La mañana comenzó como tantas otras, aunque algo en el aire pesaba distinto, una tensión que no podía identificar pero que se enredaba en mis pulmones como el olor a desinfectante del hospital. Me había despertado con la cabeza confusa, atrapada en los restos de un sueño que no lograba sacudirme: el roce de unos labios que no había besado, el calor de unas manos que jamás me habían tocado en la realidad. El nombre de Enzo estaba enredado en mis pensamientos como una melodía persistente, un eco que resonaba en cada rincón de mi mente mientras me vestía con movimientos automáticos. Apenas había dormido tres horas después de la guardia, el cansancio acumulado en los hombros como un peso físico, pero la rutina no perdonaba. Me puse el uniforme, recogí mi cabello en un moño apretado, y tomé un

