Mateo sostiene la mirada un segundo más de lo habitual.
No como desafío.
Como quien intenta fijar algo antes de que se le escape.
Mara no se aparta.
Pero tampoco entra.
—¿Y qué quieres exactamente? —pregunta ella, con esa calma que no presiona… pero tampoco suaviza.
Mateo apoya los antebrazos sobre la mesa, inclinándose apenas.
—Seguir la conversación.
Fácil. Limpio. Sin exponerse demasiado.
Mara asiente, como si aceptara la respuesta…
aunque no del todo.
—Entonces no la dirijas tanto.
Ahí está.
No es un golpe.
Es un giro.
Pequeño.
Pero suficiente.
Mateo ladea la cabeza, una sonrisa que intenta mantenerse ligera.
—No la estoy dirigiendo.
—Sí —dice ella, sin subir el tono—. Estás intentando que vaya a un sitio concreto.
Silencio.
Mateo abre la boca para responder…
pero no encuentra la frase automática.
Eso ya es nuevo.
—¿Y tú no? —lanza al final, recuperando terreno—. ¿O todo esto es completamente casual?
Mara se inclina apenas hacia atrás, cruzando una pierna con un gesto natural, sin prisa.
—Yo estoy hablando contigo —dice—. Sin intentar que pase nada más allá de eso.
Mateo la observa.
Ahí hay algo que no encaja en su esquema.
—Siempre pasa algo —responde, más bajo, más firme—. Aunque no quieras.
Mara sostiene esa frase en el aire…
como si la estuviera pesando.
—No todo tiene que ir a algún sitio.
Otra vez.
No lo contradice.
Lo desplaza.
Mateo exhala por la nariz, una risa mínima que no es del todo risa.
—Eso suena a excusa.
—¿Para qué?
—Para no implicarte.
Mara no reacciona de inmediato.
No se defiende.
No se explica.
Solo lo mira… un segundo más largo.
—O para no fingir que lo estoy.
Y ahí…
ahí se rompe algo muy sutil.
Porque Mateo no sabe cómo avanzar si no hay una progresión.
Si no hay escalada.
Si no hay ese juego donde cada paso empuja al siguiente.
Aquí no hay eso.
Aquí hay… presencia.
Y él, sin darse cuenta, empieza a moverse más de lo necesario.
—Entonces… ¿qué hacemos? —pregunta, y esta vez sí hay una ligera g****a en el tono.
Mara recoge su taza, da un sorbo tranquilo.
—Hablar.
Nada más.
Nada menos.
Y lo dice como si fuera suficiente.
Como si no hiciera falta añadir nada.
Como si no hubiera nada que construir.
Y Mateo…
por primera vez desde que se sentó…
no sabe cómo seguir sin empujar la conversación hacia donde él entiende que debería ir.
Mateo asiente, como si hubiera entendido.
Como si hablar fuera suficiente.
Pero no lo es.
No para él.
El silencio que sigue no es incómodo en sí…
lo incómodo es que no sabe qué hacer con él.
Antes, ese espacio era suyo.
Lo llenaba. Lo dirigía. Lo convertía en algo.
Ahora…
no.
—Vale —dice, demasiado pronto—. Hablamos.
Y en cuanto lo dice, sabe que ha sonado vacío.
Mara no lo corrige.
No lo rescata.
Solo espera.
Y ese esperar… pesa.
Mateo se pasa la mano por la nuca, un gesto mínimo que no suele tener.
—A ver… —empieza—, ¿siempre eres así o es algo personal conmigo?
Intenta devolverlo al terreno conocido:
pregunta, provocación suave, apertura.
Pero el tono ya no tiene la misma precisión.
Mara inclina ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
Mateo duda.
Otra vez.
—Tranquila.
La palabra le queda corta.
—Presente —corrige ella, sin esfuerzo.
Silencio.
Mateo se ríe, pero esta vez la risa no sostiene nada.
—Vale, presente —repite—. ¿Siempre estás tan… presente?
—Cuando quiero estar —dice ella.
Simple.
Sin carga.
Sin historia.
Y eso debería ser fácil de seguir.
Pero no lo es.
Porque Mateo no encuentra por dónde entrar.
Lo intenta.
—Pues yo diría que eso también es una forma de elegir —añade—. Elegir no ir más allá.
Mara apoya la taza en la mesa, con un gesto suave.
—Claro que lo es.
Lo dice sin problema.
Sin sentirse descubierta.
Y eso desarma más que cualquier evasiva.
Mateo se inclina un poco más, como si acercarse físicamente pudiera darle alguna ventaja.
—¿Y nunca te apetece… ir más allá?
Ahí.
Ahí intenta recuperar el ritmo.
Empujar un poco.
Crear ese pequeño desnivel donde la conversación empieza a caer hacia donde él quiere.
Mara lo mira.
Directo.
Sin incomodidad.
Sin tensión.
—Sí.
Una sola palabra.
Mateo se queda un segundo en suspensión.
—Pero no con todo el mundo —añade ella.
Y no hay reproche.
No hay insinuación.
No hay juego.
Solo un límite claro, dicho con la misma calma con la que antes hablaba del café.
Y ahí…
ahí Mateo pierde el ritmo.
No sabe si responder.
No sabe si bromear.
No sabe si retroceder o avanzar.
Y esa indecisión —tan breve que casi no existe—
es suficiente.
Porque Mara no la llena.
No la suaviza.
No la arregla.
La deja estar.
Y en ese pequeño hueco…
Mateo se da cuenta de algo que no le gusta nada:
no es que no esté funcionando.
Es que no sabe cómo hacerlo funcionar aquí.
Se recuesta ligeramente en la silla, rompiendo por primera vez su propia inercia.
—Vale… —dice, bajando el tono—. Esto no me pasa nunca.
La frase se le escapa.
Sin filtro.
Sin intención.
Mara no sonríe.
Pero hay algo en su mirada que cambia un milímetro.
—Eso es interesante —dice.
Y lo es.
Pero no por lo que Mateo cree.