—No quiero perderte de vista, no se te vaya a ocurrir hacer alguna tarugada —le explicó— y hoy, aunque me gustaría perseguirte hasta poderte rellenar de plomo, no tengo ganas de salir corriendo de tras de ti. Se dio la media vuelta dejando sorprendida a Martha, quien ya recibía sobre su cuerpo desnudo la caricia de un chorro tonificante de agua tibia. Martha se estaba enjuagando para sacarse el jabón que la cubría totalmente, cuando escuchó ruido detrás de ella que le provocó inquietud, una sensación extraña y desconocida la invadió y se enjuagó de prisa la cara. Al volverse, sintió que la sangre se le congelaba. Con el torso desnudo y sosteniendo entre sus manos una v***a increíblemente larga y gruesa, brotando de su bragueta abierta, estaba un n***o gigantesco que depositaba sobre su

