La estadía del tío Paul en la casa de la familia parecía que duraría una eternidad, Samantha veía claramente que su hermano no lo soportaba, podía notar como Max sentía una aberración por el hombre que acaba de entrar en sus vidas y ella la verdad que no entendía las razones de su hermano, sin embargo no se lo había preguntado y dudaba que lo llegara a hacer, puesto que Max en ocasiones, quizás en la mayoría, tendía a dejarse llevar demasiado por sus emociones y a la vez era tan despreocupado que Samantha nunca comprendía del todo que juego jugaba en la vida. Maximiliano era el tipo de chico que se dejaba llevar por las apariencias y las primeras impresiones, mientras que Samantha era más dada a las segundas oportunidades y de tantos libros que había leído a lo largo de su corta vida sabía que no podía juzgar a nada ni a nadie por su portada.
Con esto en mente, ella estaba fascinada con la presencia de aquel hombre, sus historias eran emocionantes, atractivas, tenía todo un abanico de posibilidades, era un aventurero nato y su vida sonaba como de ensueño. Otra cosa que destacaba eran sus atuendos demasiado llamativos y estrafalarios que rayaban en el mal gusto, el uso excesivo de volantes y encajes, incluso de vez en cuando utilizaba un abanico con un paisaje muy pintoresco en él, le había dicho que era el paisaje de una ciudad italiana, así que con la personalidad de su tío Samantha decidió que todo este conjunto de prendas se ajustaban totalmente a él, y ella en silencio se burlaba de las catastróficas combinaciones de colores que se le ocurrían a ese hombre tan extravagante.
¿Quién en su sano juicio combinaría morado intenso, verde esmeralda y naranja del tono de una calabaza? Se preguntó esa misma mañana al verlo entrar en la estancia. Pues el tío Paul, sin duda, era el único hombre a quien ella había visto ataviado con semejante atuendo: su camisa era inmaculadamente blanca de tela de muy buena calidad, su chaleco era morado intenso, como las moras cuando están en su punto, la corbata que caía en cascada desde su cuello era verde esmeralda con toques morados, la chaqueta era negra (al fin algo decente además de la camisa), pero dentro del bolsillo tenía un pañuelo naranja que hacia juego con el fajín también naranja (porque definitivamente no combinaba con nada más) y para finalizar, pantalones negros y botas de montar altas que cubrían toda la pantorrilla. Samantha simplemente daba gracias al cielo de que sus padre y su tío sólo se parecieran físicamente, porque en todo lo demás eran tan opuestos como la luna y el sol.
Tras unos días su padre se relajó y comenzó a apreciar el tiempo junto a su hermano gemelo, reían y recordaban las muchas aventuras que vivieron de pequeños, las bromas que le gastaban a su hermano mayor y las múltiples veces que tontearon con su hermana menor. Durante las tardes, se reunían todos en la sala para las habituales lecciones pero desde la llegada de su tío esas actividades estaban en pausa, pues él se encargaba de distraerlos con sus anécdotas, juegos y cháchara. A mamá no le gustaba ni un ápice que se hubieran visto interrumpidos de su rutina, pero la actitud defensiva de todos bajó luego de algunas malas noticias, principalmente tras el anuncio de la muerte de su hermano mayor, que hizo que Samantha viera llorar a su padre por primera vez en su vida.
Fue un momento muy desgarrador, algo muy difícil de describir con palabras. Se encontraban todos en la sala de estar charlando (es decir que se encontraban escuchando al tío Paul) como si siempre hubieran vivido todos juntos, de pronto su tío Paul carraspeó, se aflojó un poco su horrorosa corbata y comenzó a describir un accidente catastrófico en el que un carruaje fue asaltado a altas horas de la noche por bandidos en las afueras de Londres, los cuerpos de Philip Liney y su esposa fueron hallados a la mañana siguiente con graves cortadas por todo el cuerpo, un colectivo suspiro ahogado se escuchó en la estancia y luego silencio absoluto.
No era una bonita imagen lo que imaginaron todos en ese momento, su tío estaba muy afectado mientras continuaba contando la historia y su padre luego de unos minutos, en los que trataba de procesar toda la información, logró salir de su estupor y comenzó a llorar, un llanto desgarrador que salía de los más profundo de su alma e hizo que su madre lo acompañara en su dolor, y sin darse cuenta ella misma sintió como las lágrimas resbalaban calientes por sus mejillas, comenzó a limpiarse con el dorso de su mano y en un intento por no verse tan afectada por la escena de sus padres abrazados y llorando a mares, volteó a mirar a su hermano, y allí estaba Max llorando desconsolado que hasta los mocos se le resbalaban y sin cuidado comenzó a sorber por la nariz.
‒ ¿Qué pasó con el muchacho, Paul? ‒ preguntó su padre ansioso.
‒ Él se encuentra… digamos que bien ‒ carraspeó ‒ vive una vida desenfrenada y al límite, tiene muy malas compañías debo decir. Yo he intentado ayudarlo pero siempre se ha negado y me rechaza.
‒ La última vez que lo vi era un niño alegre y risueño ‒ agregó su padre con los ojos brillantes por las lágrimas y una sonrisa triste.
‒ Los años no perdonan, querido hermanito, ese niño ya no existe. El muchacho realmente se pasa la vida ignorándome cada vez que visito la mansión. Ni siquiera me permite quedarme allí ¿Puedes creerlo, Patrick? ¡Mi propia casa! ‒ rio de una manera retorcida.
‒ Bueno, está en su derecho. Quizás sólo necesita su propio espacio, no es fácil haber perdido a sus padres de tan cruel manera ‒ Agregó mamá, siempre añadiendo un punto medio cuando se acusaba a alguien de algo.
‒ Tras la muerte de sus padres no quiso saber nada de sus familiares, se cerró y se está dejando llevar por el libertinaje ‒ continuó su tío sin prestar mucha atención a las palabras de Eleonor ‒. ¿A eso es a lo que llamas «tener su propio espacio», Eleonor? Tiene una reputación de calavera que da miedo y al parecer todo es real.
Jamás imaginó que su padre tuviera una familia tan amplia, ella misma creía que sus abuelos habían muerto y que él simplemente era hijo único, estaba muy intrigada por toda la situación y no dejaba de preguntarse por qué su padre les había ocultado a su familia entera. Ahora todo había cambiado, ahora conocía parte de sus raíces y eso a ella le fascinaba, la hacía sentir plena, estaba descubriendo cosas que ni tenía la remota idea que debía conocer, y muchas cosas encajaban en su mente a partir de estos nuevos conocimientos. Conocía el nombre de sus abuelos: Anthony y Prudence, el nombre de sus tíos: Philip, Paul y Priscilla. Incluso ahora tenía el conocimiento de que su tío mayor, quien ya falleció, tenía un hijo algunos años mayor que ellos.
‒ El muchacho a muy temprana edad se convirtió en…
‒ Es lamentable ‒ interrumpió Patrick, su padre‒, la muerte de Philip es algo que no imaginé y nadie me comentó, las noticias no vuelan tan rápido como esperaría ‒ chasqueó un tanto disgustado con mucho dolor en su voz.
‒ Han pasado veinte años desde que te… ‒ su padre carraspeó interrumpiendo a su hermano ‒ te mudaste ‒ finalizó el tío Paul ‒. No ha sido tarea fácil dar contigo.
‒ ¿Estás seguro de que no se puede hacer nada por el muchacho? ‒ preguntó su padre muy preocupado.
‒ Según lo que me han dicho el muy descarado anda detrás de la hija de un marqués ¿Puedes creértelo? ‒ agregó su tío.
‒ ¿Un marqués? ‒ preguntó Samantha abriendo los ojos como platos, pero fácilmente podría estar pintada en la pared pues todos la ignoraron, ¿acaso no habló en voz alta? ni siquiera Max cambió la expresión de su rostro, si él sentía alguna pizca de curiosidad al respecto no se le notaba.
‒ Creo que debería hablar con él, Paul. Debemos intentar que entre en razón, esto es algo que le debemos a Philip.
‒ Lo que es probable es que termine en algún campo al amanecer, es algo muy serio y delicado andar jugando con la reputación de las jovencitas recién entradas en sociedad, Patrick, le darán un disparo directo al corazón si no cambia esa actitud que no sé de donde ha sacado.
‒ ¿Y cómo él tiene acceso a inmiscuirse con esa tipo de personas? ‒ preguntó Samantha, pero a estas alturas ya sabía que no obtendría ninguna respuesta, así que se arrebujó en el sofá obstinada y con cara de pocos amigos.
‒ ¿Cómo está Priscilla? ‒ preguntó su padre con una media sonrisa, cambiando súbitamente de tema.
‒ Vive en Bath, sus achaques se intensifican con cada año que pasa.
‒ ¿Está mal de salud la señorita Priscilla? ‒ preguntó su madre preocupada.
‒ Los malestares de su juventud no han desaparecido ‒ se encogió de hombros su tío ‒ tú debes recordar esos episodios mejor que nadie, Eleonor.
‒ ¿Y su marido? ‒ preguntó Patrick.
‒ Vive en Bath porque según ella las aguas le hacen bien, está cómoda y vive sola, con una amiga según mi informante ‒ dijo pensativo‒. Philip nunca logró concretar ningún matrimonio para ella y tras su muerte Priscilla se deprimió mucho, tú estabas lejos y en mí no veía más que el hermano que… ‒ carraspeó, cuando hacia esos gestos se parecía mucho más a su hermano gemelo ‒ ella no quiso mi ayuda.
‒ Pero… creí que iba a casarse con Bellingham ‒ dijo sorprendido ‒ estaba todo acordado.
‒ No creo que te alegre saber lo que sucedió.
‒ ¿Qué pasó? ‒ soltó Samantha, ya sentía que se estaba perdiendo muchas partes de esa conversación, muchas cosas que su padre, apropósito, estaba evitando que su tío Paul dijera. Era frustrante, ella era una persona curiosa por naturaleza, era ese tipo de persona que prefería mantenerse a la distancia para observar el panorama completo y sacar sus propias conclusiones.
‒ ¡Samantha Antonieta! ‒ la reprendió su madre. Si era extraño escuchar su nombre de pila era aún más raro escuchar su segundo nombre. Samantha simplemente dejó de moverse, no estaba segura de qué seguía ahora.
‒ Es que no terminan de decir las cosas, mi tía parece una mujer muy…
‒ ¡Basta! Es hora de ir a dormir ‒ agregó su padre.
Y por supuesto que no estaban ni cerca de la hora de ir a dormir, si acaso ya eran pasadas las ocho de la noche, pero esa era una clara advertencia de que debía detenerse, y dando las buenas noches a sus mayores se marchó junto a su hermano, con quien compartía habitación pues ahora su tío estaba ocupando la habitación de Max, cosa que a él no le hacía ni una pizca de gracia, tal vez ese era todo el resentimiento que le tenía al tío Paul, pues le tocaba dormir en el sofá que reposaba en los aposentos de Samantha, que no era muy largo para que Max durmiera cómodo.
‒ Puedes venir a dormir conmigo ‒ agregó Samantha ‒ mi cama es bastante amplia y yo la verdad es que no ocupo mucho espacio.
‒ Ya no somos unos infantes, Sam ‒ dijo quitándose las botas sentado en el incómodo asiento donde debía pasar la noche ‒ Existen límites ‒ la miró con el entrecejo fruncido.
‒ Entonces ya deberías dejar de llamarme «Sam» de una vez por todas ‒ dijo irritada, ella únicamente quería aportarle algo de confort a las miserables noches que pasaba tumbado en ese sofá tan duro y poco espacioso ‒. Mi nombre es Samantha.
‒ No seas ridícula, sé muy bien cuál es tu nombre, Sam. ‒ enfatizó su apodo.
‒ Maximiliano ¿Cuándo aprenderás que no debes ir en contra de los deseos femeninos? ‒ si a ella le exasperaba que le dijeran «Sam» él se sulfuraba cada que lo llamaban «Maximiliano».
‒ El día que deba buscar una esposa, cosa que es poco probable ¡Nunca me voy a casar! ‒ exclamó y cerró los ojos, se veía demasiado incomodo recostado allí, pero si a él no le importaba a ella mucho menos.