01 de Octubre de 1813, Herefordshire.
Comenzó a mover sus faldas con ambas manos, tenía hojas pegadas por todas partes, parecía un espantapájaros de la cintura hacia abajo. Nunca creyó que por sentarse sobre una pila de hojas secas y anaranjadas terminaría en ese estado tan deplorable, también debía sacudir su cabeza pues no estaba segura de lo que acaba de pasar minutos atrás. ¿Cómo era eso posible?
«¡Despierta!» se decía a si misma mientras quitaba el rastro de hojas que tenía enmarañado en la cabeza. No le quedó otra opción que quitarse los lazos y soltar por completo sus cabellos castaños, aún seguía caminando y pronto llegaría al sendero principal. Sentía que estaba escapando, tenía la respiración agitada y el pulso acelerado. Y se detuvo al escuchar las pisadas que se acercaban, no quería mirar atrás, su corazón no podría soportarlo, era demasiado para una jovencita de dieciséis años.
‒ Me parece que debo acompañarla, señorita… ‒ escuchó que le hablaban desde atrás, su voz era perfecta al igual que todo en él ‒ ¿Me dirá su nombre? ‒ preguntó tendiéndole una mano.
‒ No se preocupe caballero, mi casa no está muy lejos de aquí… ‒ tartamudeo, eso sí que no era algo usual en ella ‒ ¿Max? ‒ exclamó confundida.
‒ Me parece que ese nombre es masculino…
‒ Discúlpeme, yo… ‒ ignoró lo que acababa de decir, rechazó su mano y continuó caminando hasta donde veía la figura de dos personas acercándose.
‒ ¿Pero qué te ha pasado? ‒ preguntó Max, primero estaba sorprendido de verla y luego cayó en cuenta de cómo lucía ella ‒. ¿Quién te hizo…?
‒ Me caí ‒ finiquitó, antes de que su hermano ideara nuevas formas de avergonzarla frente al caballero ‒ ¿Quién es ella? ‒ preguntó pues había una chica muy guaba junto a él, que veía al caballero junto a ella con absoluto terror.
‒ Creo que ya es tiempo de marcharme, ya está atardeciendo, pronto comenzará a anochecer y mi hermano debe estar preocupado ‒ agregó aceleradamente la dama en cuestión dando media vuelta así nomas.
‒ Debería acompañarla ‒ agregó Max tomándola del brazo, acto que hizo que el caballero junto a Samantha diera un paso al frente.
‒ Creo haber escuchado exactamente lo mismo hace unos minutos ‒ Samantha creyó haberlo dicho para sus adentros, pero no fue así pues él la miró de reojo y sus palabras fueron las que evitaron que diera otro paso más.
‒ No se preocupe, ya me tengo que ir ‒ dijo la muchacha y se marchó, perdiéndose entre la multitud de personas que caminaban esa noche camino a la fiesta del pueblo, que duraría al menos una semana.
‒ Buenas tardes ‒ agregó el caballero y siguió su camino. Samantha estaba un poco indignada de que no le hubiera pedido acompañarla una vez más, pero con Max a su lado observándola como si le estuviera mirando el alma, supo que había sido lo mejor que había hecho ese caballero tan misterioso.
‒ ¿Y bien? ‒ preguntó Max cuando iban entrando a la verja de la casa.
‒ ¿Qué? ‒ exclamó haciéndose la desentendida, mientras seguía tratando se quitar las hojas de sus cabellos.
‒ ¿Quién era ese hombre? ‒ preguntó exasperado con cara de pocos amigos.
‒ Yo qué sé, simplemente me lo topé en el camino ‒ era tan fácil engañar a su hermano con un par de palabras, además ella tenía una reputación intachable, todos creían que Samantha Antonieta Liney nunca haría nada que no estuviera dentro de lo socialmente correcto ‒ A todas estas ¿Quién era esa chica? ‒ nada mejor que volver las torvas en contra del oponente.
‒ Eh… bueno…
‒ Papá te dijo que no estés inmiscuyéndote con las chicas de por aquí ¡Te vas a meter en problemas! ‒ estaba muy molesta de que Max no hiciera caso a lo que decía su padre, un matrimonio a la fuerza era algo que se estaba buscando si continuaba con esas actitudes.
‒ ¡No hice nada! Lo juro ‒ agregó ‒ yo también me la encontré en el camino. Además, no es de por aquí, viene de Londres ‒ dijo como si ese descubrimiento hubiera sido lo mejor de la vida.
‒ Con razón es tan bonita y sus vestidos tan finos ‒ dijo ella pensativa, si lo pensaba con detenimiento la chica tenía todo el porte de ser alguien de la capital.
‒ ¿De verdad no sabes quién era ese hombre? ‒ preguntó su hermano en voz baja mientras subían las escaleras hacia los dormitorios ‒ ¿Te hizo daño? ‒ agregó con cautela.
‒ ¿De qué hablas? Ya te dije que me caí y a ese caballero simplemente me lo topé en mi camino de regreso.
‒ ¡Quizás también venga de Londres! ‒ exclamó tras cerrar la puerta del cuarto que compartían.
‒ Como digas ‒ Samantha no quería pensar mucho en el asunto pero su hermano le estaba dando demasiadas vueltas como para que ella pudiera evitar los pensamientos que se arremolinaban en su mente.
‒ ¿Crees que el tío Paul pueda llevarme a Londres? Si él puede codearse con la alta sociedad, nosotros también, podrían llevarnos con él ‒ demasiada alegría escuchaba en la voz de Max, pero era en esos momentos cuando decía las cosas más disparatadas.
‒ ¿Y qué quieres hacer en Londres? ‒ preguntó con fastidio por la incredulidad de su hermano ‒ ni siquiera te gustan las clases de baile, no tienes modales ¿Qué tipo de conversaciones piensas que tienen las personas de la capital o mucho peor, las personas de la alta sociedad?
‒ ¿Por qué tienes que ser así? ‒ la miró con los ojos entrecerrados ‒ siempre restándole la diversión a todo.
‒ Se llama ser realista querido hermanito. Además, debes ser consciente de que no puedes ir a Londres simplemente por una chica ¿Sabes su nombre? ‒ preguntó y espero y espero la respuesta ‒ Ni siquiera sabes su nombre. ¿La buscarás en cada rincón? Es más, piensas atravesar el reino por una persona que conociste hoy y de la cual ni siquiera sabes su nombre.
‒ Deberías callarte antes de que le cuente a papá de tus actividades de esta tarde.
‒ No estás en posición de amenazarme.
‒ Ya están acostumbrados a mis problemas y soy hombre, tu querida hermanita no corres con la misma suerte ‒ y salió de la habitación.
02 de Octubre de 1813, Herefordshire
Aunque corta, la estancia del tío Paul era algo que Samantha sabía con certeza que su familia nunca olvidaría. De manera habitual tomaban el desayuno todos juntos en el comedor, pero a su tío no le gustaba la presencia de sus sirvientes en la mesa, no lo había dicho con explicitas palabras pero en su mirada se podía percibir, Samantha lo advertía, era una manera muy significativa de mirarlas y ellas lo entendieron a la perfección, pues desde la llega del visitante daban excusas, muy insulsas cabe mencionar, para no compartir las mesa con la familia Liney como usualmente lo hacían. Papá no le prestaba atención al asunto y aunque a mamá se le notaba la molestia, terminaba mordiéndose la lengua, así que Anne y Margaret mantenían las distancias, haciendo honor a lo que el tío Paul una vez llamó “sus posiciones en el mundo”, Samantha había abierto los ojos como platos al escuchar aquello, sin embargo nadie dijo nada y su tío terminó riéndose, y al final todos lo tomaron como una broma, pero de eso no tenía nada.
‒ Mamá ¿Cuándo estará listo mi vestido? ‒ preguntó Samantha mientras untaba una tostada de pan con su mermelada favorita.
‒ Justo llegó una nota de la modista esta mañana, podemos ir esta tarde a buscarlo ‒ respondió su madre con una sonrisa muy risueña, esa era una de las cosas que a Samantha le gustaba de su madre, su alegría interminable ‒ Max te acompañara a buscarlo y podrán pasar por la tienda de cintas para que escojas el que más te guste.
‒ ¿Por qué tengo que acompañarla? ‒ exclamó Max muy indignado ‒. Eso es tarea de mujeres, yo no debería ni acercarme a la tienda de cintas.
‒ No hay peros que valgan, además vas es para ayudar a cargar las cajas, esa sí que es una tarea de hombres ‒ le guiñó un ojo a Samantha ‒, tu hermana necesita un par de zapatos nuevos también.
‒ Está bien si no quiere ir, puedo hacerlo yo misma ‒ agregó, pues recordó que su hermano no la había delatado… aún.
‒ Tonterías, tu hermano te va a acompañar ‒ agregó su padre desde detrás del periódico ‒ esta noche iremos a la feria del pueblo.
‒ Bueno, al menos será una tarde divertida luego de una tortura infernal ‒ masculló Max para sus adentros, pero haciendo todo para que solamente su hermana lo escuchara.
‒ Querido, en la correspondencia había una carta para ti ‒ dijo mamá pasándole un papel inmaculado con el sello rojo, él tomó la misiva y la leyó mentalmente.
‒ Si me disculpan tengo unos asuntos que atender ‒ se levantó de su asiento en la mesa y salió de la casa.
Los demás continuaron comiendo el sabroso desayuno que tenían frente a ellos, pan tostado, huevos escalfados, mermelada, jamón y tocino, acompañado por jugo de moras silvestres, té y leche tibia, para escoger. Un banquete cabe mencionar, siempre comían bien pero desde la llegada del tío la cocinera se esmeraba por dar un menú con diferentes opciones.
‒ Tío Paul, ven a desayunar antes de que la comida se enfríe ‒ gritó Samantha al escuchar pasos desde la escalera.
‒ ¡Buenos días familia! ‒ se sentó en la mesa y comenzó a servirse de todo un poco, o más bien mucho, su apetito parecía ser insaciable.
‒ ¿Has considerado llevarnos a Londres? ‒ soltó Max de la nada, mamá se le quedó mirando con el ceño fruncido.
‒ Eh… bueno… ‒ comenzó a limpiarse las comisuras de la boca con la servilleta ‒ no creo que eso sea algo que me concierna a mí.
‒ ¿Está de acuerdo en que deberíamos conocer a nuestro primo y a la tía Priscilla? ‒ agregó Samantha, aunque lo quisiera negar la idea de ir a Londres le llamaba muchísimo la atención.
‒ Sí, por su puesto… ‒ tartamudeó un poco, se podía sentir la incomodidad en la mesa ‒ todos somos familia. ¿Te apetece ir a Londres, Eleonor? ‒ preguntó clavando la mirada en su madre.
‒ ¡No! Y ustedes tampoco irán ‒ finalizó su madre ‒ a su padre no le gustará nada cuando le cuente lo que han hecho aquí.
‒ ¿Dónde está mi hermanito? ‒ tomó un buen sorbo de jugo.
‒ Salió hace un momento ‒ dijo mamá.
‒ Le llegó una carta muy bonita y dijo que tenía unos asuntos pendientes ‒ continuó Samantha, odiaba las explicaciones a medias, y su tío casi se ahoga por el movimiento brusco que hizo cuando aún estaba tragando el líquido morado.
Segundos después el susodicho se había levantado de su asiento y se excusó con decir que debía ir al pueblo, según a hacer algunas diligencias. La familia continuó con sus actividades matutinas, las sirvientes comenzaron a limpiar, su madre a organizar sus próximas clases, Max había salido a cabalgar por una explanada cercana (tenía un hermoso caballo que intentaba amansar, había sido su regalo cuando cumplió dieciocho años), y ella inició un libro nuevo con una portada muy fea pero con un bonito nombre. Así que todos se sorprendieron cuando no pasó ni una hora y el tío Paul ya estaba de regreso con premura, subió directamente a la alcoba que estuvo ocupando los últimos días y sin más empezó a hacer sus maletas. Era muy rara la forma en la que se desencadenó toda la situación, su padre aún no había regresado.
‒ ¿Ya se va? ‒ preguntó Samantha desde la puerta de la alcoba.
‒ Sí, me acaban de informar que debo regresar a Londres ‒ metía un par de botas en un baúl que no tenía mucho espacio para nada más.
‒ Pero papá aún no ha regresado, mamá mandó a Max a por él ‒ pero su tío ya estaba bajando las escaleras.
‒ Él comprenderá, no se preocupen. Un placer haberte conocido pequeña Samantha ‒ le rozó la mejilla, pero ese contacto a Samantha no le gustó ni un poco ‒ Hasta luego, Eleonor.
Y sin mirar atrás tomó su caballo y se marchó.