- Demián -
—Disculpe señor, tengo noticias —entró mi secretaria a la sala de reunión donde estaba trabajando, trayendo consigo un sobre.
—¿De que trata? —dejé de lado mi trabajo en el computador, para poner atención. Ya era bastante tarde, por lo que dejar unos minutos de lado la escritura no me iba a preocupar. Coloqué los codos en el escritorio y la miré fijamente, enredando los dedos pegados a mi barbilla.
—Realicé todos los expedientes faltantes, asigné reuniones y arreglé el calendario, por lo que puede irse tranquilo a casa hoy a descansar. En caso de cualquier cosa, puede llamarme si gusta, si es el caso de que lo necesita —comentó con una sonrisa y me tendió el papel, que aparentemente tenía el nombre de mi chica.
—Gracias, puede retirarse —dije, centrándome en abrir el sobre, para saber de qué trataba. De reojo la ví asentir y se marchó, cerrando la puerta de vidrio detrás suyo.
Saqué una hoja y leí primeramente la parte posterior, donde estaba el nombre de una compañía que desconocía, pero por su lema, imaginaba que de elementos de eventos o algo por el estilo. La cuenta iba a mi nombre, donde la cantidad exorbitante llegaba a los 87,000 mil dólares. Definía cada gasto que se realizaba para llegar a ese número. Me impresionaba que fuesen demasiadas cosas.
Suspiré, cansado de un día largo.
Era una cuenta que debía pagar al firmar de contado, lo que provocaba un descuento muy mínimo, que me ofendía. Había quedado en que era muy pronto para pagar esa suma de dinero de una vez, como si solo fuese sacar del bolsillo. Aunque tenía mis ingresos, el gasto de cantidades grandes de un solo golpe, podía desequilibrar en un mal momento mis registros.
No era su padre para pelear por sus caprichos, pero tampoco me consideraba un banco. Cargaba la chequera, pero mi pilar siempre había sido la compañía y todos los recursos iban a su expansión. La innovación era la madre de las organizaciones y en mi puesto de CEO, debía lidiar con la carga a diario de sacar adelante mi compañía.
Aún me sentía extraño considerando un gran imperio evaluado en miles de billones de dólares como mi pertenecía, ya que hacía poco que me habían anunciado como presidente. No era que no hubiese estado trabajando con el papel, pero haberlo hecho oficial, hizo que me cayera un peso enorme en la espalda, con el que trataba de lidiar junto a ella.
Firmé, dando por hecho el pago y escuchando una voz lejana de ella, estando feliz por mi desición.
•••
- Dove -
Estaba a unos centímetros de rozar narices con el simpático moreno que yacía debajo mío, cuando mi celular comenzó a sonar insistente. Al principio lo dejé pasar, ya que odiaba que me interrumpieran, más sin embargo, ví a lo lejos que era Franco.
Seguramente era importante.
Pasé por encima del hombre y lo dejé mirando mi abdomen desnudo, mientras tomaba la llamada sin importarme si se quejaba.
—Diga —dije con desinterés.
—¿Que hacías?, vengo llamándote desde hace rato —quejó y rodé los ojos.
—¿Que quieres?
—Ya tengo toda la información y material necesario para convencer al magnate del campamento de parejas, será casi como casualidad.
—¿Y?
—Necesito que te infiltres en el edificio.
—¿Que? —me levanté de golpe del sofá, alejándome.
—Su sistema de seguridad es de nivel militar, está claro que hay vive un multimillonario. Ni el más potente de mis hackeos sirvió para infiltrarme, necesitaré que me metas al sistema.
—¿Y como se supone que haga eso?, el cerebrito eres tu.
—Es un proceso simple, solo no puedes dejarte ver. Tengo el plan perfecto y tus encantos serán de mucha ayuda.
•••
—¿Es enserio?, ¿una repartidora?, ¿no se te ocurrió algo mejor? —quejé después de subirme al ascensor—. Ese hombre casi me atrapa.
—Lo sé, pero te dije, tienes un don de persuasión —trató de sonar normal, como si infiltrarme lo hiciera todos los días.
Estábamos hablando por un audífono que llevaba escondido en la oreja, cosa que siempre era de ayuda.
—¿Sabes cuántas veces me infiltré en un lugar? —pregunté exhausta—. Tres, con esta.
—Ya deja de quejarte, Dove, lo hiciste bien. Me diste completo acceso al edificio, incluso a algunos sistemas de seguridad del penthouse.
—¿Es una buena noticia?
—Se podría decir que es una gran ayuda para el plan, pero en acción no es tan bueno, sin embargo, no sabemos cuándo lo podamos necesitar.
—Por supuesto, no sirve —rodé los ojos bufando.
El ascensor no paró en ningún piso, incluso si había sido pedido, ya que eso lo manejaba Franco. Tenía que entrar y salir lo más rápido posible.
—El ascensor no llega hasta el penthouse, así que te bajas y tomas las escaleras a tu lado. Te guiarán hacia su puerta, es basnte grande, no creo que te pierdas —burló y sonreí. Era un idiota.
—Bien.
Cuando bajé, había un gran pasillo con puertas maronnes, pero aún costado del ascensor habían unas escaleras anchas muy iluminadas que llevaban hacia un puerta doble de madera muy grande. Si había tenido razón en eso, sin embargo, casi me había tropezado con una señora del aseo que estaba allí parada arreglando cosas en un estante.
Me acerqué a la puerta tratando de pasar desapercibida, pero no me dejó ni agachar para pasar el sobre por debajo de la puerta, cuando me habló.
—Niña, ¿necesita entregarle eso al señor Howart? —asentí—. Puedo ayudarla en eso, ya que el señor Howart no recibe las tarjetas que le tiran por debajo de la puerta. Inmediatamente las bota a la basura, todo lo recibe en persona, que es más confiable —dijo y pensando que iba a tomar el sobre ella para dárselo en persona, me pasó de largo y tocó el timbre el penthouse. Me sorprendí, ya que no podía verme ninguno de ellos, pero se perdió en las escaleras, dejándome en el silencio.
No sabía exactamente qué hacer, ya que si era verdad lo que ella decía, entonces él no tomaría enserio la carta, pero si lo esperaba, podría grabarse mi rostro y eso no era parte del plan.
Unos minutos después me quedé allí esperando sin saber que hacer y no pensaba volver a timbrar, ya que nadie había aparecido, pero si no lo hacía, todo se iría por la borda. Y estaban en juego muchos millones.
Cuando me di la vuelta, se abrió de repente la puerta, dejando ver una figura delgada. Se trataba de la novia del CEO, me había casi sorprendido el parecido en nuestros rostros, solo que yo tenía más color y mi cabello era cenizo, no castaño oscuro. No pareció tener reacción alguna, ya que yo llevaba un tapabocas a corde el uniforme para tratar de no dejar identificarme.
Me observó detenidamente por unos segundos, como si me estuviese analizando. Seguramente era por la ropa, estaba un poquito alejada de un uniforme normal de repartidor.
—¡Cariño, parece que te necesitan! —gritó sin dejar de verme y después desapareció en las paredes.
—¿A esta hora?, no espero nada —escuché decir de una voz masculina.
—¡No te vayas a dejar ver! —advirtió Franco de la nada, en cuanto el CEO apareció con su estatura imponente en la puerta. Casi me flaquearon las piernas por su repentino grito, lo que provocó que se me resbalara la carta de las manos y quedara bajo sus pies.
Miré en otra dirección, tratando de no perder el control, ya que no quería que me viera, pero me estaba saliendo muy mal. Ni siquiera el cabello era tan largo para eso.
—No es nada en especial, amor —contestó el hombre segundos después. Ví de reojo como se agachaba a recoger el papel, flexionando las piernas que se marcaban en la tela de lana súper 180's que llevaba su pantalón. Tenía el cabello un poco desordenado, pero por como tenía la forma, se podía ver qué se lo arreglaba para el trabajo. Tenía una simple camisa blanca manga larga, que seguramente tenía un elegante saco de la misma tela del pantalón. Era un hombre bastante alto, me superaba por mucho y tenía hombros anchos. Él si era de esos CEOs que podían ser guapos y tener un buen manejo de su empresa—. Disculpa, esto es... —para llamar mi atención, que estaba perdida, me tocó el hombro. Me dió un escalofríos y no sabía que decirle, tenía que escaparme de allí.
—Si, eh,...
—¡Señor, menos mal ya se desocupó, traje algo importante para usted! —llegó de repente la misma mujer que había tocado el timbre, con otra a su lado, ayudándome a perder la atención del hombre. Aproveché eso para escaparme.
—Si, claro, esto... —dijo y lo miré por una milésima de segundos al igual que él a mí mientras bajaba las escaleras, hasta que lo perdí de vista—. ¿Quien era ella?, ¿Una repartidora?
—La chica parecía ser una repartidora, pero tiene un uniforme cuestionable —sonreí por el comentario, mientras me detenía un momento a escuchar a escondidas.
—Ya veo —dijo él—. Entonces, prosiga por favor.
Seguí mi camino por las escaleras, terminando de escuchar la conversación. A pesar de que no había sabido que hacer, lo había logrado y definitivamente tenía muchas ganas de liberarme frente a una ventana, con un encendedor.
Ese hombre era un gran blanco y yo tenía que hacerlo caer. No tenía nada que perder, no tenía familia.
Ni siquiera mis sentimientos eran descontrolados, por lo que no me afectaba lo que hacía. Eso me había mantenido con vida desde que mi abuela me abandonó igual que mis padres.