Subí a mi habitación un poco pensativa y preocupada y mis amigas curiosas estaban esperando mi declaración oficial de la cita con Jeremy. Estaban las tres sentadas en el piso observando hacia la puerta esperando mi entrada para interrogarme hasta más no poder.
¿Te besó?
¿Se verán de nuevo?
¿Te gustó salir con él?
Cada una hacía diferentes preguntas; y ante su gran curiosidad, me limité a observarlas desde el marco de mi puerta con mis brazos cruzados.
―Ya terminaron―rodé mis ojos y me acerqué a la orilla de mi cama.
―No seas así…. Tienes que contarnos todo―dijo, Amy suspirando.
―Estamos esperando―completó, Grace acercándose un poco más a mí.
―Chicas, esperen… despacio―interrumpió Alice y me observó―. Queremos saber todo, pero creo que la pregunta más importante y que todas compartimos es la siguiente: ¿Estás bien?
La suavidad de esas dos sencillas palabras que me dijo Alice, lograron que mi corazón empezara a saltar y que mis lágrimas brotaran de mis ojos.
―No lo sé―dije limpiando con las mangas de mi suéter las gotas saladas que iban cayendo una tras otra.
―Amiga―dijo Amy acercándose a mi lado para abrazarme.
―Tranquila, estamos contigo―agregó Grace, sosteniendo mi mano.
―No puedo negar que salir con Jeremy fue agradable, la pasé bien, pero también tengo que admitir que veo a Brandon en todas partes. Quisiera que todo lo que dice en los correos se cumpla, que de verdad regrese por mí.
―No es fácil, pero quiero que entiendas algo―dijo Alice observándome directamente a los ojos, sosteniendo mis hombros―. ¿El último correo que recibiste fue hace cuánto? ¿tres, cuatro meses? Fuiste a casa de sus padres y su madre te trató mal, te dijo que él está bien, pero entonces ¿por qué no se ha comunicado?
―No lo sé… quizás se le daño la computadora…
―Ángeles… Ángeles… no lo ha hecho porque no quiere.
―No quiero creer que esa sea la razón de su ausencia.
―Esa es…
―¿Cómo puedes estar segura?―Alcé mi voz y me puse de pie para alejarme de ellas un momento.
―Nosotras opinamos igual―agregó Amy dirigiendo su mirada a Grace, quien aprobó lo que dijo con el dibujo débil de su sonrisa.
―¿Podemos cambiar de tema? ―pronuncié limpiando las últimas lágrimas que quería llorar delante de ellas.
―Claro, no queremos hacerte sentir mal, queremos tu bien―culminó, Alice.
―Lo sé, pero no es fácil todo esto.
―¿Nos contarás del hombre guapo de ojos azules?
No pude evitar sonreír a la pregunta de Amy.
―Fue una noche bonita, es un hombre agradable, me hizo reír y…―Las tres me observaron con sus ojos muy abiertos…―. Nos besamos.
―¡Lo sabíamos! ―exclamaron las tres al mismo tiempo con gran efusividad.
―¡No puedo con ustedes!
―Te queremos ―Y nos dimos un gran abrazo de grupo y se retiraron a sus casas.
En la soledad de mi habitación me acosté en mi cama y el beso de Jeremy me visitaba una y otra vez, había sido diferente y excitante al mismo tiempo, pero de nuevo Brandon volvía a mi cabeza.
Di algunas vueltas para intentar dormir, pero era imposible. Me puse de pie y de nuevo tomé una de las cartas de Brandon:
“Te amo, mi Ángeles hermosa…
Mañana tengo un examen muy importante, deséame suerte. Después te escribiré para decirte cómo me fue, pero daría lo que fuera por tenerte aquí a mi lado, estudiar juntos como antes y hacerte el amor en medio de las hojas que pretendíamos aprender. Extraño todo de ti, tu risa suave que contagia a quien la escucha, el sonido suave de tu voz, tu sonrisa perfecta, tu piel como la seda… Te he extrañado cada día, pero debo confesarte que hoy ha sido el peor de todos. No sé cuánto podré soportar.
Por siempre, tú, mi Ángeles. Nunca lo olvides”.
Leer sus cartas me lastimaba mucho, pero al mismo tiempo me hacían suspirar por él. Pero esta vez, sentí rabia, sentí impotencia.
¡¿Por qué te alejaste?!
¡¿Por qué no volviste a escribir?!
¿¡Por qué me dejaste sola?!
Y aún con la carta en mi mano, la rompí en pedacitos, así como estaba mi corazón en ese mismo instante.
¡Te odio Brandon… te odio… y te amo como nunca a nadie amaré!
***
―¿Estás despierta?―dijo mi madre asomando un poco su cabeza por la puerta de mi habitación.
―Sí, pasa―dije aún acurrucada en mis sabanas, observando los trozos diminutos de papel en el suelo que había destrozado en la noche.
―¿Y esto? ―dijo mi madre al ver los papeles y la caja en el piso―. ¿Estás bien?
―No quiero que me sigan preguntando eso―respondí y me senté en la cama. No quería volver a llorar.
―Está bien. Vístete, el desayuno está casi listo y tu padre nos está esperando para comer juntos―dijo y se sentó en mi cama.
―No tengo hambre…
―Creo que deberías hacer un esfuerzo. Además, necesitas comer, el desayuno es la comida más importante del día―Se puso de pie, se acercó a mí armario ―. Podrías ponerte… a ver… este conjunto.
―¿Por qué debo vestirme así? ―Se acercó de nuevo sosteniendo en su mano un pantalón de jean y una blusa elegante.
―Hija… es que, tu padre invitó a Jeremy a desayunar.
―Pero… ¿qué se trae mi papá entre manos?
―Solo quiere que se conozcan.
―No estoy lista… y ayer salí con él… es muy pronto.
―¿Cuándo lo estarás? ―miró los papeles que aún estaban en el piso.
―No lo sé… qué tal ¿nunca?
―Admite que anoche la pasaste bien con él.
―No he dicho lo contrario.
―¿Entonces?
―Te dije que no quiero ir tan de prisa… ¿y si Brandon?
―¡Deja de esperar a Brandon! ―dijo alzando un poco su voz y se acercó a la puerta―. Te esperamos en el comedor en diez minutos.
Me puse de pie y no tenía opción que bajar a desayunar y aceptar que Jeremy estaría presente; aunque en el fondo no me desagradaba. Tomé una ducha rápida, me coloqué el jean azul, pero elegí una camisa menos formal. Me coloqué un poco de maquillaje, peiné mi cabello en una coleta alta y bajé.
Jeremy no había llegado.
―Buenos días hija―dijo mi padre al verme llegar al comedor. Respondí a su saludo y le di un abrazo. Él siempre ha sido muy cariñoso conmigo, pero en realidad no todo el tiempo. Siempre han existido reglas desde que tengo uso de razón; y mientras se cumplieran, ambos estaban felices conmigo.
―¿Hace falta traer algo más de la cocina? ― dije observando la mesa.
―Está todo listo…
El sonido del timbre aceleró mi corazón.
―¿Por qué no abres, querida?―dijo mi madre sonriendo, señalando hacia la puerta de la casa.
Asentí y nerviosa me acerqué a la puerta. Era Jeremy.
―Buenos días…
―Hola, pasa adelante―Se acercó y besó mi mejilla.
―Te traje estas flores―extendió sus manos.
―Gracias―dije sonriendo con un ramo de flores hermoso en mis manos―. Mis padres están en el comedor.
―¿Dormiste bien? Asentí y sonreí.
―Amigo, Jeremy bienvenido de nuevo a tu casa―dijo mi padre al verlo entrar.
―¡Qué hermosas flores!―agregó mi madre al verme sosteniendo el ramo―. Colócalas en el florero―Señaló a mi espalda y obedecí.
Nos sentamos a comer y mientras mi padre intentaba mantener una conversación de trabajo con Jeremy, su mirada se iba a mi lugar cada segundo. Debo admitir que era una sensación bonita, pero a la vez me incomodaba y solo quería salir huyendo de esa mesa cuanto antes.
Terminamos el desayuno y mis padres se retiraron un momento. Era obvio que su ausencia no era casualidad.
―La comida estuvo deliciosa―mencionó, Jeremy.
―Sí, nuestra cocinera es la mejor―sonreí evadiendo su mirada.
―¿Estás ocupada para salir a pasear un poco?… o lo que quieras.
―Jeremy, creo que es mejor…―Y sentí que su mano tomó la mía.
―No quiero aceptar un no, Srta. Ángeles― Y elevó mi mano hasta llegar a sus labios.
―¿Eres siempre así de insistente?―pregunté, entrando un poco a su juego.
―Un poco, pero tu eres especial y tengo que esforzarme.
―¿Especial?
―¿Acaso no te has dado cuenta? Daría lo que fuera por besarte de nuevo en este mismo instante―dijo mirándome con esos ojos azules que podían hipnotizar a cualquiera, pero los pasos de mis padres interrumpieron el momento.
―Podemos hablar en el despacho cuando gustes, ―dijo mi padre al ver a Jeremy.
―Claro, vamos― acomodó un poco su saco azul claro, colocó sus manos en sus bolsillos y se fue caminando detrás de mi papá.
En ese momento recordé los sobres de dinero y la nota. Quizás Jeremy podía decirme qué estaba ocurriendo y por qué le había dado dinero a mi papá.
Me quedé con mi madre en silencio en la sala leyendo alguna de sus revistas de moda favorita. A los pocos minutos de nuevo Jeremy y papá se acercaron a nosotras.
Jeremy se alejó a la puerta y me acerqué para despedirme.
―¿Aceptas mi invitación?
―No lo sé… ―inclinó su rostro y sonrió.
―Por favor―dibujó su sonrisa con más detalle y no pude volver a negarme.
―Esta bien…
―Perfecto. Vamos
―¿Qué… ahora?
―Claro, para qué perder tiempo.
―Sí que eres insistente. Dame unos minutos para buscar mi bolso y un abrigo.
―Acá te espero…
Subí a mi habitación un poco emocionada y muy ansiosa, pero de nuevo me choqué con mi realidad al ver la carta rota en el piso de toda mi habitación. Entré intentando ser fuerte, busqué el abrigo n***o, mis cosas; y antes de salir, le di una patada a la caja con las cartas. Algunas se salieron y las pisé como una niña jugando en un charco, pero esta vez con mucha rabia.
―No pienso seguir llorando por ti… ―susurré, mientras mis zapatos dejaban las marcas en las hojas.
Bajé de nuevo, me despedí de mis padres y Jeremy me esperaba junto a la puerta de su auto.
―Quiero llevarte a probar el mejor café de toda la ciudad―dijo abriendo la puerta del copiloto.
―¿Y si no me gusta el café? ―Le respondí mientras encendía el auto.
―¿No te gusta? ―me observó.
―Estoy bromeando.
―No solo eres hermosa, también tienes sentido del humor… dos ingredientes que adoro de una mujer.
Jeremy recorrió las calles de la ciudad en su auto de lujo, hasta llegar a una cafetería enorme. Estacionó el auto, se bajó para abrirme la puerta y caminamos juntos hasta la entrada.
―Jeremy Cass―Le dijo a la señorita de la entrada.
―Pase adelante, su mesa es la 137. El mesero los guiará.
Un hombre delgado y un poco alto nos dio la bienvenida y nos acompañó a la mesa.
―Gracias ―respondió Jeremy, me tomó de la mano y caminamos hasta la mesa.
―Nunca había estado en este lugar.
―Es segunda vez que vengo y créeme que venden el mejor café.
―Se ve que te gusta mucho…
―No más que tú―añadió sosteniendo el menú, logrando que me sonrojara.
―Está delicioso…
Conversamos un poco de nuestro gusto peculiar por el café con chocolate, las galletas de mantequilla y el helado de fresa. Teníamos mucho en común y eso me asustaba un poco. Conversar con él había sido más agradable de lo que me imaginaba; era divertido, caballero, amable, sencillo a pesar de ser un empresario importante; y un sinfín de cualidades que estaba empezando a descubrir de él.
La estaba pasando bien y debo admitir que, aunque Brandon ocupaba el 100% de mi corazón, Jeremy se estaba ganando un pequeñito porcentaje también, aún no llegaba ni al 1%, pero considerarlo, ya era un enorme avance.
Brandon era mi todo, era mi vida, mi primera vez, el primer beso, ese amor perfecto, puro, bonito, para toda la vida y ahora que no estaba, que no sabia nada de él, que había un silencio aterrador entre nosotros, temía intentar ser feliz, pero quería serlo y quizás esa felicidad podía llamarse: Jeremy Cass.