Capítulo 8

1000 Words
Mateo se separa de la barra con una ligereza que no es del todo casual. No mira atrás inmediatamente. Eso también es costumbre. Pero a los dos pasos… mira. Mara sigue allí. No lo sigue. No lo busca. Pero tampoco se ha ido. Sigue en su sitio. Como siempre. Y aun así… algo se siente distinto. Mateo vuelve a la mesa donde está Dani, pero no se sienta del todo. Se apoya, medio de lado, con esa energía contenida que aparece cuando algo le encaja demasiado bien. —Vale —dice, más para sí que para Dani—. Ahora sí. Dani levanta la vista, sin prisa. —¿Ahora sí qué? Mateo sonríe, esa sonrisa de cuando todo vuelve a su terreno. —Nada raro. Nada forzado. Normal. Dani no responde. Eso ya debería ser una señal. Pero Mateo sigue. —Era eso —añade—. El otro día fui demasiado directo. Hoy no. Hace un gesto con la mano, como si acabara de resolver un pequeño enigma. —Simplemente hay que dejar que fluya. Dani ladea la cabeza, observándolo con una calma peligrosa. —¿Y ha fluido? —Sí. Demasiado rápido. —Sí —repite Mateo, más seguro—. Hemos hablado sin más. Sin tensión. Sin… cosas raras. Dani asiente muy despacio. —¿Y eso qué significa? Mateo se queda un segundo en silencio. No porque dude. Porque está eligiendo cómo explicarlo. —Que ya está —dice—. Que no era tan complicado. Ahí está. La conclusión. La comodidad. El regreso al control. Dani lo observa un segundo más. —¿Y te ha dado algo distinto hoy? Mateo frunce ligeramente el ceño. —¿Cómo distinto? —Sí —dice Dani—. ¿Algo que no tuviera antes? Mateo abre la boca. La cierra. Piensa. Y lo primero que le viene no es claro. No hay gesto concreto. No hay frase. No hay señal evidente. Solo… una sensación. Pero eso no le sirve. —No sé —dice al final—. Pero ha estado bien. Dani asiente. —Claro. Silencio breve. Mateo mira de nuevo hacia la barra. Mara ya no está. No sabe en qué momento se fue. Y ese detalle… pasa demasiado desapercibido. —Es eso —añade, más bajo—. Cuando no fuerzas, funciona. Dani apoya la espalda en la silla, cruzándose de brazos. —¿Funciona para qué? Mateo no responde inmediatamente. Pero su cabeza ya ha decidido. que hay avance, que ha entendido la dinámica, que ahora sí sabe cómo hacerlo, Y lo más peligroso… que lo tiene bajo control otra vez, Mateo sonríe levemente, convencido. —Para llegar. Dani no le devuelve la sonrisa. —¿A dónde? Mateo no lo dice en voz alta. Pero en su cabeza… ya hay un siguiente paso. Mateo la encuentra fuera. No la ha seguido. Pero tampoco es casualidad. Mara está apoyada en la barandilla, mirando hacia la calle con ese mismo gesto suyo de siempre: presente, sin prisa, sin buscar nada. Mateo se acerca con una seguridad que ya ha reconstruido por dentro. Ahora sí. Ahora lo tiene. —¿Te escapas sin despedirte? —dice, colocándose a su lado. Mara gira ligeramente la cabeza. —No me estaba yendo contigo. Sin dureza. Sin ironía. Solo… preciso. Mateo sonríe, como si fuera una broma. —Bueno, pero podías avisar. —¿Para qué? La pregunta llega limpia. Mateo abre la boca para responder… y no tiene una razón real. Pero no lo deja ahí. —Porque estábamos hablando bien —dice—. No sé… seguir un poco más. Mara lo observa un segundo. Ese segundo en el que parece que mide algo que Mateo aún no ve. —Ya hemos hablado —responde. Silencio. No hay rechazo en el tono. Pero tampoco hay continuidad. Mateo se apoya en la barandilla, girándose un poco más hacia ella. —Sí, pero… —añade, bajando apenas la voz—, cuando algo está bien, se alarga, ¿no? Ahí está. El intento. Su lógica. Su forma de entender cómo funcionan las cosas. Mara sostiene su mirada. No incómoda. No defensiva. Simplemente clara. —No siempre. Mateo ladea la cabeza, intentando mantener la ligereza. —Entonces tú eres de cortar cuando empieza a estar interesante. Mara niega suavemente. —No. Pausa breve. —Soy de no forzar lo que ya ha sido suficiente. Y esa frase… esa frase cae sin ruido. Pero desplaza todo. Mateo se queda quieto. No porque no entienda las palabras. Sino porque no encajan con lo que él había construido hace apenas unos minutos. —No estaba forzando —dice, más bajo, más serio. —No ahora —responde ella. Otra pausa. —Pero ibas a hacerlo. Ahí. Ahí lo ve. Mateo se tensa un milímetro. —Eso es asumir demasiado. Mara se encoge ligeramente de hombros. —Puede ser. No lo defiende. No lo impone. Pero tampoco se mueve. Y eso… pesa más. Mateo aparta la mirada un segundo, hacia la calle, hacia cualquier sitio que no sea ella. —Solo estaba intentando seguir —dice. Mara asiente. —Lo sé. Y lo dice como si no fuera algo negativo. Como si entendiera perfectamente de dónde viene. Pero eso no cambia nada. —No hace falta —añade. Silencio. El aire entre los dos no está tenso. Está… definido. Y eso es mucho peor. Mateo vuelve a mirarla. Por primera vez sin sonrisa. —Contigo nunca hace falta nada, ¿no? No es un reproche. Pero se le parece. Mara lo sostiene. —Hace falta estar. Simple. —Y eso no siempre implica más. Ahí está. El límite. Sin cerrar la puerta. Pero sin abrirla más. Mateo asiente despacio. No porque esté de acuerdo. Porque no tiene otra respuesta. Y esta vez… no intenta recuperarlo. —Vale —dice al final. Y en ese “vale”… hay algo que ya no es control. Es… otra cosa. Más incómoda. Más honesta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD