Capítulo 11: Funeral

2987 Words
“Susurros y mensajes, todo será para que tú lo salves” Al salir y pasar por los demás pasillos Ivy y Samantha entran a los ascensores hasta llegar al último piso del edificio. Eliot las esperaba afuera en compañía de Sasha y Austin. Sasha tenía el cabello en un moño de cebolla junto con una blusa negra de mangas cortas, su pantalón marrón oscuro y zapatos de tenis. Austin con una chaqueta de jean negra junto con una camisa blanca que decía “I love deaht” en medio de ella, que en español sería: amo la muerte. Mientras que Eliot tenía puesta una chaqueta negra de Adidas que hacía juego con sus lentes negros oscuros. Samantha saluda con la mano a los chicos cuando sale del edificio, Ivy detuvo un momento sus pasos mientras miraba su celular, Samantha se percata de ello y se giró para verla, Ivy continuaba escribiendo en su celular. —¿Qué haces? —Le escribo a Ryan – le contesta— ¿puede venir con nosotros? – pregunta levantando su mirada. Samantha miró a Eliot y él se encogió de hombros haciéndole entender un: No tengo problema. —Claro – acepto Samantha, asintiendo. Ivy continúa escribiendo, acto seguido ella termina por enviar el mensaje a Ryan y este le responde en segundos al oír la nota de notificaciones para leer su respuesta. —Ok, en segundos estará aquí – avisó guardando su celular en el bolsillo de su chaqueta de cuero. —¿Desde cuándo lo conoces? – inquirió Eliot – digo, porque él entro nuevo en el instituto y veo que ustedes se llevan como si ya se trataran desde siempre. —Digamos que sí, lo que pasa es que Ryan es hijo de una amiga de mi padre. Ellos fueron cercanos a mi familia. —Entiendo, pero, ¿has dicho fueron? – enfatizó, entornando los ojos. La joven sintió un nudo en la garganta ante aquella pregunta, le incomodaba hablar de esas cosas, ya que le recordaba los terribles momentos que paso junto con Ryan, le molestaba y odiaba recordar esos días, meses y años de tortura. Samantha analizó la situación y supo que Ivy estaba incomoda así que trato de evadir el tema. —¿Sabes dónde es la funeraria? – le preguntó Samantha a Eliot. —Si, en el f*******: de Amelia su hermana publico la dirección – responde – no paran de compartir las fotos de ella, dándole las condolencias a su madre y su familia. Sasha se fija más en el vestuario de su amigo y hace una mueca de desapruebo. —Austin no creo que sea bueno que entres – le aconseja Sasha a él. Austin la mira incrédulo. —¿Por qué? —Por tu camisa – respondió obvia. Austin se miró la camisa y resoplo. —Que tenga una camisa que diga “I love deaht” no significa que ame la muerte en realidad, además Sasha voy a un funeral, no la iglesia – recalcó, poniendo los ojos en blanco. —Bueno ese es tu problema – zanjo ella, cruzándose de brazos. En segundos Ryan Ferguson llego saludándolos a todos, subieron al auto de Eliot, pero Ivy tuvo que montarse en las piernas de Ryan para que pudieran entrar todos, entre ellos son seis y bueno el carro solo tiene cinco asientos. Cuando llegaron a la funeraria bajaron del auto y desde afuera la mayoría de los que estaban eran del instituto, habían autos aparcados y gente con flores en sus manos caminando hacia la entrada, hay un césped exageradamente verde; se extendía a lo largo con hermosas flores mientras se movían al ritmo del viento. El lugar era grande y se podría decir que hasta la funeraria era lujosa, a medida que se iban acercando Ivy se preguntaba si estaba en sus completos sentidos y lista para ver a Amelia en el ataúd, sus manos sudaban en un acto reflejo y se mordía el labio para calmar su nerviosismo. Algunas personas llevaban paraguas en manos por si llegaba a llover, las nubes estaban grises y el ambiente en ese lugar tenía una tensión a pesar de triste, incomoda. Casi nadie demostraba una nota de tristeza afuera, solo se susurraban cosas entre ellos.  Estaban frente a la entrada de la funeraria, la puerta era marrón, de madera y muy ancha. Dieron unos cuantos pasos para llegar al umbral, al entrar el suelo blanco brillante hiso contacto con los zapatos de ellos, las ventanas estaban abiertas y acompañadas de unas cortinas blancas que las cubrían ligeramente. Olía a café y limón, junto con otros alimentos debido a la parte de la cafetería del funeral, el aroma se apodero de las narices de los adolescentes. A medida que caminaban observaron con detenimiento el ataúd con cuatro velas en las esquinas y una corona de flores sobre la tapa, Samantha se estremeció al escuchar los llantos de una mujer, eran de provenientes de la madre de Amelia. Los chicos se miraron cómplices, la hermana de Amelia estaba sentada en una de las sillas blancas con la mirada perdida y lágrimas en sus mejillas, esta inexpresiva, sombría, quieta, como si estuviera muerta en vida. Emily estaba sentada a dos sillas lejos de la chica, no paraba de llorar y sollozar. Al lado de Samanta estaba Ivy, la primera la sintió tensa y por el rabillo de su ojo vio cómo se abrazaba así misma. La segunda movía sus ojos de un lado a otro, hubo un pequeño escalofrío que corrió por su espina dorsal, aunque él ataúd tenía la parte superior abierta, no lograba ver del todo él interior. Las personas que habían en la sala bloqueaban su campo de visión y no quería acercarse demasiado para no sentirse más agobiada de lo que estaba. Cuando los chicos se acercaban a pasos cortos y silenciosos al ataúd de Amelia, Ivy se aferró al brazo de Ferguson en un acto de sentirse segura, el muchacho la miró por unos instantes y le acarició la mano con su dedo pulgar para tranquilizarla. Cuando vieron su cabeza se detuvieron en seco y sin decir nada, la observaron. Los brazos de Amelia estaban cruzados sobre su pecho, sus ojos, cerrados, su piel morena tan pálida y apagada, y los labios morados y secos.  Samantha sintió una punzada de dolor al ver en su mejilla unos largos rasguños, ya no se veía como la Amelia de antes, no, esta Amelia la destrozaron. A la joven se le escapo una pequeña lagrima y la retiro con la palma de su mano, a un lado del ataúd estaba una foto de Amelia sonriendo con su pelo planchado y maquillaje, en ella varias flores estaban alrededor en forma circular. Pitterson paso su vista a las demás personas que estaban sentadas en las sillas, en ellas, se encontraban David Sifuentes y a Jaime Sanz sentados hablando. Los chicos le dieron el pésame a la madre de Amelia y Samantha vuelve a mirar donde esta Jaime, desde lo que paso entre ellos le costaba hablarle, cosa que le parecía extraño y no lo entendía. —Deberías ir con el – le sugirió en susurro Sasha. Samantha la miro. La joven duro unos segundos pensando la sugerencia de su amiga, la verdad, Samantha quería volver a hablar con Jaime solo que, esta vez, unos nervios se apoderaban sin previo aviso a su cuerpo; lo cual a ella le gustaba y le incomodaba al mismo tiempo. Ella comenzaba a sentir atracción por Jaime, aunque se negaba en reconocerlo. —Está bien – asintió. Su amiga le sonrió complacida y le palmeo un poco la espalda en señal de apoyo. Samantha mete sus manos en los bolsillos de su sudadera y a pasos cortos se acerca hasta donde esta Jaime charlando con David, cuando estuvo lo suficientemente cerca, Jaime sube su vista para verla percatándose de su presencia, y se levanta lentamente de la silla. —Hola – lo saludó en tono bajo y tímida. Él no le responde, simplemente con pasos rápidos corre para abrazarla, rodea sus fuertes brazos en su delgado cuerpo para abrazarla más fuerte. Jaime la necesitaba, por alguna razón no paraba de pensar en ella, necesitaba un abrazo y sentirla cerca suyo. Samantha descanso su mejilla en su pecho, aspirando su aroma varonil. Sus brazos aprietan su cintura, y su corazón comienza a acelerarse, pero antes de que esto se vuelva al más profundo, Samantha se separa lentamente de él, y sus ojos azules adquieren un brillo de tristeza. —Lo lamento – le dice, refiriéndose a Amelia. Jaime asiente. —¿Tu…estas bien? – Samantha se encoge de hombros. —Eso creo – responde. —Lo de la entrevista aún sigue ¿no? – pregunta, dudoso – no pienso cancelarlo, no quiero que pierdas tu nota. —Si tú la quieres hacer, entonces lo haremos – contesta, forzando una sonrisa de boca cerrada. —De acuerdo – aceptó. —¿Hola no? – interrumpe David, indignado que de no le hayan prestado atención. —Oh, perdón – se disculpa Samantha, para luego acercarse a él – Hola David – se saludan con un beso en la mejilla. —Hola Samantha – David se acerca a su oído para susurra: — disculpa por haber interrumpido su romance el otro día.  Instantemente Samantha se sonroja y ríe por bajo. —No te preocupes – dijo, haciendo un ademán sin importancia. —¿De que hablan? – interrumpe Jaime enarcando una ceja. —De nada, hermano – David le palmea su espalda guiñándole el ojo - ¿les parece si vamos por un café? – les propone. —De acuerdo – respondemos al unísono. Caminaron para entrar en la cafetería con pasos desapercibidos. Samantha observo con detenimiento la habitación y todo el lugar de la cafetería, en el centro había una lujosa lampara de cristal, junto a la pared, unas mesas con manteles de encaje de tonos blancos y con una cafetera encima y tazas de café encima tanto de vidrio como de plástico. También había un plato con galletas redondas y cuadradas rellenas de fresa con piña, chocolate y vainilla. Daban ganas de darle un buen mordisco. Habían otras personas charlando, tanto personas de instituto como familiares. Los chicos: Sasha, Eliot, Austin, Ryan y Ivy están sentados en una de las mesas apartadas bebiendo café. Al caminar Samantha junto con Jaime y David a su lado, siente un escalofrío y una extraña brisa en su nuca.  > susurran en su oído, Samantha se voltea un poco, pero, no vio a nadie, sino a las demás personas del funeral. Ninguno le dio indicios de haberla llamado.   > susurran de nuevo. Esta vez ella reconoce la voz, era de una chica…¡Amelia! Se puso pálida y se detiene en seco, Jaime frunce el ceño al igual que David. Cuando intenta Samantha decirles algo su voz regresa:  > le dice de nuevo en susurro. Las manos de Samantha tiemblan, pierde el aire, está atemorizada y perpleja. —¿Qué tienes? ¡Estas pálida! – dice Jaime con preocupación, colocando sus manos en sus hombros – Ven. La lleva a donde hay unas sillas en la encimera de la cafetería, David la mira confundido por sus cambios, hace unos segundos Samantha estaba bien, ahora, se siente mareada. El primero busco un vaso plástico y le sirvió agua con una de las jarras que estaban encima de la mesa. —Toma – Jaime le da el vaso con agua – no creo que necesites café. —¿Te sientes mal? – pregunta David. —Yo…— de un largo trago Samantha se tomo toda el agua, se lamio los labios y suspira – debo ir al baño. —Te acompaño – se ofrece Jaime. Los ojos de Samantha se abren como platos – digo, para decirte donde queda – Samantha suspiro de alivio y asiente con la cabeza. El joven Sanz ya había visitado ese funeral anteriormente, por ello conocía cada puerta del funeral. Pasaron cerca de algunas personas y, había un pequeño pasillo donde estaba una puerta gris oscura, se detuvieron ahí. Samantha se giro para verlo. —Aquí es – le indica Jaime – si necesitas algo, estaré afuera – ella asiente como respuesta. Samantha giro la perilla y entra al baño, no era muy grande. La pared era color crema, tenía lo típico: Lavabo, espejo, retrete. Ella se acerca al lavabo y abrió el grifo para echarse agua en la cara, tenía que calmarse, respirar. > piensa.   Cuando levanta la vista para mirarse en el espejo, no tenía su reflejo, no, ¡Era el de Amelia! Samantha soltó un jadeo y se tapó la boca para reprimir un grito ¿Qué está pasando? —Samantha…—hablo ella, Amelia, casi en un susurro y muy similar a un eco. —No puede ser…—dijo Samantha en un hilo de voz, suelta otro jadeo. —Tienes que ayudarme…—susurró. —¿Qué…yo…? —Busca, Samantha – le interrumpió – vigílala, tienes que vigilarla. La piel de Samantha estaba más pálida aun, sus piernas temblaban al igual que todo su cuerpo. Su respiración cambio a una acelerada. Nunca Samantha había tenido una experiencia como esta. —¿A quién tengo que vigilar? – pregunto, con voz temblorosa. La luz del baño tintineo y la joven sube la cabeza para ver el bombillo, sus manos sudaban del miedo y trago saliva. Después de unos segundos la luz se apagó y quedo el baño totalmente oscuro. > indaga en su mente. La luz del baño se volvió a encender y el reflejo de Amelia ya no estaba. Samantha soltó un suspiro de alivio, respiro hondo. Tres golpes algo fuertes sonaron en la puerta y ella pego un grito. —¿Qué sucede Samantha? – pregunto tras la puerta Jaime, con preocupación.   —Perdón, es que tocaste la puerta y me asuste – explicó llevando su mano al pecho. —Lo lamento, no fue mi intención – se disculpa. Samantha abrió la puerta para salir de una vez por todas del baño. —No te preocupes – le tranquiliza, riendo nerviosa. —¿Te sientes mejor? > pensó ella con sarcasmo. —Más o menos – hace una mueca – necesito café. > —Pues vamos. Los jóvenes regresaron a la cafetería, David se encontraba hablando con una chica en uno de los rincones, el joven al encontrarse con la mirada de ellos les guiño el ojo y Samantha niega con una sonrisa, ese muchacho no pierde el tiempo. Al acercarse a la mesa la joven agarra uno de los pequeños vasos de plástico y se sirve un poco de café, para luego sentarse en uno de los taburetes de la encimera. Jaime está a su lado, observándola y, se siente incomoda, tomó sorbo de su bebida y enarcó una ceja hacia él. —¿Qué? —Nada – responde Jaime, apartando la mirada para comer una galleta. Samantha entorna los ojos. —¿Qué pasa? – insiste. —Es que…— Jaime se acomodó en la taburete - ¿segura que estas bien? – inquirió. Samantha resopla.   —Si – miente, encogiéndose de hombros - ¿Por qué lo dudas? —Porque tus dedos tiemblan – Jaime le señaló sus dedos, que temblaban mediante sostenía su vaso de café – pensaría que estas nerviosa por mí, pero creo que más bien estas asustada. —¿Asustada? – enfatizó ella, trató de reír bien, pero su risa salió nerviosa – claro que no, Jaime. —Ni siquiera me miras a los ojos, estas pálida, tus dedos tiemblan y tus están tan abiertos como si hubieras visto al Guasón en persona – soltó, enumerando con sus dedos. —Estas diciendo ridiculeces, Jaime – masculló – solo estoy…inquieta – trato de convencerlo. —Claro, ahora yo nací ayer – ironizó, mediante un resoplido absurdo. —¿Sabes? Mejor me voy – Samantha intento irse, pero Jaime la tomó de la cintura. —Dime, ¿qué te sucede preciosa? – insiste, acariciando su mejilla. Joder, su toque la tranquilizo un poco. Pero la joven no quería contarle el que, ella respiro hondo, tenía que convencerlo de alguna forma. —Estoy bien, Jaime ¿eres imbécil? Suéltame – le exigió, solo así conseguiría que le crea. —Esa es la Samantha que conozco – Jaime le sonríe y besó su mejilla para luego soltarla. Samantha se acerca a la mesa donde estaban sus amigos, los saludo con una sonrisa de boca cerrada. La no quería decirle nada a Jaime, no quería contarle nada a nadie, podían creer que estaba loca, era algo que a la joven jamás le había pasado. Se negaba a creer que había visto el alma de su compañera ahora fallecida. Samantha solo bebió su café mientras se quedaba sentada mirando los alrededores, de pronto su teléfono vibro indicándole que tenía un mensaje nuevo, lo saco de su bolsillo para ver quién era. Su garganta adquiere un nudo y su corazón se acelera al leerlo. Número desconocido: > Samantha ya sabía de quien se trataba, de la única persona que le hablo de eso en el baño donde estaba hace pocos minutos. No entendía como podía ser eso posible, vuelve a leer y se rasca la cabeza, ¿Cómo el alma de Amelia podía contactarse con Samantha mediante un número telefónico? ¿Ah quién quiere que vigile? 
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