Al día siguiente, nos subimos a un coche para ir a Baton Rouge, la capital del estado y la ciudad más poblada, ahora que Nueva Orleans había dejado de ser la primera. Hay apenas noventa kilómetros desde Nueva Orleans a Baton Rouge y las oficinas de Dynamics Impulses se encuentran en Westminster, un barrio periférico de la ciudad, así que no tenemos que atravesarla.
La señora Cora, la eficiente y madura –no quiere ni oír la palabra anciana aunque lo sea –secretaria de la comisaría ya ha avisado de nuestra visita al gerente de la empresa, el cual nos está esperando en el amplio vestíbulo. Tras un buen apretón de manos, el directivo, de apellido Hanwesh, me da la sensación de estar nervioso e incómodo con las preguntas. Declara que no tiene ni idea de dónde está la documentación de la draga y que, según los informes de la empresa, la barcaza ha estado fondeada en Port Allen todo el último mes. Supone que ese diario de a bordo ha debido perderse al retirar la barcaza de la circulación y que deberíamos preguntarle al patrón y a sus ayudantes.
Claro está que, aunque sabemos sus identidades, esos hombres han dejado el río para probar fortuna en los caladeros de fletan frente a Terranova y Labrador. Menuda coincidencia, ¿no?
—Ese tipo no me cae nada bien, oculta algo –le digo a Saikano al salir del edificio.
—Sí, sudaba mucho y se toqueteaba la entrepierna con disimulo –dice, metiéndose un chicle en la boca.
—A lo mejor es que le gustabas –ironizo y me mira con malos ojos. Debo recordar que mi compañero es absolutamente homofóbico.
—Hay que seguir ahondando más. Solicitaré los listados de los diferentes puertos y enclaves del río en doscientas millas de Baton Rouge.
—Buff –revisar todos esos datos quemarán mis pupilas. –Vale, ocúpate tú de eso, yo tengo otro plan…
— ¿Y es? –quiere saber.
—Es solo una intuición. Ya te haré saber si la idea llega a un punto concreto. Déjame aquí y regresa a Nueva Orleans. Ya me buscaré la vida para volver. ¡Hoy es viernes, tío! –le animo echando a andar.
—El Katrina te dejó tonto, amigo –me suelta, subiéndose al coche.
Paso unas horas paseando por Westminster, un barrio nuevo, rico y bien urbanizado, con parques preciosos y limpios. Se nota que se mueve mucha pasta en la zona. Al otro extremo de la ciudad hay una gran refinería de la Exxonmobil, recuerdo. Muchos puestos de trabajo.
Me indican dónde puedo alquilar un coche y me acerco caminando. Justo al mediodía, me encuentro cómodamente sentado al volante de un pequeño y anodino Ford, más propio de un ama de casa que de un poli, pero es lo mejor para un seguimiento. Almuerzo con un par de tacos que compro en un vagón cocina estacionado dos calles más abajo de las oficinas de Dynamics Impulses y, finalmente, veo salir al señor Hanwesh. Cruza la avenida y se sube a bordo de un Oldsmobile Cutlass Ciera muy bien conservado. Me digo que es un hombre de gustos refinados y clásicos mientras me despego de la acera para situarme detrás de él.
Le sigo diligentemente hasta su casa, un dato que ya descubrí por Internet con mi móvil mientras le esperaba. Hay que ver las cositas que han inventado los humanos desde que la Iglesia dejó de aplastarles el cuello. ¡Me encantan! El hombre se pasa una hora en el interior de una adorable casita, con esposa y un retoño, entre vecinos bucólicos y cortados por la misma tijera.
No tengo que esperar demasiado. Justo antes de empezar a oscurecer, vuelve a subirse en su cochazo, y toma una salida hacia una circunvalación. Parece que vamos a salir de la ciudad. Le sigo hasta Monticello, una villa de cinco mil y pico personas adosada a la periferia de Baton Rouge. Si el barrio residencial de Hanwesh era un merengue, Monticello es un pastel de boda. ¡Joder, seguro que los habitantes de este pueblo ni siquiera gimen cuando follan para no ser escuchados por sus vecinos!
Sin embargo, me llevo una sorpresa pues, al final de la avenida England, que abarca cuatro largos barrios de casitas sureñas con porches y jardines mimosamente plantados, el señor Hanwesh se detiene en la última casa que se alza ante la gran separación verde del bosque. Es diferente a las demás casas del barrio. Es más grande –de hecho son dos casas adosadas y unidas, formando una especie de mansión sin ínfulas de opulencia –, tiene un gran espacio para aparcar, justo a un lado y sus fachadas están pintadas de un pálido rosa con cenefas celestes para puertas y ventanas.
Hay un pintoresco cartel clavado con una estaca en el césped de la entrada que reza: “Club de Estilo e Imagen”. Es algo más elegante y fino que lo que hay en el averno, claro está, pero sigue siendo un lupanar. En mi mundo natal, nos limitamos a colgar el alma de una puta sobre la puerta para indicar uno de nuestros burdeles. Pero es cierto que me ha sorprendido encontrarme con una casa de citas en un barrio tan… conservador.
Aún me estoy decidiendo si debo seguir al tipo al interior, cuando me sorprende de nuevo, saliendo acompañado de tres humanos más, con pintas de perdonavidas. Se sientan en unas hamacas dispuestas en aquella parte del jardín y encienden unos cigarros. Parecen charlar de algo serio. Por un momento, deseo tener de nuevo mi oído demoníaco. Podría escucharles perfectamente desde donde estoy, metido en el pequeño utilitario. Me limito a sacar varias fotografías de cada uno con el móvil, poniendo cuidado de aumentar el zoom y apoyar mi muñeca en el volante para no temblar.
Con los puros a medio terminar, cuatro chicas vestidas con elegancia pero rebosando sensualidad, salen a buscarlos. Unas se sientan sobre sus piernas, otras se quedan de pie a sus espaldas, acariciándoles suavemente hombros y espalda, hasta que los convencen de seguirlas al interior de la mansión. Ya no voy a sacar nada más en claro, así que es el momento de volver a Nueva Orleans.
Al día siguiente es sábado y la comisaría solo mantiene en su interior el retén de fin de semana. Saikano, en cambio, ha venido y está repasando los informes que llegan desde varios puertos y zonas de atraque. Me indica, con un gesto, que le eche una mano. Le contesto que lo haré desde mi escritorio, pero, antes de ponerme a ello, descargo las fotografías tomadas en el burdel para comparar rostros con la base de datos estatal.
No tarda mucho en darme resultados y se establece un principio de puente en mi mente. Los tres tipos están relacionados con la familia Dassuan. Es más, uno de ellos, el más bajito y más calvo, es el hijo mayor de Basil Dassuan, el patriarca, y, por lo tanto, sobrino del viejo Tom Haddillan.
Dispuesto a afirmar ese puente que se está construyendo en mi cerebro, llamo por teléfono al convertidor de gabarras y le digo que deberíamos hablar. Me dice que me pase por el taller esta tarde. Estará trabajando aunque esté cerrado. Mientras espero la hora del almuerzo, me pongo a depurar tediosos datos de amarres y limpieza de tramos del río, en busca de la draga Droit de force. Espero que Saikano me invite a almorzar…
CONTINUARÁ...