Pecado - I

2767 Words
Vivo días interesantes mientras supuestamente me recupero. Eloise ha intentado tomarse unos días en el trabajo para ocuparse exclusivamente de mí, pero la dirección del hospital donde trabaja como enfermera le ha comunicado que no es el momento apropiado para tomarse unas vacaciones. Hay mucha faena en los hospitales y en los centros sanitarios con tanta gente desplazada o que se ha quedado sin hogar. Así que me suelo quedar muchas horas solo en el apartamento y es cuando descubro que los placeres de Luke me complacen también: el Bourbon, el tabaco y el porno, ¡la Santa Trinidad! Como Excavador no nos enseñaron gran cosa sobre los humanos en el nódulo de incubación. Somos entidades de Cuarto Estamento, nunca vendríamos al mundo humano ni nos toparíamos con uno, así que no nos interesaban. Pero los recuerdos que quedaban de Luke en mi mente despertaron mi curiosidad y que mejor oportunidad de aprender cosas que recurriendo a la Red Pecaminosa –así es como llamo a Internet. Lo que aprendo y verifico en la tranquilidad del apartamento… bueno, es una gozada. Me quedo tirado en el sofá, trasegando whisky de patata y saltando de página guarra en página aún peor desde el segundo día de estar en casa. También dejo la tele encendida, conectada todo el día a un de esos canales de noticias, empapándome de cuanto pasa en el mundo. Satán ha hecho un buen trabajo, me digo. Este mundo se está yendo a la mierda. Cuando Eloise regresa, me suele sonreír y pasarse unos buenos diez minutos sentada sobre mi regazo, besándome, aún trayendo cara de cansancio. Ante esas demostraciones de amor y cariño, surgen respuestas que no he experimentado jamás en mi mundo y que, tras haberme empapado de tanto porno, interpreto la dinámica de la ley de equilibrio de pareja muy a mi manera. Me tiro a la esposa de Luke en cualquier rincón del apartamento, a cualquier hora, en cualquier situación, dejándola exhausta y con una floja sonrisa en el rostro. La vecina criticona ha decidido mudarse con una hermana a Tampa ya que los gritos de Eloise la desquician, por no decir que la matan de envidia. Eloise es una hermosa y voluble muñeca atrapada entre mis nuevas sensaciones y mis caprichos. Ese pelo rojo ondea para atraer mi atención y erguir mi “asta”. No tengo que esforzarme para mimarla en cada rincón del apartamento, embelesado con la exquisitez y ternura con la que me recibe su voluptuoso cuerpo. En cuanto nos juntamos en el apartamento, terminamos en cueros, dejando húmedos residuos de nuestra pasión por todas partes. Ella, románticamente hiperactiva, me da todos los caprichos que se me ocurren, desde entregar finalmente su hermoso y pálido culo a mi lujuria, hasta ir al Barrio Francés a por auténticos gofres y no la porquería que se puede comprar en el híper. En una palabra, yo me encuentro en un desacostumbrado paraíso y ella está viviendo una segunda luna de miel. Pero la dulzura se acaba cuando, ocho días más tarde y al pasar la segunda sesión con el come cerebros que trabaja para el departamento, este decide firmar mi incorporación al cuerpo, seguramente instigado por la necesidad de efectivos. La verdad es que las cosas andan liadas y necesitan toda la ayuda posible, así que me incorporo de nuevo al trabajo, tratando de recordar las tareas que solía hacer Luke. Ya sabía que mi antiguo compañero se estaba recuperando de una fractura múltiple en su pierna izquierda, lo que me viene muy bien para no tener que preocuparme demasiado. Me emparejan con un veterano casi a punto de jubilarse, al que han sacado del Archivo para trabajar temporalmente en la calle. Los trabajos de recuperación en muchas zonas de la ciudad progresan a buen ritmo, aunque hay rumores sobre ciertos debates en el ayuntamiento sobre recuperar o no algunos barrios. La reconstrucción y reforzamiento de los diques se están llevando a cabo con presupuesto estatal, lo que garantiza prontitud y trabajo supervisado. Sin embargo, la rutina de la ciudad no acaba de asentarse. Disponer de suficientes recuerdos de Luke me ayuda mucho a insertarme en la comisaría. De hecho, me gusta todo lo que tiene que hacer un policía, es excitante. Me paso por la casa de mi antiguo compañero en cuanto tengo un momento, para interesarme por su salud. Es algo que he aprendido en la comisaría: falsa empatía. Muchos policías resultaron heridos durante el Katrina y sus compañeros les visitan para darles ánimos y les llevan whisky o bombones, así que hago lo mismo. Mi antiguo compañero me lo agradece y no parece sospechar nada en mí. Sus hijos, unos mocosos de apenas ocho o nueve años, no paran de rondarme y alargar la mano para tocar la culata de mi arma reglamentaria. La madre, una mujer algo rolliza y abnegada, los espanta con un grito. Al final, le deseo que se recupere pronto y me voy de allí, cagando leches. Estos rituales humanos me ponen los nervios de punta. A medida que el río vuelve a su cauce, literalmente, me asignan un coche patrulla y un nuevo compañero, Banks, de nombre Max, un tipo blanco de sonrisa escurridiza y comentarios sarcásticos, que se queja cada vez que le digo que tengo hambre. Sobre este punto, aún no sé qué pensar. No creo que sea algo característico de los seres humanos, al menos Luke no sentía ese voraz apetito. Desde que habito esta forma humana, siempre tengo hambre; no me refiero a esa sensación de vacío en las tripas que las hace ronronear a veces, no, hambre en letras grandes. Si no me frenara, sería capaz de estar comiendo todo el día y lo peor es que me gusta todo cuanto pruebo. Puedo comer gumbo para desayunar, mezclándolo con un café con leche, o bien empezar por la fruta en el almuerzo para acabar jalándome queso azul untado sobre una barrita de muesli. ¡ME VA ABSOLUTAMENTE TODO! A veces, hasta cosas que no son comestibles para los humanos... Apenas quedo saciado y el hambre reaparece, royendo mis entrañas, al término de una hora o así. Por eso siempre estoy picoteando cosas, como chocolatinas, cacahuetes, galletas saladas… Nunca me falta algún snack en los bolsillos y suelo acabar con los aperitivos de los cuencos del mostrador del bar de McGregor cada vez que tomamos una cerveza allí. Eloise alucina cuando me ve tragar así, por lo que me suelo contener ante ella y los demás y, a veces, hasta me oculto para comer. Les he dicho que, según el psicólogo, es una especie de consecuencia secundaria que me ha quedado impresa tras lo que sea que me hubiera sucedido en el periodo en que estuve desaparecido y creo que se lo han tragado. Retomar el trabajo de Luke también me ha servido para averiguar los límites de mi cuerpo humano; establecer qué puedo hacer, hasta dónde puedo llegar, y, sobre todo, cuánto me va a costar. Día a día, empiezo a descubrir que hay mucha esencia de mi antiguo ser en esta carcasa, más de lo que creía. Nada físico, por supuesto, pero sí de una manera preternatural que no sé explicar, ni comprender. Esa oculta naturaleza infernal regenera mi débil cuerpo humano constantemente, por mínima que sea la lesión. Prácticamente es como nacer de nuevo cada día… Un ejemplo: un día, Banks y yo nos lanzamos a perseguir un tío que había atracado una licorería. Tuvimos que hacerlo a pie porque se metió en un una zona de callejones llenos aún de broza que arrastró la inundación. El hecho es que resbalé y me rompí varios dedos de la mano izquierda contra un contenedor. Emerson siguió corriendo y yo le seguí como pude, apretando los quebrados dedos con los de la otra mano. A ciento cincuenta metros, los dedos habían recuperado la plasticidad adecuada y estaban de nuevo recolocados. Mi compañero ni siquiera se dio cuenta que me pasaba algo. También he comprobado que poseo más resistencia que un humano, algo más de fuerza y agilidad, pero mis sentidos se ven limitados por su naturaleza mundana. Los espectros de luz que podían abarcar mis ojos allá en el averno, eran sublimes. Tampoco mi oído o mi olfato son mucho mejores, pero lo compenso con el sentido del sabor, algo que no tiene apenas disfrute en el reino de Satanás. Los problemas a los que nos enfrentamos a diario son numerosos y la verdad sea dicha, no nos han entrenado para algunos de ellos, seguro. Nueva Orleans está siendo limpiada completamente. Más del ochenta por ciento de la ciudad quedó anegada cuando los anticuados diques de los lagos y canales se vinieron abajo, dejando que una ingente cantidad de agua barriera de norte a sur la urbe. Aún hay muchos desplazados que no han vuelto a sus casas y hay que proteger esos hogares cerrados para que las alimañas humanas no se lleven lo poco que quedan en ellos. Nunca hubiera pensado que disfrutaría con este empleo de policía, pero parece que hubiera nacido para ello. No existe nada parecido en el Infierno ya que el caos domina en todo el averno. A nadie le importa si te cargas a latigazos a un viejales o a una gritona señora de carnes trémulas, ya que regresan de esa seudo muerte al cabo de unos minutos, de nuevo indemnes para continuar con sus sinfonías de dolor y humillación. En cuanto a que si tienes alguna reyerta con otro demonio, bueno, el que tiene el rango más elevado es el que acaba comiéndose al otro, sencillo. Así que, sentir el invisible poder que otorga el uniforme y la autoridad pertinente, es como una suave droga vitalicia que me tiene todo el día excitado. Da lo mismo que controle el tráfico tras un accidente, que participe en una redada, o que le pegue unas patadas a unos camellos en una cancha de basket. Es la misma euforia, una revitalizante sensación que me hace sonreír de forma ladina, lo cual procuro disimular cuando me doy cuenta. Una de las tareas que más aprecio es cuando toca Tiro con el arma reglamentaria. Mi compañero es un forofo de las armas y me está contagiando el placer de disparar. La primera vez que lo hice en la galería de tiro, tenía el conocimiento de cómo lo realizaba Luke. Podría decirse que conocía la teoría: quitar el seguro, apuntar con el peso del cuerpo bien repartido sobre las piernas, expulsar el aire al jalar del gatillo… Sabía desmontar y limpiar mi arma, una Glock 31, así como recargar de munición 357 SIG mis cargadores, pero cuando tocó disparar y equilibrar el retroceso… Bueno, de un cargador de 15 balas, solo metí tres en la silueta de la diana, otras seis en los bordes externos de la diana, y las demás fueron a la pared de sacos del fondo. El tipo del puesto de al lado soltó una risita asquerosa, una de esas que te dan ganas de patearle a fondo el hígado. No me dí por vencido y, más tarde, tras el quinto cargador, acertaba tres de cinco balas en la cabeza de la silueta, y agrupada todos los disparos en el interior de la diana. Hoy en día, puedo decir que tengo bastante precisión con la pistola y la escopeta táctica Remington 870. Además, estoy entrenando con fusiles semiautomáticos para tiro de precisión, como el M110 o el Barret de cerrojo. Y no solo he disparado en la galería de tiro, sino que, para mi alegría, me he visto implicado en varios tiroteos oficiales aunque no me he cargado a nadie hasta el momento. La verdad es que tenemos trabajo de sobra en la calle. Puede que los habitantes huidos no hayan vuelto aún pero os aseguro que hay todo un incremento de pillos, estafadores, saqueadores y todo tipo de chusma criminal que sí han regresado, asentándose como si fuese la tierra prometida. Eso nos está dando un montón de trabajo y genera nuevas plazas vacantes en la policía metropolitana, que se están pagando con los fondos federales que han llegado para ayudar a la ciudad. Al principio, me pregunté el motivo por el que me comportaba así, aunándome al Brazo de la Ley. Según mi propia naturaleza, debería difundir aún más el caos en esta situación, ayudar a que los crímenes brotaran por doquier, pero eso no me motiva por raro que parezca. Quizás se deba a ciertos residuos morales que se me han quedado junto con los recuerdos de Luke, o puede que vivir entre humanos sin un objetivo me esté afectando. El caso es que me gusta ser poli y más aún, poli malo. Eloise me hizo ver que podría mejorar mi situación laboral, optando por una de esas nuevas plazas de detective para las que prepararse. Dejaría de pasar horas patrullando y expuesto a peligros urbanos, y obtendría un buen aumento, así como posibilidades de ascender aún más. La verdad es que a mí me importa poco patrullar, o sentarme a un escritorio; todo es nuevo e interesante a mis ojos, pero decido hacer caso a la parienta, ya se sabe… dos carretas… Así que, con su ayuda, me pongo a estudiar y eso me hace descubrir el desperdiciado potencial de mi mente, la oculta capacidad mental que se está adaptando al mundo humano. En el Infierno, no se puede cuantificar si eres un superdotado o un burro, no hay libros, ni tareas intelectuales; todo se basa en hacer sufrir y apartarte cuando llega uno más fuerte que tú. Pero, en cuanto abro el libro del Código Penal, o el Manual Forense de Louisiana, aquellos textos que tanto le costaron a Luke retener en la academia, son apenas cuentos infantiles para mí, amenos y llenos de moralejas. Me cuido muy mucho de aparentar tal comprensión ante mi esposa. ¡Faltaría más! Puedo recordar perfectamente las noches que Luke pasaba estudiando junto a Eloise, siempre ayudándole a preparar los exámenes de la Academia, mientras que ella empollaba Enfermería. Si se da cuenta que, ahora, no solo comprendo estas leyes y normas, sino que puedo memorizarlas perfectamente, los cambios van a ser demasiados evidentes. Así que perfecciono mi papel de sufrido estudiante, pidiendo su ayuda de vez en cuando y recompensándola con buenos polvos que nos suben la moral a ambos. A veces llego de patrullar, cuando coincidimos con los turnos, y me la encuentro preparando mi plan de estudio para la noche. A pesar de ir en ropa de casa, con falda larga o pantalón de chándal, para mí está para comérsela. Para mi naturaleza demoníaca es una forma de pervertir su alma inocente, sometiéndola a todo el placer del mundo. Sin quitarme ni siquiera el uniforme policial, la arrellano bien sobre el sofá, quitándole el pantalón y abriéndola totalmente de piernas. Ella se deja de fingidas protestas y me mira como un cervatillo mira a un fiero cazador, con unos ojos que muestran su total entrega. Me encanta verla colocarse las grandes gafas que utiliza en casa para leer y ver la tele sobre la cabeza, donde se quedan olvidadas en cuanto comienza a sentir el placer de mis caricias. Me arrodillo en el suelo y le abro la rojiza vulva con los dedos de ambas manos. Arrimo el rostro y olisqueo el efluvio que surge de su anhelante v****a tal y como un sediento huele la presencia de agua entre las rocas del desierto. Ese coñito rematado de vello rojo me atrae verdaderamente y ella suspira incluso antes de que mi lengua se pose sobre él. Me río cuando ella me susurra en un jadeo, veinte minutos más tarde, aún tumbada medio desnuda en el sofá, que se va a echar un sueñecito tras los abrumadores orgasmos que ha obtenido casi de seguido. A medio dormirse, frunce el ceño al verme volver al libro con un ahínco que nunca antes he demostrado. No hay que decir que consigo la placa de detective en la primera convocatoria y, como detalle curioso, en una de esas casualidades que suelen estremecer a los humanos, mi nuevo número de placa es 666. La verdad es que me quedo alelado, mirando la inscripción grabada en el acero, tanto que el sargento me susurra: —Podemos cambiar ese número después si eres supersticioso. Agito la mano, quitándole importancia, y saludo militarmente de nuevo, como mandan los cánones. Es un magnífico número, todo un designio… como si el propio Jefazo me hablara desde los pozos estigios. * * * * * * * * *
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