El motor del coche estaba apagado, el silencio en la cabina tan denso que podía sentirlo presionando contra mi pecho. Llevaba más de media hora allí, estacionado a la sombra de un edificio al otro lado de la calle, observando la entrada del apartamento de Valeria desde el asiento trasero. Las luces de la ciudad se desvanecían en el amanecer gris, y el aire olía a humedad y asfalto mojado, un recordatorio de la lluvia que había caído durante la noche. Dante tenía hombres apostados en la esquina, sombras discretas que vigilaban cada movimiento extraño, cada transeúnte que se acercaba demasiado. Pero esa madrugada, algo en mí no me permitió conformarme con la distancia. No podía confiar solo en los ojos de otros. Tenía que verla, aunque fuera a través de una ventana iluminada, aunque fuera so

