El regreso al Castillo Ainsworth fue un contraste asombroso con la partida, una transición abrupta del terror gélido a una esperanza tenue pero palpable que se asentaba en el aire. El hechizo invernal de Valerius se había roto, y aunque el invierno aún cubría las tierras con su manto blanco, ya no era la plaga gélida y antinatural que había consumido el reino, secando la vida de la tierra y el espíritu de sus gentes. Era el invierno natural, el que Ainsworth conocía y soportaba desde tiempos inmemoriales, un frío familiar que, comparado con el anterior, se sentía casi cálido y prometedor para los pobladores, una bendición. El viento seguía soplando, pero ya no aullaba con la malicia de antes, sino que susurraba promesas de un deshielo futuro, y la nieve, aunque abundante y cubriendo los ca

