El Motel

1384 Words
Mi primera noche de soltero me la paso en un motel de la estatal 90. Me he marchado de la casa de Eloise de forma civilizada. Ambos somos conscientes de que la cosa se ha puesto demasiado difícil para intentar forzarla siguiendo viviendo juntos. He quedado en volver a por mis cosas cuando encuentre un sitio más estable para instalarme. No es que sobren los apartamentos en este momento en Nueva Orleáns, aunque supongo que podría instalarme en una de las casas abandonadas. Nadie la reclamaría por un tiempo. No, me he acostumbrado a vivir bien con Eloise; no me iré de okupa, por muchos barrios vacíos que hayan quedado. Hay oportunidades en otras partes y a precios muy módicos, un año después de la catástrofe. A las dos semanas de estar en una agradable pensión de Garden District, varios compañeros, jóvenes patrulleros, me ofrecen compartir piso con ellos. El estricto control que la señora Harrisson, la dueña de la pensión, tiene sobre sus huéspedes me convence para aceptar la oferta. Dispongo de un amplio dormitorio, televisión por cable, y un buen frigorífico… junto con un buen váter. Es todo lo que un humano necesita, ¿no? Hubiera preferido mejor vivir solo, pero todo lo que he visto por ahora que considere digno, se lleva más de la mitad de mi sueldo. Podéis acusarme de haberme vuelto un tanto burgués, pero es lo que tiene vivir acomodado. Ahora, mi independencia económica no es demasiado boyante. He pensando en cogerles unos cientos de dólares a mis víctimas, pero no es nada frecuente ni seguro. Por el momento, seguiré compartiendo apartamento y ya veremos. Como ya he dicho en una ocasión, los demonios no pensamos demasiado en el futuro. Michael Saikano me está esperando en los vestuarios de la Brigada de Antivicio. Suele ser mi compañero más habitual, aunque hay veces que cambiamos de pareja o ampliamos a un cuarteto, según el caso o la necesidad. Se trata de un japonés americano metido en la treintena, llegado de California unos años atrás. Es un buen tío, de ideas liberales siempre que no se apliquen a su familia. —Ha ocurrido algo relacionado con el caso de la familia Dassuan –me dice mientras guardo la bolsa en la taquilla. — ¿Ah, sí? —El dueño de un taller de barcazas ha denunciado un allanamiento esta noche. — ¿Qué tiene que ver eso con Antivicio? –le pregunto, mirándole de reojo. —El dueño del taller es Tom Haddillan y fue cuñado del viejo Basil. —Entiendo. Hay raíces conjuntas. —Sí. Veamos si conseguimos algo si removemos con fuerza. —Te encanta remover, Saikano –mascullo mientras coloco bien el arnés de la funda sobaquera sobre la camiseta. —Suele ser divertido –me contesta, contemplando como me ponga una camisa sin abotonar encima. Me gusta vestir informal desde que no voy de uniforme. El taller en cuestión se encuentra en el canal industrial de Bywater, un barrio que no resultó demasiado afectado por la inundación dados sus ocho pies de elevación sobre el terreno circundante y la proximidad del Missisipi que sirvió de colector. Aún así, los efectos del desastre aún son visibles en las marcas dejadas por las aguas en los edificios. El taller de Tom Haddillan se especializa en recuperar las viejas gabarras flotantes que recorren el Missisipi y reconvertirlas en bonitos apartamentos de fondeadero. En el fondo, son un chollo. Apenas pagan impuestos, los fondeaderos suelen ser baratos y se puede cambiar de ubicación cuando el vecindario resulte cargante. Nos acercamos a un tipo robusto que está atareado con una cepilladora eléctrica en limpiar la proa desmontada de un viejo casco. Nos indica que el señor Haddillan está en el despacho, en el interior de la gran nave que sirve de taller adosado al canal. El propietario está inclinado sobre un monitor, comentando una serie de reformas obligadas en el diagrama desplegado de una barcaza. A su lado, una bonita rubia con el cabello recogido en un pequeño moño discute algunas de sus indicaciones. Tom Haddillan es una verdadera rata de río que, a sus sesenta y cuatro años, ha abandonado sus chanchullos en los canales para dedicarse, junto una nieta llamada Jipper –la chica que está a su lado –, a decorar y personalizar barcazas. Nos cuenta lo sucedido la noche anterior. Una sección de la verja de alambre ha sido cortada y doblada para dejar paso a varios individuos. Hay muchas huellas en el sempiterno barro que rodea la valla y uno de los perros guardianes ha muerto, seguramente envenenado. Nos explica que no se guarda nada de valor en el taller, ni dinero para nóminas, ni herramientas valiosas, y solo están trabajando en dos encargos: una pequeña barcaza para instalar como decoración en un gran jardín, cuya proa estaba siendo limpiada fuera en ese momento, y una vieja draga que está esperando entrar en el dique seco. —La draga hizo su último trabajo hace dos días y la trajeron directamente aquí –comenta la chica como detalle. La miro y calculo que no debe de tener más de veintidós años. — ¿Una draga? –pregunta Saikano, mirándome intensamente. —Sí. — ¿Podemos verla? –pregunta mi compañero. —Sí, claro. Está amarrada en el canal, un poco más atrás –nos indica el señor Haddillan, señalando por encima de su cabeza. –Vamos, les llevaré… Recorremos una pequeña explanada cementada, llena de trastos y motores desechados, hasta llegar a un ensanche del canal donde está amarrada la vieja draga. No es de las mayores, pero posee dos brazos hidráulicos bastantes potentes, uno a proa y otro a popa, con una alargada y estrecha cabina entre ellos. A su popa, apenas destacan las letras blancas medio cubiertas de detritus: Droit de force. Un nombre poderoso. —Hay trazas de barro hasta aquí –le digo a mi compañero. —Eso pensaba, subamos a bordo… Saikano encuentra otro refregón de barro sobre la plancha que sirve para subir a la draga. — ¿Ha venido usted o alguno de sus empleados hasta aquí esta mañana? –pregunta Saikano al anciano. —No, no pensamos poner esta chatarra en dique seco hasta la semana que viene. —Pues aquí subió alguien anoche –mascullo, descubriendo media pisada sobre la cubierta metálica. Un somero registro en la cabina indica que el diario de a bordo no está, así como los partes laborales. Saikano le pregunta al anciano si tiene la documentación en su oficina. — ¡Nanay, inspector! Esta draga está muerta y dada de baja. Los papeles deberían estar a bordo o bien en poder del propietario –niega con vehemencia. — ¿Y el propietario es… ? —le pregunto. —Una empresa de Baton Rouge…Dynamics algo… —el anciano trata de recordar. –Impulses. Eso es, Dynamics Impulses. — ¿Y qué va a hacer con la draga? —Traspasar los brazos y los motores hidráulicos que están en buen estado a una draga mayor. —Deberíamos registrarla más a fondo –me propone Saikano y estoy de acuerdo. Nos pasamos unas buenas tres horas a bordo de la draga, golpeando mamparas e inspeccionando la bodega milímetro a milímetro. El dueño del taller se aburre de mirarnos y regresa a su despacho. Cuando estamos a punto de darnos por vencidos, descubro un escondite oculto adosado al depósito de combustible. Está vacío pero hay indicios de que ha sido usado muchas veces. Saikano recoge una muestra del polvo que cubre el suelo y paredes con uno de sus guantes y lo embolsa para enviarlo al laboratorio. Si es lo que creo, volveremos a sacar huellas. Aquella misma tarde, el análisis de drogas del laboratorio da positivo. El comisario envía un par de hombres para precintar la draga junto con el equipo de forenses. Saikano tiene la teoría de que la draga servía quizás para recuperar paquetes de droga sumergidos que después ocultaban en el escondite. —Puede ser –admito. –Si se han llevado los partes laborales es que a lo mejor no querían que se averiguara dónde había estado la draga trabajando por última vez. —Pues tendremos que preguntar por esa documentación, ¿no te parece? –me sonríe Saikano. CONTINUARÁ...
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