Cerré los ojos con calma, no iba a abandonarla, ella me había salvado, ella me quería, ella era la madre de mi hijo. Nunca iba a dejarla sola, debía respetarla, cumplirle, acompañarla. Debía estar siempre a su lado, porque lo único que necesitaba ella era un poco de paciencia y comprensión. En mi sueño estaba mi cuerpo flácido entre bajas mareas, en la profundidad de un mar que me balanceaba de un lugar a otro con lentitud. No sentía frío, ni asfixia, ni miedo, ni alegría; sólo tranquilidad, el rumor del silencio que se escucha bajo el agua similar a un zumbido constante y pudiera ser que tranquilizante. No sabía cómo había llegado hasta allí o desde cuándo estaba en ese lugar. Mantuve entonces los ojos abiertos entre la tenuidad del área, desde arriba llegaban rayos de clarid

