Ecos del Abismo
Clara despertó de golpe, sudando frío, con la sensación de que alguien la observaba. Miró a su alrededor, pero la habitación estaba vacía. La única compañía era la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Sin embargo, algo no estaba bien.
Sentía una presencia, algo oscuro y sofocante que la hacía temblar. Su corazón latía con fuerza mientras su mirada se dirigía, casi instintivamente, hacia la puerta. A pesar del miedo que la invadía, decidió no quedarse inmóvil. Se puso de pie, con el cuerpo aún resentido por lo que había pasado días antes, y abrió la puerta lentamente.
El pasillo estaba oscuro, más que la noche misma, pero al final de él brillaba una tenue luz azulada que parecía llamarla. Su respiración se volvió más pesada mientras sus pasos, torpes pero decididos, la llevaban hacia aquella luz.
Cada paso que daba hacía que su cuerpo se estremeciera, como si algo invisible tratara de detenerla. Pero no se detuvo. No podía.
Cuando llegó al final del pasillo, la luz azul provenía de una puerta entreabierta. Clara empujó la puerta y lo que vio la dejó sin aliento.
Era una sala enorme, cuyas paredes estaban cubiertas de espejos antiguos. El aire estaba cargado de energía, y en el centro de la habitación había un pedestal de piedra negra con inscripciones que parecían estar vivas, moviéndose como si fueran serpientes.
—No deberías estar aquí.
Clara giró rápidamente, encontrándose con Draven, que la miraba con una mezcla de sorpresa y enojo. Su figura parecía aún más imponente bajo la luz azulada, y sus ojos brillaban con una intensidad que la hizo retroceder.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Clara, aunque su voz apenas fue un susurro.
Draven no respondió de inmediato. En su lugar, avanzó hacia ella, su presencia llenando la habitación.
—Es un lugar que nunca deberías haber encontrado —dijo finalmente, su voz baja pero cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Aquí yace el origen de lo que somos.
Clara frunció el ceño, tratando de entender.
—¿El origen? ¿Qué significa eso?
Draven la observó en silencio por un momento antes de suspirar, como si estuviera debatiéndose entre contarle la verdad o apartarla de ese lugar. Finalmente, habló.
—Hace siglos, fuimos maldecidos. Nuestra humanidad fue arrebatada, y en su lugar nos convirtieron en algo más. Algo que no pertenece ni a este mundo ni al otro.
Clara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
—¿Quién los maldijo?
Draven la miró fijamente, como si tratara de decidir cuánto podía revelarle.
—Un ser que no deberías desear conocer. Nos convirtió en lo que somos y nos ató a este lugar, a este poder. Y ahora, de alguna forma, tú estás conectada con ello.
Antes de que Clara pudiera responder, la sala comenzó a temblar. Las inscripciones en el pedestal brillaron con más intensidad, y una energía oscura llenó la habitación.
—¡Sal de aquí! —ordenó Draven, empujándola hacia la puerta.
—¿Qué está pasando? —gritó Clara, pero Draven no respondió.
Él permaneció en la sala, enfrentándose a algo que Clara no podía ver.
Cuando llegó al pasillo, se encontró con Aidan, Lysander y Kael, quienes corrían hacia ella con expresiones de alarma.
—¿Qué hiciste? —espetó Kael, sus ojos brillando con furia—. ¿Por qué estabas en esa sala?
—Yo… no lo sé. Algo me llevó hasta allí —respondió Clara, sintiendo que su cuerpo temblaba.
—¡Basta, Kael! —gruñó Aidan, interponiéndose entre él y Clara—. No es su culpa.
Lysander se acercó y colocó una mano en el hombro de Aidan, intentando calmarlo.
—Sea como sea, ahora sabemos que su presencia está despertando cosas que llevaban siglos dormidas.
Kael chasqueó la lengua, pero no dijo nada más. En cambio, miró hacia la puerta de la sala, donde aún podían oírse los ecos del poder que emanaba del pedestal.
—Necesitamos respuestas —dijo Lysander finalmente, mirando a Clara con una mezcla de curiosidad y seriedad—. Pero no aquí.
Antes de que pudieran moverse, Draven salió de la sala. Su rostro estaba pálido, y sus ojos parecían más oscuros que nunca.
—Tenemos un problema —dijo, su voz cargada de gravedad—. El sello está debilitándose.
Un silencio pesado cayó sobre todos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Clara, sintiendo que su corazón se aceleraba.
Draven la miró directamente, su expresión más sombría de lo que jamás había visto.
—Significa que el infierno está mucho más cerca de lo que pensamos.