Han pasado ya unos pocos meses desde mi llegada a este mundo y me estoy adaptando bastante bien. Se necesitaban detectives en la brigada Antivicio y ese es mi primer destino, en la comisaría 12 de la avenida Carrollton, en Mid City.
Pero las cosas en casa se están viciando. No soy mucho de pensar en el futuro –los demonios no solemos hacer planes de futuro –, así que he jugado a las casitas con muchas humanas, algunas furcias, algunas compañeras, la camarera de McGregor’s… Debería haber imaginado que el embrujo s****l en el que la tenía atrapada llegaría a su fin y que se daría cuenta de los pequeños detalles: camisas manchadas de carmín, ropas con aroma a perfume putero, cerillas de publicidad de varios puticlubes en los bolsillos... Ya sé que no tengo excusa pero… ¡es que soy un demonio, joder!
Una semana atrás, un compañero de trabajo de mi esposa se hizo el encontradizo conmigo en una cercana cafetería a la clínica en la que trabaja Eloise y me soltó la advertencia: al parecer, mi chica se estaba quejando de mi actitud ante sus compañeras. Poniendo cara de circunstancias, me hizo saber que no quería meterse en nuestro matrimonio pero que Eloise era una buena compañera y que se preocupaba por ella... ¿Qué iba a decirle? ¿Qué no tengo ni idea de si lo estoy haciendo bien o no? Al final, me decidí por lo que cualquier humano hubiera hecho. Le miré de través y le solté un seco “gracias” y un buen apretón de mano. ¡A tomar por culo! Pero me dejó rumiando en seco mientras me tomaba un segundo café con leche con varios cupcakes.
¿Sería demasiado tarde para cambiar mi tendencia egoísta? ¿Sería siquiera posible cambiarla? El simple hecho de cuestionarme esa posibilidad me demuestra lo que me ha cambiado el mundo humano. Eloise me ha hecho entender ciertos sentimientos que no había experimentado jamás: cariño y puede que hasta ternura. ¿Amor? Esa es una palabra muy gorda para hablar de ella. No creo que los entes infernales podamos experimentar el amor en cualquiera de sus vertientes. Pero estoy muy seguro que sí le tengo un gran cariño y respeto, una cosa que no se estila demasiado en mi mundo, pero que existe. No quiero causarle daño y eso me preocupa.
Así que cuando se reúne conmigo, días más tarde tras su turno, el paseo a casa se convierte en un conversación en la que empiezo a sentirme perdido por la seriedad y las emociones que surgen.
—Me siento… decepcionada, Luke –acaba confesándome.
— ¿Decepcionada? ¿Por qué? –mi incomprensión es totalmente fingida, por supuesto.
—Creía en ti, en tu voluntad, en que no serías como esos otros polis rastreros y embusteros, pero creo que te tenía en un pedestal desde el momento en que te recuperé –detiene sus pasos y me mira intensamente. –Bien lo sabe Dios que te quiero, pero…
“Ya me esperaba un pero.”
—Has cambiado y no te reconozco.
Esas son las palabras que he estado temiendo en estos meses. Eloise es la única que conocía a Luke. El humano no tenía demasiado contacto con sus familiares, los cuales viven en un pueblecito de los humedales de Lafite, y su esposa era su único templo, así que yo tengo eso en contra.
—Comprendo que hayas tenido una mala experiencia cuando el Katrina y que esta haya podido cambiar aspectos de tu personalidad. Sin embargo, no puedo comprender el drástico giro que has dado a tu vida y… a la mía.
—No sé a dónde quieres ir a parar, cariño –musito, más que nada para decir algo.
—Hablo de las putas que frecuentas, del romance que se comenta en la Doce entre tú y la sargento Rivas, hablo de las noches locas en McGregor, con interminables partidas de cartas y quizás algo más. Has dejado de lado a antiguos compañeros con los que antes veías los partidos de basket. Solías salir a corretear los fines de semana para regresar y despertarme para el desayuno y ya no lo haces. Tus juegos de la Xbox están acumulando polvo en el armario del pasillo, otra cosa que has dejado del todo.
—Bueno, son cosas que ya no me apetecen tanto como antes, pero no te puedes quejar, eh… el tiempo que dedicaba a esas cosas lo invierto en ti –bromeo, pellizcándole el costado.
—Sí y ese es otro aspecto en el que has cambiado… y mucho –su mirada me atrapa y detiene la nueva excusa que estoy a punto de soltar.
Si le dijera a uno de mis hermanos en el Infierno que una humana es capaz de callarme con una mirada… tendría que echar a correr, seguro.
—Lo hacemos a todas horas, en cualquier sitio, sin ningún control, sin ningún cuidado. No solo no me dejas parar, ni pensar, sino que… —suspira al ver mi expresión de idiota. –Me agotas. Tengo sueño a todas horas, sufro de agujetas de tanto hacer el amor, Luke. No podía quejarme al principio, era todo un sueño el que estaba experimentando, pero ahora… no puedo soportarlo apenas, sobre todo cuando me haces el amor sin ninguna protección, después de haberte follado a esas golfas. Me pregunto cómo puedes tener tanta resistencia… ellas y después yo… ¿Tomas algo para revitalizarte? ¿Viagra, Optiman? Y además, hay otra cuestión. Ya habíamos hablado antes sobre tener hijos y te dejé muy clara mi posición: no quiero hijos de momento. Ahora parece como que eso te diera igual y terminaras dejándome encinta cualquier día y es algo que seguramente sucederá con esa potencia que pareces haber encontrado.
—Yo… yo –y cierro la boca, vencido.
Veréis, nosotros, los demonios, no tenemos experiencia alguna en una relación a largo plazo como dispone un matrimonio. Somos más de pim, pam, pum… aquí te pillo, aquí te mato… No solemos pensar en el futuro porque en el Infierno no dispones de eso. Por eso mismo, no soy un romántico, pero la he hecho disfrutar cada día y más de una vez. Incluso la dejé alucinada cuando aprendí a cocinar viendo unos cuantos programas en la tele –otro indicio de mi capacidad intelectual. A veces, estando en McGregor’s, me entraba una especie de súbita morriña que me hacía volver a casa de inmediato o pasarme por la clínica donde trabaja Eloise como enfermera cuando tenía uno de sus largos turnos. Quizás, si no fuera un Excavador sino, por ejemplo, uno de los pillos infernales que hacen los tratos con los humanos en las encrucijadas, podría haberla convencido con más labia y carisma.
Pero está claro que no sabe lo mal que llevamos los demonios la paternidad. La hueste demoníaca es bastante diferente a las pautas humanas. Existen demonios machos, demonios hembra, y demonios… mixtos, o sea con los dos atributos, llámenlos como quieran. Cualquiera de ellos tres pueden quedar preñados y parir su progenie, pero lo que sí es cierto es que ninguno formará una familia ni compartirá vínculos. Ahí abajo, no hay abuelos llevando nietos al parque, ni madres comprando en el súper empujando el carrito con un zagal enjaulado en el interior. Los pequeños engendros son pronto dejados en los nódulos incubadores, desentendiéndose de la responsabilidad que cargan los humanos.
No he pensado en ese detalle porque, entre otras cosas, siempre he controlado mi simiente y mi descendencia, pero ya no estoy tan seguro de ello siendo humano. Esa noche hablamos de ello en profundidad. Ella no quiere un hijo ahora, con un trabajo que necesita asentar. En mi caso, tampoco deseo un mestizo infernal correteando por ahí sin control.
Le prometo usar preservativos, incluso pensar en la vasectomía –todo un falso detalle, claro –, y ella me sonríe, diciéndome que nunca dejó de tomar la píldora. Doble seguridad para nada, pero en fin… tomo la decisión de hacerme un examen seminal en cuanto pueda.
Sin embargo, aquella charla marca un hito en nuestro camino como pareja, tanto para ella como para mí. A partir de ese momento, ella ha perdido la confianza en mí y todo empieza a ser reproches y discusiones. Procuro dejarla con la palabra en la boca y tomar la puerta cuando la cosa sube de intensidad. Nunca es buena idea discutir con una entidad infernal, pero consigo dominarme y calmarme en la calle, realizando cualquier desmadre. Me recrimino a mí mismo. ¿Acaso no sabía que esto no duraría, que no estoy hecho para mantener una relación estable?
Lo que ha venido a rematar el asunto es ingresar en la brigada Anti vicio, algo que modifica abruptamente la poca rutina que seguía en casa, empezando por la franja horaria en la que suelo trabajar. Eloise y yo coincidimos aún menos, abriendo aún más la herida emocional. Por otra parte, los casos a investigar se hacen más… caóticos, digámoslo así. Redadas de prostitutas, nidos de drogadictos, perseguir camellos y cocineros de “meta” … empieza a ser la tónica a seguir. Yo estoy encantado con el trabajo. Me siento más libre, más dinámico, y, además, me permite hacer unas buenas actuaciones para que los jefes se fijen en mí.
Intentando un último acercamiento a Eloise, la llevo a un nuevo restaurante vietnamita del que me han hablado en la comisaría. Me han asegurado que es de una magnífica calidad y está situado en una de las calles de Distrito Garden. El local es interesante, buscando diferenciarse de los otros comederos exóticos que existen en la ciudad. Nos sirven un aromático Bun Bo Hue, una sopa caliente de fideos de pasta de arroz, con trozos de ternera y manitas de cerdo, y Eloise me comenta que quizás sea hora de cambiar su coche porque empieza a hacer ruidos raros. Yo asiento y trago ansioso el humeante caldo. Me concentro en frenar mi apetito para no dar la nota en el restaurante. Sigo con el mismo problema. Por mucho que coma, por mucho que trague carne, pasteles, pizzas y licores, siempre ando hambriento y no engordo una mierda. A veces, es todo un fastidio y no disfruto de la comida con las ansias.
En ese momento, desde un pasillo interior, paralelo a la cocina, aparece un anciano vestido con ropas típicas vietnamitas, todas en blanco. Junto a él, camina una niña de no más de doce años, vestida con falda y blusa occidentales y peinada con una larga trenza a la espalda. El viejo apoya una mano sobre el estrecho hombro de la chiquilla, como si se tratase de una muleta. Me recuerda a un patriarca familiar y, de hecho, el personal lo trata con reverencias, conduciéndole a un reservado.
Apenas puedo reprimir lanzar miradas hacia el oculto reservado durante nuestra cena, irritando de nuevo a mi esposa. No sé por qué ese hombre ha atraído mi atención de esa forma, pero decido averiguar más cosas sobre él y no hay mejor zona de chismes que una comisaría. El lunes por la mañana, me entero de varios detalles y rumores. Se comenta que es el dueño de varios restaurantes vietnamitas, aunque su nombre no aparece en ningún documento. Responde al apodo de Con Chó Cû, algo que se traduce como el Perro Viejo o Viejo ladino, y reina sobre toda una dinastía de chicos y chicas jóvenes que trabajaban en los restaurantes, tanto en los locales como llevando comida a domicilio en sus pequeñas scooters.
De hecho, ese restaurante se convierte en uno de los que más visitamos, por diferentes motivos. Otro día, en que me siento más hambriento que nunca, percibo como la piel del viejo vietnamita, que pasa andando a varias mesas de la nuestra, se tuesta y se agrieta, como la cubierta de un perfecto asado a punto de salir del horno. Incluso despide un delicioso aroma a beicon con patatas que solo yo puedo detectar. Sé que es una ilusión, pero no puedo resistirme y termino salivando delante del anciano. Me amonesta con una retahíla de palabras en vietnamita que no comprendo pero que intuyo perfectamente. No puedo apartar los ojos de su piel dorada y humeante. Eloise tiene que sacarme del local del brazo, haciéndome un montón de preguntas que no puedo contestar.
Esa misma noche, vuelvo al restaurante cuando ella se queda dormida. El local ya ha cerrado, pero la puerta que comunica la cocina con la trasera del edificio aún está abierta. Uno de los chicos vacía los cubos de basura y lo sorteo lo suficientemente rápido para colarme sin ser visto. No sé lo que busco, ni siquiera lo que pretendo conseguir, pero me siento impelido a meter mis narices allí. El viejo está rodeado de sus chicos en el reservado que le gusta usar. El biombo de tela que suele ocultarle está retirado a un lado. La mesa circular para un grupo de seis comensales está despejada de cubiertos y mantel. Hay muchos billetes arrugados de veinte y cincuenta, formando un pequeño cerro en el centro de la mesa. En uno de los laterales, varias bolsitas con dosis unitarias que me recuerdan a la cocaína; también veo muchas pastillas de diferentes colores, apostado medio oculto tras una de las lacadas columnas redondas.
No hace falta ser un lince para comprender que sus repartidores no solo llevan comida a domicilio y que el viejo es un perfecto distribuidor de drogas. No puedo hacer nada en aquel momento. No dispongo de una orden de registro para estar allí dentro y además hay más de una docena de chicos allí, demasiados para un enfrentamiento sin armas. Así que hago lo más prudente: alcanzó la salida en silencio y me voy a casa, a desfogar con Eloise una vez más la enorme excitación originada en mi interior.
Pero la tentación ha quedado sembrada. No tardo mucho tiempo en averiguar que el viejo duerme en la planta de encima, que la “migra” le tiene en su punto de mira como objetivo, ya que sospechan que trafica con compatriotas suyos para introducirlos en los Estados Unidos, y que es el cabecilla de una banda criminal. Sin embargo, para mí, el aspecto del viejo es cada día más y más suculento y odorífero. Ya ni siquiera le veo con ropa, sino que camina ante mis ojos desnudo y apetitoso. No estoy seguro si aquello es alguna manifestación de mi naturaleza demoníaca o que se me está yendo la olla, pero mi estómago gruñe cada vez que me acerco a una veintena de metros del local.
Una madrugada acabo por explotar, demasiado hambriento para conciliar el sueño, y dejo la cálida cama que comparto con Eloise. Ante la fachada del restaurante dejo que mi piel vibre más rápido de lo habitual para que las posibles cámaras que haya no tomen más que una silueta indefinida de mí. Es algo que descubrí a los pocos días de mi llegada, cuando Eloise se quejaba de que no podía hacerme una sola foto en condiciones, que todas salían movidas. La ropa salía bien pero mis manos y mi rostro estaban totalmente desenfocados. Desde entonces, reduzco la vibración de mi piel de forma consciente, pero puedo aumentarla si quiero, un hecho que ahora me viene genial.
De esa manera, alcanzo una de las ventanas superiores y me las arreglo para introducirme en la vivienda del viejo sin disparar las posibles alarmas. Finalmente, tras revisar el apartamento a oscuras, algo que no supone demasiado problema para mí, me quedo de pie al lado de la cama, contemplándole dormir. A mis ojos, no está dormido, sino tumbado en una grandiosa bandeja metálica, rodeado de exquisitas verduras asadas y pequeñas patatas horneadas. Alargo una ansiosa mano hasta su pecho y compruebo, en ese momento, que esgrimo un cuchillo que sin duda he debido tomar en alguna parte de la casa. Es un robusto cuchillo de trinchar, con el mango nacarado, y sin pensármelo, abro al anciano en canal, desde la garganta hasta la entrepierna. No podría decir si grita o si se desangra, mirándome con ojos desorbitados, porque solo soy consciente del aroma que despiden sus entrañas asadas. Cuando estoy a punto de hundir mis manos en su pecho, de la profunda hendidura de su carne surge la primera mariposa.
Se abre camino entre los labios de la fatal herida y abre sus alas, revoloteando. A la luz de la lamparita de la mesita de noche, puedo observarla. Es blanca con las alas moteadas de n***o y rojo vivo, como si la sangre del viejo la hubiera salpicado. Es muy hermosa y me quedo mirando su vuelo de reconocimiento por el dormitorio como un idiota, hasta que acaba posándose en el cuchillo ensangrentado que aún sujeto en mi mano. Instintivamente, la atrapo y me la llevo a la boca, masticando su cuerpo ferozmente.
Otra mariposa sigue a la primera, y después otra, y luego dos más. En un minuto, el cuarto se llena de una nube de moteadas mariposas que surgen a centenares del interior del cuerpo del anciano. Y con una risotada, me como docenas de ella pues ya he adivinado de qué se trata. Las mariposas son los pecados que el viejo Con Chó Cû ha cometido y acumulado en su alma; los pecados que debía ofrecer a su llegada al Infierno. La intuición es tan fuerte y firme que la acepto de inmediato.
Esa noche, vuelvo a casa con una seguridad y un conocimiento que no tenía antes. He descubierto que, por alguna desconocida razón, me son reveladas las almas cargadas de pecados, aquellas almas que han llegado al límite de su tiempo entre sus semejantes y que deben partir hacia su último destino: el Infierno. Como una forma de atraer a su cosechador –que en ese caso soy yo –, la apariencia del pecador se vuelve muy apetitosa para mi hambre de pecados. Al cosecharles, puedo alimentarme con algunos de sus pecados cometidos, lo que calma mi eterna hambre durante unos cuantos días. Si echaba de menos un propósito sobre la Tierra, acabo de encontrarlo.
Días después, casi por casualidad, veo un documental del National Geographic sobre mariposas del mundo y constato que las mariposas que veo salir de los cadáveres y de las que me alimento, existen realmente en el mundo natural. Se trata de la Utetheisa pulchella, llamada comúnmente “Nomeolvides” o gitanilla, aunque no creo que aquellos insectos que moran en el interior de los pecadores sean mariposas realmente.
Esa noche, tras alimentarme por primera vez de antiguos pecados, me duermo como un inocente recién nacido al lado de Eloise, y, al día siguiente, despierto sin rastro del hambre. Aún tengo que experimentar más con este suceso, pero puedo darme cuenta que mi trabajo es perfecto para descubrir almas llenas de pecado. Siempre habrá un caso, un sospechoso, o un testigo que me conduciría hasta un condenado al Infierno que yo me ocuparé de cosechar con alegría, quedándome con mi parte.
Sin embargo, la cosa se pone peor al día siguiente, al llegar a la comisaría. Al subir las escaleras hacia el segundo piso, dónde se encuentran los despachos de la brigada Antivicio, me cruzo con un par de agentes que llevan un colorido cartel colgado del cuello. Es rectangular y estrecho y no medirá más de una decena de centímetros de largo por tres o cuatro de ancho, pero resalta como un sol en miniatura a mis ojos.
No me da tiempo a leer lo que hay escrito en ellos, pero parecen inscripciones diferentes y con distintos colores. Al llegar a la segunda planta, no solo veo agentes con más carteles colgados del cuello, sino también a civiles que están siendo interrogados o prestando declaración. Tras saludar a varios compañeros y servirme una taza de café –un mero pretexto para leer el primer cartel que queda a mi alcance –, tengo que beber apresuradamente para que la boca se me quede en el mismo sitio.
Theo West, un inspector con dos décadas de servicio, padre de cuatro hijos y casado con su primera novia del instituto, es un tipo que respeto en el trabajo por su experiencia y su dedicación. Sin embargo, lleva al cuello un cartel de fondo violeta que pone: “católico reprimido compulsivo”. Me debato entre el impulso de no reírme y el de preguntarle a qué se debe la broma. Pero al ver acercarse a la señora Cora, nuestra asistente, cargada de carpetas hacia el archivo, con un letrero que pone “sacerdotisa zoofílica” me cose la boca. Aunque se tratara de una broma, la señora Cora, una muy seria señora con sesenta años cumplidos, no llevaría jamás un cartel con esa leyenda, aunque se tratara de la broma del año.
Me doy una vuelta por los despachos de la planta, leyendo con disimulo, y pronto llego a la conclusión que no es una broma y que nadie más, aparte de mí, puede ver los carteles. Es como si fueran una ayuda distintiva para mi persona, una ayuda para discernir pecados o personas con malas intenciones. No hay ningún cartel que diga “héroe local” o “ha donado tantos $ a una ONG”; o llevas cartel o no llevas.
Hay de todo, como en una vieja botica. “Corrupto en potencia”, “gusto por la p*******a”, o bien “incauta drogas en su barrio para su beneficio”. Conocer los ocultos pecados de tus compañeros no ayuda a crear un ambiente relajado en el trabajo, no hay duda. Claro que yo tampoco soy un compañero muy normal. Así aprendo en quienes confiar y en quienes no. Debo decir que hago bien mi trabajo, aunque sea un demonio. Se me han inculcado reglas básicas en mi entrenamiento, unas reglas que tanto sirven para asaltar los cimientos del Paraíso, como cumplir con mis obligaciones policiales. Claro está que mi discernimiento de la Ley no es el mismo que el de mis camaradas. Para mí, un ladrón no es tan culpable como un asesino; tampoco le doy importancia a determinados crímenes, como la prostitución, la propiedad intelectual, el juego, y otros asuntillos. Pero estas son consideraciones personales que mantengo celosamente en secreto, por supuesto. Por eso mismo, conocer los pecados de los compañeros no es algo traumático para mi moral –de hecho, no tengo moral – aunque siempre viene bien conocer los esqueletos que ocultan en el armario.
El caso es que los carteles desaparecen del cuello de la gente que me rodea al cabo de unas horas. Así mismo, la sensación de euforia y dinamismo que se apoderó de mí desde que ingerí aquellas mariposas, me sigue acompañando. Sé que soy más veloz, fuerte y resistente que nunca. Apenas tengo que sumar dos y dos para comprender que todo ello está relacionado con alimentarme con pecados maduros para el Infierno.
Tardo dos semanas en procurarme una nueva ingestión. El hambre regresó a mi estómago al quinto día de comerme los pecados de Con Chó Cû, y con el hambre desaparecieron los poderes que me otorgó su consumo. Vuelvo a ser casi tan débil como un humano. Mantengo la sensación bajo control durante una semana más, hasta que decido hacer una nueva prueba. Esta vez me decanto por una madura madame de gustos refinados y elegante porte, metida en los setenta años. Fue todo un flechazo nada más verla durante una rutinaria investigación. Su olor ya me atrajo desde dos calles más atrás. Con ella, aprendo que no tengo que rajar el cuerpo para que las mariposas salgan al exterior. La vieja proxeneta estira la pata de la impresión de verme en su sala de estar a medianoche. Pum, se le casca el corazón.
Apenas dos segundos más tarde, la primera mariposa brota de sus fosas nasales y la atrapo con delicadeza, aunque ansioso. Sabe deliciosa, aunque de forma distinta a las que manaron del viejo vietnamita; quizás en el futuro pueda distinguir el diferente sabor de los pecados, me digo. Al día siguiente, compruebo que la ingestión ha traído otros dones demoníacos que creía perdidos; esta vez, levitación y la risa que enloquece. Tener la seguridad que puedo subsistir con los pecados recolectados y que estos me otorgan diferentes poderes durante unos días, desata la vorágine en mí.
Me digo a mí mismo que esa es la verdadera causa por la que he acabado perdiendo a Eloise. Desde que descubro esa particularidad, la he descuidado, pendiente más a satisfacer mi gula que a pulir los desastres que ya comenté anteriormente. Tras unas cuantas salidas intempestivas por mi parte, Eloise comienza a dormir en otra habitación y apenas se deja convencer como antes para hacerla chillar de gozo.
Sinceramente, he creído que ese sistema era el idóneo para mantener cerrada la caja de los truenos, pero ya pueden suponer que se hartó de todo ello y tuvimos una de esas serias charlas que suelen acabar en un crimen pasional o en un acuerdo de divorcio.