Valeria El hospital había dejado de ser un lugar seguro, ese bastión de luces blancas y protocolos que había sido mi refugio durante años ahora se convertía en una trampa mortal. Cada paso que daba hacía eco en los pasillos interminables, un sonido que parecía amplificarse en el silencio forzado, mientras los rehenes contenían la respiración como si el aire mismo pudiera delatarlos. El olor a antiséptico se mezclaba con el sudor del miedo, un hedor acre que se pegaba a la piel y hacía difícil respirar. Me habían arrastrado de un grupo a otro, empujada por manos ásperas que no dudaban en apretar, y ahora, de repente, un hombre me tomó del brazo con una fuerza que me hizo jadear. Me arrastró frente a una cámara improvisada, un teléfono montado en un trípode improvisado, el lente frío y acus

