —Entonces es tu sensación, no la mía. Directa. Limpia. Sin filo… pero sin concesión. Mateo esboza una media sonrisa. —Por eso estoy aquí. Y ahora sí. Ahora hay algo distinto. No es el juego de antes. No es improvisación. Es un intento. Consciente. Elegido. Y eso cambia el peso de todo.
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