El ruido del local le resulta familiar. Cómodo. Como un abrigo viejo que no abriga del todo, pero al menos no incomoda.
Mateo apoya los codos en la barra, con esa naturalidad ensayada que no parece ensayada en absoluto. Saluda, bromea, pide lo de siempre sin mirar la carta. Todo en su sitio. Todo donde debe estar.
Todo… como antes.
—¿Y esa cara de “he entendido la vida en una noche”? —le suelta Dani, apareciendo a su lado con una media sonrisa que huele a peligro.
Mateo ni se inmuta.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy observando.
—Pues observa mejor —responde, llevándose el vaso a los labios—. No ha pasado nada.
Dani arquea una ceja. Una sola. Suficiente.
—Claro. Nada. Solo te quedaste callado tres veces en una conversación. Contigo eso es como ver llover hacia arriba.
Mateo resopla, una risa breve, seca.
—Fue una conversación sin más. Ya está.
La frase cae con un peso que no encaja con lo ligera que pretende ser.
Sin más.
Como si no recordara exactamente el momento en que ella lo miró.
Como si no hubiera sentido ese pequeño… desfase. Ese segundo de más en el que no supo qué decir.
Pero no. No va a entrar ahí.
—Te juro que no sé qué le ves —añade, encogiéndose de hombros—. Ni que fuera tan complicada.
Dani no responde al instante. Se limita a mirarlo, apoyado contra la barra, con esa paciencia de quien no necesita ganar la conversación.
—No te gusta —dice al final, casi en tono neutro.
Mateo se encoge de hombros otra vez.
—No.
Un segundo.
—Vale.
Otro.
—Bueno… me cae bien. Ya está.
Dani asiente despacio. Demasiado despacio.
—Claro.
Silencio.
Mateo gira ligeramente el vaso entre los dedos. El hielo choca contra el cristal con un sonido limpio, repetitivo, casi hipnótico.
Todo está en su sitio.
Él está en su sitio.
Y sin embargo…
—Además —añade, como quien remata algo que no necesita ser rematado—, este tipo de cosas se me dan bien.
Ahí sí.
Ahí vuelve a sonar a él.
Seguro. Directo. Sin grietas.
Dani sonríe de lado, como si acabara de encontrar exactamente lo que estaba buscando.
—Sí —dice—. Eso es lo interesante.
Mateo no pregunta.
Pero por primera vez desde que ha entrado…
algo en su comodidad se mueve un milímetro.
Y no le gusta.
La ve antes de decidir acercarse.
No es casualidad.
Aunque él vaya a fingir que sí.
Mara está apoyada en la mesa alta del fondo, con un vaso en la mano y la conversación sostenida con esa calma suya que no pide turno, no interrumpe, no compite. Está. Simplemente está. Y eso —Mateo lo nota aunque no quiera— desplaza al resto.
No destaca.
Pero se nota.
Y eso… le gusta.
Mateo da un sorbo, deja el vaso y se impulsa hacia delante con esa inercia conocida. Paso firme, gesto relajado, mirada limpia. El terreno que domina. El idioma que habla sin pensar.
Esto lo tengo.
—¿Siempre analizas tanto o hoy estoy teniendo suerte? —lanza, entrando en la conversación como quien abre una puerta que sabe que va a encontrar abierta.
Mara levanta la vista. Lo reconoce. No sonríe de inmediato.
Ese pequeño retraso… dura lo suficiente como para que él lo perciba.
—Depende —responde—. ¿Siempre entras así o hoy estás improvisando?
Mateo sonríe. Ahí está. Juego.
—Siempre improviso bien.
—Eso suena a frase ensayada.
—O a experiencia.
Mara ladea la cabeza, apenas un gesto. Lo observa, pero no como los demás. No como quien recibe. Más bien como quien coloca algo en su sitio.
—O a costumbre.
Silencio breve.
Mateo mantiene la sonrisa, pero dentro hay un leve reajuste. Nada visible. Nada que otro notaría.
Pero él sí.
—¿Y tú? —contraataca—. ¿Siempre respondes así o solo cuando te interesa?
—Cuando tiene sentido —dice ella, tranquila.
No hay tensión.
No hay rechazo.
Pero tampoco hay apertura.
Es como intentar apoyarse en una superficie que no cede… pero tampoco empuja.
Mateo se acerca un poco más, apoyando una mano en la mesa.
—Entonces tendré que esforzarme un poco más.
Ahí está.
Su terreno.
El tono baja apenas lo suficiente. La intención se afina. La energía cambia un punto. Ese punto que siempre ha funcionado.
Mara lo mira.
Y por primera vez, sonríe.
Pero no entra.
—No hace falta.
La respuesta llega suave, casi amable.
—No estoy pidiendo nada.
Y ahí…
algo se descuadra.
Muy poco.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Porque Mateo no sabe jugar… cuando no hay juego.
No hay tensión que sostener.
No hay interés que escalar.
No hay puerta que abrir.
Solo hay una conversación… que no necesita avanzar.
Y eso…
no entra en su lógica.
Aun así, no se retira.
—Entonces igual soy yo el que quiere —dice, manteniendo el tono, ajustando la posición, recuperando el control.
Mara lo observa un segundo más.
Uno justo.
—Puede ser.
Silencio.
No lo sigue.
No lo recoge.
No lo convierte en nada.
Simplemente… lo deja caer.
Y Mateo, por primera vez en mucho tiempo, se encuentra sosteniendo algo que no rebota.