El hospital olía a desinfectante y a cansancio, una mezcla acre que se pegaba a la piel como una segunda capa y que no se iba ni con tres duchas. Había pasado casi quince horas entre guardias interminables, emergencias que llegaban en oleadas y apuntes mal repasados en los ratos muertos, esos minutos robados entre un paciente y otro donde el sueño era un lujo que no me podía permitir. Cuando por fin salí por la puerta lateral, la que daba a la calle trasera donde el tráfico era un murmullo distante, el cielo estaba completamente oscuro, y la ciudad me pareció más hostil de lo normal. Las luces de los faroles parpadeaban como ojos cansados, y el aire frío de la noche se colaba por las grietas de mi uniforme arrugado, un recordatorio de que el día no había terminado, solo había cambiado de f

