¡Basta! No me harás cambiar de opinión.

1099 Words
Ricardo se encontraba esa mañana preparándose para enfrentarse al consejo. Entre los miembros se encontraba su tío político, Yuri Smirnof, esposo de su tía y encargado de los asuntos de ella en la compañía. La rivalidad entre Ricardo y su tío no era ningún secreto; Yuri esperaba cualquier error por parte de Ricardo para destituirlo de la presidencia y colocar en su lugar a su inútil hijo y primo, Vladimir. Algo que Ricardo no permitiría; jamás dejaría que la compañía de su familia cayera en manos de Yuri, y mucho menos en las de su hijo. En ese momento, entró Mario, su asistente, haciendo que los pensamientos de Ricardo sobre su tío y primo se desvanecieran inmediatamente. —Tienes ya todo lo que te pedí. Mario asintió y se acercó al escritorio de su jefe y amigo, dejándole un sobre con la información solicitada sobre la mujer con la que había tenido el percance en el aeropuerto. Los ojos azules de Ricardo brillaron con intensidad al leer el informe y descubrir de quién se trataba. —¿Ocurre algo? —preguntó Mario al ver que Ricardo guardaba los papeles sin decir una palabra. —No, no ocurre nada, todo está bien. Es más, siento que me he ganado la lotería —mencionó Ricardo, guardando los papeles en uno de sus cajones y tomando los documentos que usaría en la junta de accionistas. Como era de esperar, Yuri Smirnof no tardó en intentar poner a los accionistas en contra de Ricardo. —No sé ustedes, pero yo no puedo seguir dejando mis intereses en un hombre que no se compromete, un hombre que no tiene familia. La mayoría de los accionistas empezaron a mirarse entre sí. Aunque Ricardo había llevado la compañía con mano firme y la había hecho crecer, lo cierto es que no había nada estable en su vida. Un accionista más sensato y mayor tomó la palabra. —Señores, puede que por mi edad mis palabras les parezcan a la mayoría absurdas, pero ¿por qué no darle a Ricardo un plazo para que consiga esposa? ¿Qué les parece, cinco años? La mayoría de los miembros empezaron a mirarse. Lo que molestaba a Ricardo era que, a pesar de estar en la misma reunión, se hablara de él y su futuro como si no estuviera presente. —Entonces está dicho. Si en cinco años Ricardo no encuentra una esposa, tendrá que dejar su puesto como CEO. Mi hijo podría ocupar su lugar; además, ya está comprometido y con una buena mujer, con la cual se casará en dos meses. En una cafetería cercana a la empresa donde se llevaba a cabo la junta de accionistas, Vladimir esperaba a Rosalie. Cuando ella entró, Vladimir se levantó y le abrió la silla para que se sentara. El gesto caballeroso, en lugar de reconfortarla, hizo que Rosalie apretara sus manos sobre la pequeña bolsa que llevaba esa tarde. —Qué bueno que has venido, Rosalie. Lo que pasó entre Catalina y yo es algo que no volverá a suceder —afirmó Vladimir, con sus propias razones para insistir en seguir con la boda. Sin embargo, Rosalie no podía perdonarle tan fácilmente. —Basta, nada de lo que me digas hará que cambie de opinión. Menos cuando te he encontrado en los brazos de Catalina. —Ella no significa nada para mí, por favor, créeme —Vladimir trató de tomar la mano de Rosalie; sin embargo, ella la alejó. Rosalie se mantenía con un semblante sereno, aunque en el fondo un sinfín de emociones fluían por su pecho recordando todas las palabras bonitas que Vladimir le había dicho, palabras que al final resultaron ser mentiras. —Por lo que oí, Catalina piensa otra cosa. ¿Dime a quién debo creerle? Vladimir maldijo en ese momento a su amante. Aunque amaba a Catalina, la gallina de los huevos de oro y quien le garantizaría la presidencia de la empresa familiar de su madre, era Rosalie. La madre de esta última era parte de una de las familias más influyentes de la capital, Survalley, aunque estuviera desterrada por casarse con su tío. —¿Qué les dirás a nuestros padres? ¿Qué excusa pondrás para romper el compromiso? Si lo haces, tu padre perderá el apoyo de mi familia, y con las fianzas que tienen, lo más seguro es que en dos meses estén mendigando en la calle. Rosalie mordió sus labios; lo que decía Vladimir era cierto. Si ella no se casaba con él, su familia no podría mantener el estilo de vida que llevaban. Eso la ponía en una situación de desventaja ante Vladimir, y la sonrisa sarcástica en el rostro de su supuesto "prometido" le hizo saber que lo estaba disfrutando. —Así que dime qué harás, Rosalie. ¿Condenarás a tu familia a la miseria o aceptarás seguir con el compromiso? Bajo esas circunstancias, ella no tenía más opción que ceder. Si tan solo contara con una casa de moda prestigiosa, le daría una salida para mandar a Vladimir y a su estúpido trato a donde se merecían estar: a la basura. Pero en ese momento no podía. —Está bien, seguiré con mis planes de boda contigo, pero no tendremos intimidad. Vladimir soltó una carcajada al escucharla —tal vez si no fueras tan mojigata, yo no me hubiera acostado con tu hermana. Las palabras de Vladimir solo hicieron que su autoestima sufriera una nueva ruptura. No era el primer chico que la dejaba por eso. Desde la secundaria, su apodo era el de Santa Rosalie. —Prefiero ser una mojigata a ser una fácil como Catalina. Rosalie jamás creyó que sus palabras enfurecieran a Vladimir, quien la tomó de la mano atrayéndola hacia él. —Será mejor que moderes tus palabras. Al menos tu media hermana sí es una mujer, no como tú, que le tienes miedo a la intimidad. Dime, ¿tienes miedo de que me entere de que realmente no eres virgen, que se me hace que ya no eres nada más que una mujer usada por un don nadie? Rosalie no podía soportar más, y antes de que su cerebro se diera cuenta de lo que hacía, la mano derecha de Rosalie impactó en la mejilla de Vladimir, llevándolo a enfurecer y a tratar de devolverle el golpe. Sin embargo, no pudo hacerlo. La mano que iba directamente hacia el rostro de Rosalie fue detenida por otra mano fuerte y viril, que pertenecía nada más y nada menos que a Ricardo. —A una dama se le respeta, sea cual sea la situación.
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